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La bella leprosa - Edilma Rico Ochoa
 

cuento finalista en el Concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente...


imagen: Alfredo Volpi, Hombre con paraguas en el paisaje, muestra del Malba


La bella leprosa

Cuenta la leyenda que un hombre al cual la historia dio la espalda con su olvido llegó al regadillo, lleno de manchas y verrugas asquerosas, que lavaba frecuentemente en el río, no causó pavor a los vivientes del lugar, se rodeó de amigos sin facciones, mutilados y esqueléticos.  La miseria humana y divina vivían allí, reflejadas en la naturaleza inhóspita, un río de barro, mugre y una gente miserable sin ayudador.

Dicen que en las madrugadas Benigno oía pasos hercúleos, atravesar el
caserío y llegar a la cima de la empinada cuesta.


Decidió seguir las sombras en medio de la madrugada, la rapidez con que  revolvían el aire a su paso dejaba  un gran rastro helado al alejarse del caserío.

Comenzaron  la ruta por una empinada cuesta al lado del río , el terreno bastante húmedo y de vegetación exuberante, no permitía ver claramente el rumbo que seguían, se separaban constantemente por caminos que parecían réplicas del anterior.  Llaneando algunas veces, ganando altura por barrancos otras, daban la sensación de estar avanzando a ningún lugar.


Los senderos delimitados por la lejanía, eran trepados sin dificultad por aquellos espectros.  Llegaron a una zona de almendros y pinos dispersos que permitian ver esta  mezcla algo siniestra, entre el suave viento y aquellas apariciones, pero tan llamativas que lo invitaban a seguir.

De pronto lo compacto de la vegetación ya no permitia caminar, empezó a sentir que el aire se enrarecia hasta ausentarse completamente de sus pulmones, logró ver un montículo de piedras que daban la bienvenida a la cima pero sintió  que no lograría el descenso…

Empezó a sentir como cada uno de sus granos  se reventaba, liberando así el dolor y la soledad del abandono de un pueblo que cubria de depravación y pecado su temor al contagio.

Esa pus podrida lentamente tomó el descenso por él, fue como un adelantarse con las energias que  ya no poseía.  El sendero amarillo y encinos  quedó al comienzo del descenso.

 Los cartílagos de las orejas y nariz empezaron a correr montaña abajo dejando un sendero de caliza, entremetida en tierra parda  y blanda.

 Sus dedos fueron desliéndose uno a uno, dejando estelas marrones a mitad de ladera, incapacidad  de descender tras un sueño.

Por último sus venas reventaron  y fueron tragadas por la tierra, sin digerirlas por su sabor a miasma, las vomitó trescientos metros abajo pintando de rojo la senda entre árboles grandes,  puerta del valle que otros habitarían por el resto de sus vidas y que llamaron contratación en honor a los quineros  dejando desprovisto de reconocimiento a Benigno, el hombre de 21 años que había llegado al regadillo, y explotó  como  un anciano de 80 años por el olvido de un pueblo que esconde sus pestes,  en el corazón de una montaña.


La historia no recordaría ni su apellido pero en la tierra quedó grabada para

siempre mediante la geografía de una montaña  las cicatrices de una plaga.

Por eso se dice que en la bajada a contratación la tierra tiene todos los colores de la lepra.  Y siempre que se observa desde las alturas y más allá del sol se oye la frase “la bella leprosa”, solo la valentía de una leyenda olvidada puede tener hermosura, a los ojos de la miseria divina.


(c) Edilma Rico Ochoa

Bucaramanga, Santander, Colombia

publicado el 2-2-2009

 
 
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