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El brasero - Miguel Angel Zappa
 

cuento finalista en el concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente...


imagen: Roberto Rossi, Jarras y botellas

El brasero

               Afuera es noche; noche funesta, enlutada, silente, con pausa de vida, con sabor a muerte. Noche tenebrosa y acentuada. Noche de las noches más crueles que desde la tierra, como un inmenso sepulcro abierto a las ánimas, se levanta expandiéndose hasta el cielo y a su vez desde arriba, me derrumba, me aplasta. 
               Poco a poco la vida va acallando su virilidad. La fauna campechana parece dar tregua a su expresión. Los animales de granja se han alistado a esperar el nuevo día. 
               A lo lejos, algún tero da señal de alerta, sonido que se pierde entre la silbatina del viento, con su aullido nostálgico y que, en alternante volumen impuesto por alguna ráfaga, evidencia su furia en las aletas de la rueda del molino. Las copas de los árboles del monte se inclinan ante su imponente marcha. 
                
               Finalizo la sobremesa saboreando un cremoso café, mientras a través de la tele sigo las últimas informaciones. 
               Para tratar de contrarrestar el intenso frío, recurro a generar calor en el antiquísimo brasero, herencia de mis abuelos. 
               Siendo las 23 Hs., apago el último pucho y me dispongo a descansar, ya que a las 5 Hs. debo revisar las vacas del preparto del tambo (rodeo de animales a parir), pues debido a la fecha de inseminación tengo registrados tres partos. 
 
               La alarma del despertador, me induce insistentemente a levantarme. Me perturba su familiar sonido metálico. 
               Perezosamente logro desactivarla y, esforzándome, intento reactivar mis sentidos, suspendidos tras el dormitar en la cruda noche de invierno. 
               Miro de reojo las agujas como para cerciorarme de la hora. La amarillenta luz de la lámpara a kerosene, titilante, dora el rostro del reloj. 
               Esclavo de un malestar no puedo asegurarme de la hora. 
               Con esfuerzo me incorporo. Tambaleante logro encender la luz eólica. ¡Me falta el aire!!!. 
               Mis pies pesan igual que mi cabeza. 
               Sigo mi rutina de aseo. Para afeitarme tomo una vasija de agua, entibiada durante la noche en la cocina Istilart. Lucho con mi debilidad y finalmente logro introducirme en el baño. 
               El espejo burla mi imagen que me prueba dibujándome como un fantasma distorsionando mi semblante.

               El frío se va apoderando de mi y un intenso temblor me domina. Veo que mi entorno gira como un carrusel. 
               Víctima de la confusión, arrastrándome, regreso a la habitación e intento calentarme los pies sobre el brasero ya casi apagado por el frío de la noche. 
               ¡Me falta el aire!!! ¡Debo esforzarme para respirar!. 
               No logro calzarme las botas pues involuntariamente estaba ubicándolas en posición invertida. 
              Escucho los perros vecinos con acentuados ladridos. Espontáneamente me alerta mi fiel “NEGRITA” que debajo del alero del comedor, sale despavorida al encuentro de una presencia extraña. 
               La reacción de mi guardiana evidencia que “algo” está pasando. No puedo salir para acompañar su feroz ataque, ni siquiera seguirla con la mirada a través de la ventana. 
               La tétrica oscuridad impone su escenario. Me frustra. 
               Un fluido tiznoso, negro y envolvente se filtra por los vidrios, penetra mis ojos y perturba mi espíritu. 
               ¡El miedo es mi oponente!. 
En el interior de mi casita de campo, tan segura aunque solitaria, debo trabar las puertas, los postigos, las ventanas, correr los cortinados pues su negro rostro espanta. 
               A lo lejos percibo un combate; es Negrita que intempestivamente intenta detener algo que se acerca, algo que avanza. 
               Encarnizada la escucho actuar como único soldado frente a un enemigo en un campo de batalla; pretendiendo desarraigar a un invasor que no se detiene, que se aproxima y, viniendo a mi encuentro, se instala en el interior de la casa. 
               La noche trasciende por el cuerpo, por el alma y, puesta de manifiesto su evidencia, me persigue, me atemoriza, me amenaza. 
               Los leños semiencendidos en la estufa estrepitosamente se desparraman, pues por la chimenea parece rugir su facha. 
               Palpo mi cuchillo en la cintura como para usarlo si hiciere falta. Desenvainado, el filoso acero parece una espada. 
               Siempre me consideré bastante corajudo, pero esta noche me tiemblan hasta las piernas. 
               Algo se apodera de mí, haciéndome sentir que la vida misma toma revancha. Algo me hace concluir que la muerte toda, me acorrala. 
               Paradójicamente mi corazón acelerado funciona a otro ritmo. Sólo esto me da la certidumbre de que aún estoy vivo. 
               El silencio se hace pleno, hasta el reloj detiene su marcha. Su funesta capa me envuelve y me clava sus aguijones.  
               Se instala un final de agonías sobre mi vida. 
               Un profundo sueño me vence; mis párpados pesados se cierran. Presiento que mi vida concluye y mis esperanzas se agotan. 
               Tomo con las manos esa cruz de plata que desde niño cuelga de mi cuello y desparramado sobre el piso a Tata Dios rezo… rezo una plegaria. 
               Mi alma sin darse por vencida, como despegándose de mí, en un camino de luz vertical se eleva y busca un milagro, clama… clama. 
               La noche en su abanico de sombras se transforma en sinónimo de muerte. 
               Mis ojos lagrimeantes, como anhelando un último deseo, se fijan sobre un portarretrato de mi amada que sonríe con dulzura. 
               Mis gemidos poco a poco… se van perdiendo en todos los silencios existentes: silencio cautivo, avasallante, desmedido. Silencio abrumador, empedernido. 
               Todos sigilosamente se hacen UNO. Sueño definitivo. 
               El epílogo trae el final. 
               Miro el ceniciento brasero y comprendo que ha ahogado el ambiente. La atmósfera se torna densa y la muerte, silenciosa deliberada y afanosamente impone sus garras mortales. 
 
               Una ráfaga de viento inunda el recinto, el aire puro penetra en mis pulmones. 
               ¡Abro los ojos!... La imagen de Cristo que recubre el lateral del armario impone una bondad inusitada… ¡Veo la luz! Esa luz espiritual cual relámpago que desde mi interior, milagrosamente reestablece mi salud. 
               Negrita llegó a tiempo. Abrió la puerta… ¡Respiro!!... ¡Respiro!!!. Cariñosamente lame mi rostro. 
               Hubo un milagro… la muerte pasó de largo. 
               ¡Estoy VIVO!!! ¡ Estoy VIVO!!!


(c) Miguel Angel Zappa

El autor vive en 9 de Julio, Provincia de Buenos Aires, Argentina


publicado el 21-2-2009

 
 
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