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El por qué de las lágrimas - Rubén Antonio Tosolino
 

cuento finalista en el Concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente

imagen: Fernando Fader

El por qué de las lágrimas

Este cuento revela cómo a través de una triste historia de amor, ocurrida a una joven pareja de amantes, creció una verdadera leyenda.

Era en la época de las colonias; criollos y nativos de la región, repetían siempre una fábula como real de algo que había sucedido en una gran estancia, esta se hallaba recostada en la costa del Paraná, a pocos kilómetros de una villa, que con el transcurrir del tiempo llegaría a ser la capital del país y también la capital de la provincia y que hoy lleva el nombre de este río.

La historia empieza con la vida de un buen mozo y fortachón joven, alto de cabello renegrido y ojos verdes, que  recién cumplía los 18 años y que trabajaba en la propiedad en todos los quehaceres propios del campo. Comentaban que se enamoró perdidamente de la hija del dueño de la estancia, el cual era un hombre muy autoritario, agresivo y terco.

La adolescente hija de este estanciero, tenía ya 15 años cumplidos, muy hermosa, delicada y de agraciada figura, cabellera lacia y rubia, unos grandes ojos celestes soñadores. Esa mirada dulce y tierna fue la que cautivó al animoso joven. Ella había venido de la gran población, donde estaba viviendo y estudiando en lo de su abuela paterna.  Pensaba pasar las vacaciones con su padre, quien estaba separado de su mamá y para siempre, se comentaba que esta separación se debido al mal carácter de este. Fue aquí, en la estancia, donde la niña conoció al apuesto mocetón y también quedó perdidamente prendada de él.

Había nacido en ellos un apasionado y gran amor, se mostraban radiantes a la vista de todos, lógicamente que esto trajo alegrías para unos, admiración para otros  y desazón y celos para unos pocos, pero el que más de todos se sintió afectado fue a su padre, porque él siempre repetía, que pretendía algo mucho mejor para su hija.

No bien se enteró de los deleitables encuentros de la hermosa parejita, lo primero que hizo y sin ningún tipo de miramiento, fue mandarla internada a un convento de monjas de clausura, privándola así de la libertad de disfrutar de su tan hermoso y ardiente amor...

El muchacho enterado, quiso desesperado hablar con su amo para reclamar por ella, pero él padre  indignado y con prepotencia lo mandó a los montes a hachar y que principalmente lo hiciera con todas las plantas que dieran flores rosadas, azules y coloradas.

-Según él: Esas plantas, solo servían para hacer llama, ni siquiera calentaban y tampoco eran útil como madera, porque eran frágiles, desformadas y nudosas.

Aquel inmaduro adolescente marchó triste a cumplir las órdenes de su patrón y no pudo jamás volver a ver a su amada. Se perdió en los montes. Decían que al principio lo vieron  destrozando los árboles que le había indicado su amo. Otros contaban también que se lo solía ver pescando, pero se lo notaba cada vez más desmejorado y consumido. Coincidían que casi simplemente se sentaba en las altas barrancas y se quedaba mirando con nostalgia correr el gran río, llamado por los indígenas guaraníes “Paraná”, que significa “pariente del mar” y que tiene color del lomo del león.

Y así lentamente se lo fue devorando el olvido, hasta que hubo alguien, al último, pasado el tiempo, que lo creyó ver navegando enhorquetado sobre un inmenso  raigón, de esos tantos que remolca este enérgico río, envuelto en camalotes, irupés, repollitos del agua y todo tipo de alimañas que suelen acarrear estos. Las suposiciones de muchos y principalmente de las comadres del pago era que, se había ido a buscar a su amada.

La vida en la región prosiguió deslizándose monótona para ciertas cosas y para otras velozmente, máxime, para los que no atesoran grandes recuerdos o ambiciones y se lo fue olvidando.

Su imagen se desvaneció, como esos frenéticos remolinos que forma la impetuosa corriente de este indómito río y no se lo vio nunca más.

Después de un tiempo indefinido tres Gurises costeros, que alegremente jugueteaban deslizándose en esos declives, de los tantos que forman las caprichosas barrancas en la costa, tropezaron con una osamenta humana. Esta, una vez analizada, resultó ser aquel joven olvidado, y que había permanecido allí oculto bajo tierra y en una extraña posición fetal. Era como si se estuviera refugiando de un atroz frío y suplicando piedad, o quizás alguna ayuda superior. Pero, lo que realmente llamaba la atención fue que: Cuando se lo vio la última vez cabalgando sobre el tronco, dentro de aquel camalotal, estaba a muchos kilómetros aguas abajo, de donde fue ahora encontrado muerto.

-¿Cómo es que había remontado tanta distancia en este imponente río?

Hubo muchas presunciones; pero lo que sí, y que podía deducirse fácilmente, era que la muerte fue por corrimiento de tierra que lo tapó y asfixió.

Narraban lugareños, después de mucho tiempo. Cuando ya el  terco y deshumanizado dueño de la estancia había fallecido y esta vendida, cierta tarde llegó a los pagos una mujer madura, de unos 40 y tantos años, toda vestida de negro y que se la notaba muy abatida. Lo primero que quiso saber,  era donde encontraron enterrado aquel joven y se hizo llevar de inmediato hasta ese mismo sitio, una vez allí, se quedó sentada en el mismo borde de la barranca, donde se lo solía ver a él también y se puso a contemplar melancólica y entristecida el correr del grandioso río.

Después comentaron que, hubo alguien que la vio vagando igual que el desdichado joven, y así lo mismo que aquel se la fue olvidado y por último terminó desvaneciéndose de la vista de todos. Lugareños, comadres y viejos habitantes de la región, aseguraban que ella era la misma joven enamorada y que una vez fallecido su tirano padre, renunció a sus hábitos de monja y regreso para encontrarse con su amor. 

Fue pasando el tiempo y otra vez aquellos mismos gurises, que encontraron el joven, y ahora ya hombres, habiendo crecido de forma tal que uno era muy alto elegante de piel rosada y ojos verdes, el otro también alto de ojos celestes y piel morena y el tercero que si bien no era tan alto, sino de estatura media, bastante robusto  y enérgico, de ojos marrones y de piel bien colorada.

En cierta oportunidad yendo a pescar al mismo lugar, descubrieron algo realmente conmovedor y que atrajo la atención de propios y extraños. En el mismo lugar donde se encontró el cuerpo de aquel joven enamorado, ahora allí había crecido un grande y hermoso árbol pero, lo más sorprendente y conmovedor de todo, fue que entre sus ramas se encontró enhorquetada muerta, y  

Como abrazándolo con fuerzas, al cuerpo de aquella bella mujer. La descolgaron y le dieron sepultura en el mismo lugar donde fue enterrado aquel mozo.

Sabedores de esa época, comentan que pasado un largo tiempo, cuando ya casi nadie de los de aquella época vivía, fueron apareciendo en toda la región y preferentemente en las barrancas del Paraná, árboles que tímidamente se quedaron para siempre y que quizás fueran aquellos mismos tres gurises que descubrieron los cuerpos de los dos amantes.

Estos son;  “EL LAPACHO ROSADO”: Este apenas se insinúa incipiente la primavera, afloran en él presurosos y apretujados capullos. Estos engalanan todos los irregulares barrancos de la costa con sus copas florecidas y que al abatirse sus flores alfombran todos los espacios y senderos del lugar. Inicialmente no suelta sus hojas, pero bañará con una llovizna de esencias a todos lo que pasaban bajos sus ramajes cargados de flores. El otro es "EL JACARANDÁ", Modestamente, y después de un corto tiempo, va apareciendo como ocupando el lugar del arrogante "Lapacho", pero este ahora se surtirá de flores celestes y cubrirá con un manto de petardos todas las barrancas.  Y por último hará su aparición el siempre verde "EL CEIBO"; que casi juntos a ellos; brota con imponencia, propagándose de flores coloradas con cintillas amarillentas y quedándose sin complejos definitivamente.

Estas plantas lloran y rocían como bendiciendo a todos los que las frecuentan o pasan debajo de ellas; son además, atentas custodias que miran desde las altas barrancas el correr porfiado e impetuoso del río Paraná. Este que con su vasto torrente de energía transporta permanentemente grandes islas flotantes cargadas de vida y transformando el paisaje costero.

¿Y acaso estas bellas plantas no fueron también las que mando a destrozar aquel petulante propietario?

Y pasado un tiempo más y como un misticismo, los pobladores del lugar, no perdían la oportunidad,  para dar un paseo por ese sitio llevando velas, flores y ofrendas, que colocaban al pie del sufrido árbol, hasta que, con gran sorpresa y admiración, descubrieron que junto a su robusto y sufrido tronco, apareció una bellísima plantita de enredadera y se fue trepando por él hasta rodearlo por completo, enmarañándose entre todas sus ramas, como si lo abrazara fuertemente, y cuando término de encaramarse floreció cubriéndolo totalmente de bellísimas campanillas celestes y que exhalan un subyugante perfume.

Este árbol sería el mismo, el que, entonces se lo vio navegando y que además, es el causante de formar las vagabundas islas flotantes y también el que acostumbra a descansarse en la costa para quedarse reposando por un largo tiempo y que quizás sea cubierto de lodo y suelte retoños por todos lados; o sino por el contrario, se marche silencioso de la noche a la mañana, como cuando llegó y también con el transcurrir del tiempo, se notará de él, quienes se sienten a su sombra que de su follaje, caen gotitas de agua como si fueran lagrimitas. Por ello todo el mundo coincidía en que, estas gotitas eran lágrimas de júbilo y regocijo por haberse encontrado nuevamente y quedarse unidos para toda la eternidad.

Las vicisitudes de aquel efímero y apasionado amor, fueron las cimentaron las fantasías y darían pie al crecimiento de esta leyenda, que se lo reconocería después como la del "SAUCE LLORÓN".

(c) Rubén Antonio Tosolino

El autor nació en en Bouwer, Provincia de Córdoba, Argentina y vive en esa provincia.

publicado el 13-2-2009


imagen: Fernando Fader, muestra Quinquela entre Fader y Berni (Untref)



 



 
 
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