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La obscenidad total - Juan Carlos Gómez
 

Entre los años 1926 y 1944 Gombrowicz escribió novelas cortas que las conocemos con dos títulos diferentes: Memorias de los tiempos de la inmadurez y Bacacay, nombre este último de una calle del barrio de Flores en la que vivió durante unos meses en el año 1940. A veces llama a estas narraciones novelas cortas, otras las llama cuentos, novela o cuento El bailarín del abogado Kraykowski es la primera historia conocida y publicada de Gombrowicz.


La obscenidad total

(Buenos Aires) Juan Carlos Gómez

Entre los años 1926 y 1944 Gombrowicz escribió novelas cortas que las conocemos con dos títulos diferentes: Memorias de los tiempos de la inmadurez y Bacacay, nombre este último de una calle del barrio de Flores en la que vivió durante unos meses en el año 1940. A veces llama a estas narraciones novelas cortas, otras las llama cuentos, novela o cuento El bailarín del abogado Kraykowski es la primera historia conocida y publicada de Gombrowicz.

Adoptó desde el principio un tono fantástico y cortó de inmediato con la realidad normal para entregarse a las manías, a las locuras y al absurdo. El absurdo de Gombrowicz tiene, sin embargo, la lógica ceremoniosa de los rituales y las celebraciones.

Fue su madre, según nos cuenta, quien lo empujó al desatino y a las sandeces, el deporte de las conversaciones disparatadas que mantenía con ella lo iniciaron en los misterios del arte y la dialéctica.

El snobismo también jugó un papel importante en la formación de su estilo, aunque tenía perfecta conciencia de la vanidad y de la estupidez de esa actitud.

Como esos líquidos que están en el mismo recipiente pero no se mezclan, convivían en Gombrowicz su clase social y una conciencia penetrante y agnóstica que buscó muy pronto conocer los estilos fundamentales del pensamiento universal, la independencia, la libertad y la sinceridad. Y en el mismo recipiente se arremolinaban también las aguas turbias de sus anormalidades psíquicas y eróticas.

Ninguna de esas realidades tenía predominio sobre las otras, Gombrowicz se encontraba entre ellas y tenía que fingir para no ser descubierto.

El estilo de estas novelas cortas es brillante, humorístico e irónico pero los componentes de las narraciones son, la más de las veces, morbosos y repulsivos.

Esos componentes repugnantes, no obstante, pierden mucho de su carácter repulsivo porque los utiliza como elementos de la forma, tienen un papel funcional y obedecen a un objetivo superior: la creación artística. El plasma sombrío que existía dentro de Gombrowicz está metido en estos cuentos, pero no desparramado como una marea hedionda, sino chispeante de humor y ennoblecido de poesía para alcanzar por el absurdo la inocencia.

Gombrowicz intenta cancelar su deuda moral, quiere que la obra lo absuelva. Dentro de él existían elementos abominables, pero si él podía utilizarlos como componentes de la forma, entonces, a través de este procedimiento, se convertía en su dueño y señor.

El ser confuso, indolente e inseguro que era, quería ser de otra manera en el papel, un ser brillante, original, triunfador y purificado.

No estaba en condiciones, pues, de hacer otra cosa más que la parodia de la realidad y del arte. La sensación de irrealidad lo ponía entre las cosas y no dentro de ellas, pero Gombrowicz buscaba la realidad y sabía que se la podía encontrar tanto en lo que es normal y sano como en la enfermedad y en la demencia.

Los sondeos que estaba haciendo alrededor de la anormalidad y de la locura no llegaron a tocar fondo, por consiguiente sólo estaba en condiciones de escribir parodias. Si esas novelas hubiesen sido sinceras Gombrowicz hubiera estado engañando a los lectores por la sencilla razón de que él no era sincero.

La parodia a la que se vio obligado le permitió liberar a la forma desvinculándola de su pesantez y convirtiéndola en reveladora.

Con este aparato formal paródico fue penetrando en un mundo que con posterioridad sacó a la superficie en sus novelas y en sus piezas de teatro.

Hay en estas novelas cortas situaciones y visiones que no le van en zaga a lo que escribió después. Las reflexiones que estamos haciendo sobre sus comienzos artísticos tienen como inspiración los propios recuerdos de Gombrowicz. Pero el pasado no se recuerda tranquilamente, se recuerda con pasión. La memoria sólo recupera del pasado aquello que puede serle útil al presente para alimentar con lo que fuimos ayer lo que somos hoy.

Sin embargo, esta entrega a la locura y al absurdo que empezó a practicar desde la juventud era un asunto que preocupaba realmente a Gombrowicz, la sangre enfermiza de los Kotkowski que había heredado de su madre pesaba sobre él como una amenaza de posibles perturbaciones psíquicas.

Ese temor fue más intenso en los años en que su imaginación estaba desbocada y oscilaba entre la neurosis y la psicosis.

La neurosis estaba radicada en la zona consciente de sus complejos a los que transformaba en un valor cultural escribiendo. La esfera de la psicosis le ocultaba, en cambio, sus trastornos psíquicos y el control era menor. Debemos clasificar a La virginidad como perteneciendo a esta segunda clase de sus creaciones.

En esta novela corta nos cuenta que la virginidad asciende del ser más bajo en la escala biológica y llega al hombre, y del hombre sube a los ángeles y de los ángeles a Dios, para perderse en el infinito. De una pequeña particularidad puramente corporal nace el inmenso mar del idealismo y de los milagros, en evidente contraste con nuestra triste realidad. Dios repone el candor y la inocencia que los hombres habían perdido creando la virgen, el recipiente de la inocencia, a la que selló y envió a vivir entre los hombres que sintieron de inmediato una nostálgica languidez. Las casadas son una patraña, una botella abierta y evaporada. Algunos detalles insignificantes y aparentemente incoherentes introducen a una pareja inocente en la más oscura entraña de la sexualidad. Es un relato donde el erotismo más refinado se entrevera y confunde con la obscenidad total.

(c) Juan Carlos Gómez

imagen: fotografía De izquierda a derecha: Rajmund Kalicki, escritor polaco, y Juan Carlos Gómez en el Centro Cultural Borges durante la inauguración de las jornadas del año del centenario de Gombrowicz

gentileza de Juan Carlos Gómez

 
 
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