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Máscara Kid - Enrique Oscar Lombardo
 

cuento finalista en el Concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente






imagen: Benito Quinquela Martín, boceto El desfile del circo
        
                      Máscara Kid

      Las Flores, Provincia de Buenos Aires 

      1928. Sábado 13 de octubre, 21.30 horas.

     Los anuncios habían movilizado al pueblo. Todas las carteleras alrededor de la Plaza San Martín y hasta los mismos suburbios, anunciaban un “Match de catch as catch can” y mostraban la imagen de medio cuerpo, de un contendiente de lucha libre, cuya cabeza –incluido el rostro- estaba totalmente cubierta con una máscara de tela negra, dejando al descubierto sólo unos orificios en la boca, en la parte baja de la nariz y las dos hendeduras apaisadas de los ojos, cuyas pupilas negras denunciaban cierta ferocidad.

      Las leyendas de los cartelones en varios tamaños de letras y diversos colores anunciaban el desafío que este luchador –extranjero de un país lejanísimo, según se indicaba- formulaba a “cualquier habitante de la ciudad que se animara a enfrentarlo”. El resultado del encuentro al que se sometía el retador era que, si vencía, lo conformaba el aumento de su fama de invicto y si era derrotado, su vencedor le quitaría la máscara y revelaría su identidad, antes nunca conocida y embolsaría la recaudación de la noche, previo descuento de los gastos del local.

      En los ambientes jóvenes no se hablaba de otra cosa en esos días. Dos grupos  deliberaban acerca de cuál de los miembros se animaría a afrontarlo, tratando de que la decisión no trascendiera pues, de alguna manera, también era una especie de desafío entre esas agrupaciones. El vencedor lo haría en nombre de sus amigos y la recaudación se dividiría entre él y sus hombres de apoyo. También era evidente que el triunfo lo sería sobre alguien de trascendencia internacional y al premio se sumaría un prestigio de alcances imprevisibles, del cual –por lo menos- la prensa local se ocuparía con preferencia.

      En el cotilleo femenino, ninguna se ocupaba del luchador local. Todas estaban expectantes por el extranjero valeroso, cuyo rostro perdería la virginidad, supuestamente nunca revelada.

¿Se quedaría en el pueblo si era derrotado? ¿sus facciones serían las de un ídolo? ¿dónde se alojaría? ¿qué misterio encerraba esa cara?

     Las más osadas caminaban por el centro tratando de advertir algún rostro desconocido pues deducían que al ser foráneo, lo identificarían de inmediato. Las calles céntricas y las confiterías de los dos hoteles del pueblo estaban permanentemente llenas de mujeres de cualquier edad. Las jóvenes esperanzadas y las mayores curiosas. No obstante al tocarse el tema en familia los hombres les decían que el candidato llegaría a último momento, seguramente en un vehículo cerrado y que bajaría del mismo en la puerta del Coliseo, ya enmascarado. Pero las ingenuas seguían “patrullando” las calles. Para disimular las verdaderas intenciones de los recorridos, al encontrarse entre ellas hablaban de cualquier tema, pretendiendo ocultar lo inocultable.

     Se esperaban ansiosamente los días que faltaban para el encuentro y agotadas las localidades de la cancha de fútbol del Club “Juventud Unida” donde se instalaría el “ring”, hubo que mejorar las comodidades agregando gran número de sillas pues los pueblos vecinos se sumaban  a la demanda.

      Dos días antes del lance llovió torrencialmente y hasta los ateos rezaban para que parara de llover. Evidentemente Dios los escuchó y la tormenta pasó dejando como consecuencia un pegajoso barro en la cancha de fútbol. La disposición del pequeño estadio fue la de un gran abanico pues las sillas se colocaron  en esa forma y el “ring” se ubicó en uno de los vértices del campo.

      El encuentro comenzaba la noche del sábado a las 21.30 aprovechando que siendo tiempo de primavera, la luz eléctrica estaría circunscripta sobre el lugar de lucha. Toda la concurrencia vería sin perder detalles. Siendo las 7 de la tarde comenzó a llegar el público y antes de la hora anunciada estaban todos ubicados. 

     La expectativa se transformó en silencio cuando un locutor ocupó el centro del “ring”   y anunció la llegada de Máscara Kid. Del mismísimo rincón que el público esperaba, entró el luchador de un salto que superó las sogas, se paró en el centro y alzó los brazos como lo haría un triunfador, mostrando un físico musculoso y privilegiado, cubierto sólo por un pantaloncito corto y ajustado. La aclamación del público fue atronadora, se mezclaron los aplausos con los chillidos de las mujeres, la gritería del resto de la gente y algunos silbidos y abucheos de los jóvenes que esperaban el triunfo del pupilo local. Acto seguido entró al cuadrilátero Luis Scalabrini, el muchacho más robusto del pueblo vistiendo un calzón rojo y una musculosa blanca, quien también fue recibido con una estruendosa aclamación. De inmediato se presentó el Juez que oficiaría de referí y el locutor formuló las correspondientes presentaciones con un somero detalle de las reglas a que habrían de ajustarse los peleadores.

     El público hizo un relativo silencio y comenzó la lucha. Hubo fintas de estudio y algunos abrazos violentos que la gente voceaba enardecida. Tomas de yudo, torniquetes con los brazos y pasó el primer round. Reanudado el encuentro los peleadores daban emoción con sus trabas y caídas sobre la lona en forma espectacular. Luis hacía honor a su fama de forzudo y el enmascarado parecía no estar tan confiado en su triunfo. El match pactado a diez vueltas ya llevaba ocho sin definición a la vista, hasta que el visitante lo tomó del cuello, le torció el brazo sobre la espalda e hizo gritar a Luisito. Luego una patada en la parte trasera de la rodilla dio con él en la lona cayendo de espaldas, circunstancia que aprovechó el desafiante para “plancharlo” por toda la cuenta y vencerlo. El referí, de rodillas en el piso, certificó el triunfo de Máscara Kid con los tres golpes reglamentarios en el piso.  El ganador se paró con los brazos en alto y profirió un enorme alarido que, aunque sumamente estridente, fue tapado por los gritos de la muchedumbre.

     Inmediatamente con una voltereta magnífica, saltó fuera del ring por la esquina en que había entrado y desapareció de la vista de la gente. 

……………………………. 

 La chata que ya tenía el motor en marcha y su caja cubierta por una arrugada lona partió con el misterioso luchador oculto a bordo. Nadie en el pueblo estaba para verlo partir y perderse en la oscuridad de las calles desiertas. Tampoco ninguno notó cuando la figura atlética bajó rápidamente y se introdujo en una casa alejada del centro.

      El público con sus diferentes opiniones sobre el espectáculo se retiró del Estadio rumbo a sus casas, a las confiterías o a los clubes de tertulia. Hubo escépticos, desesperanzadas, bromistas y muchas opiniones de ambos bandos. Al día siguiente se comentaba sobre las alternativas de la noche anterior. Al segundo día otros temas ocupaban el interés general y al tercer día sólo lo recordaban los organizadores del evento, mientras contaban la recaudación. Había sido una buena cosecha.

      Enrique guardó celosamente la máscara junto a los pesos que había cobrado y que dispondría para su pronto casamiento con Teresa, en la Iglesia del pueblo y Luis le dio su parte a Florinda que la guardó con igual fin. 

(c) Enrique Oscar Lombardo

Mar del Plata - Provincia de Buenos Aires


publicado el 19-1-2009                                                               

 
 
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