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Mi primer día de vacaciones - Paula Olivieri
 

Cuento finalista en el concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente

Mi primer día de vacaciones

 

   Trabajé duro todo el año y por fin llegó la hora de mi merecido descanso.  Salí de noche, después de haber cumplido con el último e interminable minuto de la extensa jornada laboral previa a mi ocio premeditado de dos semanas.

   Fui hasta mi casa en busca de un bolso repleto de cosas innecesarias, que tenia el peso equivalente al del equipaje de una familia numerosa. (Todos los años me propongo ir provista de un peso maniobrable, pero nunca logro hacerme caso).  Arrastré el gran bolso hasta el remis que había contratado con antelación  y partí rumbo a la Terminal de micros.                              

  En  cuestión de minutos estaría reuniéndome con mi amiga Loreley, que aguardaba allí. Cuando estaba a una cuadra de distancia para llegar , me asomé por la ventanilla del coche y la localicé de inmediato con la vista, (los colores de su atuendo nunca pasan desapercibidos), le hice gestos exagerados con los brazos para que ella me viera también, pero sólo conseguí llamar la atención de los demás pasajeros, todos me advirtieron, menos ella, que lo  hizo recién cuando me paré frente a sus narices.  Estaba demasiado emocionada (igual que yo), por ser ése el primer viaje que haríamos solas, sin  familia.  Nos saludamos como si hubiéramos pasado un año entero sin vernos y subimos al micro, que para ese entonces ya había arribado.

   Era una noche preciosa y yo soñaba con ver el mar de nuevo, cerré los ojos y pude imaginar las olas rompiendo en las rocas, pude sentir el salitre y la brisa con ese perfume particularmente delicioso que caracteriza a la playa.

   Mi sonrisa de ensueños provocó el codazo de Loreley, acompañado del reclamo y la pregunta: - ¿no te vas a dormir como haces siempre, no?-

   -¿Qué?… ¡no! - dije, sólo estaba descansando la vista.  Ella hizo un gesto de incredulidad y luego se echó a reír. Hice un gran esfuerzo para vencer el cansancio por complacerla, es cierto lo que dijo, en todos los viajes me duermo, pero en éste hice una excepción.

   Cuando el chofer a viva voz gritó: ¡Mar del Plata! Nos incorporamos de un salto, ese era nuestro destino. 

   Llegamos cerca de las seis, con el amanecer.  Lo primero que debíamos hacer era encontrar alojamiento, ya que fuimos aventureras y no quisimos alquilar desde Buenos Aires.

   No llegamos a caminar una cuadra entera porque nos detuvo una señora muy amable para recomendarnos un hotel cercano.  Loreley y yo deliberamos y resolvimos que sería apropiado pasar el primer día en un hotel, para dejar allí nuestro equipaje mientras buscábamos una casita (ése era el plan). Accedimos a la propuesta y nos dirigimos al hotel, escoltadas por la desconocida señora.

   Al llegar el conserje nos hizo firmar un libro enorme, nos dio una llave y nos indicó la ubicación de la habitación. Ascendimos por una corroída escalera vieja y recorrimos un largo pasillo de aspecto lúgubre y silencioso.  Al situarnos en la puerta del cuarto, se asomaron al pasillo unas ancianas que habitaban el cuarto vecino, murmuraron algo que no pudimos entender y regresaron dentro.  Sin intención de faltar el respeto, Loreley y yo coincidimos en que se parecían mucho a las brujas hechiceras que tantas veces habíamos visto en los cuentos. Apreté la llave en mi mano, con temor y se la ofrecí a Loreley, quien con un gesto de negación y de espanto me hizo saber que debía abrir yo. Lo hice con un poco de valentía y mucha preocupación.  Tal como lo imaginábamos, la habitación por dentro era aún peor, tenía aspecto tétrico.  La construcción antigua, el estampado de las colchas, el piso roto de madera y el chirrido de la puerta del placard que se abría sin siquiera tocarla, nos causaba escalofríos. Nos asomamos por el ventanal esperando encontrar refugio en la luz del día, pero desde allí solamente se divisaba un terreno baldío repleto de basura y de enormes roedores.  Como si lo mencionado no fuera suficiente, había allí dentro un olor a moho intenso y permanente.  Todo esto era demasiado para dos chicas adolescentes, por eso salimos de inmediato y nos propusimos encontrar casa antes del anochecer, no queríamos ni imaginar ese hotel en la oscuridad.

   Caminamos por horas recorriendo inmobiliarias, no había muchas opciones disponibles, ya que no habíamos tenido en cuenta las fechas de recambio. Pero tuvimos suerte de todos modos, conseguimos un departamento cercano a la playa.  Fuimos a verlo y quedamos conformes, era pequeño pero lindo, solo había que esperar que lo limpiaran para ingresar.  Nos dieron la llave y la recomendación de volver en dos horas para instalarnos.

   Sin dudarlo un segundo corrimos hacia la playa, estábamos desesperadas por ver el mar, (yo ya lo había admirado de lejos, al doblar alguna esquina mientras buscábamos alquiler), pero ahora ahí estaba… en primer plano, sin edificios que lo escondieran, tan imponente y bello como ha sido siempre.  No importa cuantas veces lo haya visto, cada vez que lo veo me pierdo en su inmensidad, me emociono, nace en mi un sentimiento que me resulta imposible explicar.

   -¡Mirá toda la gente que hay!- La voz de Loreley interrumpió mis pensamientos y me trajo de regreso a la tierra.  Todas esas personas…, me resultaba imposible calcular cuántas eran, la playa estaba atiborrada de sombrillas y de mantas en la arena, no parecía haber un metro cuadrado disponible a donde alcanzaba mi vista.  Le dije a Loreley que me parecía admirable ver tantas personas juntas, una al lado de la otra disfrutando un día soleado, pero que no era eso lo que yo tenía en mente.  Ella interpretó mis palabras y me propuso caminar por la rambla, en busca de un sitio un poco menos habitado.

   Caminamos cerca de una hora y comprendimos que tal lugar no existía.  Compartir la playa con media población Argentina no estaba en nuestros planes pero tuvimos que empezar a considerar esa opción.  Exhaustas nos dejamos caer sobre el medio metro de arena que nos correspondía, a nuestra izquierda había un señor barrigón que se asoleaba mientras dormía panza arriba en el bullicio y  a la derecha una señora con un sombrero de paja abultado que no podía lograr que sus nietecitos dejaran de correr frenéticamente alrededor de su sombrilla, salpicando a Loreley y a mi con arena picante.  Ya de mal humor decidí meterme al mar, juro que no me importó que el agua estuviese helada, tampoco a Loreley.  Recuperamos nuestro entusiasmo y emprendimos la retirada, debíamos volver al hotel tenebroso a buscar nuestras cosas, ya habían pasado más de dos horas y era tiempo de mudarnos.

   Tan pronto como llegamos al hotel, entramos a la horrenda habitación, tomamos nuestros bolsos (el de Loreley, tan ligero como el mío) y desaparecimos de inmediato. 

   Llegamos al fin, con el peso a cuestas, nos pareció interminable el camino hasta allí.  Tomamos el ascensor y entramos al departamento. Para nuestra sorpresa, además de perfectamente aseado, estaba lleno de objetos personales que por supuesto, no eran nuestros.  Loreley fue a buscar al dueño de la inmobiliaria, mientras yo aguardaba ahí.  Cuando llegó el señor me pidió disculpas y me dijo que su socio, lo había alquilado desde Buenos Aires  sin consultarle y sin sospechar que el también lo había hecho.  Como consecuencia, tuvo que buscarnos de inmediato otro departamento y sólo seconsiguió uno mucho más grande, confortable y con mejor ubicación que éste, por el que nosotras habíamos pagado. Debimos esperar otras dos horas por el aseo para ingresar.  Cuando llegó el momento, mientras giraba la llave en la cerradura rogaba que no surgieran más contratiempos.  Entramos y todo estaba muy bien, salvo algunos inconvenientes menores, como que el baño perdía, no había luz y también que debíamos mantener cerradas las ventanas para que no entraran los murciélagos que merodeaban por ahí.  Nos reímos de todo aquello, al fin de cuentas…estábamos de vacaciones y nada mas importaba.  Ya era de noche y fuimos a ver la playa en calma, paseamos por el centro y vimos maravillosos espectáculos en una calle peatonal.  Permanecimos despiertas hasta muy tarde, lo recuerdo siempre, así fue mi primer día de vacaciones en Mar del Plata.



(c) Paula Oliveri

Ituzaingó (Provincia de Buenos Aires)


publicado el 19-1-2009

 
 
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