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Por amor al arte- Luis D. Gutiérrez Espinoza
 

desde Arequipa, Perú
Supongamos usted y yo somos escritores, sino de fama, cantidad y calidad de libros vendidos y publicados, sí de continuo escribir y crear. Es decir, escribimos por escribir, de motu propio y por amor al arte nada más...


Por amor al arte

(Arequipa- Perú) Luis D. Gutiérrez Espinoza

Supongamos usted y yo somos escritores, sino de fama, cantidad y calidad de libros vendidos y publicados, sí de continuo escribir y crear. Es decir, escribimos por escribir, de motu propio y por amor al arte nada más.

Y en este sentido, nos damos cuenta que el escritor tiene dos ideas fijas siempre rondándole la cabeza. Una es consciente, la otra, inconsciente. Cuando escribes lo haces con la ilusión de llegar a publicarlo, arribar al gran mercado y ser leído por cientos, miles de lectores. Esta es una idea que te persigue y te mueve allá donde vayas y hagas lo que hagas en tu vida de escritor o escritora e incluso, en tu vida privada.

Sin embargo, mientras escribes, imbuido de esos momentos de fe ciega en el bolígrafo, en que transmitiendo lo que deseas expresar de modo perfecto y lúcido y todo fluye armónica y correctamente y tu alrededor no existe, solo estás tú y tus dedos bailan sobre el teclado con un ritmo frenético y hasta completamente abstraído del entorno y sientes que ya no eres tú quien dirige, sino algo que te ha absorbido y escribe a través de ti, entonces solo te acuerdas de ti mismo y crees que eres el único habitante del planeta, además de aquellos tus personajes y tu mundo de ensueño y realismo, que gracias a ti cobran vida y viven sobre el papel.

La otra idea, la inconsciente e involuntaria, es la de escribir pese a todo y a todos, pese la desesperación, decía un poema que leí alguna vez. Entonces escribir se convierte en un ejercicio de todas horas y a todas horas, en las libres y en las del trabajo, en el computador y en un cuaderno, a mano o a máquina, como con los detergentes dirás tú, a pesar del frío, de la lluvia o el viento, de los ceños fruncidos que hayan por ahí, en pleno verano como ahora humedeciéndote el papel o en primavera, anhelando el perfume de las flores. Escribir aunque se rían de uno, aunque lloren de rabia, aunque te envidien y odien (¿por qué odian a las luciérnagas?, porque tienen luz propia y brillan solas), te lastimen y te ataquen. Escribir a pesar del menosprecio de los que viven su vida eternamente comparándose con otros, seres antiempáticos digo yo, que alucinan contigo y te miran de arriba abajo. Escribir pese a la incomprensión de los que no persiguen sus sueños, porque en realidad no están seguros de tenerlos o a fin de cuentas, de poder conseguirlos. A pesar de ellos y sin ellos, el escritor escribe inconsciente, de día o de noche, a cualquier hora y en cualquier lugar y sobre cualquier cosa que le ofrezca un espacio en blanco. Sé que hay escritores más exigentes con su escritura, prolijos con eso de la ortografía, la sintaxis y la semántica, la soledad y la individualidad, pero quizás es solo cuestión de tiempo el que dejen de necesitar un despacho o un ambiente propio, el escritorio, una tranquilidad deseada por todos y sobre todo, una razón práctica para escribir lo que escriben y especialmente, seguir escribiendo, porque el escritor, el verdadero escritor, quien continuará escribiendo así le toque la lotería de su vida y luego poder vivir panza arriba, no necesita ni le urge tener un motivo o lugar especiales para escribir, simplemente escribe y escribe. Al principio, el escribir es solo una idea, después es un esfuerzo y un placer, pero que con el tiempo y el gusto, acaba por ser un hábito, una grata y tremenda adicción de la que es muy difícil desprenderse y tampoco se quiere o se requiere desprenderla. Y a esas alturas, ya convertida en una necesidad, es algo que sustenta y moviendo tu vida, te satisface y contenta y aquí, lo consciente y lo inconsciente, se fusionan y acaban por ser esa gran chispa y dínamo que te iluminan y empujan a ser nadie más que tú y el papel, sin nada entre ustedes dos que los turbe o los separe. Así las cosas, pese la alegría de vivir y a dejar de disfrutar el presente (eso sí que es difícil, mejor dicho, reñido con el corazón y abierta actitud del escritor, que por cierto y contra otra opinión, no es ningún caído del palto ni alguien que viva en las nubes), igualmente se sigue y prosigue escribiendo.

¿Qué el amor al arte mueve montañas y conciencias? Sí, de lo contrario acaso usted no estaría leyendo esto y yo, deje de andar escribiendo cosas buscando despertarle el pensamiento. 

(c) Luis D. Gutiérrez Espinoza
 

publicado el 4-10-2008
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
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