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Estás aquí:  Inicio >>  Lecturas >>  Las orillas del río están llenas de murmullos- Reinaldo E. Marchant
 
Las orillas del río están llenas de murmullos- Reinaldo E. Marchant
 

Las orillas del río están llenas de murmullos
Cuentos
Reinaldo E. Marchant
Pentagrama Editores

Seres deshabitados y sonámbulos por Marco Aurelio Rodríguez desde Santiago de Chile

Seres deshabitados y sonámbulos por Marco Aurelio Rodríguez

A propósito del libro Las orillas del río están llenas de murmullos, de Reinaldo E. Marchant, Santiago, Pentagrama, octubre, 2007

(Santiago de Chile) Marco Aurelio Rodríguez
 

La literatura de Reinaldo Marchant es débito de los propios personajes del autor: ignorante de sus determinaciones y desenvuelta de inocencia. En este sentido, es una parodia de la vida (una metáfora un poco naif y casi camp) y sabemos que el candor en búsqueda de cartón piedra produce una imagen opuesta y esperpéntica, como si la niñez se disfrazara de adultez y copulara, como bromas de mal gusto, juegos de humor negro con traza expresionista; fingimiento literario. Su literatura, que habla de la vida misma, nos anestesia de la imposibilidad de ser felices. Como la estética donosiana. Como Bukowski y las tramas de Chinaski, pese a su desacato (fingimiento).

¿De qué manera referirse a este tipo de escritores sin que los prejuicios de la estética literaria y la ética vital no se entorpezcan falazmente? Leo el cuento “Ana María” de José Donoso, un relato hermosamente peligroso, donde pureza y degeneración de mundo se muestran a partir de dos personajes que, probablemente, corresponden a nuestra zona de oscuridad subconsciente: la niña inocente-indecente, el viejo ingenuo y vulnerable. Sin embargo, este relato lleva muchos reproches de lenguaje y no es una “obra perfecta”.

Igualmente, el paso del tiempo ha envejecido cuentos de Horacio Quiroga y de Baldomero Lillo. ¿Es justificable que el contenido de un cuento se desgaste con la consecución de las generaciones humanas? (Las obras clásicas no sufren ese deshonor.)

A Bukowski, en tanto, lo consideran pésimo escritor. Y sin embargo…

La vida para Bukowski es impureza, un perro muerto relegado a la nevera, similar a la crudeza de los otros escritores. Pero escarbando en esa costra encontramos belleza no contaminada, al hombre sin apariencias y a la mujer sin maquillajes. Asunto que podemos colegir de los murmullos del libro de Marchant, Las orillas del río están llenas de murmullos, patria dentro de nuestra cotidianeidad y que no queremos (que no podemos) ver. Aquí están los desposeídos y los rengos de espíritu pero, sobre todo, los perdedores, aquellos que la vida deja al margen, los que viven los parámetros de su propia imaginación y que, incluso, a veces triunfan, precisamente por eso, por sus “mundos nuevos”, sus “universos diferentes”, su “imaginación desbordada” como un río en que la vida finge irse. Como si la literatura fuera la luz que le falta a la luciérnaga.

El mejor libro de Bukowski se llama La senda del perdedor y remarca su individualidad, su triunfo, su felicidad incomparable de poder ser él mismo y que, más encima, le permitan ser él mismo. Hay otro libro suyo que muestra la depuración de su escritura, Hollywood, parodia de un escritor vencido por la fama, una especie de guiño de la felicidad televisablemente pringosa; indudablemente podemos pensar que es su peor libro.

 (c) Marco Aurelio Rodríguez
 
Marco Aurelio Rodríguez es escritor, profesor y ensayista

Dos cuentos de Las orillas del río están llenas de murmullos


Cuando mis murmullos se volvían de colores, decía
 

Estoy esperando a Eva. Llevo mucho tiempo esperando a Eva. Quizás son décadas o siglos que la espero. He fumado mil paquetes de cigarrillos. Mi piel se puso enjuta. Perdí la mitad de mi cabello esperando a Eva. Sé que en cualquier minuto aparecerá. La otra vez apareció cercana de una higuera. La única higuera del parque. Venía triste esa vez. Quizás muy triste. Y pasó sin mirarme a los ojos. Yo también quedé muy triste cuando la vi pasar. Aunque, a decir verdad,  no iba tan triste como triste estaba yo. Desapareció caminando sin prisa. Traté de mirarla directamente a los ojos. Fue imposible. No sé por qué fue imposible mirarla a los ojos. Ahora la espero con más fe, digamos. Aunque llevo mucho tiempo aquí en la higuera –la única higuera que de verdad existe en el parque-. Sé que aparecerá sonriendo, con luces en la boca, se dirigirá a mis brazos y me mirará a los ojos. Así será, lo prometo. Lo malo puede estar en lo que no me concierne. En el mal tiempo, digamos. Decían que va a llover y está lloviendo a cántaros. Eso es un problema serio, digamos también. Eva, como todos saben, aparece desnuda y sus pies sufrirán un terrible martirio. Pobrecita. Por suerte no es problema para mí, su Adán. Yo, como me ven, estoy desnudo bajo la lluvia, a metros de la higuera, y sigo decidido a continuar esperándola como lo hago… ¿hace cuántos años?, ¿cuántas décadas? Mucho tiempo, se me hace. Algunos me toman por loco y yo, digamos la verdad, no soy un loco. Los locos son otros, esos que nunca esperan a nadie bajo una lluvia alucinante. Soy simple y llanamente Adán que espera a Eva al ladito de una higuera. Esta higuera que no tiene frutos. Menos, rosas. Donde los pájaros que cantan me dan más fe para creer que Eva aparecerá, según entiendo, apenas deje de llover. Ojalá así sea. Porque quiero entregarle a ella una flor, una flor que aún no se marchita en mis manos. También le ofreceré una espina. Una espina de las que pican y dejan ronchas. Sí, no quiero mentirle a Eva. ¡Ignoro si entiende esa gente que me observa con lástima! Seguiré esperando a Eva y nadie me detendrá. Ni siquiera la lluvia incesante. Ni los rayos eléctricos que se bifurcan en el cielo y explotan en mi barba. El día que llegue Eva le contaré de mi espera. La lucha que libro por esperarla muy apegadito a la higuera que hay en el parque. La que veo de frente a la lluvia incesante y musical, que desciende como una dulce amiga por mi cuerpo de ansias.
 
 
 

 
 
El soborno de la luna en mi café


Cierta noche invernal me encontré con una sonámbula: era una joven delgada, de cabello suelto, vestida con ropa de dormir. Llevaba los brazos caídos y los ojos cerrados como en un blanco sueño; no era la primera vez que se levantaba de su lecho y salía a deambular sin rumbo; amaba los rincones del Río. También hallé a un desheredado tieso en la escarcha: el frío lo mató. Los pungas corren tan rápido como las liebres. En una calle de verdad, dominando una maravillosa esquina, las putas saludan con piropos. Es la forma de atraer a los clientes. Me Peina el Viento los Cabellos enseña estas cosas. Las putas se parecen a los gatos y a la luna sonámbula, que peregrina por las noches con los ojos cerrados y que gusta visitar los rincones angélicos de los puentes que hay en el largo Río Mapocho.
 
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datos sobre Reinaldo E. Marchant en el espacio de autor en secciones y en galería de imágenes, espacio de autor.
 

 
 
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