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Verano icarus dream - Manuel Coronado Ruiz
 

Desde Venado (SLP )- México

VERANO

ICARUS DREAM[1]

                                                                                                                                                  

 

    Todo está en eso.  Como el viajero que navega

                                                               entre las islas del  Archipiélago  ve alzarse al                                                                                                                                                                                                                           anochecer la bruma luminosa y descubre                                        

 poco a poco la línea de la costa, así empiezo

                                                                                           a percibir el perfil de mi muerte.

                                                                                     Marguerite Yourcenar

When we first met I must have seemed
a million miles away
It's strange how our lives have touched
But the time is right
I'll leave tonight
Don't look in my eyes
'Cause you've never seen them so black

I only see in infrared
I can't dream anymore
Can't you see I need to
I can't stand the pain

QUEENSRYCHE

Now the crowd breaks and young boy appear
Looks the old man in the eye
As he spreads his wings and shouts at the crowd
In the name of God my father I fly.

His eyes seem so glazed
As he flies on the wings of a dream.
Now he knows his father betrayed
Now his wings turn to ashes to ashes his grave

Fly, on your way, like an eagle,
Fly as high as the sun,
On your way, like an eagle,
Fly as high and touch  the sun.

Smith-Dikinson (IRON MAIDEN)

Pa´ Amapola

 

I

 

 

Habíamos abandonado la ciudad de Creta en el crepúsculo de aquella tarde. El navío se mueve atrozmente: el mar lo agita. Entre la otra orilla y las islas  que nos dirigimos se ve un mar penetrante, profundo.  Al lado sur se mantiene firme la ciudad.  Vamos desprendiéndonos de nuestros recuerdos en cada avance que los brazos de los esclavos van remando. Los veo y un extraño ritmo los hace agitarse como si fueran un solo cuerpo. Van deslizando el movimiento.  Es extraño el silencio.  Me asomo por una pequeña rendija. Ahí están algunos pescadores.   Nos ven.  Dejan su rutina. El mar furioso: en esta época del año se  mueve como un espejo que distorsiona el destino del navío y el de nosotros.  Mi padre había construido este cuerpo impenetrable.  En sus inicios fue utilizado en la conquista de tierra que se encuentran más allá del mar del silencio.  Hoy es una nube gris que nos escoltaba a nosotros: los condenados al Archipiélago de  Icacia.

  Se detiene el navío.  Dejan los remos los esclavos.  Mi padre me habla: “Entre la otra orilla y las islas se encuentra un mar  oscuro. Cuando lleguemos, a mil millas se encontrara  la otra orilla: desde este momento  las olas comenzaran a remover recuerdos que se van esparciendo en lo más profundo del mar.  No temas, aun así saldremos”.  El legionario nos mira con desprecio.  Sube por las escalerillas. Escuchamos que ordena que le den el timón. Manda izar las velas a la izquierda.  Veo a los esclavos: enmudecen el viaje, no hablan, sólo comienzan a jalar con fuerza el ramaje.  Comienza a moverse el navío. Dormitan los otros prisioneros que nos acompañan. Intento hacer más soportable el éxodo. Me acuerdo de Elhea y murmuro para consolarme: “la noche cubre la distancia de tu destino y la orilla que te aparta irremediablemente de mí”. Se sacude la embarcación, se despiertan algunos condenados que se miraban unos a otros  queriendo sostenerse del cansancio que llevan  consigo el final de su tiempo.  Mi padre cabizbajo, me abraza.  De nueva cuenta intenta consolarme: Entre la distancia de la línea de la costa y las islas, hay una gran camino que se hace inmenso con la profundidad del mar, acercarse puede ser imposible para algunos, no para nosotros.  Construiremos algo, como lo construyó el hermano de mi bisabuelo en aquellos siglos antiguos que erigen de nueva cuenta nuestro destino”.

 

Dormito.  El tiempo transcurre como una nube gris e inerte.  Uno de sus subordinados nos pide que nos levantemos, hemos llegado a las islas.  Subimos a la parte superior. Al fondo, al lado sur, se ve una pequeña línea tan tenue.  Es extraño cuando nos encontramos en la otra orilla, las islas se pierden, son cubiertas por una densa capa de brisa.  Hoy que me encuentro en esta orilla, el cielo despejado me permite ver la ciudad de Creta: recuerdos de Elhea que me sostienen de algo que no tiene rostro pero aprisionan e irremediablemente me ahoga y pienso que ya no nos volveremos a ver. Uno de los legionarios nos pide a mi padre y a mí que bajemos hacia una pequeña barca.  Descendemos y nos acomodamos al otro extremo de donde se encuentran los soldados: seremos conducido al antiguo Laberinto de Minos.

 

Nuestro tiempo se detiene al llegar a la orilla.  No supimos en que momento llegamos a la costa. Desde aquellos antiguos años en que fue habitado por Dédalo e Icarus no era conducido ningún convicto a aquel hermoso laberinto.  Mientras caminamos rumbo al lugar, evoco algunas imágenes que invaden la soledad que nos acompaña.  Veo a mi padre triste.  Le tocaba pagar conmigo mi culpa.  Yo había asesinado al hijo de uno de los principales de la corte del rey de Creta. Fui condenado a morir y mi familia permanecería al servicio del cortesano interminablemente. Mi padre logró un acuerdo con nuestra majestad.   Le pidió que en el nombre de nuestros antiguos dioses que guiaban el destino de Creta y de Grecia, le concediera desterrarse conmigo aquel lugar y saldar ambos el agravio que había cometido.  Van surgiendo los rostros que acompañaron mi caída: ″Los soldados me conducen ante el rey.  Aquel día vi a mi padre acercarse a nuestra majestad.  Le murmuro al oído.  No supe que fue lo que hablaron. Se retiro cabizbajo.  Se acercó hacia mí, no me vio a los ojos. Le agradeció el favor concedido por parte de nuestra majestad. Y fuimos conducidos  a la galera.  Y recuerdo que mi tragedia había iniciado siete noches atrás. Caminaba con Elhea por la orilla de la costa.  Planeábamos salir de Creta y dirigirnos a Cecilia.  Le platicaba mis planes de poder iniciar en aquellas tierras como aprendiz de constructor y seguir la tradición de mi familia heredada desde tiempos míticos. Sin embargo, no lograba entenderme con mi padre y eso impedía desarrollarme como constructor en mi tierra, .  Aunque ella creía en mí, lo cual ya era significativo en nuestra relación, no podía encontrar la estabilidad que me permitiese lograr mi propósito.  Estuvimos juntos hasta el atardecer: vimos como caía el sol y  el cielo  se tornaba en  un color carmesí.

 

 La deje en su casa y me decidí marcharme a la mía. En el camino me encontré a uno de los hijos de un importante cortesano de nuestra majestad. Me anticipa de una tragedia que sellará mi destino. Le pido que se lleve consigo su mal augurio y me permita llegar a descansar.  Irónicamente me avisa que mi padre me traicionara por su avaricia. No me permitirá que lo desplace como constructor de vuestra majestad. Enojado le pido que se retracte de aquella ofensa.  Se ríe y me da la espada.  Saco una daga y me ofusco... lo dejo tendido en el lugar. Yace muerto.  Salí asustado.  Anduve queriendo encontrar explicación a lo que había cometido.  No tardaron en encontrarme los legionarios del reino y fui conducido ante el rey.  Ya no volví a ver a Elhea  hasta que fue a despedirse de mí en el muelle.  Estaba lloviendo esa tarde. No pudo contenerse y la vi llorar cuando iba subiéndome al navío. Su madre la fortalecía.  Mi destino estaba sellado... qué le podía yo decir″.                

 

Hoy estamos ante nuestro destino.  No fue fácil  llegar a la entrada.  Nos condujeron por una brecha que nos llevaba hacia la parte superior de la isla.  Llegamos al atardecer.  Nos detuvimos a ver el mar: las islas se empiezan a cubrir por la brisa que enclaustra el destino antiguo de los condenados. Caminamos algunas leguas hasta llegar al impenetrable laberinto: inmenso y majestuoso. Describirlo es imposible. En aquella orilla se ve imponente e impenetrable. Estamos a unos pasos de la entrada y es como entrar a la muerte. Mientras caminábamos hacia el interior, escuchamos como sellaban la pequeña salida.  Mi padre me abraza y seguimos nuestra marcha hacia nuestro éxodo... por fin dejo atrás el recuerdo de ella.

 

 

II

 

No puedo recordar cuánto tiempo hemos estado sobreviviendo en el laberinto. Tratábamos de no alejarnos de la entrada, aunque la oscuridad de las sombras de los muros que cubren las salidas, nos  perdía y nos adentraba en pasadizos que nos conducían a otros.  Recuerdo como mi padre veía su pergamino una y otra vez.  Seguíamos caminando en la oscuridad. De vez en cuando recogíamos pedazos de troncos y hojas de la enramada que cubrían  la construcción.   Al anochecer encendíamos una fogata.  Comíamos poco de las provisiones que cargábamos. Hablábamos poco, nos evadíamos viendo el fuego hasta perdernos en sus cenizas: nuestros recuerdos se consumían entre la hojarasca y los pequeños troncos.  Hay veces que me observaba y me preguntaba en qué estaba pensando: mi silencio respondía sus preguntas. Nos dormíamos y al día siguiente emprendíamos la marcha.  Extendía el pergamino, lo revisaba, volvíamos a caminar.  Yo lo seguía y caminaba callado. Llegamos al pasadizo que buscaba. Encontramos algunos vestigios que había dejado Dédalo.  Mi padre sonríe.  Me abraza y me dice que es hora de que emprendamos el vuelo.  Dejamos nuestras cosas. Empieza a reparar unas alas que al parecer fueron construidas por el padre de Icarus.  Toda la noche estuvo trabajando en ellas.  Yo me quedé dormido, pensando que estaría con Elhea y partiríamos a otras tierras.  Tal vez, la vería en alguna parte de la orilla de la costa.  No sé, en algún lugar la encontraría.

 

Me despertó mi padre al amanecer. Aun estaba encendida la fogata. Alcance a ver que había terminado unas extrañas alas.  Tan extrañas que desconocía  de que fueron hechas.  El armazón era de un metal ligero, cubiertas de algo tan terso de color carmesí. El trazo de las alas correspondía a la proporción de mi cuerpo. Me pidió que le ayude a cargar aquellas extrañas alas. Caminamos hacia uno de los pasillos que conducían a una pared falsa.  Mi padre me sonrió y me dijo que su antiguo bisabuelo le había dicho que allí se abría una posibilidad para ser libres. Estuvimos golpeando la pared  hasta abrir una grieta que nos permitiera poder salir de ahí.  No tardamos en lograrlo. Ya en la madrugada habíamos cavado un hueco que nos permitió estar fuera del encierro.  Caminamos hacia abajo por una brecha.  Mi padre iba eufórico. Me pedía que no me preocupara.  El ya vería la forma de llegar a la otra orilla: “lo importante es que encuentres tu libertad en esas alas”.

  

Llegamos a un despeñadero. Se ve el espumaje del oleaje que golpeaba con fuerza el peñasco.  No tardará en amanecer. Mi padre enciende una fogata para cubrirnos del frío que cubre la noche. Esa parte de la isla está desolada de vegetación.  Es una llanura que termina en el despeñadero que da hacia el mar.  Estoy feliz, tranquilo, mi padre había construido con sus manos de creación, de dios, mi libertad.  En este momento pienso que  el  tiempo que hemos pasado en este laberinto se pierde en un instante al pensar en el vuelo.  Creo que se acerca la hora de partir. 

 

Mi padre se levanta.  Se coloca las alas y empieza a planear en la llanura.  Lo veo fascinado se eleva como si fuese un águila: imponente ante el aire. Desciende y me pide que me las coloque.  Me ve orgulloso.   Ahora soy yo quien se eleva como un águila: siento como traspaso el aire.  A lo lejos veo como se acercan nubes grises que empiezan a cubrir el horizonte.  Desciendo y llega él ante mí.  Se despide: “es tiempo de que traspases tus sueños.  Deslízate por lo aires hasta encontrarte libremente. Recuerda que nos perdemos en alguna parte de nuestro destino y cuando cometemos el error de asomarnos, comprendemos que pronto vamos a caer y nos preguntamos si podremos levantarnos.  Eso nos sucedió.  Nuestra deuda con el Rey de Creta está saldada.  Desaparécete hasta encontrar la oscuridad y nadie pueda encontrarte.  Márchate más allá del sol”.

 

Me abraza y me quedo inmóvil. Se separa de mí y se aleja. Lo veo descender por un camino que conduce hacia la otra parte del despeñadero. Desde esa dirección se alcanza a percibir la otra orilla. A lo lejos se acerca una embarcación.  Voltea mi padre y me sonríe. Se marcha.  En este momento le murmuro: “en el nombre de los dioses y el tuyo, volaré”.  Corro por la llanura hasta llegar al despeñadero. Extiendo las alas: siento como la corriente de aire me jala hacia las nubes que empiezan a cubrir esa mañana oscura.  Las Traspaso.  Veo el sol. La brisa me va humedeciendo mi cuerpo. Se desprenden mis alas.  Desciendo y pienso que cuando nos perdemos en nuestro sueño, no percibimos cuando llegara nuestro destino.  Sé que está la oscuridad más allá del despeñadero. 

 

 



[1] Título tomado de la canción instrumental del guitarrista Sueco: Yngwie Malmsteen.  Quien desde su propuesta juega con la reinterpretación del mito griego de Icarus.


(c) Manuel Coronado Ruiz
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