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Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  Juan Laurentino Ortiz (Juanele) por Lidio Mosca Bustamante
 
Juan Laurentino Ortiz (Juanele) por Lidio Mosca Bustamante
 

Lidio Mosca Bustamante nos envía esta semblanza de Juanele desde Viena....

                            Juan Laurentino Ortiz

                                   ( Juanele )

 

 

(Viena) Lidio Mosca Bustamante

 

Juanele Ortiz vivía al frente del Río Paraná, en un pequeño chalet ubicado justamente donde la calle daba una curva, de modo que, desde su casa, se podía ver parte del río, que, a los lejos, se movía acompasado como un puma silencioso. Pasé días muy agradables junto a él, que quizás el lector quiera compartir conmigo.

Todos saben que era muy delgado, de rostro vivísimo, de frente muy amplia, de cabellos en extremo finos y elevados en una suerte de adorno que advertía a que el hombre no era cualquiera. De cerca, se distinguían esos ojos muy claros, no azules, no verdes, sino de un color especial, como agua cristalina veteada de suaves tonos pasteles. Esos ojos, los ojos con los que Juanele veía el mundo, su mundo, tenían un color que nunca antes yo había visto y que denominaré color Juanele.

El poeta entrerriano tenía la loable costumbre de atender sus visitas leyendo y compartiendo sus lecturas con el llegado, pero no solamente compartía sus lecturas, sino también su trabajo literario, corrigiendo una palabra o un verbo.

-¡Cómo sufrió este muchacho Antonín Artaud, Lidio! -me dice como si él mismo sintiese en carne propia los dolores espirtituales del surrealista francés. Luego continúa con otro párrafo de “Van Gogh, suicidado por la sociedad”.

-Artaud deseaba sorprender a la conciencia o, mejor dicho, al cerebro, digamos, sorprenderlo en el momento exacto en que éste comienza el acto del pensamiento –le comento yo con la intnción de que él me dé su opinión al respecto.

-¡Ay!, ¡sí! ¡Qué tremenda tarea se había impuesto este joven! ¡Nada menos que acechar a la inteligencia y sorpenderla cuando comienza con sublime trabajo!

En ese momento entra su mujer Gerarda con el termo y se lo alcanza. Me pongo de pie y la saludo. Cuando ella se retira Juanele mira hacia lo lejos y me dice:

-¿Ve usted el río, Lidio? ¡Qué maravilla!, ¿no?

En ese momento pasa frente a la casa un auto a gran velocidad, las cubiertas chirrean y el motor hace un ruido infernal, por lo visto el coche tiene un silenciador Awar, de esos que mortifican los oídos. El poeta hace un gesto de desagrado. Ese ruido tan inoportuno deja un espacio de injurias.

-¡Estos jovencitos! –comenta- ¡podrían expresarse de otro modo! Buscan el poder en esas cosas supérfluas. En vez de compartir el verano con las chicas…

Juanele regresa a la lectura y minutos más tarde, cuando cree que ha llegado el momento de abandonar ese libro para otro momento me cuenta una anécdota:

-Cuando yo era joven y vivía en Gualeguay llegó a la policía la orden de reunir a todos los muchachos que debían hacer la conscripción. Estábamos bajo la sombra de un gran eucalipto, en las afueras de la ciudad. Al rato llegó un cabo y comenzó a dar órdenes a los muchachos. Como él era de la misma Gualeguay daba las órdenes de una manera muy peculiar. Decía: “Reclutas… ¡firmes! ¡A la derecha, pal lado de la casa de mi tía, dré…chá! ¡Atención, reclutas! ¡Marcha pa` lante, már…ché!  ¡Atención, reclutas, reculando pa´ tras pa la casa de mi vieja…már…ché!

Así era Juanele, sabía mezclar el sabor de la lectura con el humor más criollo. Nos reímos festejando lo narrado. Me alcanza un mate. Estamos sentados ahora en la primera habitación de la casa, allí tiene parte de su biblioteca. El poeta de la naturaleza tenía predilección por todo aquello que es delicado. Los estantes de su biblioteca eran angostos y largos, la lámpara  tiene una columna muy fina ya alta en relación a la forma.

Me dice que está levantado desde la cinco de la mañana. “Para poder leer más”, aclara.

-¿Pone usted el despertador a esa hora? –le pregunto curioso-. ¿Gerarda no protesta?

-¡No, Lidio. No! – me responde, enfático- ¡No pongo el despertador a las cinco de la mañana! Yo tengo un sistema natural, ¿sabe? Antes de acostarme a dormir tomo mucha agua y a las cinco de la mañana me despierto, porque tengo que ir al baño. Así me levanto temprano… No la molesto a Gerarda.

Al escucharlo supongo yo que él conoce ya la cantidad o dosis exacta que debe beber y también la hora en que debe hacerlo para que los deseos de ir al baño lleguen exactamente a las cinco en punto.

Él se ríe y su rostro denota que un recuerdo le trae otro;  sé que se ve obligado a ignorar muchas cosas que le vienen a la memoria, para poder así mantener una conversación coherente, tan viva es su inteligencia.

Mientras tanto me muestra lo último  que ha escrito. Juanele tenía la costumbre de utilizar una letra muy pequeña, tan pequeña, que en vez de utilizar un papel de cuaderno o de máquina, lo hacía sobre una cinta de unos cuatro centímetros de ancho, de esas que se utilizaban para las máquinas contadoras de los cajeros de almacenes, librerías etc. Por respeto, jamás se me ocurrió pedirle alguna de esas cintas con los borradores de sus poesías. Muchas de ellas, es claro, terminaban por ser destruidas, los que escribimos conocemos la función del cesto de papeles.

-¿Por qué hace la letra tan pequeña, Juanele? –quiero saber.

Me mira como si la pregunta lo hubiese sorprendido.

-Para que el que quiera leerme se tenga que esforzar…, el que me lee demuestra que realmente tiene interés en mi poesía.

En ese momento ve una pequeña hormiga que cruza por el papel que me muestra.

-¿No ve? Los animalitos también tienen interés de saber qué escribo sobre ellos… -dice, y ríe con ganas-. Por eso es que Maeterlinck se interesó por el mundo de las hormigas… y de las abejas… Ese Maeterlinck era un muchacho muy fuerte, de campo, y le gustaba andar en una gran moticicleta a gran velocidad. El que lo viera no podría imaginarse que en un cuerpo tan grande y rudo pudiera encontrarse un alma tan delicada y sensible. ¡Esas cosas que uno no se explica…!

Luego me cuenta de sus andanzas por Buenos Aires y sobre la razón de su regreso al interior. Su retorno al río y al aire de Entre Ríos. La soledad, esa soledad que es como una bella y tranquila compañía.

En una oportunidad se me ocurrió preguntarle si tuvo la oportunidad de conocer a Juan Ramón Gimenez. Al escuchar el nombre del amigo los ojos de Juanele danzan de alegría. Sonríe. Se pone de pie sin decir palabra. Se dirige  a un rimero de libros y toma uno del aparente caos. Se dirige con rapidez hacia mí, mientras abre el volumen y me muestra la dedicatoria:

“De Juan erre a Juan ele”. Confieso que no recuerdo exactamente si estaba escrito “De Juan R a Juan L”. No viene al caso. Así eran las horas junto al poeta de Entre Ríos. No había tedio posible. Mientras se estaba junto a él, el sol de la siesta no apretaba y las lluvias torrenciales de verano no mojaban el alma.

                                                           

(c) Lidio Mosca Bustamante

 

Viena - Austria

 publicado el 13-10-2009

 
 
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