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Estás aquí:  Inicio >>  Premios- Distinciones >>  Recuerdos chaqueños - Miriam Anahí Pavón
 
Recuerdos chaqueños - Miriam Anahí Pavón
 

cuento finalista en el Concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente


imagen de la muestra Culturas del Gran Chaco en la Fundación Proa

Recuerdos Chaqueños

     La tierra toda, es una enorme boca abierta,  el agua que se niega…el Chaco llora.

     Pero, ellos hombres y jóvenes, trabajadores, fuertes no se dejaban ganar por la sequía, llevaban doscientas cabezas de ganado…hacia el agua.

     Humberto, con su tranquilidad admirada, ojos marrones oscuros, la cara curtida por el sol, moreno, alto y divertido, animaba a Octavio que por ese entonces tendría unos 21 años, más callado, un tanto testarudo, ojos claros, tez blanca, rasgos duros, acento cordobés.

     Tropeaban desde chorolis y Tres mojones (Chaco) hasta Tostado (Santa Fe).

     Corría el año 1940, el Chaco ya sufría, era pobre, con sed y casi despoblado.

     Antes de partir esa semana Humberto y Octavio deciden ir a un “bolicho” a tomar unas ginebras, les gustaba el trago y enseguida la borrachera se adueña de ellos. Cerca de la madrugada un hombre bajito cincuentón, al que llamaban Chano, comenzó a relatar la historia de la “novia blanca”.

     Los troperos prestaron atención pese a su estado de ebriedad.

     Chano comenzó.

     Allá cerca del 468, pasando la vía del tren la encontré, era blanca y linda la “Guaina” vestida de blanco con pa “casace” estaba, el caballo mi doradillo, viejo amigo de aventuras, empezó a retobarse, y a no querer pasar, lo apuré un poco con las espuelas y siguió caminando al tranco, medio “desconfiau” al verla parada me entró un poco de miedo y paré, la miraba nomás y ella a mí, estaba a unos veinte metros más o menos, yo ni me movía y ella tampoco, ¡Vo viera como me miraba!. Me estaba desesperando el terror que me agarró, tenía un cagazo chamigo!. Despacio empezé a dar la vuelta hasta Chorotis, no paré…al doradillo le salía espuma por la boca, pero ni él quería parar, no me dí vuelta pero sentí, su risa, te juro que por ahí no pasa nunca más.

     Los oyentes del boliche quedaron asustados por la historia de Chano. Pero Octavio se empezó a reír y a burlarse del viejo, lo siguieron los demás. Pero en el fondo la impresión…los tocó.

     Tirados sobre los cueros del apero descansaron, salieron a las seis más o menos a buscar las vacas, hicieron veinte y cinco kilómetros hasta tres mojones, allí la inmensidad del campo lo gana todo, represas con poco agua, alambrados cortados.

     -Se vé que hay cuatreros por acá-riendo comentó Chacho, como llamaban a Octavio habitualmente.

     -Le habían sacado unas vacas al viejo Yiyo -dijo Humberto.

     Los dos habían sido contratados por Don Eusebio Contreras, conocía el trabajo de los dos muchachos y quería que fueran ellos lo que llevaran sus vacas hasta Santa Fe, cien de ellas iban a ser vendidas, las otras cien eran llevadas a corrales por tres meses. Para engordarlas y venderlas, en el Chaco era imposible que sigan viviendo, la sequía lo llevó todo, eran malos tiempos.

     Contreras, tenía un pequeño almacén para las treinta familias que vivían en la zona, Doña Julia, la mujer de Eusebio le sirvió dos vasos llenos de Ginebra para aliviar la sed, el sol ardiente los abrazó esos kilómetros.

     En una mesa Tres Gauchos tomaban vino blanco.

     -¿Ustedes trabajan solos?-preguntó uno.

     -Por ahora si - contestó Humberto.

     -¿Necesitan tres pa’ ayudar? Siguió el gaucho.

     Humberto lo miró a Chacho y Éste hizo un gesto con la cabeza.

     -¿Cuánto quieren? –preguntó Humberto.

     -Cincuenta para cada uno y la comida.

     -Salimos cuando vaya bajando el sol.

     Estuvieron tomando y comiendo hasta las siete de la tarde y decidieron salir.

     El zaino negro de Humberto llevaba las ollas y un par de mantas.

     Octavio, la comida y botellas de Ginebra en su moro caballo guapo en los largos viajes.

     Morales, Velázquez y Giordano, silbaban bajito.

     Oscureció ya cuando iban llegando al 468, los caballos empezaron a empacarse, las vacas pasaban lento, con recelo.

     A los gritos, los troperos apuraban a las vacas para que fueran pasando las vías.

     Chacho y Humerto venían atrás del “vacaje” cuidando que ningún animal vuelva y allí la vieron.

     Chacho, le arrimó “lonja” al moro y pasó cerca de “ella” sin mirar.

     Humberto no podía controlar a su caballo que empezó a corcovear, los animales saben cuando un alma anda penando.

     El zaino se empezó a calmar y “ella” se acercaba.

     -¿No me llevás hasta el monte?-dijo.

     -No, voy muy cargado de cosa -contestó Humberto señalando las ollas y las mantas.

     -No importa, yo me hago un lugarcito.

     La noche era clara, una luna grande iluminaba el firmamento, con cientos de estrellas de testigo. Humberto sintió que subió en ancas del zaino, sin ni siquiera apoyar los pies en el estribo. Los demás no miraban.

     El caballo y él, no sabían que hacer, Humberto pensaba en tirarse de caballo o seguir y rezar.

     Un kilómetro habían hecho, más silenciosos que sapos en invierno.

     Entrando al tramo donde se abría paso el monte “ella” dijo:

     -Acá me quedo yo.

     Cuando Humberto se dio vuelta para decir algo, no la vio más.

     Un poco más tranquilo se bajó del zaino, unos cinco kilómetros más adelante descansaron.

     Prendieron fuego, sacaron las aperos, cojinillos, caronas para hacer descansar a los caballos.

     Los cinco hombres estaban mudos, comieron un guiso que cocinó Morales, habían sido las diez de la noche. Tomaron unos tragos pa´ adelantarse.

     -¡Qué valiente “juiste” hoy amigo! -dijo Velazquez a Humberto.

     -Este viejo “desgracio” de Chano no mintió, che.

     Giordano comenzó hablar, raro en él era bastante reservado.

     -Era sabido lo que iba a pasar, esta “China” hace unos veinte años que murió, desde entonces se aparece, dicen que el novio la mató, por celos comentan.

     Parece que salía con el “cuñao”. El tipo la enterró en el monte cerca de un algarrobal. Aparece en las vías porque por allí la apuñaló. Pide que los gauchos la lleven porque dicen que el novio la arrastró por la tierra arada, cinchándola con el caballo. Pobre alma en pena no busca venganza, anda buscando su amor.

     Se levantaron a la cinco, un descanso tranquilo tuvieron. Tropiaron sin parar y sin descanso hasta que llegaron a Tostado. Vendieron las vacas, le pagaron a los tres gauchos y fueron a una cantina a tomar unos tragos y tenían que volver. Pero ninguno quería pasar por donde aparece la finadita.

     Planearon volver por otro camino, el viaje sería un poco más largo.

     Medio en “pedo” salieron los cinco con rumbo casi incierto.

     -“Nos perdimo cumpa”- dijo Morales.

     Y Chacho comenzó a recitar al Martín Fierro:

     “En la cruzada hay peligros

     Pero ni aún esto me aterra,

     yo ruedo sobre la tierra

     arrastrao por mi destino

     y si erramos el camino..

     No es el primero que lo erra.”

     El temor a estar perdidos no los invadió, siguieron al tranco en una gran oscuridad, comenzó a refusilar, y tronar y por fin llegó el agua tan anhelada. Vieron una tapera alumbrada por la luz de los refusilos, al trote iban los cinco para entrar a refugiarse.

     El olor al abandono los asfixia, con los cueros de los aperos extendieron unas improvisadas camas.

     A Giordano se le había dado por contar historias de apariciones y se propuso  contar otra.

     Hace unos dos años pasé para acá, en esta tapería.

     Parecía vivir mucha gente. El rancho estaba lleno de luces, velas , candiles. Sentí llantos y me dí cuenta que era un ebrio. Pasé de largo y cuando el rancho quedó atrás me di vuelta ¡y no había nada!.. Al trotecito seguí acompañado por los lamentos.

     Se quedaron pensativos vaya uno a saber pensando qué. Seguramente rogando que la mañana llegara pronto.

     Muy entrada la madrugada, Octavio sintió que algo alumbraba su rostro. Sobresaltado se despertó. Una pequeña luz de color amarillenta, no más grande que un mate lo iluminaba. Se corrió, la luz lo siguió, de un salto se levantó, corrió hasta la ventana y la luz lo seguía, lo habló a Humberto, se despertó. Vió la luz. Pero a él no lo siguió. Miró afuera de la tapería, y vio miles de velas encendidas. Por la parte de atrás del rancho. Se escuchaba gente caminando y llorando. Todos ya de pie, con la luz que seguía a Octavio y que a su vez iluminaba toda la tapera. No sabían que hacer, si salir, si esperar, si correr.

     De a uno fueron saliendo, el ruido de los lamentos era insoportable. Giordano dijo.

     -Vamos a ensillar, ya sé por donde es el camino. ¿Vieron que era verdad que pasé por acá?

     -Dále apuráte, ¡dejá de hablar, Chango!

     Ensillaron como pudieron, los caballos estaban inquietos.

     Pero salieron al galope rápido. Más adelante Octavio miró para atrás, la luz seguía a sus espaldas.

     Pero la tapera estaba más oscura que noche sin luna, como si todo hubiese sido un sueño como si el miedo fue el que provocó todo aquello.

     Pero esa luz  ¿Qué era?

     A diez kilómetros de Chorotis, ¡la luz se fue!

     Respiraron aliviados, nadie lo dijo ese día. Pero unos cuantos años después, mis abuelos Octavio y Humberto me contaron que ése fue el último viaje que hicieron y que esa luz le apareció a Octavio cuando nació mi papá. Desde ese día lo acompañó la luz en los momentos buenos de su vida. Y entendió que esa noche los acompañó para que no perdieran el camino, y para que la desesperación y el miedo no los llevara a cometer alguna locura.

     Estos cinco troperos, siguieron junto viviendo otras aventuras. Pero ninguna como la de esos días….

     Fin.

     A la memoria de mis abuelos

¡Los extraño!


(c) Miriam Anahí Pavón -La autora vive en Rafaela, Provincia de Santa Fe, República Argentina

 

 

               

 

 

 
 
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