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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  El dedo meñique - Gloria Dávila Espinoza - desde Perú
 
El dedo meñique - Gloria Dávila Espinoza - desde Perú
 



...Los ojos de mi hermana estaban completamente inundados cuando me dijo eso, la estreché con toda mi alma, con todas mi fuerzas como queriendo no perderla, mientras pensaba ¿Si ahora resultaba que no era de la familia? ¿Quienes serían los míos?…



El dedo meñique


Cada vez que veo a una niña, tomada de la mano de su padre; por un momento mis lágrimas pugnan por brotar y el brillo de mis ojos se torna más significativo. Aunque recuperé mi vida… ¡Creo que jamás podré olvidar aquella experiencia!

En aquellos años, iba a escuela, tenía alrededor de ocho o nueve años de edad y cuando veía llegar a mi padre, lo que ocurría generalmente sólo una vez al mes, mi alma renacía. Eternizaba los días en que él estaba en casa; solía encaramarme a sus brazos y regar de besos su mejilla. Eso…Hasta un día en que ya no pude subir más a sus brazos porque él llegó gravemente enfermo, lloré pensando que lo perdería para siempre, lo amaba tanto que deseaba morir con él. Fue internado en el hospital que distaba a escasas cuadras de mi escuela por eso a la salida corría a verlo. Mi amor hacia mi padre era inmenso. Aunque era aún pequeña, eso no importaba, sabía inventar historias magistralmente para conseguir verlo, porque el portero del hospital, decía que por órdenes superiores no se permitía el ingreso a menores de edad. Solía llevar entre mis pertenencias, aquello que se prohibía para los enfermos; tales como frutas, y pasteles. Mi cartuchera de escuela tenía un lugar para un espejito de mano, un peine, una lima de uñas y dos cortaúñas, uno para los pies y otro para la mano, era una experta manicurista y estilista profesional. Deseaba verle totalmente acicalado y después que él tomara el baño de la tarde, mi labor daba inicio, aquellos cabellos se convertían en el look de Valentino o Gardel y además de que la noticia del día se la hacía llegar simulando ser una pequeña reportera porque cada mañana antes de ir a la escuela corría a la plaza de armas, adquirir un periódico y que el pudiera disfrutar sus noticias, los crucigramas eran toda una clase magistral para ambos. Disfrutaba el atenderlo día a día - a pesar de mi corta edad- y creo que él también disfrutaba con mi presencia. Las visitas eran a diario, pero un día decidí no regresar jamás…

Lo reconocí enseguida: Era el señor que compartía la habitación con mi padre. Me encontró en el pasillo, esa tarde. -¿Tú eres Ursula?

- Así, es señor…

-Bueno, no sé como decirlo, pero me indigna saber que tú ames tanto a éste hombre mientras él…

-¿Cómo dijo?

-Como lo oíste, me duele saber que tú ames tanto a éste hombre a quien dices padre. Ayer en la tarde, cuando regresaste a casa, él dijo: “esa niña que viene no es mi hija, sino la hija de mi mujer con su amante, Julio Paredes

-No, no puede ser cierto. No le creo señor; usted debe estar mintiendo…


Quise desfallecer, que la tierra me tragara…Las lágrimas inundaron mis mejillas y juntando las fuerzas que me quedaron corrí a casa en busca de mi madre para descubrir la verdad sobre lo que acababa de escuchar. La noticia fue tan terrible para mí que las piernas me parecieron ajenas y el trayecto se tornó pesado, como si tardara un siglo; mis pies trastabillaban, como si en lugar de un terreno llano hubiera elegido caminar entre rocas. Esa tarde dejé de ser niña para convertirme bruscamente en una mujer, sintiendo que la vida ya no era bella para mí. Todo se había hundido: Mis ilusiones, mi frescura, mi amor… Al llegar a casa, vi a mi madre: Ella tejía un sweater y por las dimensiones, supe que el tejido era para mí. Entonces no tuve valor para arrancarle el corazón y no lo hice. Me mordí los labios y disimulé mi llanto, ella estaba tan ensimismada en su labor que ni se percató de que yo estaba hecha un espanto. La besé y me retiré con cuidado sin arrojar sospechas.

Transcurrió un tiempo considerable. A mi madre nada le extrañó porque pocas veces supo que al salir de la escuela visitaba a mi padre, ése era como un secreto entre los dos. Un secreto que compartíamos gratamente. O al menos eso creí hasta el momento en que tuve que desengañarme…Desde entonces, cada anochecer, antes de dormir, miraba las estrellas en el firmamento y lloraba contándolas una a una. Al pasar un cometa, cruzando los dedos de mi mano, pedía que aquello fuese una farsa. Tenía entonces un can muy hermoso y juguetón al que llamé Pluto, como el de algunos cuentos infantiles. Pluto y las estrellas pasaron a ser mis únicos cómplices… Al apagar las luces de mi habitación, cada noche imaginaba que de cualquier manera algún día sabría lo que había pasado, porque secretamente ansiaba que aquel comentario hubiese sido realmente una farsa. Hora tras hora imaginaba en cada noche, pero la respuesta no llegó…

Un día, no recuerdo cuándo, me animé y pedí conversar con mi madre sobre el tema.

-Mamá, quiero pedirte algo…

-Sí, dime hija.

-¿Es cierto que yo…?


Como si mis labios no supieran hablar, un mutismo se apoderó de mí dictándome que callara…Quedé quieta, prácticamente muda, pero haciendo mi mayor esfuerzo me sobrepuse y proseguí…

-Es cierto que yo no soy la hija de mi padre?


-¿Cómo…? Respondió mi madre, mientras sus ojos se abrieron con mucha extrañeza, encerrando un brillo teñido de inocencia que oprimió mi corazón haciéndome sentir odio por haberle hecho esa pregunta ¿Cómo pude herirla? Debí cortarme la lengua, soy una malvada, ¿Cómo pude romperle el corazón de esa manera? ¿No tenía ya bastantes preocupaciones mi pobre madre?–los pensamientos se me atropellaron-. Aún así, en el colmo de mi ansiedad, volví a hacer la misma pregunta.

Ella se indignó muchísimo y quiso recriminar a mi padre, pero él aún no venía a la casa. No vendría hasta fines de mes probablemente porque su estado de salud seguía siendo reservado, aunque con una leve mejoría según había escuchado decir a una vecina…


-¿Quién te ha dicho semejante barbaridad?

-Me lo dijo un hombre que también está enfermo y se encuentra hospitalizado junto a mi papá.

-Oh, mi Dios, ¿Cómo es posible que alguien sea capaz de herir a una niña así?, y siguió haciendo comentarios, con grandilocuentes gestos…

No supe cómo reparar el daño ocasionado, ya que mi madre no se lo merecía. Entonces corrí en busca de mi perro…Seguramente él me entendería y quizás hasta pudiera zurcir mi corazón…Pero tampoco lo encontré. Al parecer había salido de paseo. Corrí luego hacia la huerta buscando calma para mi desazón, allí me esperaba otro amigo, el árbol de lúcuma. Me encaramé a él, y llegué hasta su alta y débil copa. Le conté mis penas, abrazándome a él con mucho dolor, y pidiéndole que me entendiera y me ayudara, mientras gritaba ¡Soy una perversa, un monstruo¡ Así lloré hasta casi llegada la noche, en que la oscura serenidad del patio, me cobijó. Mi madre y mis hermanos pensaron que yo había huido de casa y fueron en mi búsqueda. Al no hallarme volvieron angustiados.

-Kesh, Kesh, hermana ven, ven ¿Dónde has ido? – decían sus voces…


Escuchaba aquello mientras seguía encaramada en aquel árbol del gran patio de mi casa, al que rodeaba una huerta. Por momentos hasta pensé tirarme de él y morir, ya que no quería enterarme de que aquél a quien siempre imaginé mi padre, no lo era. Pero tampoco quería lastimar más a mi madre, no me perdonaba el haberlo hecho y me jalaba los cabellos por tanta insensatez. Tampoco quise volver a ver a mis hermanos porque sentía que había cometido un delito. ¿Cómo pude ser capaz? –me decía… Pero antes de llegar la madrugada, no soporté el frío y cuanto intenté bajar del árbol, caí aparatosamente, dando con toda mi humanidad en el suelo, y fue lo último que recuerdo. Al despertar, mi hermana estaba a mi lado:”Dime que soy tu hermana, dime que sí…” -fueron las primeras palabras que pronuncié en el hospital, gritándole- Grité más y más –presa de los nervios- y cuando la vi llorar, le pedí más pausadamente una explicación. Ella no supo contestar, sólo me dijo que éramos dos las internas, ya que mi madre estaba también en el hospital. Se había asustado mucho cuando quedé inconsciente, desmayada, y todavía no volvía en sí: Temían por su corazón. Los ojos de mi hermana estaban completamente inundados cuando me dijo eso, la estreché con toda mi alma, con todas mi fuerzas como queriendo no perderla, mientras pensaba ¿Si ahora resultaba que no era de la familia? ¿Quienes serían los míos?…

En esos instantes ingresó un médico, y pidió que todos los de la familia se fueran, ya que quería estar a solas conmigo, me quedé sola y fue entonces que él me dijo:

-¿Qué hiciste niña? No supe que decir, estaba con la mente nublada, para mí no había más razones que morir y ahora sí de verdad.

-Doctor, yo jamás hice algo malo –pronuncié– con la certeza de alguien que cumple la ley, o como cuando se reza un padre nuestro. Pero él no me creyó. En esos instantes ingresó a sala, otro médico, quien me dijo, tomándome de las muñecas:
-Hola, ¿cuál es tu nombre?

-Soy Ursula.

-¿Cuántos años tienes?

-Ocho años, doctor

-¿Ocho…?

-Así es…

-¿Y en qué escuela estudias? Aquellas preguntas hicieron que mi alma se llenara de extrañas sensaciones, dejé de llorar y pensé “¿habría una razón por la que este médico quisiera ser mi amigo?” mientras lo miraba fijamente tratando de descubrir algo. Pero luego de auscultarme minuciosamente, el se fue.

Casi al mediodía supe que mi madre había salido del shock, me lo contó una enfermera cuando entró a aplicarme unas ampolletas. También supe en ese momento que al caer, me había golpeado la cabeza muy fuertemente, por eso me costaba hilar las ideas, pero felizmente pronto me recuperé, merced al cuidado de los médicos y a mi juventud.

No fui capaz de volver a tocar el tema hasta cuando por cumplir catorce años. Mi madre, me dijo que ella estaba muy indignada con mi padre porque aquello que había hecho, lastimándonos tanto, no se lo perdonaría jamás… ¡Mi padre! Me resultaba extraño pensar en él ahora que lo sabía todo…Angustiado porque se creyó morir, al saber que tenía una enfermedad difícil, y preso de los celos, fantaseó con su compañero de pieza y éste había sido quien luego me zampara las palabras que trastornaron mi vida por completo, mi infancia, mis sueños, mi amor… En ese momento, me pregunté a mí misma: “¿Se lo perdonaré yo?”

Al cumplir los quince años, mi hermano mayor vino a charlar conmigo y me devolvió la vida en medio de la charla, cuando después de unas palabras llenas de cariño me mostró su dedo meñique; éste igual que el mío, a partir de la segunda falange era curvo, totalmente curvo, y coincidía con el que nuestro padre tenía en la mano izquierda…Recién entonces recordé que él siempre se quejaba de eso…

(c) Gloria Dávila Espinoza (Perú)

Cuento inédito, del libro “La Maestra”.


sobre la autora: ver espacio de autor


imagen: pintura de Esteban Lisa, ver nota en sección muestras/arte.(Muestra de Esteban Lisa en Casa de la Cultura).

 
 
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