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La condición urbana - Olivier Mongin
 

La condición urbana
Olivier Mongin
La ciudad a la hora de la mundialización
Editorial Paidós
398 páginas

(Buenos Aires) Isabel Suárez Valdés

Distintos autores han escrito libros sobre las ciudades, reales o imaginarias. Entre ellos, uno es el caso de Néstor García Canclini, con el libro "Imaginarios urbanos" y el otro es el de Italo Calvino con "Las ciudades invisibles". En el primero, se trata de tres conferencias que García Canclini pronunció en julio de 1996 al ser invitado para la celebración de los 175 años de la Universidad de Buenos Aires. Las conferencias agrupadas en el libro, constituyen un viaje por los territorios esenciales de la cultura latinoamericana y se enmarcan en los trabajos de desintegración de la Modernidad, la hibridación cultural y la globalización de nuestro continente.

En el caso de "Las ciudades invisibles" de Calvino, el autor fabula distintas ciudades e invita al lector a realizar un recorrido inusual y fantástico.

En "La condición urbana", que lleva como subtítulo "La ciudad a la hora de la mundialización", el autor afirma que después de haber sido ignorada durante mucho tiempo, la cultura urbana ha cobrado actualidad y que el respeto por el patrimonio se ha impuesto progresivamente. También dice que las polémicas referentes a los daños que provoca el urbanismo progresista parecen un poco arcaicas y pronto se diluyen.

Hay en el mundo 175 ciudades de más de un millón de habitantes; trece de las mayores aglomeraciones del planeta se sitúan en Asia, África o América latina.

De las treinta y tres megalópolis anunciadas para el 2015, veintisiete corresponderán a los países menos desarrollados y Tokio será la única ciudad rica que figurará entre las diez mayores urbes del mundo.

El espacio ciudadano de ayer, independientemente del trabajo de costura que realicen arquitectos y urbanistas, pierde terreno a favor de una metropolización que es un factor de dispersión, de fragmentación y de multipolarización. A lo largo del siglo XX, se pasó progresivamente de la ciudad a lo urbano, de entidades circunscriptas a metrópolis. Antes la ciudad controlaba los flujos y hoy ha caído prisionera en la red de esos flujos (network) y está condenada a adaptarse a ellos, a desmembrarse, a extenderse en mayor o menor grado. Antes correspondía a una cultura de los límites y hoy está condenada a conectarse en un espacio limitado que no controla, el de los flujos y las redes.

"Es evidente que las redes tienen futuro ante sí y que abren campos tan ricos como imprevisibles a la creatividad de los seres humanos. Su funcionamiento ya ha transformado la expresión arquitectónica y la organización espacial del conjunto de nuestras instituciones", según cita Mongin.

Finalmente hemos quedado desfasados, pues lo urbano generalizado y sin límites se ha impuesto a la antigua cultura urbana de los límites. Estamos entre dos mundos, afirma el autor.

La palabra ciudad

Lo cierto es que hoy la palabra "ciudad" sirve para designar indistintamente entidades históricas y físicas tan dispares como la ciudad preindustrial, las metrópolis de la era industrial, los conurbanos, las aglomeraciones de diez millones de habitantes, las ciudades nuevas y las pequeñas comunas de más de 2.000 habitanes. Asimismo Le Corbusier utiliza la expresión "ciudad radiante" por mero abuso del lenguaje.

Cuando uno lee la bibliografía que proviene de los medios de la arquitectura, del urbanismo, de la geografía y de la administración, entre algunos otros, advierte que las palabras -comenzando por "ciudad", "lugar" y "urbano- esconden realidades muy contrastadas y hasta contradictorias. Pero esa imprecisión semántica no es sólo privilegio de los pensadores, actores y productores de lo urbano. Es por ello que, más allá de la batalla de las palabras, cuyos efectos no son secundarios puesto que esa lucha condiciona la posibilidad misma de mantener discusiones y de tomar decisiones lúcidas y fecundas, este libro no tiene además la ambición de comprender lo que puede ocurrir con la condición urbana en un contexto en el cual la ciudad ya no es la referencia principal.

En suma, dice el autor, partiendo de la comprobación implacable de que ahora los flujos se imponen a los lugares, ¿por qué llegar espontáneamente a la conclusión de que hay que acatar las leyes de la mundialización urbana o soñar con el ciberespacio, con territorios que ya no tienen límites? ¿No es más útil reflexionar acerca de la naturaleza de la experiencia urbana como tal, aun cuando en parte la hayamos perdido, a fin de descomponerla y poder captar así todas sus dimensiones, para comprender de qué manera podemos devolverle "formas" y "límites" a un mundo posurbano que está falto de formas y límites?

Hoy la ciudad reúne formas extremas: o bien se contrae, se repliega sobre sí misma para conectarse mejor con las redes mundiales del éxito como la ciudad global, que es uno de los motores de ese éxito, el nodo mayor. Ahora bien, si lo urbano oscila entre el "despliegue" y el "repliegue", la experiencia urbana se caracteriza por su capacidad de producir "pliegues"; pliegues entre el adentro y el afuera, entre lo privado y lo público, entre lo interior y lo exterior. Es decir, "ambientes en tension", "zonas de fricción", según las palabras de Julien Cracq.

Entre la ciudad de ayer y lo urbano contemporáneo, el contraste es asombroso, dice el autor.

La reconfiguración de los territorios

La aparición de lo urbano sin urbanidad es el resultado de lo urbano que repele sus límites en un sentido doble. En el sentido de que se despliega hasta el infinito, se vuelve de adentro hacia afuera, se ensancha desmesuradamente en el plano espacial y en el plano demográfico - metrópoli, megaciudad, ciudad mundo). Pero también en el sentido de que se pliega y se contrae a fin de crear las mejores condiciones para tener un acceso privilegiado al mundo ilimitado de lo virtual - la ciudad global-. En ambos casos, lo urbano rechaza los límites, pero lo hace en marcos espaciales radicalmente diferentes, por un lado, los de la megalópolis, de la ciudad mundo, de la megaciudad y, por el otro, el de la ciudad global. Lo urbano generalizado renuncia, al espíritu de lo urbano que la cultura de los límites definía hasta ahora, pero al mismo tiempo desbarata el vínculo con el medio circundante que aseguraba una relación entre un adentro y un afuera. Lo urbano puede correr sus límites hacia afuera - la ciudad, musa que se despliega - como hacia adentro - la ciudad que se repliega hacia el interior adquiriendo la forma de la ciudad global que condensa y contrae.

¡Y esto es lo que molesta! dice el autor, la impresión, poco compartida por la clase política y los autoproclamados misioneros del civismo, de que lo urbano se metamorfosea y de que sus mutaciones afectan nuestra forma de vida, nuestra relación con el espacio vivido. Esto es lo perturbador, mucho más allá de los debates sobre la estética urbana o el patrimonio, incluso más allá de las polémicas sore las proezas de nuestros arquitectos.

Pero, en respuesta a esta sensación, ¿hay que retomar la vieja cantinela anticiudad, la que irriga las ficciones occidentales - en las que la ciudad es sinónimo de una violencia cada vez mayor- y creer que uno va a poder refugiarse en retiros inéditos? ¿Es necesario renunciar a la vita activa, reconciliarse con la vita contemplativa y contentarse con la bella casa de arquitecto de Mies Von Wright?Al sugerir que revaloricemos la experiencia urbana, por debilitada que esté, la línea del horizonte llega a ser la reconquista de los lugares. Ahora sabemos que esa reconquista será doble: material, arquitectónica, pero a la vez también mental, pues lo urbano es a la vez una cuestión de edificación y un vector de imágenes y de ideas.

El urbicidio

Mientras que en épocas pasadas los destructores de ciudades estaban poseídos de un "santo temor", un temor regulado y contenido, hoy no puede tratarse sino de reivindicaciones sin freno del habitus mental más bajo. Lo que creo advertir en las almas aterradas de los destructores de ciudades es una resistencia feroz contra todo lo urbano, es decir, contra una constelación semántica completa, compuesta por el espíritu, la moral, la manera de hablar, el gusto, el estilo... Recordemos que el término "urbanidad" designa hasta hoy en las lenguas de Europa el refinamiento, la articulación, el acuerdo entre la idea y la palabra, entre la palabra y el sentimiento, entre el sentimiento y el gesto, etcétera. (1)

(1) Bogdan Bogdanivic, "L´urbicide ritualisé", en Véronique Nahoum-Grappe (comp), Vukovar, Sarajevo..., París, Éditions Esprit, 1993, pág. 36...

Tanto en la realidad como en la ficción - yo agregaría también en el arte actual - lo urbano está brutalizado, "echado a perder", violentado desde el afuera - el urbicidio- o desde el adentro - la explosión, la bomba - , dice el autor. Lo urbano hace mal, parece ser la afirmación más común, la creencia arraigada.

Por un lado, la amplia proporción de las imágenes estadounidenses, desde New York 1997 de John Carpenter (1993), relatan la historia de ciudades que, abandonadas y convertidas en prisión, retornan al estado de naturaleza. Cuando no se nos muestra la ciudad como el lugar de la barbarie, se la presenta como la presa del bárbaro que trata de destruirla. Por otra parte, la realidad está allí, violenta, implacable, los hechos hablan por sí mismos.

Esto ocurrió tanto con la destrucción de las Torres Gemelas y precisamente desde la guerra de Beirut en 1975, dice el autor.

Destruida desde afuera o desde adentro, la ciudad está terminada, arrasada; es deyección, barrio de las latas, devastación, está vaciada de sí misma... Todo este vocabulario sumamente discutible, recuerda sin embargo que la ciudad desplegada, masificada, extendida hasta el infinito, se ha echado a perder. Hasta el punto que los tiranos continúan asesinándola y abatiéndola. Los tiranos de ayer, pero también los terroristas de hoy, esos inviduos nómades y desterritorializados. Ayer la ciudad aspiraba al adentro, pretendía ser integradora de las personas procedentes del afuera; hoy los agentes del terror venidos desde afuera, quieren matar el espíritu de la ciudad en su interior. Todo esto no es reciente, sólo que, desde las épocas de la Biblia, de Babel y de Sodoma, la actualidad de los valores urbanos es más intensa.

Recrear las comunidades políticas

El autor sostiene que una política de la ciudad efectiva, debe someterse al imperativo de la movilidad, y la experiencia utópica, por su parte, recuerda que la constitución de un lugar es de naturaleza colectiva. De modo que lugar, movilidad y movilización colectiva deben ser coincidentes. La cuestión urbana desemboca en este triple imperativo, dice el autor: la constitución de un lugar, la exigencia de movilidad a fin de escapar a la clausura de un territorio y la acción colectiva que remite a la participación de sus habitantes. Esta triple exigencia, de carácter político, contrasta con la dinámica contemporánea de lo urbano, que superpone una hipermovilidad - la dinámica de los flujos- y un repliegue en un lugar o un sitio - el "entre sí" obligado e inseguro y el "entre nosotros" selectivo y con servicios de seguridad privada- lo cual pone de manifiesto el desequilibrio de lo glocal, que valoriza a la vez el nivel de lo local y de lo global.

Sin una práctica de la movilidad-movilización, el lugar y la práctica democrática que subyacen a la experiencia urbana desembocan ineludiblemente en un encierro territorial.

Así como el tipo ideal de la condición urbana remite a la multiplicidad de las relaciones que se tejen entre un afuera y un adentro, entre fuerzas centrífugas y fuerzas centrípetas, un proyecto urbano digno de llamarse así debe crear hasta el infinito desequilibrios inestables, diseñar pliegues, repliegues y despliegues. La exigencia de movilizad, que se opone tanto a la hipermovilidad como a la inmovilidad, es la condición de un espacio urbano concebido como un "lugar practicado", donde los límites "dan lugar" a prácticas comunes. Esta exigencia armoniza con una visión política que da prioridad a las personas antes que a los lugares, un urbanismo por el cual las relaciones sociales no pueden deducirse de los lugares construidos, no pueden reducirse a la ideología espacialista que cree poseer la regla de la buena relación entre los lugares y el convivir. Quienes generan la ciudad son más las personas que los lugares.

La condición urbana es un libro que invita a pensar la ciudad, es en sí misma una condición de la capacidad democrática entendida en el plano individual - la equidad- y en el plano colectivo - la responsabilidad-.

(c) Isabel Suárez Valdés

Bibliografía:

Néstor García Canclini, Imaginarios urbanos, Eudeba

Italo Calvino, Las ciudades invisibles, El Mundo

 

 
 
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