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El ángel de las piernas torcidas - Reinaldo E. Marchant
 

En la arena blanca de la playa brasileña, en dulces potreros de infancia, hacia el atardecer, un balón imaginario inyecta luz en las orillas rumorosas de sus habitantes. Por ahí remonta placer Garrincha, elude al montaraz olvido, al abandono, y a esa mala patria, la miseria. ¡La felicidad no ha muerto!




(Santiago de Chile) Reinaldo E. Marchant

Nadie logró ayudar al jugador más admirado de Brasil, Manoel Francisco dos Santos, Garrincha, que murió solo, pobre y con los órganos devorados por el alcohol. Este 20 de enero se cumplirán veintiséis años de su fallecimiento. Su tumba, ubicada en el cementerio Raiz da Serra, a 50 kilómetros de Río de Janeiro, continúa abandonada en un sepulcro deplorable, plagado de mosquitos y soledad.  

Mané tenía un espíritu totalmente diferente a Pelé. Fue un nativo de Pau Grande, obrero de una fábrica de telas y no existe otro futbolista que entregó tanto placer y alegría en una cancha, con maniobras que jamás antes se vieron. Tímido y sencillo al extremo, si Garrincha hubiera usado un pequeño porcentaje de comunicación - que aborrecía tanto como la adulación-, sin duda sería considerado el crack número de todos los tiempos: sus virtudes no han sido igualadas. Quedó como un limpio símbolo de Brasil. La empresa y marca global que representan esos pocos jugadores que se disputan el trono de quedar a la manera del primer patriarca del balompié en la historia humana, fue un asunto que el genial  oriundo de Mato Grosso siempre ignoró.  

       

Antes de que él pisara el césped de una cancha, el fútbol era un espectáculo que carecía de genios. Todavía antes, no existía un ser que emprendiera regates, brincos, amagos, cabriolas y movimientos imperceptibles con el cuerpo. Hasta que llegó Garrincha y nació  la alegría en el pueblo. Surgió un fútbol diferente. El balón, tratado en zigzag por un encantador de multitudes, nunca fue acariciado más plácidamente que en los empeines de aquel astro  que perseguía pájaros en la selva de Mato Grosso. 

Manoel dos Santos no tenía huesos ni cartílagos. Adolecía de voracidad palaciega. Era un patizambo, descendiente de indios, que vino al mundo para que le pegaran; tocaba música con los pies: alrededor de los zapatos había un plumaje que dibujaban geografías que regalaban risas. La tierra le prestó inocencia de ángel. Desde entonces fue un maravilloso espectro que se vestía de persona. Para el niño no existían las canchas de fútbol, sino terrenos con hálitos de paraísos donde era permitido saltar, hacer acrobacias, picar en curvas, llevar atadita una estrella, volar rompiendo las cúspides, los ojos abiertos y a trancos de animalitos escurridizos que descienden en picada los cerros lineales.  

El mundo lo conoció con el nombre de un pájaro incauto y veloz, garrincha.  En pesquisas cándidas por matorrales y arboledas, desarrolló habilidades únicas, serpenteos y giros de bailes, taconeos y frenadas fortuitas, que lo llevarían a superar a temibles cancerberos, casi de rodillas o con la cintura en extremo quebrada, desafiando la gravedad científica y al orden abúlico de las cosas. 

Los zapateos, pantomimas, danzas, la samba y música de carnaval, eran conciertos de ríos y cascadas de Pau Grande. En Sudamérica florecía un Charles Chaplin que divertía con su distrofia física y esa pierna izquierda seis centímetros más corta que la derecha. Su instrumento de trabajo, un balón.  

El genio rápidamente se hizo popular. La gente pagaba para distraer las nostalgias. Había que ver a ese prestidigitador de músculos torcidos que hipnotizaba a los adversarios con habilidad inimitable, y que los únicos engaños en vida los hizo con las extremidades ante muchedumbres delirantes. 

Jugaba al fútbol pero no mostraba la pelota. Ésta se perdía en el resplandor que encandilaba la vista. “¡Mírenle el cuerpo, no el balón!”, gritaban a los custodios. Tampoco resultaba. Corría sin el esférico. Lo dejaba en descanso sobre el césped, mientras toda la retaguardia en desfile circense buscaba indicios del malabarismo. Un hecho milagroso succionaba la de cuero, la perdía en segundos de oro, y enseguida reaparecía cuando la gacela morena se abría paso con zancadas armoniosas, traspasando sombras de nacionalidades ignotas. 

Contar con una pierna más corta que la otra y proyectar piruetas de estilista consumado, sólo los pájaros de Mato Grosso pueden esclarecer: Garrincha siempre volaba por la banda derecha, pasaba la misma marcha veloz, se detenía exactamente con su único freno, y nadie pudo detenerlo.  Nunca antes otro futbolista entregó tanto amor en una cancha. No necesitó a Pelé para consagrarse de genio - la ciencia confirmaba que era “débil mental”- y brillar como un llameante astro perpetuo. 

Pudo convertir mil goles; lo suyo era la festividad del driblen, lanzar un sombrero, un caño, inventar una jugada no escrita en manuales, regresar donde los defensas, dar una nueva oportunidad y repetir las maniobras y entregar a malla descubierta pases para que terceros se quedaran con la estadística del gol. 

Su morada era el cosmos bendito de una cancha. Ahí guardaba los botines y la ropa. No tenía otro cielo. Cuando salía a la calle llegaba la tristeza de las circunstancias. En los arranques por los bordes sobraban las ideas; sumido en laberintos cotidianos, pocas veces sorteaba el abismo. En Mato Grosso, sus amigos, los pajarracos silvestres, hasta estos días pían Mané… 

Llevaba en la sangre la ingenuidad del chiquillo que perseguía por riachuelos, bosques y florestas, pequeñas aves electrizantes. Manoel Francisco dos Santos ejecutó sus primeras fintas y gambetas a los pájaros, en cerros y parajes selváticos. En esa comarca sostuvo sus primeras prácticas del balompié. Después fue cosa de entrar a un estadio y no cambiar jamás el modo de jugar con la cabeza erguida ―cual rey sin corona―, sin observar la pelotilla, dando pasos de danzarín, balanceando el cuerpo en grados no descubiertos por sabios, paralizando a rivales ocasionales que nunca calculaban la velocidad de la proeza nativa: soberanía espiritual, pionero en repeler el fin de mercaderes. 

A las puntas de los estadios sembró de belleza. Por esa zona el pasto crece distinto. Las pisadas son más hondas y los brincos, un disparo de resorte aceitado. Antaño aquellos espacios eran inútiles, escasamente visitados, hasta el jardinero olvidaba los riegos de sobrevivencia. Cincuenta años más tarde el público cree ver a un espectro mareando caderas y riéndose de las leyes de la física, cruzando sin jactancia a los rivales. Es la figura de Garrincha, marcada a fuego, cimbreando geografías imposibles. Esa que fue alegría verdadera, nunca muere. 

El mal hábito de aprender lo que enseñan personajes serios, eruditos y letrados, lastima la espontaneidad. Mané dictó muchos manuales de fútbol. El ejemplo de sus jugadas, forma elegante de caminar y flexiones en un campo de juego, ilustró a generaciones que no han  seguido las huellas de la diversión. Sin hablar, dijo muchas veces que el balompié es puramente un convite a un masivo festejo. Que más allá de una fabulosa maniobra, se tenía que desdeñar del poder y de empresas cometalentos. El acierto en la red, ese producto millonario, era asunto de negociantes. A él le importaba la música y que la gente saltara en las gradas. Si las raíces se encuentran en un bar, en la cerveza con cachaça, esto olía bien. A fin de cuentas, el prodigio lo otorga la Naturaleza, y ese instinto no se debe alterar por las  prosaicas normas de lo establecido. 

―Hoy me marca Joao ―decía antes de los pleitos. 

A las fieras vigilantes, por igual,  llamaba Joao. Cuando llegó a prueba a Botafogo, a modo de advertencia y pánico le advirtieron que lo tomaría a resguardo La Enciclopedia, el inmenso Nilton Santos; él, astuto,  dijo: “en Pau Grande también me marca Joao…”. Lo llenó de caños y gambetas. El  sabio defensa, que sintió brillar la perla, recomendó su contratación, “mejor con nosotros que contra nosotros”, fundamentó. 

Nunca le preocupó la cantidad y el renombre de quienes lo custodiaban. Para qué. En la cancha de fútbol no existía diferencia social ni de ninguna calaña. Los ricos no entran a ese ruedo porque es la única vez que pierden con los carasucias. Su seguridad residía en el instinto espiritual que venía de las entrañas de la tierra. Frente al adversario jugaba “a lo que saliera”, y sorteó los túneles y pendientes más montaraces. 

En silencio le sonreía a los pizarrones y equipos técnicos. ¿Ellos habrán sentido el aire de una cancha? ¿Sabrán lo que significa ir a tomar  un balón que desciende, detenerlo pegado al cuero y luego continuar con la jugada hasta llegar a un final feliz? Para volar a Estocolmo, Mundial de Suecia de 1958, la ciencia le pedía un test psicofísico mínimo de 123 puntos. Sacó a gatas 38. El infierno de los expertos lo condenaba a un regreso a Mato Grosso. Nilton Santos, el excelente capitán, junto a Didí y Vavá, convencieron a los especialistas que las leyes de gravedad no podrían con La Alegría del Pueblo. Y subió al avión. Más tarde el periodismo haría su parte: “hay que dársela a Garrincha”.  Fue, jugó y ganaron la competencia. El mundo vio que, junto al crepúsculo naciente, por los costados titilaban destellos diáfanos, levantando centros de hazañas y pañuelos de gratitud. 

Por primera vez los aficionados encontraron a un jugador que detenía el balón frente al marcador y luego de un infinitesimal quiebre de cintura, partía raudo por el flanco derecho, imprimiendo un reflejo irreverente, grandioso, torcido a la manera de un hierro de carne, que quedaría grabado en plata en la memoria humana. 

El entrenador, Vicente Feola, diría, honesto: “esa vez comprendí que había que escuchar a los jugadores, ellos ven mejor los partidos dentro de la cancha…”. 

Habían nacido dos seres: Garrincha y el driblen. Él lo inventó. 

El ángel negro de Pau Grande, obrero de una fábrica de telas, pobre, que bailaba con la pelota en la suela, con sus piernas arqueadas y las rodillas inclinadas igual que un esquiador, que giraba como un taladro sin mover la pelota  ―un “rico espiritualmente, rico sentimentalmente”, decía―, aborrecía convertirse en una institución mundial, en esa mercancía escandalosa; le importaba sólo la sonrisa que brota natural en las comisuras; tenía inteligencia genuina para moverse en un campo de juego, no para negocios petroleros, vínculos con poderosos y el afrodisíaco dinero: cuando renueva su contrato en Botafogo y le consultan cuánto aspiraba a ganar, respondió: “de lo mínimo, a lo máximo…”. 

Mané añoraba su pequeño pueblo rodeado de cerros, casas modestas y habitantes auténticos; los ríos, las cascadas y las aves. Ese lugar donde en solitario aprendió “a ser humilde, coser y jugar al fútbol”. No entendía de grandeza, comunicaciones y exposición mediática. Lo suyo era iluminar de belleza los minúsculos senderos del paraje derecho, imaginando que se entretenía con “garrinchas” en los arroyuelos y montes de su comarca natal. 

Desde entonces y  hasta el fin de las épocas, en las canchas del planeta, por el asombro de una causa inexplicable, se encienden siete velas pegadas a una camisa que planea. Es la herencia perenne de aquel prodigioso hechicero de rodillas curvadas, que continúa concediendo jolgorios cuando las reminiscencias colman de episodios imborrables las mentes de los apasionados. 

En la arena blanca de la playa brasileña, en dulces potreros de infancia, hacia el atardecer, un balón imaginario inyecta luz en las orillas rumorosas de sus habitantes. Por ahí remonta placer Garrincha, elude al montaraz olvido, al abandono, y a esa mala patria, la miseria. ¡La felicidad no ha muerto! 
 

(c) Reinaldo E. Marchant


publicado el 20-1-2009
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
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