Usuario :
Clave : 
 
 administrador
Manual del administrador


 Secciones
Ediciones anteriores
Premios- Distinciones
Muestras/Arte
Entrevistas- noticias culturales-histórico
Lecturas
Ensayos - Crónicas
Educación/Universidad
Sociedad
Diseño/Moda/Tendencias
Fotografía
La editora
Medios
Sitios y publicaciones web
Narrativa policial: cuentos, ensayos, reseñas
Sumario
Música
Teatro/Danza
cartas
Cine/Video/Televisión
Entrevistas- Diálogos
Servicios
Noticias culturales- archivo
Espacio de autor
Prensa
Artista invitado
Entrevistas
Fichas
Algo de Historia
Blogs de la Revista Archivos del Sur
Cuentos, poemas, relatos

ARCHIVOS DEL SUR

 Inicio | Foros | Participa
Buscar :
Estás aquí:  Inicio >>  Premios- Distinciones >>  La muchacha más bella del pueblo - Luis Cabrera Delgado
 
La muchacha más bella del pueblo - Luis Cabrera Delgado
 

finalista en el Concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente

    La muchacha más bella del pueblo

       Desde  que  Nicanor, el más tatarabuelo  de  los  tatarabuelos habidos  y por haber, se casó con doña Jimena Neira, una  de  las hijas  del  marqués de la Coruña, los  García-Castro  siempre  se casaron con mujeres bellas.

       Ni qué decirte tengo cómo era la hija del cacique siboney  con que se casó Martín García-Castro no más hizo bajarse de la  carabela en  la que  llegó a  Cuba  acompañando  al   tal  don  Cristófono Columbus,  ni  la fama de bella que tenía sor  Lucrecia  de  Dios cuando  el pirata Gabino García-Castro la robara del convento de Trinidad  para hacerla su esposa. Cuentan también que cuando  en medio  de la batalla para la toma de La Habana por los  ingleses, Francisco García-Castro vio a la hija del almirante Sir  George Pocock,  rindió el grupo de hombres que comandaba para que  lo tomaran  prisionero y poder pedir la mano de Lady  Mary: linda, rubia y ojiazul como buena anglosajona.

       Mas, como dice el refrán que para gustos se han hecho colores, Mateo García-Castro se enamoró loca y perdidamente de una de  las negras que apresó en África para venderla de esclava en el Caribe.

      Como  en  el barco, la muchacha no hacía más  que  llorar  y lamentarse de su suerte, Mateo se hizo atar al mástil del navío y se tapó los oídos con cera para no oírla, pues era tan  grande el  amor  que le despertó la belleza de la joven que dos  o  tres veces  estuvo a punto de volver para regresarla a su aldea,  pero como  se  contuvo, no más hizo llegar al puerto  de  Santiago  de Cuba, la tomó para sí, y san se acabó el remordimiento.

       También fueron famosas por su belleza la esposa de don Valeriano, la de Asnoldo y la de Fulgencio García-Castro, por  eso,  no hubo nada de extraño que cuando los muchachos de Jarahueca llegaron a la edad de casarse, Liborio García-Castro quisiera  hacerlo con la joven más linda de toda la zona, Soledad Isla.

       Sé que por mucho que lo intente, no seré capaz de describir la belleza de esta moza, pero para que tengas una idea, desde que su mamá le permitió ir a la estación de ferrocarril a ver el paso de los trenes, la Empresa Nacional de Transporte Ferroviario de Cuba tuvo  que habilitar diariamente cinco salidas más y poner  a  las locomotoras  a arrastrar vagones extras para poder dar  cabida  a los  muchos  pasajeros  que venidos de todas  partes  del  mundo, quisieron  pasar  por Jarahueca para ver a  la  muchacha,  aunque fuera de lejos y una sola vez en la vida.

       Soledad Isla tenía un sedoso pelo negro que en oleadas le caía sobre  los  hombros  y  de allí hasta  media  espalda.  Sus  ojos parecían  dos  margaritas color miel, y la boca,  una  tajada  de jugoso melón; mas cuando sonreía, achinaba los ojos y las  largas pestañas abanicaban como colas de pavo real, entonces los  labios dejaban  asomar unos dientes simpáticos y parejitos para que  los lunares de la mejilla titilaran como las estrellas en el cielo.

       -- Rediez, ¡qué belleza! -- decían los españoles.

       -- ¡Mama mía! -- exclamaban los italianos.

       Los  franceses,  poniendo los ojos en  blanco,  suspiraban:

      -- ¡Comme il faut!

       Los  norteamericanos, por su parte, dejaban caer el chiclet  y se quedaban con la boca abierta sin poder decir ni jota, y todos: ingleses, japoneses, árabes o esquimales se querían salir por las ventanillas  cuando el tren reanudaba la marcha y dejaba atrás  a aquella  belleza  diciéndoles adiós con su pañuelito de  holán  y encaje.

       Si  por  aquella época  anunciaban un baile en  Jarahueca,  lo tenían que suspender, pues los jóvenes casaderos se fajaban en la entrada del Liceo por bailar con Soledad Isla. En la calle  donde vivía la muchacha, cada tres meses había que estar arreglando el alcantarillado público, pues de tanto enamorado pasar para acá y para  allá, hundían los adoquines y se rompían las  tuberías del acueducto.

       Cuando  la  joven fue a cumplir sus veinte  años,  el  alcalde prohibió que  le hicieran regalos, pues el año  anterior  fueron tantos  los ramos de las más perfumadas, coloridas  y  exquisitas flores que dejaron junto a la ventana de Soledad Isla, que tuvieron que venir los bomberos a rescatar a los vecinos de la  cuadra de debajo de una montaña de pétalos de rosas, margaritas,  claveles,  dalias,  azucenas, gladiolos, orquídeas, vicarias y  no  me olvides, amén de tener que gastar la mitad del presupuesto de la alcaldía para pagar la cuadrilla de camiones que se necesitó para retirar tanto adorno floral.

       Cada  mañana, todos y cada uno de los jóvenes de Jarahueca  se proponía ser el escogido por Soledad Isla para casarse, y dedicadas a ella se improvisaban décimas, se ganaban torneos, se  competía en galanterías, se le dedicaban cosechas y, en  la  Feria Agropecuaria, a los mejores ejemplares de gallinas, patas, pavas, carneras,  vacas y yeguas se le entregaba el Premio Soledad  Isla de Primera Categoría; también así se nombró el bote conque  todos los días Arnulfo Gil remontaba el Caunao, y la guagua que  cubría el  tramo  Yaguajay-Meneses-Jarahueca; y más de  una  centena  de recién nacidas en esos tiempos fueron bautizadas con igual nombre por sus padrinos.

       Cuando Soledad Isla cumplió los veinticinco años ya se perfilaban los candidatos con más posibilidades a ser su esposo y  el mismo  día  que cumplió los veintiséis, celebró la  boda  con  el elegido por su corazón.

       -- Felicidades, Liborio -- le desearon todos sus amigos,  pues como amigos que eran, no le iban a guardar rencor por haber  sido él el  preferido por la muchacha más bonita de Jarahueca;  y  la fiesta fue lucida y alegre.

       Ya para esa fecha, muchos de los antiguos pretendientes de la joven habían ido encontrando su pareja, y los que no,  comenzaron a  mirar con interés a otras mozas. Pardillo se casó con  Amada, que si bien, no tan linda como Soledad Isla, lo era, como también alegre, hacendosa y honrada. Fernando puso sus ojos en  Generosa, la que de toda la zona, era la que mejor bordaba; Elías construyó una casita junto a la de sus padres y llevó a vivir allí con  él, a Dulce, la maestra; Vitico se casó con Clara; El Tato con Bienvenida, la más chiquita de los Paz. Y aunque todos fueron felices, los hombres no dejaban de admirar a Liborio con cierta  sana envidia  por  tener por esposa a la mujer más bella  de  toda la comarca.

       Los domingos por la tarde, cuando las nuevas parejas de recién casados  se  acicalaban  e iban al parque  para  coger  fresco  y disfrutar  de la retreta de la Banda Municipal, no  había  hombre que  al  paso  de Soledad Isla, mirándola con el  rabo  del  ojo, dejara de exclamar para sus adentros:           

       -- ¡Oh, qué linda es!     

       Mas  con el tiempo, Liborio y su mujer dejaron de  asistir  al paseo dominical. Los hombres preocupados no lograban imaginar  ni siguiera la más mínima conjetura que explicara aquella  conducta, pero  las  mujeres en su comadreo de los lunes por  las  mañanas, cuando se reunían junto a la corriente del río, ya habían comentado una situación que les llamaba la atención.  

       -- Soledad no viene con nosotras. 

       Cuando  a  Liborio se le terminaron las camisas limpias  y  le preguntó a su mujer por qué no iba a lavar, esta le contestó que no podía echar a perder la tersura de su piel ni el brillo de  su cabello exponiéndose al sol; tampoco el calor del fogón era bueno para  su  cutis, y por ello, Soledad Isla trataba de  cocinar  lo menos  posible y sólo lo imprescindible. Nada de  estar  haciendo dulces  complicados  y  sabrosos como los que  hacían  las  demás esposas, ni empanadas ni tamales ni buñuelos...

       -- ¡Qué hambre tengo! -- decía Liborio todas las medias noches cuando  el ruido de las tripas  no lo dejaban  quedarse  dormido.         

       Soledad Isla dedicaba la mayor parte del tiempo en mirarse  al espejo,  no  zurcía la ropa, no limpiaba la casa ni  mucho  menos sembraba  flores  en  el jardín. Cuando sus  hijos  comenzaron  a asistir  a la escuela, siempre iban sin la tarea terminada,  pues Soledad  Isla no se ocupaba de que la hicieran ni mucho menos  de que estudiaran las lecciones.    

    El día que Liborio cogió sarampión, por poco se muere,  porque su  esposa  no sabía hacer cocimientos ni poner  emplastos,  como tampoco sabía preparar la ratonera ni podar los naranjos. Soledad Isla no le echaba comida a las gallinas, escogía mal el arroz,  y las piedras que le dejaba, le partieron más de una muela a Liborio.  No se preocupaba de ir a la tienda, y si lo hacía,  era  un desastre  a  la hora de seleccionar la mercancía,  tampoco  sabía buscar los mejores precios, ni planchar, ni tejer, ni hacer  nada bien hecho. 

     Su  esposa era un desastre, y aunque por ello,  Liborio  vivía triste  y amargado, sus amigos lo seguían envidiando por  haberse casado  con  la mujer más bella del pueblo, y  hasta  quizás  tú, amigo que lees este cuento, sueñes con ser como los  García-Castro, para cuando te llegue el momento, casarte con una  muchacha tan linda y tan preciosa como Soledad Isla.

    (c) Luis Cabrera Delgado

    publicado el 18-12-2008

    Luis Cabrera Delgado es cubano, vive en Santa Clara, Cuba.

    imagen: Cándido Portinari, India y mulata, ver galería de imágenes

 
 
Diseño y desarrollo por: SPL Sistemas de Información
  Copyright 2003 Quaderns Digitals Todos los derechos reservados ISSN 1575-9393
  INHASOFT Sistemas Informáticos S.L. Joaquin Rodrigo 3 FAURA VALENCIA tel 962601337