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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  La rueca - Ricardo Rubio
 
La rueca - Ricardo Rubio
 

...Ester colgaba los trapos de la miseria en la línea alambre que cruzaba su terraza con la sutil destreza que regala el hábito. Desde lejos, el doctor Cafure le subía la falda con su indetenible deseo transformado en viento...


imagen: Ernesto Deira, Desde Adán y Eva, ver Galería de imágenes: Antonio Berni y sus contemporáneos


 

La  rueca

 

Ester estaba descalza y la desnudez le subía hasta los muslos donde se abría la campana de su pollera. Desde lejos, el doctor Cafure le acariciaba el cuerpo con las manos incorpóreas de la mirada y abrigaba en sus entrañas la ácida ingesta de la carne cruda. Ester colgaba los trapos de la miseria en la línea alambre que cruzaba su terraza con la sutil destreza que regala el hábito. Desde lejos, el doctor Cafure le subía la falda con su indetenible deseo transformado en viento. Ester pendía las prendas más secretas al paso de un aire secretísimo, prensaba los broches en las zonas más finas y no sentía el roce de los ojos traviesos del doctor Cafure, que se saturaba el seso con la sensación de la sed. Ester sospechó de la ventana que apenas se abría a la luz y se quitó la blusa frente a los impávidos ojos porcinos del espía. Encendió la radio, buscó la cadencia y tramó la danza que enfermó al fisgón. Ester bailaba, y los duendes bailaban y entraban a la pieza del doctor Cafure con los vaporosos enigmas que rebasan la esperanza, con la incertidumbre impiadosa de los impulsos, con la impúdica impresión de la impureza. Ester dejó que la campana de su pollera cayera, que su intimidad de raso rojo trazara un suspiro de asombro en la garganta del doctor Cafure, que el contorno de su piel flameara como una lenta víbora escondida en un manzano y contagiara la célula ardiente del hombre irresoluto que no negaba el fuego de aquel juego. A medio camino de la demencia, el doctor Cafure entreabrió un poco más las celosías del deseo con los poros enfermos de su instinto rancio. Creyó sonreír cuando ella lo vio con la epidemia caliente que abrigaba el desquicio. Ester recordó el fraude funesto de su familia, su sangre repleta de infortunio, el virus cuántico de su desgracia y el largo vaivén de la melancolía. El doctor Cafure traspuso la ventana, cruzó la terraza y llegó hasta ella hastiado de enhebrar pedazos descosidos. Entró en su cuerpo como si fuera suyo y salió de él como si fuera otro. Al día siguiente, Ester, que estaba descalza y la desnudez le subía hasta los muslos donde se abría la campana de su pollera, pensaba que la muerte del doctor Cafure le dejaría el camino libre hacia el más chico de los Cervera que entreabría su ventana para verla bailar. Aún más lejos, los gatos dormían, las aves cantaban y la providencia mantenía su eterna ebriedad.

(c) Ricardo Rubio

La Matanza

Provincia de Buenos Aires


imagen: Ernesto Deira, Desde Adán y Eva, ver Galería de imágenes: Antonio Berni y sus contemporáneos

 
 
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