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Reencuentros - Mirta Raquel Zehnder
 

cuento finalista en el concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente

imagen: Alfredo Volpi, Gran fachada azul, (muestra en el Malba)

Reencuentros

El avión aterrizó sin problemas después de sortear una amenazante tormenta. Cinco años fuera del país habían sido más que suficiente para saber cuanto se ama el terruño y lo duro que es el desarraigo. Cuatro horas de autobús me separaban aún de mi pueblo, de mis viejos, de mis abuelos, y quizás también de ella …

…………………….

Qué emoción ver los inmensos bulevares escoltados de palmeras, surcados de lapachos apenas florecidos y los edificios emblemáticos embanderados no sólo con la insignia argentina sino también con las suizas, alemanas, italianas y españolas. Entonces recordé que octubre es el mes en el que mi pueblo se viste de color, de flores y de fiesta. Qué bueno fue saber que las tradiciones de los viejos inmigrantes seguían vivas y que la amalgama de sangres que era el motor de mi gente afloraba en cada esquina, en la pulcritud de las calles, en el cuidado de los monumentos, en el respeto por los templos, en la prolijidad de los parques.

Estaba a pasos de abrir la puerta y encontrarme con los míos. Entré al zaguán, que como de costumbre permanecía sin llave, luego atravesé el vestíbulo y … ya estaba en los brazos de mi madre que lloraba sin consuelo mientras mi padre me miraba atónito, sin poder pronunciar ni media palabra. Cuán maravillosos son los reencuentros, cuán tristes las despedidas.

Horas después sentí la necesidad de salir a caminar; de pisar el césped que separa las aceras de las calles, de respirar ese aire prácticamente campestre, y divisar apenas a pocos metros, los molinos cuyas aspas giran más fuerte que el viento.

Los chicos iban a la escuela a la hora acostumbrada, algunos a pie, otros en bicicleta, y las estacionaban en un porta-bicicletas común sin necesidad de candados ni de otros cuidados, pues en mi pueblo nadie roba, y mucho menos a los niños.

En el bar del Círculo de Ajedrez estaban los de siempre, tomando una cañita cerca del mediodía y jugando a los naipes. En el potrero de la esquina, dos arcos pequeños confeccionados con zarzos eran el testimonio de que los informales partidos de fútbol seguían vigentes.

De pronto escuché una música que retumbaba en todos los rincones y una voz que decía: así comienza “publicidad Radar”, una hora de actualidad, música e información, quien les habla: Dardo, un servidor, y ya iniciamos nuestra tanda musical con un hermoso tango interpretado por nuestra querida Rosana Falasca: “Malena”

Entonces, sin darme cuenta reía solo por las calles buscando las columnas con parlantes distribuidas a lo largo y a lo ancho de todo el pueblo, a través de las cuales la audición invade y derrumba las puertas y ventanas, haciendo que fuese imposible no escucharla. “Esto sí que es único y propio de Humboldt” –pensé.

Después de dos horas regresé al “hogar”. La vieja me esperaba con una fuente de ñoquis y un suculento pollo al estofado. Qué linda era aquella ceremonia tan simple como sublime. Rememoramos viejos tiempos y mientras tomábamos el cafecito de sobremesa, mamá se dirigió a la biblioteca, tomó un cuaderno y me dijo: -mirá lo que encontré. Eran mis anotaciones de la época del secundario, donde yo trataba de escribir cuentos para sorprender a mi profesora de Literatura. Allí estaba la leyenda que escribí en homenaje a mi bisabuelo materno, a quien ni mi mamá había conocido, pues su destino le había reservado un trágico final; la historia había transcurrido a orillas del arroyo Cululú, lugar al que concurríamos todos los veranos, y donde mi abuelo paterno tenía una humilde casa de fin de semana.

La leyenda del cañaveral

El río corría silencioso y manso, como si se detuviese a escuchar, en cada curva,  el canto de los pájaros. El viento era apenas un susurro que jugaba travieso entre las hojas de los sauces acariciando la superficie de agua. Francisco pescaba sentado en una escalera de adobe que él mismo había construido para facilitar el descenso por la ribera hacia el lecho del río. Allí lo encontraba el atardecer de todos los días, y cuando la última luz se apagaba, recogía su precario utensilio de pesca y regresaba a su rancho por el sendero que sus propios pies dibujaban. Su vida era una sucesión de ritos que sólo eran interrumpidos por alguna jornada lluviosa..

Aquella apacible tarde, como tantas otras, de repente el cielo se vistió de negro, el sol se apagó como una llama sin aire, y el viento descargó su furia sobre los sauces que se hamacaban sobre el riachuelo hasta perder sus últimas fuerzas y abandonar sus ramas a la suerte de la corriente embravecida. Francisco luchó desesperado por rescatar el hilo y el anzuelo que enmarañados entre los gajos naufragaban desorientados.

La tormenta cesó, el cielo se iluminó y las aguas recobraron su  habitual mansedumbre. Francisco no regresó, el sendero no sintió el calor de sus pies ni su madre escuchó tararear su canción. Desesperada lo buscó cada mañana y cada tarde; en la costa, en el remanso, en el sendero, en el aire, en el agua, en el viento. Sólo halló en la escalera una hierba nueva, que se propagaba incesante por la ribera y extendía sus raíces horizontalmente, y con la  precisión de un reloj, en cada huella marcada por los pies de Francisco, nacieron verdes brotes que se erigieron rápidamente. Luego de algún tiempo la llamaron cañaveral.

Concluí mi lectura y el nudo que atravesaba mi garganta no me dejaba respirar. Me daba vergüenza llorar por un cuento que yo mismo había escrito y que ni siquiera recordaba, pero la historia tenía más de realidad que de ficción.

Por la noche, con el cuerpo relajado y los brazos cruzados detrás de la nuca, volvían a mi memoria los recuerdos y anécdotas que aquella habitación cobijaba. Me dormí pensando en el orgullo que sentía por la honestidad con que vivía mi familia y el valor  de mis afectos. No pude evitar pensar en ella, en las horas de estudio y goces compartidos; cómo saber si aún me amaba. El sueño ganó los espacios de mi mente, y me dormí para soñarla.

(c) Mirta Raquel Zehnder

la autora vive en Humboldt, Provincia de Santa Fe, Argentina
 
 
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