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Episodios urbanos - Lucía Amanda Coria
 

cuento finalista en el concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente...

Episodios urbanos

Las calles de mi ciudad son angostas y trazadas con el estilo español, en damero. El habitante común detesta caminar y aunque su trayecto sea de una pocas cuadras lo hace en automóvil. Esto origina una superpoblación de bólidos mecánicos disparados y disputándose el espacio disponible para el tránsito.

En las horas pico, todo se complica aún más ya que nadie está dispuesto a ceder el paso o permitir que alguien le haga perder algunos minutos de tiempo. Los buenos modales desaparecen y ninguna consideración es esperable en estos casos.

Ese mediodía las cosas parecían estar peor que de costumbre. Yo intentaba cruzar la calle en que vivo, hacia la vereda de enfrente. Era materialmente imposible ya que prácticamente no quedaba espacio entre uno y otro vehículo.

-Qué pasa?-pregunté al ver el tránsito detenido.

-Un infeliz al que se le plantó la camioneta más allá-me contestó molesto uno de los conductores.

La fila de coches detenidos crecía rápidamente. Más adelante, se podía observar un vehículo ruinoso y cargado con restos de maderas, cartones y todo tipo de materiales en desuso, casi cruzado en medio de la calle. Justo en el lugar en que se ha construído un paso más elevado para evitar excesos de velocidad. Se trataba de una camioneta de marca indescifrable y prácticamente oxidada en la totalidad de su carrocería.

Lo peor, sin embargo, era un precario carro de dos ruedas que se había desprendido, del primer vehículo y oscilaba peligrosamente en el borde de la elevación. También estaba atiborrado de toda suerte de elementos, desordenadamente puestos unos encima de otros. El propietario era evidentemente un “cartonero”.

Esta es una clase social que surgió durante la crisis de los años noventa, cuando miles de obreros quedaron desocupados y sin medios de subsistencia. Como medio de vida empezaron a recoger entre los residuos domiciliarios o basura, todos los materiales que pudieran ser posteriormente reciclados. Al principio la recolección se hacía durante las horas de la noche, pero al ir creciendo el número de personas realizando el mismo trabajo (aumento de la competencia), el horario se amplió. Así se hizo común, encontrarse con carros tirados por caballos o por humanos, bicicletas acondicionadas para cargar grandes cajones, etc. Los más afortunados a veces podían manejarse con vehículos mayores, muy precarios. Como en este caso.

El ciudadano común no es para nada tolerante con los errores ajenos a la hora de conducir. Insultos de todo calibre eran dirigidos desde los automóviles al “cartonero” que, haciendo caso omiso de ello, intentaba enganchar de nuevo el carro desprendido. Los conductores más cercanos miraban con verdadero temor la escena, temiendo por la seguridad de sus propios vehículos

Los bocinazos aturdían el aire caliente y la furia iba “in crescenso”. Para completar el cuadro, un pequeño automóvil, se coló trabajosamente entre los coches detenidos, utilizado para ello una parte de la vereda. Era evidente que su conductor estaba decidido a pasar como fuera.. Hasta que un árbol se lo impidió y se detuvo allí, como una insolencia más.

-¿No ves que no se puede pasar? ¡¡Animal!!
- gritó alguien.

De él bajó una mujer joven, casi una niña, vestida con un elegante equipo deportivo .Sin mirar a nadie Fue derecho hasta donde el conductor del furgón detenido y cambió unas palabras con él.

Después subió al viejísimo vehículo. La vimos manipular los cables para establecer el contacto y luego con ambas manos empujar la palanca de cambios para hacer que hiciera marcha atrás.

Pero era evidente que se necesitaba algo más que buena voluntad. Una y otra vez se repetía la maniobra pero no con la precisión necesaria. El enganche del carro no llegaba hasta el acople con la camioneta y el hombre pese a su fornida musculatura no lograba hacer acercarlo..

Una y otra vez, por el esfuerzo se frustraba, por escasos centímetros, el carro seguía oscilando peligrosamente, provocando el pánico entre los automovilistas inmovilizados.

Pero ella seguía insistiendo con sus trabajosas manipulaciones.

Esperaba ya los consabidos:

“-Inútil”.

“ -Andá a lavar los platos”.

Y otras lindezas referidas a sus órganos genitales con los que la cultura machista apabulla a las mujeres que cometen errores al volante.

Inesperadamente, tres o cuatro automovilistas, descienden de sus coches. Hubo miedo en los ojos del cartonero, que los miró con un gesto de impotencia. Como si estuviera planeado de antemano, entre todos empujaron el pesado carro hasta el punto exacto necesario para engancharlo. Lo cual hicieron con la mayor facilidad, casi sin esfuerzo. Con una sacudida y un tirón la vieja camioneta salió del lugar dejando libre el paso.

En ese momento, toda esa multitud demorada y furibunda, estalló en un cerrado aplauso. Nadie sabía por qué. Hasta hicieron sonar las bocinas, cuando la agraciada figura de la mujer se introdujo en el automóvil, mal estacionado, y partió tranquilamente tal como había llegado.

El aplauso fue tan espontáneo que sorprendió a todos. Nadie sabía bien por qué aplaudía. Pero yo creo que, inconscientemente se rendía homenaje a la gentileza femenina. Que aportó su cuota de solidaridad para solucionar un problema que debía ser de todos. En lugar de vociferar y agraviar al semejante que pasaba por un mal momento aportó una solución para que todos pudieran seguir tranquilos con sus obligaciones. Y dio, tal vez sin quererlo un toquecito a las adormecidas cualidades que la mayoría de los humanos tenemos pero que a veces ofuscamos haciendo primar nuestros intereses por encima de las necesidades ajenas.

En ese momento me sentí orgullosa de ser mujer.

(c) Lucía Amanda Coria

Lucía Amanda Coria vive en San Luis, Argentina.

publicado el 3-1-2009

imagen: Distéfano, El camioncito de Dock Sud, ver galería Antonio Berni y sus contemporáneos










 
 
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