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Los Llamichos de Puquio - Samuel Cavero
 

finalista en el Concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente

Los Llamichos de Puquio

     Puquio, lugar sagrado para los puquios, porque el Wamani o espíritu del cerro tiene el poder de agrandar o empequeñecer las cosas, comer u ocultar a los hombres y animales con sólo desearlo. Muchas personas volvieron a la vida luego de haber sido escondidos por tres o más días. Lo propio ha sucedido con vacas, llamas y ovejas, eso se cuenta. Hay quienes dicen que el vocablo “Puquio” deviene seguramente porque el poblado está asentado desde tiempos inmemoriales sobre una zona donde abundaban los manantiales o puquio, que incluso podían encontrarse en los patios de las casas, pero con el crecimiento urbano ha ido desapareciendo. Lo cierto es que la yaku-mama o madre-agua es para ellos el elemento insustituible para la generación y conservación de la especie humana y demás seres vivientes. Hay una gran verdad: Si el hombre, animales y plantas logran sobrevivir y multiplicarse es porque en el agua, vital ingrediente de la vida, está el origen de la formación biológica de los seres vivientes.  Puquio es tierra de muchas leyendas y es la capital de la Provincia de Lucanas, en Ayacucho, con una identidad forjada sobre la historia de los antiguos Rucanas, etnia prehispánica que asentó sus dominios en esta parte, y que fueron considerados, y que fueron considerados, luego de su sometimiento al imperio, “los pies del inca”, ya que eran los jóvenes nobles rucanas quienes sostenían la litera del soberano andino.

     En mi Puquio querido, incontrastable ciudad de puquiales, donde el wamani Pedro Sasawi Orqo nunca duerme, los Llamichos son traviesos y alegres que han crecido en olor a esos panes deliciosos y aesos quesos en forma de carrete, son una marea variopinta y ruidosa de muchachos puquianos con pasamontañas y chullos de colores que siempre juegan en las calles, en las plazas, en el mercado y nunca dejan de estar presentes en cada fiesta y ritual religioso. Estos jóvenes, vestidos a la usanza de los pequeños pastores de camélidos de las alturas, realizan todo tipo de travesuras y gestos a cualquiera que encuentran en su camino. Hay quienes dicen que sólo le tienen respeto a los viejos arpistas y al cura. También ellos han develado secretos para buscar el fracaso del arpista contrario, ellos vieron cuando “curaban” el arpa don Quintín “atinkándolo” con la yerba “Kanalampi” traída de los viajeros bolivianos para que revienten todas las cuerdas del arpa en el momento mismo de la competencia.  Les juegan todo tipo de bromas sanas a quien pueden. Algunos de ellos, los más osados,  probablemente querrán más tarde ser danzantes de tijeras. Lo importante es ser Llamicho primero,  un festivo danzante que represente a los llameros, por eso escogidos entre los hijos de los comuneros para disfrazarse y divertirse en público.

     Los danzaq –que dicen algunos papachos, mofándose, tienen la columna invertebrada, lse han sometido previamente a unas pruebas con el “huanicu”, el mismísimo diablo-  suelen bailar durante varios días consecutivos, ellos lo saben y por eso los Llamichos y nakaq los respetan y ejercitan a su manera el baile. Primero les rozan la tiara, después el chaleco de luces y ven embrujados, sin salir de su asombro, como los danzaq tuercen sus pies tantísimas veces. Y cuando no se calzan las mismas zapatillas, se  juegan en bromas, se abrazan, se corretean y  hasta  dan de probar un bocado que han chapado a la carrera en el Atipanakuy. Más tarde todos irán a la Picanta, donde las puquianas tan chaposas por el frío y el sol invitarán a los presentes picantes de quinua, de pusra y de habas, caldo sarapela, cuy picante, caldo trigopela, la cancha y otros guisos. Esta es una forma de reciprocidad por los favores de los apus y wamanis, lo saben los Llamichos también, que se han crecido identificando las expresiones musicales rituales. Los Llamichos saben,  y aunque no quieren hablar de eso, que en la vida productiva la invocación al panteón andino de los Apus, Wamani, Jirka,  Achach, Achachila o Padre, Mama Qocha, está presente borrosamente en sus fantasías. Con sus manitas identifican a las Apachetas, a las montañas vengadoras, a las lagunas y cataratas donde alguna vez se bañaron exclamando “¡Alalalau!” y lavaron sus sudores y lágrimas. Ellos son expertos en jugar a las canicas, a los trompos, al tejo y  la honda y cuando ya se creen señores frente a la quieta laguna de Churulla donde año a año se realiza la Pagapa sueñan con mandar hacer sus tijeras tan brillantes y llenas de vida propia en las herrerías de Utec o Viseca  en secreto,  prometen cada agosto no ser más  Llamichos burlones, prometen eso sí descubrir a las sirenas que por las noches salen a bailar sobre la laguna con delirios estremecedores, añoran crecer ya tan alto como los eucaliptos, abrazarle al mundo, y ser más bien un danzaq vengador en la fiesta del agua, mitad hombre, mitad espíritu, ¡un Comesapos!

      Por ahora  los Llamichos son diestros en jugar a escuchar el murmullo del agua,  en patear con la pelota de trapo, en chancar las chapas de la botella y hacer su ronrón cortador de hilos, también son buenos para pedirle milagros  a San Juan Bautista, patrono del pueblo que descansa haciendo mutis de escuchar tantas súplicas en su iglesia blanca y descolorida; son chistosos que entrecruzan palabras, silban como chihuacos, derriten sus penas en el hielo, payasos sin circo, hábiles en atravesar las acequias y en lavar sus rostros de caramelo. Será que ya se saben de memoria que en Puquio “todo tiempo pasado fue mejor... y agua que no la has de beber, déjala correr”;  asimismo es tradición que los Auquis y sus Pongos preparen la mesada: sobre una amplia manta donde van colocando productos de la tierra como papa, maíz, cebada, trigo, habas. Pasean sus miradas perturbadoras, sonríen, rompen la solemnidad del ritual andino, o le dan justamente su carácter festivo, nadie puede controlarlos, son los incorregibles que sólo  bromean frente a los comuneros en medio de humores a aguardiente con olores a semillas de molle o ayrampo.

     Más allá culebrean los danzaq con esa magia de preservar  la fe en los wamanis al compás del arpa y el violín, bailan sobre la punta de los pies, no les hacen caso, improvisan, inventan pasos, sudan bajo la montera hecha en dunlopillo y agitan afiebrados con su mano izquierda un pañuelo rojo. Las  tijeras nunca dejan de mantener la línea melódica, pues antes de forjarse fueron sometidas a una serie de ceremonias mágico religiosas para darle buen sonido y gran vida. Ahora, ellas chillan frenéticas hasta la muerte como si quisiesen despanzurrar las nubes. Mientras los Llamichos juguetean otro danzaq reta a su contrincante en el atipanakuy y los demás le miran imperturbables.

     Qué importe que dure una eternidad la Pagapa, todo debe continuar ante el apu Pedro Orqo. Ven como sus mayores rocían con Ilampu –o harina de maíz-, aguardiente y chicha,  mientras al lado llamea una hoguera que calentará sus manitas.  Ellos, soplan a los vientos, cuentan las estrellas,  rezan contritos, esparcen claveles, cuando no, se acuerdan de la cruz, de algún santito milagroso, del qarqaria llorón lleva-guaguas, del mismísimo Niño Jesús... y se persignan. En sus mayores que ya liban licor en cambio sus oraciones al apu wamani son en quechua, toda una devoción mágico religiosa como para la siembra, el aporque y la cosecha, ellos esparcen coca, frente al entierro y una cruz adornada de flores y presentes se pide mejores cosechas.... y por Diosito, que no falte el agua.

    El apu es el cerro tutelar, y los wamanis, los dioses de la naturaleza. En seguida llegará el angoso, o intercambio de tragos, los famosos calientitos, las comidas y todos degustarán sabrosos platillos, papas sancochadas, las habas, los choclitos,  las ocas que se derriten en las manos y la chicha de jora y de molle siempre sabrosa.

     Alguien dijo que hace muchos años un niño danzante, en realidad un Llamicho burlón y retador de tanto bailar quedó encantado y se convirtió en piedra, un ser taimado, un Comeculebra,  y por eso su cuerpo se halla petrificado en la famosa Pila Alberto, aquella que las malas lenguas sostienen que es escultura de un danzaq que data nada menos que de 1846, y que ningún rayo lo parte,  todo un símbolo en Puquio. 

(c) Samuel Cavero
 
Samuel Cavero es peruano, vive en Lima, Perú

publicado el 18-12-2008

imagen: Coutaret, Muestra Quinquela entre Fader y Berni, MUNTREF

 
 
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