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PEPIKA LA PILONA
 

Joakín Bascuñana

No hace tanto tiempo que dejó de pasear por las calles de la Malvarrosa, del Cabañal, del Grao y del Cañamelar, con su negro pelo teñido de blanco por los años, recordando los tiempos en los que era mas feliz. Pepica nunca tuvo dinero, pero nunca le falto de casi nada.

Caminaba por las calles alegre, tensando sus mejillas que todavía no estaban arrugadas y paseando su inconfundible ropa negra. Era bajita y regordeta, pero no le faltaba nada. Se la podía encontrar en la puerta de cualquier cine extendiendo la mano para poder pagar una película y quejándose de sus escasas posibilidades económicas, que no alcanzaban ni para un refresco dentro de la sala, pero ella no se iba a quedar con sed, ya pensaría en algún pardillo que le sobrara el dinero para invitarla. Rara era la vez que había mercado sin ella estar allí, charlando con las mujeres y chillándoles a los insolentes jovenzuelos que no paraban de desatarle el delantal, ¡pero que sinvergüenzas!. No había vendedora que no le diera o un trozo de pan o un buen pedazo de carne, diciéndole:

Pren Pepica, per a que menges.

Pepica agradecía de corazón el noble y buen gesto y lo cogía con las ganas de un chiquillo que coge su regalo el día de reyes. Era muy querida entre los vecinos, y se podía decir que no le faltaba de nada. Pero ella desde bien chiquita tenia un sueño, poder tener una radio, aunque no tenía donde enchufarla debido a que vivía debajo de una barca, una pequeña barca azul llena de parches que alguien le había dado y que, según dicen las lenguas, a día de hoy aun se encuentra en la playa.

Como un día más, Pepica con su ilusión en el alma paseaba por lo que en aquella época era huerta y no edificios ni contenedores, aquella huerta valenciana, con sus naranjos floreciendo, sus  pajarillos cantando, los parotets y mariposas que revoloteaban alrededor de Pepica. Mientras caminaba, a lo lejos veía una humilde barraca que proyectaba una enorme sombra. Colocándose bien la alpargata y subiéndose el delantal, decidió ir hacia aquel paraíso de sombra y aire fresco, ya harta de los sofocantes rayos de sol. Una vez allí, se sorprendió al ver que la puerta estaba abierta, y con la curiosidad que caracteriza a los niños, entró para fisgar. Al entrar en el comedor de la casa, vio una bonita radio, una radio de madera como la que ella siempre había soñado, con tallados en forma de saxofón y trompetas, barnizada en un color marrón rojizo.... Pepica preguntó si había alguien, pero como nadie contestó, cogió la radio y se fue andando. Mientras caminaba, bajó un momento la vista y vio una enorme sombra que se acercaba por detrás. Empezó a correr al ver que en la parte más alta de la sombra, en la cabeza se dibujaba un enorme  y vil tricornio. Pepica, con el corazón a mil por hora, oyó una voz que ordenaba:

- ¡No corras coño! Si tienes lo que hay que tener, párate.

Como a Pepica no le faltaba de nada, y mucho menos narices, se detuvo, se dio la vuelta y con toda la fuerza que cabía en su alma, con la misma que Sansón derribo el templo, levanto los brazos y estampó su sueño contra el suelo haciéndolo saltar en mil y un pedazos, y culminó su acción exclamando:

- Ni pa tú ni pa mi!

 

 

 
 
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