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Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  Gombrowicz y Antonio Berni - Juan Carlos Gómez
 
Gombrowicz y Antonio Berni - Juan Carlos Gómez
 

Gombrowicz y Antonio Berni pertenece a la obra Gombrowiczidas de Juan Carlos Gómez publicada en el sitio www.elortiba.org


fotografía: Antonio Berni
(Buenos Aires)

Gombrowicz tuvo desde el nacimiento algunas dificultades para vivir. Su primera dificultad fue la facilidad con la que se le presentaba la existencia, los problemas del carácter y de las enfermedades vinieron después. No es tan difícil imaginar a Gombrowicz no haciendo nada, lo difícil es imaginarlo entregado a la espontaneidad, nada en su mundo era espontáneo, por eso vivía esforzadamente, por eso entre él y lo otro siempre había un mediador, un mediador al que finalmente terminó por ponerle un nombre, le puso forma.
Los hombres se protegen de las dificultades poniéndose debajo de la protección de las ideas, del dinero y del poder, pero al desventurado Gombrowicz las tormentas de la vida lo dejaron a la intemperie pues era un conspirador, un conspirador que no quería ocupar su lugar en la so-ciedad, que rechazaba a los mayores y se acercaba a los jóvenes para enaltecerlos y enaltecerse.

La edad era la culpable de que Gombrowicz se fuese quedando a la intemperie, esa diosa que reparte las cartas y nos asigna los pa-peles en la vida social le hacía trampas a Gombrowicz, no le daba una sola carta, le daba dos; una, con el papel de superior, de adulto, de maduro; otra, con el papel de inferior, de joven, de inmaduro.
Era un caso muy claro de pertenencia a dos mundos, una característica que, un poco más un poco menos, todos los hombres tenemos, pero en él la naturaleza antitética estaba muy acentuada. Cuando se miraba al espejo no veía su alter ego, esa persona en la cual uno tiene absoluta confianza, ni tampoco veía sus facciones registrando el progreso sus rasgos aristocráticos, como una tarde le dijo en la Fragata a Antonio Berni, veía a su contrario.

“En una ocasión estuve explicando a alguien que, para sentir la importancia verdaderamente cósmica que tiene para el hombre otro hombre, hay que imaginarse lo siguiente: estoy completamente solo en un desierto; jamás he visto a nadie, ni tampoco adivino la posibilidad de la existencia de otro hombre. De repente, en mi campo de visión aparece un ser análogo, que sin embargo no soy yo –la misma idea encarnada en otro cuerpo, alguien idéntico y sin embargo extraño–, y experimento al mismo tiempo una maravillosa plenitud y un doloroso desdoblamiento. Pero por encima de todo domina esta revelación: que me he convertido en un ser ilimitado, imprevisible para sí mismo, multiplicado en todas las posibilidades por esa fuerza extraña, fresca y sin embargo idéntica que se me acerca como si yo mismo me acercase desde el exterior”.
A Gombrowicz le gustaba decir que era lo contrario de lo que afirmaba su interlocutor pero el interlocutor antagónico que tenía más a mano era él mismo y esa doble naturaleza era el origen de su negatividad social. En Gombrowicz existen tres personas distintas: el Gombrowicz inferior, el hijo de buena familia, y el Gombrowicz de la obra, tres naturalezas que no se mezclaban ni en su persona ni en su obra, como líquidos que no se diluían unos en otros.
Hay personas que sueñan con desaparecer, otras que sueñan con ser invisibles, hay muchos sueños, el sueño predominante de Gombrowicz era duplicarse, triplicarse, cuadruplicarse. No es extraño pues que, luego de tantas fragmentaciones, haya querido sintetizarse a toda costa convirtiéndose en un campeón de la entronización del yo.

Con ese ser imprevisible para sí mismo, con ese ser que se le acerca como si fuera él mismo, como si él mismo se le aproximara desde el exterior, Gombrowicz somete al protagonista de uno de sus cuentos a un experimento revelador: lo convierte en un ectoplasma.
Gombrowicz trajo en su valija esta dotación de contradicciones y enseguida se puso a despotricar contra los pintores y contra los poetas. Se burla de las metáforas que utilizan los poetas, burla que lleva al paroxismo en “Contra los poetas”, una conferencia que se volvió famosa y dio la vuelta al mundo.
“En una pequeña mesa, unos diez poetas gritan enzarzados en una discusión acalorada. Pero este café tiene una acústica fatal y además a esta hora está lleno de gente, no se oye nada (...)”

“¿No sería mejor cambiar de café?, pero mis palabras se perdieron en el tumulto general. De modo que les grité otra vez, y otra más, y seguí gritándoles a los oídos de mis vecinos, hasta que por fin me di cuenta de que ellos probablemente estaban gritando lo mismo que yo, pero nadie oía a nadie. Gente extraña los poetas. Se reúnen cada semana en un local pero no llegan a ponerse de acuerdo para cambiar de sitio”
La actividad de escribir le proporciona a los hombres de letras una mayor facilidad de la que tienen los hombres que no escriben para darle distintos aspectos a lo que son y a lo que les ocurre, siendo Gombrowicz un buen ejemplo de todo esto. Siete años antes de la conferencia que pronunció en la librería Fray Mocho a la que tituló “Contra los poetas”, los argentinos lo pasaban de mano en mano: Gálvez a Capdevilla, Capdevilla a su hija Chinchiana, Chinchina a sus amigas.

En el año mortal de 1940 Gombrowicz flirteaba con esas chicas que lo llevaban a los museos, lo invitaban con masas, mientras él les retribuía con charlas que armaba sobre el amor europeo.
En ese año fatídico Roger Pla le había presentado a Antonio Berni y en la casa del pintor dio una charla sobre el por qué y el cómo Europa había sentido el deseo del salvajismo, y cómo esta inclinación enfermiza del espíritu europeo podía aprovecharse para la revisión de la cultura demasiado alejada de sus propias bases. Pero le falló el estilo, las palabras que pronunció resultaron mediocres y Pla le reprochó el tono sentimental de unos razonamientos ingenuos. Eran los tiempos de su prehistoria argentina, debería correr todavía mucha agua para que la Condesa le abriera paso a la resurrección de Gombrowicz apoyando la edición argentina de “Ferdydurke”.

Sin embargo, dos meses después del derrumbe que había sufrido en la casa de Berni, se anima a dar otra conferencia muy celebrada, no tanto por su nivel intelectual sino por el escándalo que se armó con los polacos. Decidió rehabilitarse del fracaso que había sufrido en la casa de Berni e insistió con el tema: “Regresión cultural en la Europa menos conocida”
La dio en el Teatro del Pueblo, le adelantaron que era un teatro de primera clase, frecuentado por la flor y nata de Buenos Aires, en vista de lo cual decidió preparar un texto del más alto nivel intelectual. Otra vez planteó la cuestión de cómo la ola de barbarie que había invadido a Europa central y oriental podía aprovecharse para revisar los fundamentos de la cultura.

Leyó el texto, lo aplaudieron y bastante contento volvió al palco reservado para él donde se encontró con una joven bailarina y admiradora, muy escotada y con unos collares de monedas.
Cuando estaba por retirarse con la bailarina observa que alguien se sube al estrado y empieza a vociferar, lo único que puede distinguir con claridad es la palabra Polonia, la excitación y los aplausos.
Acto seguido sube otra persona, pronuncia un discurso agitando los brazos mientras el público empieza a chillar. Gombrowicz no entiende nada pero estaba contento de que su conferencia hubiera despertado tanta animación..
Pero, de repente, los miembros de la Legación de Polonia abandonan la sala, parece que algo andaba mal.

Un escándalo, resulta que la conferencia fue aprovechada por los comunistas allí presentes para atacar a Polonia. La elite intelectual argentina era medio comunistoide y no exactamente la flor y nata de Buenos Aires, de modo que su ataque a la Polonia fascista no se distinguió precisamente por su buen gusto.
Antonio Berni relata en una nota el clima que reinaba en su estudio cuando Gombrowicz dio su conferencia sobre la regresión cultural de Europa.
“A Gombrowicz lo conocí en años de crisis. Roger Pla vino a pedirme el estudio para un escritor polaco inmigrado que daría una conferencia para un público restringido, con pago de entrada, ya que lo necesitaba porque había llegado sin nada y estaba corriendo la liebre (...)”.

 


“Poco dinero podía juntar entonces Pla para ayudarlo, y los invitados a quienes podía interesar tal conferencia eran pocos y en su mayoría tan abandonados por la suerte como Gombrowicz. Mi estudio lo tenía en una casona, resto de un antiguo casco de estancia hoy demolido, frente al parque Lezica, al costado de un pasaje y refugio nocturno de parejas. Una glicina centenaria generosamente extendía sus ramas por la vecindad. Asistieron, si mal no recuerdo, Emilio Soto, Sigfrido Radaelli, Conrado Nalé Roxlo con Arturo Frondizi, futuro presidente de la Argentina, que vivían a cincuenta metros, y una docena más de personas. Gombrowicz se refirió a la inmadurez de nuestras generaciones intelectuales; la palabra ‘inmaturo’ la repetía con insistencia en un castellano que aún no dominaba (...)”

“Un caído del cielo, a mi lado, al que le hicimos pagar doble, se dormía roncando, tenía que despertarlo a cada rato con disimulados codazos. Desde entonces mi amistad con Gombrowicz fue constante. Me acuerdo de que nos encontrábamos en un café de la calle Corrientes; Gombrowicz se miraba en un espejo que revestía un muro contra el cual se apoyaba nuestra mesa, hacía muecas y tomaba actitudes de emperador, obispo o militar. Le pregunté: “¿Estás dialogando con tu doble del espejo?”. Sin dejar de gesticular, me contestó serio, pero lleno de su particular humor: –Miro mis rasgos de aristócrata; parece que mis facciones, día a día, registran mejor todo mi linaje”.

 

 

(c) Juan Carlos Gómez
publicado el 16-4-2009







 



 
 
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