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Impronta de mujer - Reinaldo E. Marchant
 

Es posible que la historia de la humanidad la hayan escrito, en su mayoría, los hombres. Sin embargo, la creación y perduración humana tiene nombre de mujer. Puede sonar retorcido: nada de lo que el hombre ha hecho pudo realizarse sin la presencia de una mujer. Dejando de lado el nacimiento, y toda la belleza que encarna la evolución maternal, la mujer ha tenido una participación esencial en los procesos sociales, políticos y culturales de la humanidad. Ocurre que simplemente intereses mezquinos han empalidecido su tarea y papel en la sociedad...

(Santiago de Chile) Reinaldo E. Marchant
 
Es posible que la historia de la humanidad la hayan escrito, en su mayoría, los hombres. Sin embargo, la creación y perduración  humana tiene nombre de mujer. Puede sonar retorcido: nada de lo que el hombre ha hecho pudo realizarse sin la presencia de una mujer. Dejando de lado el nacimiento, y toda la belleza que encarna  la evolución maternal,  la mujer ha tenido una participación esencial en los procesos sociales, políticos y culturales de la humanidad. Ocurre que simplemente intereses mezquinos han empalidecido su tarea y papel en la sociedad. 
Yo tuve la fortuna de nacer en la extrema pobreza, en una casita de tablas, techo de fonola, sin piso, baño, luz y ni agua. Fui el menor de cinco hermanos, crecimos sin padre y nuestra madre es analfabeta. A ella le debemos la vida. Y los demás niños de la vecindad, que corrían la misma suerte, también se la deben a una madre. Desde muy pequeño observé a todas esas mujeres que luchaban contra lo imposible, sometidas a una exclusión social indolente y a una pobreza que, nadie más que ellas, conocen en carne viva. 
La vida de la mujer – máxime la de antaño -, es una historia de lucha, sufrimiento y de un silencioso heroísmo.  También,  es una vida repleta de injusticia. La sociedad claramente machista hasta estos días, se ha encargado de opacar los valiosos aportes en  diversos campos de los movimientos asociativos.  
El desarrollo vital de la mujer pobre, a través de los tiempos, se parece mucho a los sufrimientos de los esclavos negros, por el dolor, encadenamiento, martirio y sometimiento ignominioso.  
En otros ámbitos el asunto es similar. Basta revisar el listado los Premios Nacionales de Literatura – de los Premios Nóbeles,  ni hablar -para darse cuenta que en más de sesenta años, apenas tres mujeres han recibido – y de forma bien cuestionada- la distinción.  El caso de Gabriela Mistral es patético: recibió en 1945 el Premio Nobel y recién, a modo de dádiva, en 1951, su  patria  le otorga este galardón. Y así, en todo orden de cosas.  
Conocemos a mujeres extraordinarias que se han destacado en Latinoamérica y el mundo, en diversas áreas del quehacer religioso, social, político y cultural. Son muy pocas en relación a la figuración del hombre. Sin duda que miles de mujeres quedaron abandonadas en el camino, con su arte y su talento. 
 “Impronta de Mujer”, ediciones Diban, Museo de la Educación y CPIP, 2008, por intermedio de un bellísimo archivo fotográfico e histórico, resalta y pone en su lugar el aporte de la mujer en el ámbito educacional. Poco se ha dicho al respecto: el origen del crecimiento de la educación chilena  lo encontramos en las manos y en la inteligencia de la mujer. 
Para muestra, un botón: la Escuela Normal de Preceptoras, que abre sus puertas en 1854, fue creada para formar “las maestras a las que el Gobierno debía confiar la educación en las escuelas públicas…”. 
Un poco más tarde, en 1886, se inaugura un nuevo edificio en Compañía 3150, que se convertiría en un modelo de arquitectura escolar, pionero en un proyecto educativo alemán, a cargo de Teresa Adametz, profesora que puso énfasis en la aplicación de conocimientos aportados por la sicología y teoría de la educación. Gran parte de las postulantes eran de origen humilde. Por ello esta maestra, al inaugurar el establecimiento de la Escuela Normal, señaló: 

“No olviden jamás, hijas mías, las modestas habitaciones en las cuales han nacido, ni los hogares humildes en los cuales la mayor parte de ustedes irán a pasar su vida. No olviden que todo lo que se les proporciona aquí: casa, alimento, educación, es un préstamo que ustedes reciben de sus conciudadanos, ¡que sólo pueden pagar semejante deuda haciendo lo que de ustedes se espera: primero, buenas alumnas de esta Escuela, después buenas maestras del pueblo!”. 

La excelente idea de las Escuelas Normales, finalmente es cesada el 11 de marzo de 1974, bajo el Decreto Ley 353, ordenando el cierre definitivo, acabando con ciento veinte años de formación docente, donde se forjaron innumerables generaciones de maestras, que impartieron clases en escuelas primarias  a través de todo el territorio nacional. 
Otra excepción  femenina se encuentra en la destacada maestra austriaca, Leopoldina Maluschka, quien contratada por el gobierno de Chile, en 1906, crea el primer jardín infantil. Más tarde lo hace con la Asociación de Kindergarten Nacional y la Cruz Roja de Maestras de Jardín Infantil. Bogó hasta sus últimos días de vida, por conseguir la obligatoriedad de la educación infantil, a fin de ampliar su cobertura nacional. Ese  generoso y visionario afán se materializó recién 50 años después, el 22 de enero del año 2007, cuando la Presidenta Michelle Bachelet promulgó el Decreto Ley 20. 162 que garantiza la cobertura universal del Kinder. 

En estos casi doscientos años de vida independiente, las mujeres han logrado de manera gradual espacios sociales, políticos y culturales.  Miles de profesoras normalistas, hasta el día de hoy, esperan el reconocimiento de la deuda que la historia y los gobiernos mantienen con ellas. 

Entre las maestras se encuentra Gabriela Mistral; la nortina Brígida Walter Guerra, primera Preceptora de la Escuela Normal número 1; la doctora Eloísa Díaz Insunza, quien creó el Servicio Médico Escolar en 1911, y fue la primera mujer en Chile y en América del Sur en obtener el título de Medicina y Cirugía; la siguió apenas siete días después en su titulación, Ernestina Pérez Barahona, quien con tan solo 19 años se recibe de médico, siendo la segunda mujer médico; el listado sigue Bélgica Castro Sierra,  María Canepa, Leopoldina Maluschka, entre muchas otras. 
El libro,  hace un recorrido de todas las labores educacionales en que la “Impronta de Mujer” ha dejado su sello y valioso aporte en la historia. Junto a la entrañable muestra fotográfica de todas estas mujeres,  sumado a las informaciones de los orígenes de la educación nacional, tan poco conocido y reconocido, el texto es un acto de justicia, una recreación de la memoria femenina y un legado para entender que en el corazón de cada hombre, estuvieron las manos y el  sacrificio de la mujer.  

(c) Reinaldo E. Marchant

publicado 14-11-2008
 
 
 

 
 
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