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La leyenda del Gigante, que borró la memoria de mi pueblo - Martín Correa
 

La leyenda del Gigante, que borró la memoria de mi pueblo ,de Martín Correa (16 años) y que cursa el 4to. año del Colegio secundario Dante Alighieri (San Juan, Argentina) resultó ganador del Primer Premio en la categoría escuelas en el Concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente organizado por la Revista Archivos del Sur. Comparte el Primer Premio con Rommel Palmillas Ruiz de la Universidad Autónoma de México

 

La leyenda del Gigante que borró la memoria de mi pueblo

Eran las 20: 45 hs. de la tarde, casi noche, cuando en un día calurosísimo del quince de enero de 1944, un Gigante, borró la memoria de mi ciudad. Desde aquel momento, solo anécdotas, misterios, conforman una leyenda de aquello, que parece nunca haber ocurrido.

Me cuentan, que era un día normal, como cualquier otro pero en un escenario distinto al que hoy existe. Con anchas calles de tierra, angostísimas veredas, altos edificios, casa amplias con abundantes habitaciones, con patios internos, y hasta ¡huertas en plena ciudad!. Increíble, ¿no?, así dicen algunos libros, y la profe, que era mi San Juan.

Las casas, eran de adobones, así le llaman a los adobes de gran tamaño, pocos eran los edificios con ladrillo, o polvo de ladrillo, pues estos eran muy caros y debían traerlos de Europa.

Entre algunos relatos que han sobrevivido a la amnesia popular, encontramos la existencia de oficios, que también desaparecieron junto a la ciudad. Estaba el lechero, que iba casa por casa, también el vidriero, que llegaba a cada hogar tomaba las medidas de alguna ventana, ventanin, traga luz, e inmediatamente reemplazaba el vidrio roto.

El verdulero y achurero, que gritaba ¡verdulero patrona!. El deshollinador, que limpiaba las viejas estufas a leña, de los grandes caserones. Había también fotógrafos, que se encargaban de tomar aquellos momentos familiares únicos, al niño o niña de la casa en sus diversas edades. Más que fotos, eran retratos de artistas, de los que aún se conservan algunos ejemplares, como inmortales al tiempo.

Un afilador, pasaba una vez cada tanto, con un terrible chillido, buscando tijeras cuchillos, y todos los elementos cortantes, que con el quehacer doméstico perdían su filo.

Mmm… ¡me imagino qué cosas más ricas se elaboraban! en aquellas cocinas. Era todo casero, no existían los microondas, ni hornos eléctricos, ni multiprocesadores, ni todo el arsenal que hoy tienen nuestras mamás.

Dicen, que muchas de las antiguas recetas aún se conservan, sin embargo no mantienen el aroma y el sabor de antaño. Sus elaboraciones eran muy largas, y dedicadas, la señora de la familia comenzaba a veces desde ¡las ocho de la mañana a cocinar!.

Se cocinaba, por ejemplo, los escabeches de perdiz, liebre, verduras, el puchero, con todos sus elementos: huesos de osobuco o chancho, gallina, papa, camote, zapallo, choclo, porotos, un toque, de tomate, cebolla, ajo, pimiento, repollo, perejil, apio o albahaca. También los dulces, que los realizaban con las frutas que obtenían de los frutales de la casa: dulce de membrillo en pan, jalea o mermelada, higos en almíbar, zapallos en almíbar, mermelada de ciruelas y damascos.

No existían las panaderías, como hoy. Sólo había, una confitería famosa llamada "El Águila", que tenía confituras increíbles elaboradas con ingredientes que se traían, de otros países.

El Pan, las sopaipillas, las semitas y semitones, eran el arte de la cocina, harina, grasa, chicharrones, hornos a leña, eran la mezcla perfecta, para exquisitos sabores.

Bueno, a esto también, le sumamos, los carneos, verdaderos rituales familiares, la elaboración de conservas de tomates y demás verduras para el invierno, y los licores caseritos con los que invitaban a las visitas…

Me cuesta imaginarme este panorama, si existiera, ¡la maquina del tiempo! .

Creo en realidad, que me cuesta más aún, entender cómo de un día al siguiente, cambió una Ciudad, o aún peor, todo un Estilo de Vida. ¿Qué nos pasó a los sanjuaninos?

Hay… si pudiera responder, yo sólo soy un mero transmisor de una realidad que se perdió, y que hoy es tan sólo una leyenda para nosotros los "adolescentes sanjuaninos".

Según el relato popular, en aquel quince de enero, un fenómeno natural, terminó con el noventa por ciento de la "ciudad de barro", como la llamaban y entre siete mil o diez mil los muertos, se llevó aquel gigante de la naturaleza..

El pánico fue terrible, en medio de una inmensa oscuridad, se oían llantos, gritos, pedidos de auxilio.

A la destrucción, como un designio de la naturaleza, le siguió el fuerte viento y lluvia, que llegaron para arrasar con el polvo, la sangre, las lágrimas de la tierra sanjuanina.

Lo raro es que ¡Nunca llueve en San Juan!, eso es casi totalmente cierto, quien conozca esta Provincia, puede afirmarlo. Sin embargo en ese justo momento, tenía que llover torrencialmente.

Las calles desaparecieron, la gente se refugió como pudo bajo carpas, y mantas. No había como comunicarse con los familiares de lugares alejados, no existían medios para saber si estaban bien o si habían fallecido.

Y como en todos los relatos, siempre existe en héroe, es que vamos a llamar así, al valiente, que sin dudarlo, bajó la llave de la central hidroeléctrica , salvando así a miles de personas con riesgo de electrocutarse.

Todos los cables, transformadores, etc., estaban desparramados entre los escombros. Nunca se supo quién fue, ni como se llamaba aquel hombre, que murió en el instante mismo, en que salvaba a sus compatriotas. Es por esto, que solo podemos llamarlo "Él Héroe Anónimo".

Al amanecer del día siguiente, al pánico lo acompañó el dolor, la búsqueda de refugios, de primeros auxilios, de contención mutua.

El País y el Mundo quedaron, totalmente alarmados por el siniestro sanjuanino. Llegaron reporteros gráficos de diversos países, y provincias. En los pocos diarios viejos que aún se conservan, existen relatos escalofriantes, de sus vivencias. No sabían, si tomar nota de lo ocurrido o ayudar a las víctimas desesperadas, la sensación de impotencia ante la falta de equipamiento, era tormentosa.

Semanas, tras semanas, se extrajeron de entre los escombros, gente heridas, otros sin vida, mascotas y animales de trabajo. El olor era nauseabundo, se mezclaba el olor a carne, con el de letrinas y cadáveres quemados.

Las grietas provocadas por el Gigante, alcanzaron hasta los tres kilómetros de longitud, y varios metros de profundidad. Ante el temor a que se propagaran enfermedades, esas mismas grietas, sirvieron de hornos incineradores para los cuerpos que estaban desperdigados por todas partes.

Nadie podía velar a sus seres queridos, solo aquel que se arriesgaba a escapar con los restos, a lugares descampados, daban un último adiós a sus seres queridos.

Una anécdota muy dolorosa al respecto, habla de cómo un pobre hombre se pasó la noche bajo la lluvia, velando a su esposa, en un campo abierto. Aunque no sabemos quien era, ni dónde fue, es de suponer que esta situación debe haberse dado en más de una oportunidad.

Los cementerios como todo lo demás, también se derrumbaron, y en ellos se mezclaron los cadáveres, con las víctimas, que en ellos se encontraban, de visita.

Luego de la partida del Gigante, , le siguieron cien amenazas consecutivas de su regreso, las llamaban "réplicas", las que parecían ser el eco , de aquel triste quince de enero.

Ante el miedo de su regreso, las pocas viviendas que estaban en pie con grandes grietas en sus paredes, eran derrumbadas brutalmente.

Grandes Máquinas aparecían cómo monstruos, en medio del llanto y la desesperación, rodeaban dichas casas, con alambres encerados, y con furia terminaban con lo que el Gigante, había comenzado.

Pensar que en ese día, como ya les comenté antes, la vida se desarrollaba normalmente, algunas familias cenaban, o estaban reunidas junto al mate, otros disfrutaban de una peña o domada, alguien despedía a un familiar o amigo que viajaba, etc., todo aquello que se hace, en un día común de nuestras vidas.

Y entre las actividades no tan comunes, cuentan los relatos, que una boda se estaba efectuando en una de las iglesias más tradicionales de la ciudad, y como ocurre en estos casos, junto a los familiares, la chusma, ocupaba todos los espacios del templo, hasta las puertas de salida.

El gigante los sorprendió a todos, y de aquel evento nadie sobrevivió, ni los novios, ni el sacerdote ni la chusma. Sólo quedaron en pie misteriosamente, casi sin daños, las imágenes de los santos que en aquella iglesia se veneraban.

Los heridos eran tratados en las plazas más altas, donde los pocos autos que existían alumbraban, para facilitar las curaciones.

Los hospitales de una vecina provincia, se llenaron de nuestros heridos sanjuaninos, a ésta arribaban en vagones de ferrocarril, en los que se les colocaba paja abundante para recostar a los convalecientes.

Desde Chile, el país más cercano, llegaron auxilios médicos. Y en unos de estos envíos, otra fatalidad se sumó a la que ya existía. Uno de los aviones que trasladaba, a médicos y enfermeros, cayó en la Cordillera de los Andes, nadie podía creer tanta desgracia junta.

El impacto psicológico, fue el más grave de todos los impactos causados.

Se dice, que Familias enteras emigraron, a otras provincias (principalmente a Buenos Aires) para no regresar más, de ellas no se conoce nada, ni apellidos, ni descendencia.

Diez años más o menos duró, la reconstrucción del casco urbano de la provincia. De una "ciudad de barro de estilo barroco", se pasó a una ciudad chata, con edificios de estilo moderno, sobrio, y sin detalles. Con una población también nueva, de estilo moderno, impresionantemente distinta.

Como borrón y cuenta nueva, San Juan pasó a ser la ciudad "más limpia y moderna del País", orgullo de sus habitantes, que ahora caminaban en veredas anchas con baldosas relucientes.

Parecía que todo había quedado atrás, nadie más habló del tema. Desaparecieron las huertas, los hornos de barro, las comidas elaboradas, las estatuas, los oficios, las costumbres…No se conservó una manzana del viejo San Juan, no se conformó un museo íntegramente del mismo, y lo que es peor aun no existen referencias , en aquellos pocos vestigios aislados, que sobrevivieron a la destrucción (baldosas, carteles, estatuas, faroles, etc.)

Siempre me contaron historias de gigantes, pero nunca consideré que yo era parte de una de ellas…

Como nadie quiso revivir aquel dolor, se silenció a toda una generación (la de nuestros padres), que como hijos del miedo hoy sólo pueden transmitirnos, un rejunte de relatos cortados, anécdotas sin referencias claras o certeras.

Y fue así entonces… que de todos estos relatos, nació la leyenda de un Gigante, que alguna vez borró la Memoria Colectiva de mi Pueblo…

Gigante, que tiene nombre y apellido: "Movimiento Sísmico de 1944", alias, "Terremoto de San Juan del 15 de enero de 1944"…

(c) Martín Correa

Sobre el autor:

Martín Correa (16 años, San Juan, Argentina)

Cursa 4to. año del secundario, orientación en Ciencias Sociales -Colegio Dante Alighieri (San Juan, Pcia. de San Juan Argentina)

Profesora asesora: Mariela Zappalá










 
 
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