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El padre de Ramón - Roberto Attías
 

Finalista en el Concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente...

El padre de Ramón

Era aún de noche en ese 30 de septiembre de 1900.

El cielo estaba totalmente despejado, una infinita multitud de estrellas lucían como un bello domo.

Tenía casi 29 años, pues los cumpliría al mes siguiente.

Mi nombre es José Apolinario Domínguez. Soy el segundo de ocho hijos de don José Amancio y doña Tomaza Benedicta de los Ángeles Gutiérrez.

Nacido en un paraje de la provincia de Santiago del Estero en el año 1871. El trajinar con el ganado me mantenía delgado y fuerte. No soy muy alto pero debo tener como un metro setenta. Con el cabello castaño, la tez clara y los ojos verdes oscuros. Soy diestro y digo que mi voz es común, pero mi mujer dice que es particularmente agradable, Será porque me ama o porque hablo pausadamente. Llevaba una bolsita colgada de la cintura con algunas balas, unas pocas monedas que nunca gasto y algunas veces un puñado de pequeños dulces para sorprender gratamente a mis hijos.

Casi no dormí esa noche.

Nos despertamos y nos apresuramos a vestirnos. Aún faltaba varias horas para el amanecer. Nos dirigíamos hacia el sur, al encuentro con las vías del ferrocarril en la población de La Banda.

Subimos las mujeres y los chicos y nos pusimos en marcha acompañados por la familia de Ramón y Victoriana. Junto a estos últimos sus hermanas y cuñados, algunos a caballo, otros sentados en los pescantes de alguna de las cinco carretas tiradas por tres yuntas de bueyes cada una.

Mientras cabalgaba, de tanto en tanto, observaba aquélla en la cual viajaba mi familia, tenia de techo varios cueros negros de toros, cortados y cosidos con prolijidad. Era mi esposa Epifanía y mis tres hijos son todo lo que necesitaba para ser feliz. Pero los niños aún sin darse cuenta requerían de mucho más. Todavía eran pequeños, Pedro Abdón de cinco años, Tomas Segundo de tres y Manuel Benigno que nació hace dos meses. Ellos iban custodiando nuestras cosas de valor, algunas de las que habíamos conseguido con años de trabajo en esa región,  ropas y enseres con los cuales disfrutábamos de las pequeñas cosas de la vida, sabía que eran pocas, algunos podían decir que era menos, pero para nosotros eran las más útiles.

Fue la madrugada más oscura y fría de mis últimos años.

Recuerdo que desde que partimos tenía ese sentimiento extraño. Es como si de pronto la tierra me reclamara que esa huida de lugar. Por momentos los árboles me parecían más grises y el terreno más agreste. Tantas veces había recorrido estos caminos con toda confianza y en esos momentos me sentía extraño en ellos. El pinto que montaba también sentía en mí ese hilo de temor y caminaba nervioso moviendo las orejas y sacudiendo la cola. Se asustaba y me costaba mantenerlo al paso.

Para darme mayor confianza y de pura protección nomás, llevaba cargado mi fusil Rémington 1871, el cual al regalármelo mi padre me contó que esas armas las introdujo al país el entonces presidente don D.F. Sarmiento para armar al ejercito, pero aun así sabía que no era eso lo que me custodiaría.

Pues no estaba entre la vegetación, ni en la vera del camino el peligro angustiante; ya que no vuela, no se arrastra ni camina sobre sus patas.

No me acechaba desde las sombras ni me observaba desde la luz. No era corpóreo ni etéreo. Era mi propia angustia de abandonar los anhelos depositados allí por años.   

En cada paso iba dejando un trozo de mí, pero no cedía.

De lejos se que parecía de una sola pieza, pero la verdad es que era un manojo de tristezas, llantos y añoranzas. Marchaba cobijado por el oscuro manto de la noche. Solo presente por mi voz en el arreo y el resoplar alerta del potro que montaba.

Mientras nos alejábamos en esa mañana algo nublada y fresca, recuerdo a don Estanislao, alto y delgado, con la barba bien tupida, la cual disimulaba una cicatriz que le surcaba la mejilla derecha, desde la oreja hasta la comisura del labio.

Vestía de negro, eso y su laconismo habitual ayudaba a mantener la apariencia taciturna.  Trataba de pasar inadvertido aunque la mayoría de las veces no lo lograba, bueno al menos no todas las veces que se lo proponía.

Fue soldado en la guerra de la Triple Alianza, hasta la batalla de Curupaity. Este combate en particular había sido uno de los más sangrientos, donde los aliados habían sido atrozmente derrotados. Después de ese enfrentamiento desertó.

Al regresar su humor había cambiado, desde entonces se lo conoció como un hombre parco, cuando oían pronunciar su nombre las mujeres se persignaban y los hombres contaban muchas historias de coraje y de peleas.

Contaban los antiguos que en su mocedad era jovial, buen bailarín y muy trabajador.

Hay muchas leyendas y creencias en nuestra zona, y cuentan que él tuvo un encuentro tenebroso con una de ellas. Nadie sabe si es por eso o por pura casualidad pero un día enfermó de los pulmones, tisis creo, y comenzó a decaer lentamente. Es el padre de Ramón, murió hace un año. Dos años después de su madre.

Le hago seña con la mano para que se acerque. Me inclino en la montura hacia él y por lo bajo le digo:

– Dígame Ramón, ¿cómo fue aquel encuentro de su padre en el patio de la iglesia?

– Se lo pregunto porque al nombrarlo todos se persignan pero nadie sabe a ciencia cierta lo que allí paso.- me observa y sonríe.

- Sabes aún cuando no le conocíamos ningún enemigo, hasta en su lecho de muerte llevaba consigo el puñal al alcance de su mano. Era un arma magnifica, el mango y la vaina de plata con ribetes de oro, y una prominente ‘S’ marcaba el final de la hoja. Por momentos parecía un crucifijo en vez de un facón. – Hay algo de misterio y mucho de orgullo por su padre cuando se expresa de esa manera, pero interrumpe su explicación y mira hacia todos lados como buscando algo. Aun oteaba el horizonte cuando me dice

– José, cuando nos detengamos le contaré todo con lujos y detalles, tenga paciencia, tenemos que salir de este estero seco antes de que llueva, caso contrario podríamos perder la mitad de nuestras pertenencias de armarse un lodazal

Comprendo que tiene mucha razón y me separo para ayudar con la tropilla y apurar el paso buscando un terreno alto para acampar.

Comenzaban a caer algunas gotas cuando hallamos un lugar propicio, rodeamos los animales con prontitud mientras otros juntaban leña y preparaban el campamento. Cayó un fuerte chaparrón que duró un par de horas y se detuvo de pronto como había comenzado. Luego de eso tomamos unos mates y cenamos.

A continuación nos retiramos a ver la tropilla pues en esta zona hay muchas marcas de pumas y así le damos lugar a que cenen los boyeros. Prendimos unos cigarros con el yesquero así con el humo ayudábamos a espantar a los mosquitos y con el fuerte olor del tabaco afirmábamos nuestra presencia en las inmediaciones de ese páramo.

Luego de la ronda volvimos y nos acercamos a la fogata que lanzaba largas lenguas de llamas y chispas hacia el cielo. Nos acomodamos y después de observar los refucilos de la tormenta que cubría el horizonte con dirección norte, Ramón me dice:

– Bien, como le prometí, hablemos de mi padre.  Esta historia te la contaré como la escuché del cura y de los fieles que estaban en las inmediaciones de la iglesia. No sé si es verdad o no. Nunca se lo pregunté, me parecía irrespetuoso de mi parte. Siempre pensé que si quisiera que lo supiera me lo contaría por su voluntad.

Miró su cigarro mientras exhalaba el humo y prosiguió:

- Usted como yo sabe la existencia del alma mula. Mi padre siempre perseguía emprendimientos a los que la mayoría les huiría. Fue una visita que hizo a la colonia de Las Cruces donde otrora fuera un centro de explotación maderera de relevancia. Hoy es un villorrio poco menos que abandonado. Cuando escaseó la materia prima los aserraderos se trasladaron a otra zona. Lo que queda de aquello son los edificios de la administración, los almacenes y la iglesia. Los peones ahora se dedican a la agricultura. Este lugar ahora es el centro de la fe de la región. Llegó por invitación de su compadre don Severino, para que asistiera a la celebración de la comunión de su ahijada Manuelita que celebraría el 8 de diciembre en conmemoración Día de la Inmaculada Concepción de María. Allí se presentó cinco días antes arreando un par de novillos gordos para el asado y un vestido para la niña, que hizo traer de San Miguel de Tucumán.

Terminado el momento de la celebración, todos inclusive el cura, se trasladaron a la casa de la homenajeada.  Allí a ambas márgenes de una zanja llena de brasas, colocadas en estacas se cosía lentamente la cena para los muchos invitados.

La iglesia estaría desierta si no fuera por la presencia de mi padre en el patio delantero. El cielo estaba prometedor de tormenta. Las ráfagas de viento hacían danzar y desgarraban las guirnaldas que aun colgaban en el lugar.

Estando en su casa don Severino al advertir que su compadre no estaba entre los presentes, salió presuroso hacia la iglesia lugar donde lo había visto por última vez.

Al llegar a las inmediaciones de esta presenció a la distancia la escena.

Mi padre saco su facón y marco en el suelo un cuadrado amplio como una habitación. Se persignó y se arrodilló en el centro del mismo. Allí permaneció rezando un largo instante empuñando el arma. La mula llego dando gritos desgarradores que se mezclaban con los truenos. Los refucilos y el fuego que salía por los ojos e ijares del animal permitían ver con toda claridad. La bestia enfurecida vino hacia él, pero este no se movió.

En medio de los manotazos del animal pudo asir sus riendas y cortarlas. El sabía que si repetía 3 veces “Jesús, José y María” la bestia retrocedía por un instante. Además esa era una buena noche para el encuentro, ya que la tormenta le daba la característica propicia. El alma mula se acerca a una iglesia antes de comenzar a deambular por los cerros y quebradas.

Esta había sido una mujer incestuosa, que al morir su alma quedó para pagar sus pecados entre los vivos. En el instante que cortó las riendas ese animal se transformó en una bella mujer de luz y luego en una estrella que ascendió al firmamento. Cosa de no creer, pero en ese mágico instante cesó la tormenta y el cielo quedó limpio de nubes. Me acerqué a su padre y él me esperó de pie y su facón clavado en la tierra arañada por las pezuñas.

De la empuñadura de plata se desprendían pequeñas luces. Pude apreciar que en todo el lugar había un suave aroma a miel. Mi compadre cubierto de una leve luminosidad se recortaba claramente contra la oscuridad de la noche y puedo jurar que oí cantar a los ángeles.

Recogí su arma y se la devolví, nos retiramos callados del lugar.  En la casa todos festejaban pues vieron la luz que se elevara de la iglesia y todos aludieron un milagro. El y yo nos miramos sin pronunciar palabras. Luego nos enteramos que otros habían visto lo mismo y así fue como corrió la voz.

Don Severino y otros visitaron al cura y pidieron una explicación por este suceso, a lo que les explicó a su manera:

– La maldición de castigar al alma aquí en la tierra, es por el pecado aberrante. El convertirse en mula es porque es un animal antinatural creado por el hombre. El freno que arrastraba representa la perdida de la libertad. El grito que daba cada vez que pisaba el freno representa el sufrimiento de las almas en el purgatorio. El fuego de sus ojos simboliza el infierno. La cruz del puñal representa la presencia de nuestro señor Jesucristo, que con su sola muestra desvanece el mal. El hombre que arriesga su vida es porque alguien debe suplicar por el perdón del alma. La plata del arma representa el color blanco de la pureza. El deambular de la bestia es con ejemplo que hay que alejarse de la tentación de cometer pecados.

Esa es toda la historia.

Luego del velorio de mi padre y antes que su compadre regrese a su hogar le encomendé una tarea que aceptó gustoso. Envuelto en un pedazo de tela le entregué el puñal de plata y le pedí que lo pusiera al pie de la Virgen de aquella iglesia. Y di por descontado que cada año en esta fecha encenderían un cirio por su alma. Creo que fue lo mejor que pude hacer. Severino se alejo de allí con el agradecimiento dibujado en el rostro.

Luego de esto quedamos en silencio.

La tormenta tomó otro rumbo aunque cayó otro chaparrón.

Más tarde sopló un fuerte viento. Esto va a orear el campo, pensé antes de dormirme.

© Roberto Attías

 

Roberto Attías vive en Fontana, Provincia del Chaco, República Argentina

 imagen: Procesión de la Virgen de Itatí, Fortín Lavalle, Provincia del Chaco, República Argentina - Muestra Culturas del Gran Chaco en la Fundación Proa, ver galeria de imágenes

 

 
 
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