Usuario :
Clave : 
 
 administrador
Manual del administrador


 Secciones
Ediciones anteriores
Premios- Distinciones
Muestras/Arte
Entrevistas- noticias culturales-histórico
Lecturas
Ensayos - Crónicas
Educación/Universidad
Sociedad
Diseño/Moda/Tendencias
Fotografía
La editora
Medios
Sitios y publicaciones web
Narrativa policial: cuentos, ensayos, reseñas
Sumario
Música
Teatro/Danza
cartas
Cine/Video/Televisión
Entrevistas- Diálogos
Servicios
Noticias culturales- archivo
Espacio de autor
Prensa
Artista invitado
Entrevistas
Fichas
Algo de Historia
Blogs de la Revista Archivos del Sur
Cuentos, poemas, relatos

ARCHIVOS DEL SUR

 Inicio | Foros | Participa
Buscar :
Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  De Granada a Nueva York. Lorca por Guerrero - Carlos Garrido Castellano
 
De Granada a Nueva York. Lorca por Guerrero - Carlos Garrido Castellano
 

De Granada a Nueva York. Lorca por Guerrero
Dos granadinos ante la “Ciudad de Cristal”

desde Martos, España

El presente artículo se centra en el análisis de La Aparición(1946), lienzo del pintor granadino José Guerrero, en el que se refleja de manera especialmente clara la tensión entre la tradición y la modernidad, así como entre lo local y lo global. Por otro lado, se relaciona el lienzo con la obra del poeta granadino García Lorca, vinculándolos a partir de una conversación mantenida en Granada, que precedería al viaje a Nueva York del pintor, que emularía así al del escritor.


De Granada a Nueva York. Lorca por Guerrero

Dos granadinos ante la Ciudad de Cristal

Parecería que las geografía urbana está abocada al desencuentro. Y sin embargo, en ocasiones, dos mundos, dos realidades coinciden en un mismo entorno, se cruzan accidentalmente en el espacio abierto de una calle, de una manera casual-causal-, austeriana.

Una tarde de 1934 el joven Pepe, aprendiz de carpintero, pintor vocacional y rebelde que acababa de autoexiliarse de la Escuela de Artes y Oficios, asistía a un espectáculo teatral en el Palacio de Carlos V. En el mismo lugar se hallaba Federico García Lorca. Acabada la función, el pintor se acercó al literato, o quizá fuera al revés. Lorca le preguntó a qué quería dedicarse. Pepe, sin dudarlo, con la resolución que dan las cosas pensadas o sentidas desde antaño, dijo que él quería ser pintor. La respuesta de Lorca no fue menos categórica: “Entonces tira los pinceles y vete a Madrid.” Sin saberlo ninguno de los dos, o quizá sabiéndolo, esta conversación sería el inicio de una senda común.

Gitanos granadinos, pintado en 1943, revela a un artista apegado aún a la tradición, que, si bien ha conocido la Modernidad en la forma de los lienzos de Vázquez Díaz, conserva un espacio cotidiano en sus pinturas. No tanto Granada, cuanto España, esa España que buscaran-desearan- Zuloaga, Unamuno o Solana. Una realidad compleja, formada por una poco definida tradición que es a un tiempo plácida y odiada.

La simetría de las calles de la gran metrópoli nos sitúa en el terrero de lo conocido, de lo determinado de antemano. Sin ser un espacio sentido como propio, cálido, son al menos el marco de lo seguro, de lo monótono. En definitiva, no es otra cosa que la confianza que proporciona la soledad-la indiferencia. Poco espacio queda a lo original, a lo espontáneo. O quizá no.

A partir del encuentro en el teatro los pasos de José parecen seguir los de Lorca. La guerra intentó sin conseguirlo clausurar una vieja amistad-aunque fuera sólo de un par de años- que se perpetuó en las respectivas familias. La muerte de Lorca no impidió la cadena de encuentros que llevaría al pintor-al poeta-a la senda del gran maestro.

Así, siguieron unos años de estudio en Madrid. Sin embargo, el desenlace obligado de la lógica del encuentro tenía que ser Nueva York. La ciudad abría ante José-quizá aún Pepe el carpintero, el campanero, el niño educado en los Escolapios de Granada-el mismo filón, el mismo desafío al que se enfrentó Lorca.

Esto ocurría en Noviembre de 1949. Para entonces José, como Federico, había experimentado la seducción que suponía la vanguardia europea. París, Roma, Bruselas. Precisamente en el país belga Paul Haeserts delimitará acertadamente la existencia de una tensión en la obra de Guerrero. Dirá que se halla “Bajo el signo de un agitado fauvismo, dudando entre el lirismo y el constructivismo (...)” Se trata de una contradicción-o quizá de una armonía-entre el artista moderno, abierto a las novedades europeas, y el creador preocupado por la esencia nacional, por la propia. Desde 1898 el panorama español se encuentra poblado por esta realidad, que no es otra que la seguida por el propio Lorca.

Quizá sea en La Aparición donde se observe con mayor claridad el momento en que esta disyuntiva invade la mente de Guerrero. Como ocurriera con Lorca, la tradición es el espacio a partir del cual se desarrolla la modernidad. No en vano, fue pintado en 1948, año en que Guerrero descubriría la fiereza de la obra de Matisse. La tensión entre las formas populares, bien delineadas, y los campos de color que con un carácter aparentemente arbitrario dividen el lienzo en zonas cromáticas independientes pone en relación dos realidades en apariencia-pero sólo en apariencia-irreconciliables. Como haría el poeta, Guerrero oscila entre el mundo al que pertenece y ese otro que empieza a sentir igualmente como propio. Constante ésta que quizá ejemplifique mejor que cualquier otra buena parte de la contemporaneidad española. Haeserts, de nuevo, atina a definirla: “El autor, en lucha consigo mismo, parece que experimenta una dificultad enteramente española-pictóricamente fértil- a la hora de imponer una disciplina, un silencio a lo Corot en las superficies en las que los colores se queman y saltan”. Siguieron obras como Panorama de Roma (1948) o El Cardenal (1948) que inciden en la misma línea.

La siguiente cita tendría lugar en Andalucía. El “Pintor en Nueva York”, tras obtener el éxito internacional, regresaba a casa. Su mujer, Roxane, perpetuaba la amistad con los Lorca y dedicaba un documental al escritor con motivo de la conmemoración del treinta aniversario de su muerte.

El círculo habría de cerrarse en Granada. El José Guerrero que en 1976 era objeto de una primera antológica volvía a Granada más como el pintor internacional-americano- que como el granadino que partió en 1949 para Nueva York. Parecía que el dilema reflejado en La Aparición, el doble camino compartido con Lorca, se había resuelto a favor de la modernidad. Los lienzos de esta época se encuentran en apariencia alejados de las primeras creaciones. Sorprende entonces- o quizá no-que ese mismo año, aprovechando su estancia en Granada, José-Pepe-asistiera al Homenaje que se le profesó a Lorca en Fuente Vaqueros. En definitiva, no era más que el retorno deseado-obligado- de dos muchachos de Granada a la tierra que, pese a lo que parezca, nunca abandonaron.

El autor

La infancia de José Guerrero transcurrió de manera similar a la de cualquier niño granadino de la época. De familia modesta, desde 1923 estudiará en el colegio de los Escolapios, centro que no abandonará hasta 1928. Al año siguiente un acontecimiento trastocaría la monotonía de su existencia: su padre, natural de Loja y chófer de profesión, moría, dejando al joven José en una situación delicada. Así, ese mismo año abandonará los estudios para dedicarse a la carpintería.

Para 1931 Juan Martínez Herrera, maestro de José, había descubierto sus aptitudes para la creación artística. Entra en la Escuela de Artes y Oficios de Granada, alternando las clases con la formación en el taller de carpintería. En 1934, tras un enfrentamiento con Gabriel Morcillo, profesor de la Escuela, abandonaba la institución y encontraba un nuevo trabajo como campanero de la catedral.

La guerra interrumpe estos años de juventud en Granada. Tras concluir la lucha, José se instala en Madrid para continuar su carrera artística. Vázquez Díaz se convierte en uno de sus referentes. Asistirá asimismo a las clases de Lafuente Ferrari.

En 1945 José inicia un periplo que le llevará durante cuatro años por las principales capitales europeas. Es en este momento cuando su producción deja intuir el que será su estilo maduro. Tras casarse en Londres con Roxanne, marchará a Nueva York, donde hará amistad con pintores como Steinberg, Rothko o Motherwell.

1958 será un año clave en la formación del artista. Recibe una beca para participar junto con creadores de la fama de Chillida o Van der Rohe en la remodelación de Chicago. Sin embargo, esa estancia sería el inicio de una crisis personal que le conduciría al psicoanálisis.

En 1963 José volvía a España y se asentaba en Cuenca. Allí colaboró con Torner y Zóbel en la creación del Museo de Arte Abstracto. A partir de 1965 adquirirá una casa en Nerja donde la familia Guerrero pasará largas temporadas. Los años que siguieron hasta su muerte supusieron el éxito internacional, en forma de exposiciones en los principales museos de América y Europa. La culminación de este proceso será la creación del Centro José Guerrero en Granada, donde se expone de manera permanente buena parte de su obra.

La Aparición (1946)

La Aparición muestra dos escenas divididas por una línea que parte el cuadro en dos mitades. Éstas, a su vez, se conforman mediante el empleo de dos planos; el de la tierra, donde se hallan las principales figuras y elementos, y el del suelo, de menor tamaño. Dicha división se consigue a partir del uso de zonas amplias de color que contrastan fuertemente con los tonos del espacio ajeno; por otra parte, el hecho de que la línea que divide el espacio inferior del superior se presente como una diagonal permite al autor introducir insinuaciones volumétricas en el lienzo.

En la parte de la izquierda se observa a una figura enlutada-¿el aparecido?- meditando sentada en una cruz, sobre un campo con flores. Al fondo una iglesia se recorta en un paisaje rural bajo un horizonte montañoso. Pueblo y geología parecen repetir la misma forma, como si de un canon se tratara. El cielo muestra formas inquietantes que tienden a la abstracción.

La escena de la derecha muestra un grupo de cuatro figuras femeninas, igualmente enlutadas, velando a un cadáver que yace en el suelo, en el espacio inferior. El escenario en esta ocasión es un interior. No falta la cruz al fondo.

FICHA TÉCNICA

TITULO La Aparición

FECHA 1946

FORMATO Lienzo

TÉCNICA Óleo

DIMENSIONES 70 x 90 cm

LUGAR DE EXPOSICIÓN Granada, Centro José Guerrero

TONOS PREDOMINANTES Azules, rojos, negro.

TÉCNICA EMPLEADA Dominada por colores intensos. Formas esquemáticas se resuelven en manchas cromáticas simples, delimitadas nítidamente por líneas. Contrastes intensos. Lenguaje poético, surrealista. Contornos desdibujados por el color.

Bibliografía

-AA.VV. José Guerrero

Madrid, Ministerio de Cultura.

-AA.VV. José Guerrero. El cedar café.

Madrid, Min. Asuntos Exteriores, 2002

-AA.VV. José Guerrero. La colección del Centro.

Granada, Diputación de Granada, 2000

-AA.VV. Rojo cadmio nunca muere. Guerrero-Campano.

Granada, Diputación de Granada, 2002.

-MUÑOZ MOLINA, Antonio. José Guerrero. El artista que vuelve.

Granada, Diputación de Granada, 2001

(c) Carlos Garrido Castellano

 
 
Diseño y desarrollo por: SPL Sistemas de Información
  Copyright 2003 Quaderns Digitals Todos los derechos reservados ISSN 1575-9393
  INHASOFT Sistemas Informáticos S.L. Joaquin Rodrigo 3 FAURA VALENCIA tel 962601337