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"La misión". El poder jesuíta en América.
 

19-05-2002. Interesantes comentarios de Juan Antonio Cebrián, sobre el papel de los jesuítas en América, por ocasión del ofrecimiento por el periódico español El Mundo de la película "La misión" a sus lectores.
EL MUNDO ofrece esta semana a sus lectores dos obras maestras del cine: Barry Lyndon y La misión. La película de Kubrick, exquisitamente ambientada en el siglo XVIII, es, para el escritor Esteve Riambau, autor de Stanley Kubrick, uno de los filmes más representativos del director norteamericano. Juan Antonio Cebrián, autor de La aventura de los godos, analiza el poder que los jesuitas tuvieron en América, mal visto por las potencias colonizadoras y que se narra en la inolvidable película de Roland Joffé. En tiempos de la conquista de América, muchos fueron los objetivos que se fijaron las potencias intervinientes. Uno de ellos, socializar urgentemente a los pueblos indígenas, dado que su esfuerzo laboral se presumía fundamental en la edificación de los muros imperiales. La aportación de las órdenes religiosas y su impulso evangelizador contribuyeron a esos fines. Las primeras oleadas de franciscanos, dominicos y mercedarios precedieron la llegada de los jesuitas y con éstos, una filosofía religiosa y cultural bien diferenciada de otros europeos que veían a América como una fuente inagotable de riqueza y honores, sin reparar en los posibles perjuicios que se estaban ocasionando a los nativos americanos. La Iglesia fue la primera en denunciar situaciones abusivas en el trato hacia el aborigen. En este sentido, el reino de España siempre procuró defender los intereses indígenas, pero la enorme distancia entre la metrópoli y las nuevas provincias imposibilitaba, en buena medida, una justa aplicación de leyes y reglas. Las encomiendas concedidas a los colonizadores y la explotación que muchos de éstos hicieron de los indios chocaron frontalmente con la idea de convivencia armónica que mantenían órdenes como la Compañía de Jesús, en contacto directo con un Papado muy preocupado por cómo transcurrían los acontecimientos. Las reducciones Los jesuitas protagonizaron casi dos siglos de vida religiosa en América. En la segunda mitad del siglo XVI, inician su expansión por el nuevo continente. Perú, México, Brasil y Paraguay son territorios que, poco a poco, reciben a los viajeros de San Ignacio de Loyola. Finalmente, en 1604, Roma constituyó la región del Paraguay como una provincia aparte para los jesuitas. Esta zona incluía los territorios actuales de Chile, Argentina y Bolivia, así como partes de Paraguay y Brasil; el equivalente a nuestra Europa occidental. Desde ese momento, nacen las reducciones, auténticos símbolos de la presencia jesuita en América. La reducción es una comunidad que reúne las principales características de las dos culturas, iglesia, edificios de administración o de gobierno, plazas públicas y casas dignas para unos habitantes que trabajan para sí mismos, pero también dentro del colectivo. Todo esto bajo la supervisión de unos cultos y refinados sacerdotes de San Ignacio que permiten el mantenimiento de las viejas tradiciones paganas en un camino claro hacia Dios siguiendo el lema de su fundador: «La mayor gloria de Dios y bien de las almas». El sincretismo religioso, la tolerancia y el trato justo provocaron que miles de indios guaraníes se acercaran a las misiones jesuitas buscando mejor vida en una huida constante de los opresivos portugueses y españoles. En las reducciones, se trabajaba la mitad que en las encomiendas, y la sensación de libertad y el orgullo de laborar para uno mismo o para sus semejantes daba como resultado producciones óptimas que permitían progreso y calidad. Tanta prosperidad en régimen casi de independencia con respecto a las potencias dominantes alarmó a los más reaccionarios, que veían en la Compañía de Jesús un enemigo a batir. En los siglos XVII y XVIII, se levantaron 32 reducciones. Su aspecto asemejaba el de fortificaciones militares con empalizadas defendidas por guerreros guaraníes, siempre dirigidos por los jesuitas. Las misiones eran hostigadas constantemente por los esclavistas, en esencia portugueses, que encontraban en estas comunidades obstáculos infranqueables para su negocio. Numerosas misiones fueron asaltadas y sus moradores masacrados ante la pasividad de los gobernantes locales; en el fondo, los jesuitas se habían convertido en elementos incómodos para la expansión colonial. Por las ciudades de Europa y América circulaba todo tipo de noticias relacionadas con el presunto poder que iban adquiriendo los jesuitas y muchos llegaron a pensar que se estaba gestando un imperio jesuita en América. Las guerras guaraníes, en las que los de San Ignacio tomaron parte activa al lado de los indios, adelantaron el esperado final. Motín de Esquilache En la segunda mitad del siglo XVIII, naciones como Francia, Portugal o España buscaron las excusas necesarias para expulsar a los jesuitas de sus territorios. En España, el pretexto fue la presunta participación de la Compañía de Jesús en el famoso motín de Esquilache. Los jesuitas fueron acusados, además, de prestar sus imprentas para publicar los panfletos que animaran al levantamiento en Madrid. La acusación explicó que los jesuitas pretendían destronar a Carlos III para colocar un rey proclive a los intereses de la Compañía. El 2 de noviembre de 1767, el Rey de España firmó la orden de expulsión de más de 3.000 jesuitas en España y América. Era el fin de un sueño y el comienzo de unos años duros para unos hombres que sólo encontraron cobijo en los Estados Pontificios. Mientras, miles de indios guaraníes se diseminaban por sus selvas, perseguidos por la civilización sin que nadie pudiera protegerles de su inexorable destino. autor: Juan Antonio CEBRIAN fuente: El mundo, sección Cultura (http://www.el-mundo.es/2002/05/19/cultura/1144760.html ) fecha:19 de mayo de 2002
 
 
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