Las calles
de mi ciudad son angostas y trazadas con el estilo español, en damero.
El habitante común detesta caminar y aunque su trayecto sea de una
pocas cuadras lo hace en automóvil. Esto origina una superpoblación
de bólidos mecánicos disparados y disputándose el espacio disponible
para el tránsito.
En las horas
pico, todo se complica aún más ya que nadie está dispuesto a ceder
el paso o permitir que alguien le haga perder algunos minutos de tiempo.
Los buenos modales desaparecen y ninguna consideración es esperable
en estos casos.
Ese mediodía
las cosas parecían estar peor que de costumbre. Yo intentaba cruzar
la calle en que vivo, hacia la vereda de enfrente. Era materialmente
imposible ya que prácticamente no quedaba espacio entre uno y otro
vehículo.
-Qué pasa?-pregunté
al ver el tránsito detenido.
-Un infeliz
al que se le plantó la camioneta más allá-me contestó molesto uno
de los conductores.
La fila de
coches detenidos crecía rápidamente. Más adelante, se podía observar
un vehículo ruinoso y cargado con restos de maderas, cartones
y todo tipo de materiales en desuso, casi cruzado en medio de la calle.
Justo en el lugar en que se ha construído un paso más elevado para
evitar excesos de velocidad. Se trataba de una camioneta de marca indescifrable
y prácticamente oxidada en la totalidad de su carrocería.
Lo peor, sin
embargo, era un precario carro de dos ruedas que se había desprendido,
del primer vehículo y oscilaba peligrosamente en el borde de la elevación.
También estaba atiborrado de toda suerte de elementos, desordenadamente
puestos unos encima de otros. El propietario era evidentemente
un “cartonero”.
Esta es una
clase social que surgió durante la crisis de los años noventa, cuando
miles de obreros quedaron desocupados y sin medios de subsistencia.
Como medio de vida empezaron a recoger entre los residuos domiciliarios
o basura, todos los materiales que pudieran ser posteriormente reciclados.
Al principio la recolección se hacía durante las horas de la noche,
pero al ir creciendo el número de personas realizando el mismo trabajo
(aumento de la competencia), el horario se amplió. Así se hizo común,
encontrarse con carros tirados por caballos o por humanos, bicicletas
acondicionadas para cargar grandes cajones, etc. Los más afortunados
a veces podían manejarse con vehículos mayores, muy precarios. Como
en este caso.
El ciudadano
común no es para nada tolerante con los errores ajenos a la hora de
conducir. Insultos de todo calibre eran dirigidos desde los automóviles
al “cartonero” que, haciendo caso omiso de ello, intentaba
enganchar de nuevo el carro desprendido. Los conductores más cercanos
miraban con verdadero temor la escena, temiendo por la seguridad de
sus propios vehículos
Los bocinazos
aturdían el aire caliente y la furia iba “in crescenso”. Para completar
el cuadro, un pequeño automóvil, se coló trabajosamente entre los
coches detenidos, utilizado para ello una parte de la vereda. Era evidente
que su conductor estaba decidido a pasar como fuera.. Hasta que un árbol
se lo impidió y se detuvo allí, como una insolencia más.
-¿No ves que
no se puede pasar? ¡¡Animal!!
- gritó alguien.
De él bajó
una mujer joven, casi una niña, vestida con un elegante equipo deportivo
.Sin mirar a nadie Fue derecho hasta donde el conductor del furgón
detenido y cambió unas palabras con él.
Después subió
al viejísimo vehículo. La vimos manipular los cables para establecer
el contacto y luego con ambas manos empujar la palanca de cambios
para hacer que hiciera marcha atrás.
Pero era evidente
que se necesitaba algo más que buena voluntad. Una y otra vez se repetía
la maniobra pero no con la precisión necesaria. El enganche del carro
no llegaba hasta el acople con la camioneta y el hombre pese a su fornida
musculatura no lograba hacer acercarlo..
Una y otra
vez, por el esfuerzo se frustraba, por escasos centímetros, el carro
seguía oscilando peligrosamente, provocando el pánico entre
los automovilistas inmovilizados.
Pero ella seguía
insistiendo con sus trabajosas manipulaciones.
Esperaba ya
los consabidos:
“-Inútil”.
“ -Andá a
lavar los platos”.
Y otras lindezas
referidas a sus órganos genitales con los que la cultura machista apabulla
a las mujeres que cometen errores al volante.
Inesperadamente,
tres o cuatro automovilistas, descienden de sus coches. Hubo miedo en
los ojos del cartonero, que los miró con un gesto de impotencia. Como
si estuviera planeado de antemano, entre todos empujaron el pesado carro
hasta el punto exacto necesario para engancharlo. Lo cual hicieron con
la mayor facilidad, casi sin esfuerzo. Con una sacudida y un tirón
la vieja camioneta salió del lugar dejando libre el paso.
En ese momento,
toda esa multitud demorada y furibunda, estalló en un cerrado aplauso.
Nadie sabía por qué. Hasta hicieron sonar las bocinas, cuando la agraciada
figura de la mujer se introdujo en el automóvil, mal estacionado, y
partió tranquilamente tal como había llegado.
El aplauso
fue tan espontáneo que sorprendió a todos. Nadie sabía bien por qué
aplaudía. Pero yo creo que, inconscientemente se rendía homenaje a
la gentileza femenina. Que aportó su cuota de solidaridad para solucionar
un problema que debía ser de todos. En lugar de vociferar y agraviar
al semejante que pasaba por un mal momento aportó una solución para
que todos pudieran seguir tranquilos con sus obligaciones. Y dio, tal
vez sin quererlo un toquecito a las adormecidas cualidades que
la mayoría de los humanos tenemos pero que a veces ofuscamos haciendo
primar nuestros intereses por encima de las necesidades ajenas.
En ese momento
me sentí orgullosa de ser mujer.
(c) Lucía Amanda Coria
Lucía Amanda Coria vive en San Luis, Argentina.
publicado el 3-1-2009
imagen: Distéfano, El camioncito de Dock Sud, ver galería Antonio Berni y sus contemporáneos