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Gran Premio de la Pcia. de Buenos Aires-Discurso de agradecimiento- Jorge Herralde
 

El 25 de junio de 2008 Jorge Herralde - fundador y director de la editorial Anagrama - pronunció un discurso de agradecimiento en el Colegio Nacional Rafael Hernández de la ciudad de La Plata con motivo de haberle sido otorgado dicho premio por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires establecido para reconocer a personalidades internacionales por su aporte a la literatura mundial.
El discurso incluye dos textos: El oficio de editor, algunos dilemas y paradojas y El catálogo como ciudad. Lo publicamos completo en Archivos del Sur

 

 

Gran Premio de la Provincia de Buenos Aires: discurso de agradecimiento

 

SOBRE EL OFICIO DE EDITOR

 Agradezco al Gobierno de la Provincia de Buenos Aires este inesperado galardón, al historiador Mario Pacho O’Donnell, su impulsor, así como a Juan Carlos d’Amico, presidente del Instituto Cultural y al gran escritor y buen amigo Ricardo Piglia y sus generosas palabras de presentación. Y paso a leerles un discurso de agradecimiento, me temo que no muy breve, en forma de díptico: dos textos independientes pero en cierto modo complementarios. El primero sobre alguno de los dilemas y paradojas a los que se enfrenta un editor y el segundo, “El catálogo como ciudad”, sobre cómo se reflejan en Anagrama. Algo así como teoría y práctica, dicho sea con poco énfasis.

 

1

El oficio de editor, algunos dilemas y paradojas

Un editor, y aquí me refiero a una raza particular de editores para quienes lo único sagrado es la coherencia de su catálogo, tiene que intentar ser un experto en conciliar paradojas.

Así, por ejemplo, debe practicar la llamada “política de autor”, siguiendo la trayectoria de sus mejores escritores, aun en sus títulos menores o poco afortunados, pero inesquivables, y simultáneamente buscar las nuevas voces de su tiempo, los posibles clásicos del futuro.

Los grandes autores del catálogo, a menudo vivos y en plena actividad, otros ya fallecidos cuya obra se quiere rescatar (véase Nabokov o Sebald, en nuestro catálogo), ocupan una parte considerable del codiciado espacio editorial, en realidad casi un numerus clausus, por lo que cada nuevo autor incorporado debe competir ferozmente con muchos candidatos para la casilla vacante del catálogo.

Otro ejemplo, bien típico en la profesión, consiste en publicar libros con los que uno sabe con toda seguridad que perderá dinero (las desviaciones estadísticas son mínimas), pero se siente obligado a hacerlo, bien por la excelencia literaria incuestionable de un texto, bien por tratarse de un autor prometedor, desconocido y que no apuesta por la facilidad, entre otros ejemplos.

Esta pérdida financiera puede venir  real o ilusoriamente “compensada” (lo que en jerga contable podríamos denominar como “invertir en lucro cesante”) por un aumento del “capital simbólico” de la editorial, de su posible “aura”, que transmite a los “lectores fuertes”, así llamados por los franceses, el mensaje de que todos los títulos de la editorial están escogidos tan sólo por motivos culturales y literarios. Y, por ello, los autores desconocidos o debutantes pueden protegerse bajo el paraguas del aura de la credibilidad.

Naturalmente, este mensaje sólo puede ser descodificado por aquellos lectores que sigan con atención una trayectoria editorial. Más aún, que capten el opaco concepto del oficio de editor, que para la gran mayoría de lectores (a veces llamados lectores no-lectores) es un enigma que ni se plantean.

Sin embargo esos “lectores fuertes”, entre los que se incluyen por fortuna libreros tan vocacionales como los propios editores, son los que pueden propiciar el imprescindible boca-oreja para que ciertos títulos inesperados triunfen, sin campañas de marketing y sin que el autor sea un brand name. Por citar algunos ejemplos de Anagrama, Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, 84, Charing Cross Road de Helene Hanff y, el más reciente, Una lectora poco común de Alan Bennett. También, claro está, se precisa el apoyo de la prensa cultural y los críticos literarios, incluso en estos tiempos en los que el mandarinato está tan diluido y se extiende una tendencia global a tratar la cultura en formato de suplemento dominical, es decir, textos breves y muchas fotos, al servicio de esos bestsellers arrolladores que Vicente Verdú ha bautizado atinadamente como “literatura infantil para adultos”.

Otro efecto colateral indeseado es que esa política de autor, a menudo con el escritor felizmente instalado en una editorial, se vea muy seriamente amenazada por la voracidad, a menudo insensata, de los grandes grupos, acuciados por la necesidad de facturación y azuzados por los agentes literarios, de acuerdo con sus respectivos cometidos estructurales.

Una de las dificultades mayores de la práctica editorial estriba en el complicado manejo del ego de los autores, un ego obligado y en expansión acelerada en consonancia con sus éxitos. Por buscar un ejemplo en otro ámbito, decía Marlon Brando: “Actor es uno que si no estás hablando de él, no te escucha”. Un ejemplo fácilmente  extrapolable.

Un editor debe ser, pues, extremadamente cauteloso con los halagos a otros escritores, en petit comité, en público y desde luego por escrito (una regla que a menudo he incumplido). Y aquí quiero rendir un homenaje a Gaston Gallimard, un gran editor con fama de bon vivant, merecida, y de ágrafo: nunca escribió sus memorias, una actividad que es el hobby nacional de casi todos los editores franceses. Sin embargo, su editorial ha tenido el gran acierto de publicar, en varios gruesos tomos, su correspondencia con grandes escritores de la casa, como Proust, Céline o Claudel. Y así, asistimos a las alambicadas perfidias de Proust, a los insultos delirantes de Céline o a la vanidad insuperable de Claudel (que podría resumirse así: le resultaba incomprensible que una editorial como Gallimard publicara a pederastas como Gide, Cocteau y tantos otros, en vez de dedicar íntegramente sus esfuerzos a la genial obra de Paul Claudel). Pues bien, resulta admirable la sutileza, lo que ahora llamarían la “inteligencia emocional” y desde luego la enorme paciencia con la que Gaston Gallimard desactivaba las inmensas ofensas imaginadas por esos autores. Suya fue esa inestimable aportación, a tiempo casi completo, a su editorial, amparada por otra parte por la implícita force de frappe, disuasoria de fugas a otros sellos, que constituía y constituye la Bibliothèque de la Pléiade de Gallimard, el auténtico Panteón de la Fama, el ingreso en la Inmortalidad. Y recuerdo que su nieto, Antoine Gallimard, afirmaba en una entrevista reciente que él mismo dedicaba más tiempo a conservar a sus autores que a los nuevos fichajes.

Otro dilema que se puede plantear un editor es cómo alternar en su catálogo la ficción y el ensayo (como emblema del área de no-ficción).

En el caso de Anagrama, el ensayo, y en especial los textos políticos, tuvo, durante la década inicial de los 70, un peso muy importante. Luego, en los primeros 80, tomó ampliamente la delantera la ficción, para luego configurarse la relación actual: dos tercios aproximadamente de ficción y un tercio de no-ficción. A veces me ha preguntado algún distribuidor u observador editorial el porqué de mi persistencia en los ensayos, pese a que sus ventas son claramente menores, con las debidas excepciones, como José Antonio Marina o Ryszard Kapuscinski. En mi caso, me siento impelido, quizá demasiado a menudo, a incorporar a nuestro catálogo a aquellos autores y aquellos textos que contribuyan a iluminar nuestros tiempos inciertos, a combatir aunque mínimamente las injusticias, a ampliar y profundizar el ámbito del saber. Y pienso que Anagrama quedaría mutilada sin esas aportaciones.

 

Soy consciente de la tonalidad “sepia”, como de daguerrotipo, de edición ancien régime, de mis cavilaciones, en esta era extremadamente mutante que analiza lúcidamente Robert McCrum en su extenso artículo “A thriller in ten chapters”, publicado en The Observer el pasado 22 de mayo. McCrum, como es sabido, fue durante años editor de la muy literaria Faber & Faber y luego, tras graves problemas de salud, pasó a ser crítico literario durante diez años en The Observer, del que acaba de despedirse con dicho agudo e informadísimo análisis.

McCrum subraya, en diez capitulitos, el carácter explosivo de la actual mezcla de comercio global y tecnología. Lo ilustra con los ejemplos de esos escritores desconocidos que alcanzan un triunfo instantáneo en el mercado global, como Zadie Smith; el fenómeno Amazon, indispensable para unir el mercado en lengua inglesa; el caso J. K. Rowling; la importancia decisiva de espacios televisivos como el «Oprah’s Book Club» en Estados Unidos y «Richard & Judy» en el Reino Unido; la proliferación de festivales literarios, empezando por el Hay, “the new rock’n roll”, escribe McCrum (“con el escritor convertido en una mezcla de viajante de comercio, músico de rock y predicador”); la evolución de los premios literarios, como el Booker, el Orange o el Costa, que juegan un papel, para lanzar a un autor, antes reservado a las revistas; el caso McEwan: si hay un escritor cuyo éxito popular simboliza una década es Ian McEwan, opina McCrum, subrayando que se trata de un “novelista literario”; la invasión de los blogs; y en especial, desde noviembre de 2007, la aparición de Kindle: “el primer libro electrónico que atrapa la imaginación de los lectores profesionales: los editores y los agentes literarios”, así como la creciente digitalización de textos, impulsada por Google, empezando por las grandes bibliotecas.

Toda una serie de cambios de alcance todavía inimaginable, aunque Robert McCrum piensa (como yo) que todavía no hay que despedirse de Gutenberg y que los editores, como escribe un colega, deben publicar libros cada vez más deseables como objetos.

 

 

 

2

El catálogo como ciudad

La metáfora del catálogo editorial como un libro, como una novela, ha sido ya muy utilizada (por mí mismo, sin ir más lejos). Para no aburrirnos —"el aburrimiento es la fuerza de la historia que menos se tiene en cuenta", escribió el sociólogo Robert Nisbet, que por cierto era un entretenidísimo orador que siempre esquivó la jerga académica—, y propondré aquí otra, urbanística, de forma poco seria y nada académica: el catálogo como ciudad.

Aunque un catálogo sea en sus inicios algo así como la caseta del perro, que puede agrandarse hasta convertirse en una vivienda unifamiliar e incluso en un bloque de pisos, a medida que, con las décadas, se despliega, podríamos utilizar la metáfora de una ciudad, con sus colecciones a modo de avenidas más o menos amplias hasta otras como callejones de final abrupto.

Tomemos el caso de Anagrama, con sus avenidas "Panorama de narrativas", "Narrativas hispánicas", "Compactos", "Contraseñas", "Argumentos", "Crónicas", "Biblioteca de la memoria", que son las colecciones en activo, mientras que otras, de los años 70, acabaron en un cul-de-sac, aunque puedan persistir quizá en el recuerdo de algunos aficionados añejos y memoriosos, como los Cuadernos Anagrama, la Biblioteca de Antropología o la Cinemateca Anagrama.

En ellas se erigen los monolitos dedicados a los autores-faro de la editorial: Nabokov, Highsmith, Enzensberger, Kapuscinski, Auster, Capote, Pombo, Martín Gaite, Pitol, Piglia, Bolaño, Chirbes, Vila-Matas, Marina, entre otros. También encontraríamos las plazas que conmemoran y honran a los ganadores del Premio Anagrama de Ensayo y el Premio Herralde de Novela. O los jardines dedicados a aquellos longsellers que han ayudado a florecer (disculpen la obviedad de la metáfora) la editorial: La conjura de los necios de John Kennedy Toole, Extraños en un tren de Patricia Highsmith, A sangre fría de Truman Capote, Bella del Señor de Albert Cohen, Nubosidad variable de Carmen Martín Gaite, Historia de una maestra de Josefina Aldecoa, Historia de un idiota contada por él mismo de Félix de Azúa, Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, La inteligencia fracasada de José Antonio Marina, El dios de las pequeñas cosas de Arundhati Roy, Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, Seda de Alessandro Baricco, Wilt de Tom Sharpe, Catedral de Raymond Carver, El Danubio de Claudio Magris, En el camino de Jack Kerouac, El almuerzo desnudo de William Burroughs, Lolita de Nabokov, Ébano de Ryszard Kapuscinski o Brooklyn Follies de Paul Auster.

Y no debería faltar  un "Quadrat d'Or", como el perímetro del Ensanche modernista de Barcelona, dedicado al British Dream Team, ni el complejo de piscinas Soledad Puértolas, ni, en honor a los muchos títulos dedicados al humor inglés, el local del Club de la Sonrisa bajo la presidencia de P. G. Wodehouse y arriba la Azotea de la Carcajada de Tom Sharpe, ni el salón recreativo, cerebral y juguetón de Georges Perec, ni el ring de Norman Mailer, ni la sede de un periódico invadido por Tom Wolfe, Hunter S. Thompson y sus compinches del Nuevo Periodismo, ni el bar de Quim Monzó (especialidad: patatas bravas), ni el Barrio Chino con bodega inagotable de Bukowski, ni el quirófano (sin anestesia) especializado en los desperfectos de la historia española reciente de Rafael Chirbes, ni el drugstore a la holandesa, con un buen surtido de diversas sustancias, regentado y asesorado por Antonio Escohotado, ni la sinagoga de Harold Bloom, ni la sofisticada clínica del Dr. Sacks, ni mucho menos el estadio (de béisbol) de Paul Auster.

Y en la finca argentina, en expansión, nos encontramos con los pasadizos que conducen al sótano que alberga el Gran Centro del Complot, dirigido en comandita por Piglia y Renzi, la maqueta del colegio Juvenilia tuneada por Martín Kohan, el Archivo Total setentero de Martín Caparrós, todo ello coronado por la Cúpula del Pasado Circular de Alan Pauls. Pero antes, en el Gabinete de Rarezas se encuentran, por ejemplo, las obras, por desdicha únicas en nuestro catálogo, de Rodrigo Fresán y César Aira, o la antología profética Buenos Aires realizada en 1992, en la que aparecen textos de autores entonces aún ignorados por el lector español y ahora de tanto prestigio como Fogwill y los citados Pauls, Fresán y Aira, entre otros. O más lejos, escritores tan decididamente singulares como J. Rodolfo Wilcock, Edgardo Cozarinsky y José Bianco. Y aún más lejos los títulos del gran Copi, el argentino de París, con su “internacional desmadrada" tan presente en Las viejas travestis, El baile de las locas o las viñetas de La mujer sentada, todo ello traducido del francés.

En resumen, el catálogo de Anagrama como una ciudad bien conectada, con tráfico fluido, diversión garantizada, una pizca de liturgia solemne y su wild side al acecho.

 

Jorge Herralde

25 de junio de 2008

Colegio Nacional de La Plata, Argentina

 

 
 
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