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Estás aquí:  Inicio >>  Premios- Distinciones >>  El bosquecito encantado de nogales en Merlo - Miriam Sequeiro
 
El bosquecito encantado de nogales en Merlo - Miriam Sequeiro
 

cuento finalista en el concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente...

imagen: Coutaret, muestra Quinquela entre Fader y Berni, Muntref

El bosquecito encantado de nogales en Merlo

 


En medio de la montaña, casi alcanzando el cielo, una noche de este enero, cinco personas conocimos el bosquecito de nogales del que les contaré. Eran las veintitrés, aproximadamente, había llovido durante la tarde y el cielo lucía encapotado, solo alguna estrella aislada podía entreverse. Cristian, nuestro guía en la visita, nos entregó –antes de iniciar la caminata- un par de linternas y, fue así que partimos –desde nuestro hotel, enclavado en el cerro- hacia nuestro paseíto fantástico, caminamos un par de calles, en medio de una charla serena y agradable; cruzamos un puentecito por sobre el cual corrían algunos hilos de agua del arroyito que nos mojaron  un poquito los zapatos. Todo era tranquilidad y el tema del paseo –el bosquecito de nogales encantado- nos unía en una grata complicidad; y fue así que las cuatro mujeres del grupo descubrimos un pasado en común -habíamos ido al mismo colegio, el Misericordia de Villa Devoto-, claro que había más de un lustro entre ellas y yo, sin embargo habíamos compartido las mismas profesoras y también fueron las mismas hermanas nuestras guías. Allí estábamos las cuatro, bajo el cielo de Merlo -Provincia de San Luis / Argentina-, en medio de la oscuridad y con el alma presta y en un hilo, en busca de un mensaje de los habitantes del bosquecito al que nos dirigíamos. Claro que los dos varones del grupo -Cristian y Marcelo-  poseían la predisposición y el espíritu necesarios para el paseo, ánimo sensible y abierto. En nuestros silencios sólo se percibían los sonidos propios de la zona, grillos, algún animalito que se cruzaba ocasionalmente en nuestro camino y un silencio omnipresente y apacible. Al llegar a un claro al costado del camino, Cristian –nuestro guía- se detuvo, se inclinó y pareció tomar algo escondido detrás de una piedra; hizo una pausa y luego nos animó a caminar hacia el claro, previa solicitud de permiso al bosquecito para ingresar; mientras caminábamos la oscuridad pareció disiparse y una sensación de plenitud nos invadió paulatinamente, a medida que avanzábamos la noche pareció cerrarse aún más, las luces de nuestras linternas apenas si alumbraban, hasta que con voz dulce y suave Cristian nos invitó a sentarnos en un grupo de piedras ubicadas en forma circular, bajo un grupo de nogales y nos contó la leyenda que aquí les narraré, “la leyenda del bosquecito encantado de nogales”. Hace mucho.... mucho, pero mucho tiempo, cuando las hadas y elfos eran presencias habituales e indiscutidas en los bosques, y a nadie parecía extrañarle  hablar de ello, le fue encomendado a un elfo el cuidado de las cascadas del bosquecito en cuestión, de ahí en más ese sería su trabajo. El elfo cumplía su trabajo diario con sumo cuidado y esmero, ya que amaba profundamente su hogar. Un día  mientras recorría el arroyito que atraviesa  el bosquecillo, encontró una ollita dorada...un tesoro, su tesoro desde aquel momento. A partir de ahí, se convirtió en lo mejor y más hermoso de su vida. Cada día antes de encaminarse a sus labores cotidianas, se tomaba un momento para ocultarlo, y luego al finalizar la jornada, regresaba y lo primero que hacía era ir hacia su tesoro, allí comenzaba su recreo y disfrute. Ese instante era el “leit motiv” de su vida, nada era más importante, de ahí el cuidado y empeño que ponía en su protección. Sin embargo, un día al regreso de sus tareas diarias, algo sucedió, fue un momento terrible y angustiante para el protector del bosque, por más que buscó y buscó, el elfo no pudo encontrar su preciado tesoro. Más lo buscaba, peor se sentía. Hasta que al final tuvo que aceptar la penosa realidad: alguien se lo había llevado. El ELFO había perdido su tesoro. Al llegar a este punto del relato, Cristian hizo una pausa y luego nos preguntó ¿Cuál creíamos nosotros que era el tesoro robado? A esta altura del relato, parecíamos estar en trance. Casi puedo decir que formábamos parte del entorno, de la noche. Una sensación intensa de paz y armonía nos invadía. No sentíamos temor en absoluto, aún cuando hacía rato que habíamos apagado las linternas y la oscuridad nos rodeaba íntegramente. Cada uno dijo lo primero que se le ocurrió. A mi turno, dije “la paz”, porque era lo que sentía en ese momento, luego alguien mencionó el amor, hasta que al final acertamos: una de las chicas señaló la felicidad. Y SÍ, ERA LA FELICIDAD. Es ella la que, al poseerla, nos hace sentir plenos, satisfechos, todopoderosos; se convierte en un tesoro. Y como tal, un tesoro puede ser arrebatado, deseado por otro. Cada día el Elfo esperaba con ansias el fin de su jornada laboral, para disfrutarlo. Y esto, por supuesto, podía ser percibido por alguien lo suficientemente atento como para notarlo. Ese alguien deseó y luego usurpó su felicidad. Sin embargo, los elfos, espíritus de la naturaleza, al fin y al cabo, son más sabios que los humanos, por lo que al cabo de un tiempo de deambular triste, lentamente comenzó su recuperación; y el bosquecito se embelleció aún más si fuese posible. Y hete aquí la lección para nosotros, humanos: puede sucedernos que, una vez que sentimos haber hallado la felicidad, la atesoramos, atesoramos, y atesoramos a fin de disfrutarla... hasta que un día, ups... ya no está allí. Por más que intentamos no sabemos como pudo haber sucedido. Creemos que alguien nos la robó: cuando en realidad tanto atesoramiento, nos aleja un poco más de ella. Y así también lo entendió el duende, por lo que, su hogar –el bosquecito de nogales y los arroyitos- a partir de ese momento y con su permiso, pueden ser visitados y disfrutados plenamente, por todos aquellos que quieran hacerlo, aún cuando se lleven parte de su felicidad, como fue en nuestro caso. Nos llevamos un hermoso sentimiento y dejamos un hermoso recuerdo nuestro. En mi terraza tengo un pequeño nogal del bosquecito encantado, en una maceta de ciudad, es el que me recuerda frecuentemente esta historia. Por supuesto que al emprender la retirada, agradecimos a nuestro elfo por su generosidad para con nosotros y le retornamos la llavecita prestada. Ya de camino al hotel -obviamente, luego de realizar unas maravillosas fotos nocturnas del lugar-, y como corolario de tan hermoso recorrido, nuestro guía nos contó, que en una oportunidad en la que habían planeado el mismo paseo con un grupo de personas un tanto  desconfiadas –mayormente por su profesión, creo-,  sucedió que... Al iniciar la caminata comenzó a llover profusamente, y a pesar de los esfuerzos por avanzar en medio de  la tormenta, todas las linternas se apagaron una a una... ¿Qué si es verdad? Que puedo decir, me gusta pensar que el ELFO sigue protegiendo el bosquecito encantando, y que por su naturaleza de Elfo, decide y selecciona discriminadamente a los visitantes. Da la bienvenida y comparte o excluye a voluntad el ingreso. Ah! Me había olvidado de contarles que cada uno de nosotros pidió un deseo arrojando una piedrita en el arroyo, no sé como les habrá ido a los demás, pero con relación a mi deseo: puedo decirles que lo que deseé fervientemente en ese momento, hoy estimo que no sucederá, que se le va a hacer.... mi vida cambió, y también mi deseo. Sin embargo, la llamita de la felicidad está adentro mío... quién sabe... tal vez algún día regrese y pida con la misma ilusión otro deseo.  

(C)  Miriam Noemí Sequeiro

la autora vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina


publicado el 14-2-2009 
 

 


 
 
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