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Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  Recordando a María Esther de Miguel por Ramón Alfredo Blanco
 
Recordando a María Esther de Miguel por Ramón Alfredo Blanco
 

se cumplen seis años de la muerte de la escritora argentina María Esther de Miguel

Recordando a María Esther de Miguel 
 


 

Recordar es una forma de abrazarlo

Domitila de Papetti 


 
 

Cuenta Ángeles Mastretta que la mañana en que Carlos Fuentes le contó a García Márquez que había muerto Cortázar, Gabo le dijo: “Carlos, no hay que creer todo lo que sale en los periódicos”. “Mis amigos no se mueren, se van a Nueva York”, dice el mago de Macondo.

      Entonces quienes alguna vez la leímos como un talismán, la recordamos. Recordamos para quererla más, para no olvidarla, para seguir sintiéndola cerca como las palabras de algún libro suyo que tenemos en la biblioteca. Voy a buscarlo, y entonces veo su arrebatada caligrafía estampada en la dedicatoria en recuerdo de una Feria del Libro.

      Quienes la conocimos la nombramos para reponernos de su ausencia. Aunque hayan pasado seis años, su muerte nos sigue pareciendo una ironía del destino.

      Ocupaba un lugar destacado en el mundo intelectual de nuestro país. El público lector la consagró de manera indiscutible como la escritora argentina más importante de los últimos años. Porque a María Esther de Miguel la eligió la gente, desde la más sencilla a la más culta; la única que supo conjugar crítica y masividad, algo complejo por cierto.           

 “¿Qué decir de mi? Que fue en un pequeño y polvoriento pueblo de Entre Ríos –Larroque- donde, apenas comenzado el segundo cuarto de este siglo, nací un día de Todos los Santos “para servir a usted” como me enseñaron a decir; que dos ríos distintos poblaron mi sangre: una vertiente se remontaba a Soria, en Castilla la Vieja; la otra se perdía en los campos de Betsarabia; que desde pequeña supe que mi destino era ser “cuentera”, como me decía mi mamá, para compartir el mundo con los demás, y por eso escribí novelas y escribí cuentos entre los que están La hora undécima, Puebloamerica, Calamares en su tinta, Los que comimos a Solís, Jaque a Paysandú, La Amante del Restaurador, Las batallas secretas de Belgrano, El general, el pintor y la dama, En el otro lado del tablero; que algunos premios y muchísimos lectores me dan ánimo para seguir, mientras las velas ardan”, así se describió alguna vez María Esther de Miguel.           

Que el mundo compartió  con nosotros en sus libros, su palabra, su trabajo incansable por una cultura para todos, su alegría y humor, sus emociones, su inteligencia. Lo primero que uno veía de ella eran sus ojazos celestes, de lejos o de cerca, sus hermosos ojos encandilaban a cualquiera. Desde allí empezó a regalarnos cosas entrañables que ahora son como retazos de su vida. Cuesta  no verla por las callecitas de la Feria del Libro, como una lucecita vibrante, lista para conversar con cualquiera que se le acerque. A ese, por ejemplo, le regalaba su voz, dulce, aguda, casi un susurro si de algún secreto se trataba.

      Hija de una familia atea, para desesperación de sus padres, un inmigrante español y una judía, a los 17 años María Esther se planteó una duda existencial: “Si Dios existe hay que ver donde está”. Y se lanzó a la búsqueda que le demandó diez años y muchos aprendizajes. Pero los destinos de la vida, son los destinos. Ella desde adolescente había confesado su deseo de escribir un libro y tener un amante.

      Cuando regresó de Italia, a donde su búsqueda de Dios la había llevado a tomar clases con Giuseppe Ungaretti, el gran poeta de “La terra promessa”, abandonó la congregación de los Paulinos, a la que entró con la intención de ser monja, y se dedicó a la docencia, el periodismo y la literatura. La hora undécima, su primer libro, vino ya con un premio bajo el brazo y un camino que se le abría más allá del horizonte, lleno de cosas interesantes para ofrecerle. Emprendió la marcha y ya no paró más, comenzó su carrera ascendentes de libros, premios y ventas.           

Ganó el Premio Emecé de Novela en 1.961 por La hora undécima, el Premio del Fondo Nacional de las Artes y Municipal en 1.965 por Los que comimos a Solís, la Faja de Honor de la SADE por Calamares en su tinta, el Primer Premio Municipal y el Premio de Cultura de la Provincia de Entre Ríos en 1.980 por Espejos y Daguerrotipos, el Premio Feria del Libro en 1.994, el Premio Silvina Bullrich 1.995, y el Premio Nacional de Literatura en 1.997 por La Amante del Restaurador. Además de la Palma de Plata del Pen Club porPueblo América, el Konex de platino para cuento, el Premio Dupuytrén y el del Instituto Literario y Cultural Hispánico por su trayectoria.

      En 1.996 los libreros del país le otorgaron el Premio al Mejor Libro de Ficción del Año por su novela Las batallas secretas de Belgrano. En el mismo acto, el jurado presidido por Tomás Eloy Martínez y compuesto junto a Ángeles Mastretta, Mario Benedetti y el agente literario Guillermo Schávelzon, le otorgan el Premio Planeta a su obra El general, el pintor y la dama. En dos años vendió más de 150.000 ejemplares, siendo la más exitosa de todas las novelas premiadas por la editorial. Este fenómeno de ventas convirtió a María Esther de Miguel en la escritora argentina más leída, con un promedio superior a los 50.000 ejemplares por cada título publicado.           

 Fue la máxima referente del llamado “boom de la novela histórica”, rótulo del que descreía, y a la que sintió inclinación a partir de Jaque a Paysandú, publicada en 1.983. “Mis novelas desacralizan ese limbo de bronce y mármol en que instalamos a nuestros grandes héroes. Porque en realidad fueron de carne y sentimientos. Sin embargo, creo que si se pretende contar un hecho histórico hay límites para la ficción. En ese sentido, me parece que, historiador o no, todo el que se pone a investigar y lo hace con seriedad, aporta lo suyo”, ha dicho ella, fundamentando sus obras y valorizando la tarea del historiador.           

En su larga trayectoria literaria de cuatro décadas, ocupó cargos como la Dirección del Fondo Nacional de las Artes, la Comisión Directiva de la SADE Central, la Presidencia de la Comisión de Cultura de la Feria del Libro de Buenos Aires y el Consejo Administrativo de la Fundación El Libro, la crítica literaria en La Nación; colaboró en Clarín, La Prensa, La Gaceta de Tucumán, y las revistas Sur de Victoria Ocampo, Señales, Lyra y Ficción, entre otras.           

Viajó por el mundo no sólo investigando temas históricos para sus trabajos, sino también dando conferencias y charlas. Sin embargo siempre repetía: “Yo en mi país, soy como la flor del ceibo”, en clara alusión de que era muy conocida aquí y casi desconocida en el exterior.           

Como si todos estos méritos y logros fueran pocos, María Esther de Miguel fue, por sobre todas las cosas, buena amiga, divertida, creativa, humilde, generosa. Siempre dispuesta a leer manuscritos de jóvenes escritores, dándoles aliento a seguir. “Muy bien, escribiste un cuento, te felicito. Ahora escribí cien más”, solía decirles a los que le pedían consejos, enseñándoles de la tenacidad que se necesita para transitar el camino el literario.

      Siempre bajita, siempre amable, siempre cariñosa, siempre simpática. Y siempre preocupada por su patria. Cada sábado se reunía con amigos en el café  La Biela, a tomar cortados y saborear medialunas, hablando de las preocupaciones sociales y culturales. Hasta allí llegaban escritores ya consagrados, y otros menos conocidos, o de otras ciudades, provincias o países. A todos María Esther los hacía participar de la conversación, con su habitual alegría, sin dejar escapar ningún tema. Es sabido de su loable labor en lo peor de la crisis 2.001-2.002, llamando a la sociedad argentina a luchar desde la cultura y la solidaridad. Enfatizaba en el diálogo, la comprensión, la creatividad y los emprendimientos. En Larroque, su ciudad natal, el 9 de julio de 1.998, donó la casa de su propiedad con todos sus objetos personales (en realidad la donó en secreto, pero el pueblo quiso agradecerle de manera pública, en una fecha patria). “La Tera”, como se llama, es un lugar sencillo pero cálido, hecha de pequeños detalles, de recuerdos de viajes, rincones que retratan su vida, su ámbito familiar y una generosa biblioteca de más de tres mil obras de autores nacionales e internacionales, abiertos a todo público, objeto de culto para muchos visitantes y lectores suyos.

      Quizás los mismos que celebraban la claridad de sus artículos periodísticos, sin pelos en la lengua, cuando hablar de la actualidad se trataba. Decía todo lo que tenía que decir a quien fuera, si lo juzgaba correcto. Y se valió de los cargos que ocupaba y de su condición de autora exitosa para reclamar que gobiernos sucesivos, tan proclives a dejar de lado la educación y la cultura, se hicieran cargo con mayor énfasis. Hubiera sido bueno que lectores y colegas se inspiraran en ella.           

Fue así hasta que sus velas ardieron: guiándonos, iluminándonos y aconsejándonos desinteresadamente.            

El domingo 27 de julio de 2.003 a las 9:15 hs. “sufrió el tropiezo imperdonable de la muerte”, en Buenos Aires. Estaba preparada. Ya tenía la operación fijada y las fuerzas necesarias para prestarle batalla a la enfermedad. En una de las últimas entrevistas, en marzo, había confesado “Me doy cuenta de que los plazos se acortan”, y en otra “Me corre la muerte”. El ambiente cultural e intelectual se vistió de luto, hubo homenajes y el recuerdo de amigos y lectores. Pero fiel hasta en la muerte, María Esther nos dejó su último libro como un tesoro. La prueba más fehaciente de su cariño, amistad, generosidad, dedicación. Porque pensó en sus amigos y lectores hasta su final.

      El libro Ayer, hoy y todavía apareció una semana después; en realidad ya estaban en los depósitos de la editorial Planeta, aguardando la recuperación de su autora, luego de una intervención quirúrgica. Aunque la enfermedad, el cáncer de colon, no permitió una recuperación duradera.

      En ese libro María Esther vuelve al estilo coloquial que la caracterizaba, narrando su trayectoria y su formación como escritora. Desde sus vivencias de niña en el polvoriento Larroque, donde su padre era el dueño de la usina eléctrica hasta la emoción con que recibió la noticia del Premio Nacional de Literatura: “Cortá, que me pongo a llorar y después te llamo”, le había susurrado con un hilo de voz a Luis Gregorich. Entre las páginas de Ayer, hoy y todavía encontramos los personajes reales que luego harían parte de sus cuentos como el Bichi-Bichi. Acertadamente señaló Julio Crespo que las mayores alturas literarias las alcanzó María Esther al hablar de su terruño.

      Hace seis años amanecíamos con la triste noticia de su muerte. En su computadora quedó inconclusa la novela que estaba escribiendo mientras le prestaba batalla a la muerte:La dama de los arándanos.

      Las tardecitas entrerrianas con olor a naranjos en flor, en invierno, me remitirán invariablemente a María Esther. Y julio será siempre en mi memoria un mes frio y lluvioso como la mañana de aquél 27 de julio de 2003. Para consolarnos, junto a la poeta, decimos: Recordar es una forma de abrazarla.

 

(c) Ramón Alfredo Blanco

Paso de los libres - Provincia de Corrientes

 
 
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