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Witold Gombrowicz y Mary Mc Carthy
 

el ensayo forma parte de la obra Gombrowiczidas de Juan Carlos Gómez

WITOLD GOMBROWICZ Y MARY MCCARTHY


El mundo de Gombrowicz se comportaba como un conjunto de cárceles de las que él, con algunos artilugios, conseguía las llaves y, finalmente, se escapaba. Se desembarazó rápidamente de los obstáculos de su vida corriente y los puso en sus libros para liberarse: de la familia en “Ivona”, de la cultura en “Ferdydurke”, de Dios y del padre en “El casamiento”, de la patria en “Transatlántico”. 
Se fugó de una cárcel en la tropezaba todos los días con esos obstáculos y creó un mundo superior soñando con la libertad. Pero las cimas del espíritu que alcanzó con su conciencia terriblemente perfilada se le convirtieron otra vez en una cárcel. Gombrowicz empezó a tener una nostalgia melancólica por la Argentina cuando se mudó a Vence. 

Algunos fragmentos escritos de su puño y letra en los diarios y en las cartas que nos escribía tienen esa tonalidad. En ese tiempo también había finalizado “Cosmos” y “Opereta” y se había puesto de moda en París. La presencia simultánea de la nostalgia melancólica por la Argentina y del envalentonamiento en París puede que le hayan dado origen a algunos contratiempos que tuvo en Vence. 
La ambivalencia y la bipolaridad de Gombrowicz fueron las que le levantaron poco a poco ese conjunto de cárceles, también la de los premios. A principios de mayo de 1965 no abrigaba ninguna esperanza de conseguir los diez mil dólares del Premio Internacional de Editores. Pero al cuarto día de las deliberaciones una periodista italiana que lo entrevistaba le dijo que en el jurado habían empezado a hablar de “Pornografía”. 
El libro se destacaba entre unas cuantas decenas de obras en discusión. Quedaron como finalistas Gombrowicz y Saul Bellow, un norteamericano que diez años después recibió el Nobel. Los diez mil dólares del premio le despertaron el apetito y le quitaron el sueño, pero por un conjunto de circunstancia adversas perdió por un voto, y los dólares se le esfumaron. 
El español Ferrater, que en principio estaba de su parte, decidió proponer en la primera votación a un latinoamericano para hacerle propaganda; el nombre de “Pornografía” también lo perjudicó pues el mismo jurado había premiado unos días atrás una obra algo escabrosa, y no quiso premiar en forma contigua más de lo mismo; y la presidenta del jurado, la señora McCarthy, dijo que no había sido capaz de leer más de cincuenta páginas de la novela.

Mary McCarthy era una novelista y ensayista estadounidense sobresaliente. Su obra, en conjunto, se destacaba por una mezcla rica y precisa de ficción y autobiografía. Pasado el tiempo, a juicio de muchos, se ha convertido en una de las más grandes escritoras e intelectuales estadounidenses del siglo XX. Sin embargo, y a raíz de los comentarios que la McCarthy había hecho sobre “Pornografía”, a Gombrowicz le sale el abogado que tiene dentro. 
Empieza a meditar en cómo podía llevar a ese jurado a los tribunales. Las bases legales de la acción judicial se podían sustentar en el hecho de que el  premio, el más importante después del Nobel, debía otorgarse al mejor libro y sólo desde el punto de vista artístico, ése era el único criterio que debía tenerse en cuenta. 

Inspirado seguramente en este impulso de Gombrowicz a alguien de por aquí, en la Argentina, se le ocurrió llevar a los tribunales al Vate Maxista y a la editorial “Planeta”, pero ésta es harina de otro costal.
“Compréndanme, por favor: nosotros, los artistas, conocemos perfectamente bien lo insignificante y efímero de nuestras empresas. Por supuesto que emborronar el papel con historias imaginarias no es una ocupación seria. Qué vergüenza sentía los primeros años de escribir, ¡cómo me ruborizaba cuando alguien me sorprendía in fraganti! Si un ingeniero, un médico, un oficial, un piloto, un obrero son gente seria de entrada, un artista no consigue realizarse seriamente más que después de muchos años de esfuerzos y contrariedades. A mí la ascensión me había ocupado treinta años de esfuerzo, miseria y humillación (...)”

“¿Quién? ¿Qué demonio? ¡Diez mil dólares! ¡Que tú codicias! ¡Que han penetrado en ti hasta la médula! ¿Diez mil? ¡Pero si es una suma del todo ridícula! ¡Si al menos fuera un millón! ¡Cincuenta millones! No diez mil, ésa es la suma que gana un financiero estándar en una transacción que no pasa de mediocre”
Gombrowicz no dice esto para despreciar a los premios, sino para poder presentarse a ellos sin menoscabo de su propia vida interior y también para mostrar qué hirientes pueden ser estas canalladas que cometen los jurados. Después del Formentor –que recibe dos años después multiplicado por dos pues lo habían aumentado a veinte mil dólares– a Gombrowicz se le despierta otra vez el apetito y quiere más, quiere el Premio Nobel.

“Me ha afectado mucho el telegrama de Christian Bourgois a propósito del Premio Nobel que, desgraciadamente, se me ha escapado otra vez con sus setenta mil dólares. El año que viene se lo darán a un negro, después a un mulato, después a Günter Grass y después a mí, y entonces me compraré un Mercedes deportivo de dos puertas”
La señora McCarthy no estaba preparada para leer una obra tan novedosa como “Pornografía” ni tampoco un relato tan extravagante como el del cocodrilo. A caballo de los años 1954 y 1955 Gombrowicz cae en uno de esos estados hipomaniacales característicos de los genios de los que resultan variaciones vivísimas que aparecen en los diarios de esa época. En efecto, en noviembre de 1954 relata un paseo campestre que hace por una estancia. 

Después de tres días de viaje en coche y setenta kilómetros de vuelo en el último tramo del viaje, baja del aeroplano bastante confundido, sudando a mares, cuando ve una mansión entre los eucaliptos mientras escucha el griterío de los papagayos. Le aburría que Sergio hiciera siempre lo que se esperaba de él, así que le pide que deje de aburrirlo y que se comporte de un modo menos previsible. 
Al día siguiente pasean por la estancia y Sergio, de repente, se trepa a un árbol: –Sergio, ¿no puedes inventar algo más original? El muchacho no le responde, sin embargo, según le parece a Gombrowicz, sigue ascendiendo ya sin árbol: –Sergio, ¿no puedes dejar de ser convencional? Otra vez, silencio, pero el joven parece levantarse del suelo y caminar a quince centímetros de altura. 

Durante la cena, Sergio, en vez de encender un cigarrillo le prende fuego a una cortina, pero no del todo, a medias, lo que causa el asombro de sus padres, pero también a medias: –¡Vaya, vaya, Sergio, qué cosas haces! Sergio le da una escopeta a Gombrowicz y le pide de una manera apremiante que le dispare a algo que tiene la forma de una triángulo y un color verdoso-amarillento-azulado. 
Gombrowicz apunta y dispara, algo se agita, desaparece... es un cocodrilo. Sergio no decía nada, pero Gombvrowicz sabía que todo eso llevaba más agua para su molino..., y no se sorprendió en absoluto cuando, de una manera incompleta pero ya abiertamente, Sergio voló hacia una rama y gorjeó un poco. De alguna manera Gombrowicz se preparaba para huir. 

“Hasta cierto punto hago las maletas. ¡El cocodrilo, no total, el cocodrilo incompleto! Los padres de Sergio ya casi han subido al coche tirado por cuatro caballos y en cierto modo se alejan..., casi sin prisa... Calor. Bochorno. Ardor”
Después de esta narración metafísica y bucólica Gombrowicz sigue todavía en un estado hipomaniacal, así que mete en los diarios los relatos de la casa de los Pueyrredón, del cretino de la columna de Creta y del fotógrafo impostor. Finalmente una lectora de Canadá, que bien podría haber sido la señora McCarthy, se cansa y le manda una carta.
“Al principio, lo que usted escribía tenía carácter polémico, despertaba controversias, producía reacciones, incluso negativas, pero fuertes. Los últimos fragmentos no me producen ninguna reacción aparte del estupor de que usted los escriba y de que Kultura los publique”.

Gombrowicz lee con atención la carta y reconoce que el diario publicado en noviembre le salió un poco frívolo, especialmente con el cuento del cocodrilo, pero no está dispuesto a escribir sólo para la satisfacción de los lectores, así que les pide que le dejen cierta libertad y que no se entrometan demasiado en su trabajo.
“Cuidad de que mi diario tenga el mínimo indispensable de inteligencia y vitalidad, la cantidad exigida por el nivel medio de la palabra impresa, pero en cuanto la resto, dejadme las manos libres. En este saco meto muchas cosas distintas: todo un mundo al sólo os acostumbraréis en la medida que adquiera superioridad sobre vosotros; mientras tanto, muchas cosas de este diario os parecerán innecesarias e incluso os quedaréis sorprendidos de que se acepte su publicación”

Pero Gombrowicz, como el alacrán, no puede con el genio. Inmediatamente después de estas reflexiones tan atinadas mete en el diario unos versos indecentes que había escrito en la puerta de un baño: “A señoras y señores, para nuestro beneficio/ No lo hagan en la tapa, háganlo en el orificio”

(c)Juan Carlos Gómez
 
publicado el 17-9-2009
 

 

 

 

 
 
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