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Entre la maraña - Maria Rosa Giovanazzi
 

cuento finalista en el Concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente




Entre la maraña

La ruta estaba imposible. Las últimas lluvias habían dejado profundos lodazales, a duras penas, la camioneta salía adelante.

Según los datos que me habían dado, me faltaba poco para llegar.

Un rancherío salió a mi encuentro, algunos niños color de tierra me miraban curiosos. Les pregunté por la casa de los Astudillo, me indicaron con un gesto y se alejaron corriendo. Tuve la sensación de haber preguntado algo malo.

Luego de veinte minutos de marcha, la vi. ¡Era magnifica! Entre la maraña de sina sina, arbustos salvajes y algunos sauces, lucía fantasmal.

Me acerqué, parecía abandonada, en la entrada vi el nombre: “La escondida”. Era el lugar. Un aroma a pan recién horneado me dio la seguridad de que alguien la habitaba.

Una mano de hierro en la puerta, era usada como llamador. En pocos minutos, un hombre alto y muy delgado, salio a mi encuentro.

Me miró extrañado, me presenté:

-Soy Diego Martínez, del semanario “El misterio”.

-¡Ah si, pase! El patrón me avisó que iba a venir un periodista.

El interior de la casa era antiguo, se notaba bien conservado. El hombre trataba de ser amable, pero algo en él no me gustaba, sería su cara angulosa y tan pálida, me dijo:

Me llamo Samuel, y soy el administrador de “La escondida”.

Me invitó con un café y me sirvió pan casero. Hablamos del viaje, y luego de las preguntas comunes, fui al grano:

-Samuel, me han dicho que este lugar está embrujado. ¿Qué hay de cierto?

Sonrió y me dijo:

- Son invenciones de la gente.

Esta es una zona de mucho viento, la casa esta rodeada de árboles, se escuchan sonidos que a los lugareños le parecen voces. En las noches de luna dicen ver sombras en movimiento, y son las ramas que iluminadas por el reflejo producen imágenes que se agrandan con la imaginación.

-¿Puedo quedarme unos días en la casa? –pregunté. Don Samuel se hecho a reír y asintió con la cabeza.

-Quédese el tiempo que usted quiera -fue su respuesta.

El administrador me acompañó a recorrer la casa, la planta baja estaba compuesta de una gran sala, la cocina y dos salones. Arriba estaban los dormitorios, uno de ellos era ocupado por mi anfitrión, y de los tres restantes, el más pequeño era mi habitación.

El lugar era salvaje. Desde el frente daba la impresión de que en algún momento los árboles y arbustos iban a cubrir la casa.

Al salir de la cocina, en la parte de atrás, me encontré con un pequeño jardín, el perfume de jazmines me reconfortó, el lugar era un pequeño paraíso verde y colorido.

Seguí andando y me hallé ante una senda bordeada de árboles. Estos llamaron mi atención, era una especie desconocida para mí, sus troncos tenían forma casi humana.

Sinceramente eran horribles, su corteza blanca intensificaba la repulsa.

Al llegar, consulté con don Samuel:

-¿De qué origen son los árboles que circundan la calle? -me respondió:

-De origen desconocido. El padre del actual dueño los trajo de Brasil, hace más de cuarenta años. Se refieren muchas historias sobre ellos, aunque no se ha podido confirmar nada-. Me quede intrigado.

-¿Qué quiere decir?

-Hace algunos años se hicieron denuncias, sobre que esos árboles estaban endemoniados. Una comisión integrada por varios científicos hizo un sondeo, y nada se sacó en claro.

Luego las personas que hicieron la denuncia, misteriosamente desaparecieron. Uno de ellos se ahogó en el río. Otro regresaba una noche de visitar a un amigo y nunca llegó a su hogar. El tercero salió a trabajar como todas las mañanas y nunca llegó -escuchaba en silencio su relato. Hasta que le dije:

-Suena todo muy extraño, ¿Por qué piensan que los árboles tienen algo que ver?

-No sé, son los comentarios de la gente. Piense que estamos en un lugar alejado de la civilización, la provincia de Corrientes es muy grande y nosotros estamos en una zona alejada de toda civilización. La gente imagina mucho.

-¿Y usted? viviendo aquí ¿nunca vio nada?

-Nunca vi nada. Dicen que los árboles se dejan ver en acción, cuando, y con quién quieren. Cuando los trajeron yo era un niño, mi padre trabajaba con el señor Astudillo, era el jardinero, y a mi me dieron la tarea de cuidarlos y regarlos diariamente. Los comentarios cuentan que soy su protegido –al decir esto se hechó a reír.

La risa del encargado no me gustó, algo en él me molestaba. Sus ojos eran como puñales oscuros y la palidez de su cara me recordaba la piel de los muertos.

Samuel me acompañó al caserío cercano. Mi intención era conversar con los familiares de los hombres desaparecidos. Sabía que entre la denuncia y la desaparición, había promediado un tiempo, era seguro que ellos relataron a sus familiares lo que vieron.

Al llegar, las personas nos miraron con desconfianza, en especial a Samuel.

El encargado me dejó con la gente de la aldea y se fue, dos mujeres se acercaron con cautela y comenzaron a hablar.

-Mi esposo –comentó una de ellas- me refirió que los árboles lo atacaron una noche que pasó por el camino cercano a la casa. Las ramas cobraron vida y lo agredieron. Era una noche de luna llena.

La otra mujer asintió, a ella su hijo le había contado lo mismo.

El encargado pasó a buscarme y en el viaje de regreso me preguntó:

-¿Le dijeron algo interesante? –Sin saber por qué le mentí.

-No. Dicen que no saben nada, es raro que esos hombres no hayan relatado a su familia una experiencia semejante.

Samuel manejaba su camioneta a los saltos, me arrepentí de no haber viajado en mi vehiculo. Él iba pensativo, de pronto me preguntó:

-¿Cómo se enteró de esta historia?

-Una persona envió todos los datos al semanario. Despertó mi curiosidad y…acá estoy.

-¿Quién hizo la denuncia? -preguntó Samuel.

- No lo sé. Era un anónimo.

-¿Ustedes siempre confían en mensajes sin firma?

-No. Pero algo despertó mi olfato periodístico – respondí sonriendo.

Al otro día, cuando regresaba de una caminata por los alrededores, me encontré con Samuel. Tenía la sensación de que me vigilaba.

-¿Y descubrió algo interesante? –me preguntó curioso.

-No-. Fue mi escueta respuesta. El encargado solía mirarme con una sonrisa socarrona que me fastidiaba.

- Tenga cuidado, está noche hay luna llena.

-¿Por qué lo dice? –pregunté.

- Cuentan que en noches de luna llena, se escuchan voces y se ven figuras fantasmales.

-Yo creo que usted sabe más de lo que dice, sobre el misterio de los árboles –exclamé.

-¿Qué quiere decir?-Me resulta raro que me diga que no sabe nada del tema, y esté viviendo junto a ellos.

Los aldeanos no hablan por miedo. Pero no entiendo ¿A qué tienen temor? Yo creo que usted sabe y no habla – no respondió.

Habíamos llegado a la casa. Entró y se dirigió a la cocina. Algo en sus ojos cuando hablábamos del tema, me molestaba, pero no lograba entender qué era.

Esa noche no bajé a cenar, me dediqué a preparar el informe para el semanario.

Era casi media noche cuando me acosté. Un extraño sonido me puso en alerta. Me levanté, y observé por la ventana. Un fuerte viento movía los árboles de un lado a otro, al mirar hacía la calle de tierra, me sorprendí.

Las ramas eran enormes figuras que bailaban con el sonido de las hojas en una danza frenética. Se escuchaba un murmullo musical. Creí soñar.

Comenzó a llover. Cerré las ventanas. Las ramas se desprendían de los árboles, sus hojas unidas formaban un manto que giraban entre la lluvia y el viento. Por momentos quedaban suspendidas en el aire. Yo miraba la escena con espanto. Pensaba que era imposible, que fuera producto de mi imaginación. Mis manos estaban húmedas, mi corazón golpeteaba en mi pecho como un tambor, y una transpiración helada, producto del miedo, bañaba mi espalda.

En un instante, varias ramas se acercaron a mi ventana, detuvieron su baile, desde la oscuridad de sus siluetas, unos ojos me miraban, el terror me paralizó…se arrojaron contra mi ventana, una y otra vez, hasta que un fuerte ruido, me sobresaltó y desperté empapado en sudor y temblando…

¡Había sido un sueño! ¿Un sueño?

Me puse de pie, no podía comprender qué había sucedido en la habitación.

La ventana estaba rota, los cristales dispersos y yo paralizado por el terror, salí de la habitación.

Bajé la escalera de dos en dos. Grité llamando al encargado, que apareció ante mi, empapado

-¿Qué le sucede? –me preguntó.

-¡Los árboles! ¡Los vi! Parecían danzar frente a mi ventana. Pero… ¿De dónde viene así mojado?

-Del caserío, fui a visitar a una amiga y me agarró la lluvia. Venga a tomar algo caliente, está muerto de frío –me dijo.

-¡No es frío! Es miedo. Lo que cuentan los aldeanos es verdad, lo he visto está noche-. Le relaté paso a paso lo que había contemplado desde mi ventanal, pero comprendí que no me creía. Acepté el café, y soporté su mirada irónica.

Le pedí que me acompañara a mi cuarto. Abrí la puerta con temor, sobre el piso los vidrios rotos del ventanal y una alfombra de hojas, eran la prueba de lo sucedido. Señalando los cristales le dije:

-Observé que los golpes llegaron desde afuera.

-Es una locura, nunca ha sucedió algo así -me respondió, mientras miraba la habitación.

-¿Ahora me cree? –pregunté.

Samuel no respondió, daba vueltas buscando una explicación que no encontraba.

Noté que de la mesa que oficiaba de escritorio, habían desaparecido los informes en los que había estado trabajando. Me asomé a la ventana, y allí en el parque estaban diseminados. Lo miré a Samuel y me pareció descubrir un brillo de maliciosa felicidad en sus malignos ojos. Furioso bajé a buscar los papeles, pero fue inútil, la lluvia había borrado todo mi trabajo.

¡No quería quedarme un minuto más en la casa!

Esperé que amaneciera, mientras lo hacía el encargado desapareció nuevamente, no lo volví a ver hasta el momento en que cargaba los bolsos en mi camioneta.

Me despedí de Samuel, al hacerlo me preguntó:

-¿Va a publicar algo de lo que vivió aquí?

-Seguro que no-respondí.

Pero mientras regresaba a la ciudad, y los árboles se transformaban en recuerdo, una certeza y una duda rondaron mi cabeza

La certeza era que iba a publicar el informe, no me iba a costar mucho volver a realizarlo.

Y la duda que rondaba mi cabeza era:

¿Quién era en realidad Samuel?

(c) María Rosa Giovanazzi

La autora es argentina, vive en José León Suárez, Provincia de Buenos Aires, Argentina

publicado el 6-1-2009

imagen: Eugenio Daneri, En las afueras, ver galería de imágenes




 
 
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