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Estás aquí:  Inicio >>  Premios- Distinciones >>  Bolas de fuego - Rommel Palmillas Ruiz
 
Bolas de fuego - Rommel Palmillas Ruiz
 

El cuento Bolas de fuego de Rommel Palmillas Ruiz (México) ganó el Primer premio del concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente en la categoría escuelas por la Universidad Autónoma de México- Unidad Azcapotzalco
Comparte el primer premio con Martín Correa del Colegio Dante Alighieri (Provincia de San Juan, Argentina)

 

Bolas de fuego 

Al ver el cuerpo de la hechicera sobre el petate, en partes, como si hubiera sido destazado, Juan recordó todas las noches que su mujer y él le habían llorado a Mónica, su primera hija. La niña de los ojos grises y los cabellos bronceados; la niña que se llevaron las bolas de fuego; la que una bruja, hechicera como aquella, les arrebató. 

Yo regresaba de México, la capital, pa’ mi casa, la tía Marcelina llevaba sus nueve días de muerta y pus venía de la misa, solo, porque mi nanantzin se había quedado a cuidar a mi viejita y a mi Santiaguito. La canícula tenía poquito de haber entrado y pus las lluvias andaban rete juertes; me faltaba tantitito pa’ llegar cuando me agarró el aguacero. Y fue cuando la vi, manito, ajuera de su casa que estaba re grandota. 

“Buenas tardes”.  “Buenas tardes, dice”. “No me da tantito permiso de atajarme en su casa”. “Pus si quiere tantito,  tantito, dice”. “Gracias señito”. “Dice, no se apure, dice”. 

Y pus el agüita que no se pasaba, manito, yo estaba ajuera atajado en un techito, se me hizo de noche y que sale la señito y me dice: “si quiere pásele, dice. Si me da unos centavos le doy unos quelititos y cafecito, dice”. “Oiga, y su marido no se enoja”. “Pus no porque vivo sola desde ansina como siete años, dice”. “Ah, pus entonces sí, le dije”. Y pensé, igual le doy otros centavos y hasta deja que me le junte un rato en su petate pa’ darnos calorcito. ¡Ay, manito! Verdá de Dios que ¡cómo me arrepiento! Me hizo unas tortillitas rete suavecitas y delgaditas, le eché los quelititos de paletaria y un chile toreadito, ¡ah!, pero el café es el que estaba rete sabroso, hasta olía como a perjumes. Luego me llevó a un cuarto de su casa, me dio un gabán, un petate y yo agarré una paquita de zacate que estaba ahí cerquitas pa’ apoyar mi cabeza. Ahí me dejó pa’ que durmiera, pero pus yo no quería dormir. Namás esperaba que se hiciera más de nochecita pa’ irla a buscar. ¡Por esta, manito! ¡Cómo me arrepiento! Mmm, pero que me quedo dormido, quién sabe por qué, ni escuché cuando se jué. 

Aquella casa era enorme. Ella vivía sola desde hacía más de dos lustros, su marido fue uno más de los muertos por la Revolución, había estado en las filas del general José Díaz, “El Caudillo de barro”. Así le decían porque antes había sido alfarero en su pueblo, Metepek. Nunca tuvieron hijos, ella nunca se dejó encintar, utilizaba una pócima que revolvía con el café y que dejaba dormido, como si estuviera muerto,  todas las noches a su marido. Y así, ella salía a trepar por los árboles y a buscar niños recién nacidos, que son los más vulnerables. Llevárselos puros, “alejarlos de la pudredumbre que es la vida”, así se repetía cada noche, así llorando en su ritual de salida. 

Mientras Juan dormía, ella salió de su habitación, después de darse un baño con hierbas que eran imperceptibles al olfato adulto; sólo los niños de menos de un año y los perros podían olerla... y verla. Fue a uno de los tantos cuartos de la casa y ahí encendió una fogata, pero no con leña, sino con zacate muerto, para que la llama no calentara el cuarto y se mantuviera viva mientras ella salía. Ahí dejó, al lado de la lumbre, sobre un petate viejo, primero sus ojos, boca, nariz y orejas; luego los pies, la mano izquierda y con ayuda de sus piernas se quitó la otra mano. Por último, cayó su sexo. Dejó cubrirse por las flamas y una bola de fuego empezó a flotar por la habitación. Salió por la ventana. Entre la copa de los árboles, desapareció. 

Quién sabe cuánto fue, pero yo sentía como si hubiera dormido harto. Me dolía la cabeza como si hubiera tragado mezcal, o pulque. Pero pus yo andaba bien animoso y salí a buscar a la señito. De veras, manito, de veras. ¡Cómo me arrepiento! Como la casa estaba re grandota y oscura, no la encontraba. Hasta que de repente vi una puerta medio abierta y una luz adentro, pensé que ya la había encontrado y con hartas ansias le toqué. Nada que respondía. Ya con retiartas ganas que me meto. Y pus sí estaba ahí... pero muerta.  

Sobre un petate estaba ella, pero en partes. Me espanté retiarto y más con la lumbradota que había ahí. Fue cuando me acordé que mi tío Abelino una vez me contó de las chiceras. Me dijo que eran señoras normales, con esposo y a veces hasta hijos, porque casi siempre las chiceras eran viejas que no podían parir chamacos. Pero que en las noches se quitaban las partes de sus cuerpos pa’ que no las reconocieran, prendían una lumbrada pa’ después agarrar de su fuego y salir a chupar a los chamacos recién nacidos. Luego regresaban, antes de que saliera el solecito,  se ponían su cuerpo otra vez, y como si nada. 

Me acordé de mi Moniquita, hacía ya casi dos años que una chicera la había chupado. Esa mañana la abuela se levantó temprano pa’ preparar el nixtmal y el agua con las yerbas pa’l baño de mi viejita; fue cuando vio a la niña muerta, con sus ojos abiertotes hacia el techo y los labios morados. Era la primera, por eso le lloramos harto. Y ahora, ahí estaba la chicera tumbada en el petate, también me acordé de mi Santiaguito, apenas cuatro mesesitos, no quería que una bruja, como esa, se lo chupara, por eso la agarré con todo y petate y la eché a la lumbrada. Salió fuego verde y azul, creció hasta el techo y luego se apagó de repente.  

En eso entró una bola de fuego por la ventana y dentro de la bola estaba la chicera. Que me ve y empieza a gritar, yo nomás rezaba y rezaba; cerré mis ojos, me tapé las orejas con las manos, pero seguía viendola y escuchando sus gritotes, rete chillones.  Veía cómo se desvanecía en el aire, sus lamentos eran como el de las viejas de los velorios. Se desvanecía su cuerpo, pero su imagen se quedaba en mi cabeza. Punzante, pa’ siempre… Hasta que dejé de oír los gritos abrí los ojos, ya estaba amaneciendo y en el suelo del cuarto sólo había tamo, de ese que sale cuando desgranas el maicito. Salí corriendo, sin voltear, hasta que llegué al pueblo, con su imagen en mi mente horrorizada. 

Antes de ir a su casa, al llegar al pueblo, Juan fue a ver a su tío Abelino. Le preguntó qué se debía hacer para que a los niños no los chupara la bruja. Abelino, sin voltear a verlo, sentado en una piedra y tallando un sincolote con su hoz, le dijo: “Pon una cabeza de caballo en el techo del cuarto donde se duerma el niño, si hay ventanas ahí, cuelga nopales con espinas, no se las quites; en la cabecera de la cama pon unas tijeras abiertas, pero sobre todo, hay que bautizarlo con nombre cristiano”. Juan le dio las gracias y le besó la mano, salió corriendo. Atrás del establo había una penca con muchos nopales, también pensó en el caballo viejo que en la última siembra ya no aguantó arar ni las cabeceras de la milpa. Tijeras, su mujer tenía muchas, sólo faltaba el bautismo. Fue a la iglesia y preguntó por el párroco; una señora, sin levantar la vista, le dijo que el padre había salido desde temprano, y que no sabía a dónde. Juan se fue, dijo que regresaría más tarde. “No creo”, dijo la señora. Juan, corriendo, no entendió aquello. Siguió corriendo. 

Al llegar a su casa, Juan vio la puerta abierta y en el patio un bote sobre el fogón, olía a café. Volteó hacia su habitación, que estaba en la parte de arriba de la casa y vio a muchas personas fuera de ella. Subió las escaleras con el pulso acelerado y los ojos a punto de explotar en llanto. Todas las personas se abrieron para darle paso. Llantos de su madre, de su esposa y finalmente los suyos. Ahí estaba el sacerdote, “...y no se lo impidaís, porque de ellos es el reino de...”. Su mujer se aferraba al cuerpecito  ya sin vida, vio a Juan y le extendió al niño. Santiago tenía los ojos abiertos como de espanto, fijos en el techo; los labios púrpura desprendían un aroma a café, pero confundido con el de zacate quemado. Los murmullos afuera contaban que en la madrugada se habían visto bolas de fuego sobre los árboles, también contaban que ni los niños de brazos, ni los perros, dejaban de llorar desde la noche anterior... 
 
(c) Rommel Palmillas Ruiz

Sobre el autor:

 

Rommel Palmillas Ruiz

Xonacatlán, Estado de México; México.

Universidad Autónoma de México, Unidad Azcapotzalco

 

Rommel Palmillas Ruiz, nació el 10 de febrero de 1981 en Xonacatlán, Estado de México, México. Cursó la Licenciatura en Letras Latinoamericanas en la Universidad Autónoma del Estado de México (1999-2004). Hizo estudios de Lenguas Indígenas en el Centro Internacional de Lengua y Cultura (CILC); así mismo, realizó estudios de Música y Composición en la Escuela Superior de Música Sacra de Toluca. Se ha dedicado a la docencia en el área de Ciencias Sociales (Literatura, Historia, Formación Cívica), al igual que imparte clases particulares de Música contemporánea. Actualmente cursa la Licenciatura en Economía en la Universidad Autónoma de México, Unidad Azcapotzalco (UAM-A). Esta última Universidad ha publicado algunos textos suyos como parte de un concurso literario que se realiza anualmente. En 2005 obtuvo el primer premio en el área de cuento, con el texto "Rey"; en 2007 el segundo lugar con el cuento "Paola" y en este 2008 el segundo lugar con "El abuelo". Siempre pone énfasis en el rescate de las tradiciones indígenas, ya sea por medio del lenguaje o de la cultura.

 

 
 
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