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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Sucedió en el Raval por Rubén García Cebollero desde Barcelona
 
Sucedió en el Raval por Rubén García Cebollero desde Barcelona
 

Soy incapaz de hallar la emoción de un poema, y solo sé transmitir un sueño. Nuestras vidas están hechas de la materia con que se tejen los sueños.
Somos el único, el Ovidio, el Inmortal. Nadie. Todos. Muertos. Incluso los del macrobotellón...

 

 

Sucedió en el Raval por Rubén García Cebollero

 

 

Pierre Menard de Munchausen

 

Apenas unos días antes de su muerte Borges fue amenazado con la inmortalidad. De cómo sucedió poco se sabe pero hace poco supe, en primera persona, que fue su doble el que falleció.

Lo supe, con un relámpago o una revelación, y me sentí como un niño colgado de la enorme cola del gato gordo de Botero, en la Rambla del Raval, cerca de la iglesia de Sant Pau del Camp.

Esto sucedió en el distrito de Ciutat Vella, entre la Rambla, el Paralelo, la ronda de Sant Antoni y el mar. Lo cuento como mejor puedo porque no tengo ni idea de escribir. Lo cuento para que lo sepa alguien más que el gato gordo de Botero.

Cada cual tiene su espacio y su tiempo, el mío lo conforman las calles lóbregas y pequeñas, de porteño bonaerense, donde hay quien imagina congregados a todos los marineros, ladrones, putas y problemas de Barcelona que no han podido ni sabido encontrar ningún lugar mejor.

La prensa y los políticos anunciaron que la heroína y la prostitución se fueron con los Juegos, o eso debía parecer, cuando a la gente le dio por comprarse viviendas, abrir bares, variopintas tiendas y aficionarse a los teatros de la zona.

A mí el MACBA y el CCCB, no sé qué piensa el gato gordo de Botero, no me gustan pero también nos cayeron aquí, en el Raval, y después nos tocó ver desplomadas algunas manzanas para que surgiera la herida del barrio, la Rambla del Raval.

El Raval es como Nueva York: el mundo en pequeño. Hay paquistaníes, ecuatorianos, filipinos, marroquíes, argentinos, españoles e incluso algún catalán. A mí lo que me gusta son las catalanas. Y en bocadillo mucho más. ¿En qué estabas pensando?

No veas como se pone esto por carnaval entre la capoeira, las tortillas, las brujas, los chocolates y los bailes. Se montan unas juergas más gordas que el gato de Botero, al que no le hacía mucha gracia que su gato fuese a venir aquí. Nadie nos preguntó si a nosotros nos hacía gracia que él viniera. Es gordo y feo. Aunque uno se acostumbra hasta lo gordo y feo, y se impresiona. Luego cuando le coges cariño cuesta imaginar que no hubiera estado toda la vida ahí.

Las putas siguen en las esquinas y los adictos se chutan en medio de algunas calles, como si fuera un "ghetto", aunque no salga en los anuncios oficiales.

Uno se olvida con una jarra de barril, unos pulpitos a la plancha, unas olivas, de lo sucias que están las calles del Raval, que huelen a urinario y lucen el amarillento tono sepia de los recuerdos, escasos como los containers, mientras un nacional en su coche de policía vigila camuflado tras las hojas del Marca.

Si no hubiesen juegos de tres bolas, ni cedés piratas, todo serían anuncios publicitarios. Alguno de ellos de la policía autonómica, y lo perfecta que es la vida, el orden y la Administración. De vez en cuando es necesario decir la verdad y hablar de Hamlet y de Dinamarca. Pero esto es Barcelona, aunque Gardel se arranque con el yira, yira.

El Raval es vida. Para vivir hay que estar dispuesto a morir. Borges lo supo. Fue consciente que morir es inevitable, y no depende de nosotros. Robar a los turistas o montar botellones es una forma de vivir, para quien nada espera salvo disturbios. Nada salvo literatura.

¿Qué saben el alcalde o el President de las calles Carretes, Vistalegre, Aurora, Lleialtat, Sant Rafael, Sant Martí o Sant Bartomeu? Los nombres que no tienen sentidos asociados o experiencias vitales sólo son nombres, oscuros, ignorados, vacíos.

Borges lo supo. Incluso en el Raval puede saberse. Nada es peor que la inmortalidad. Gardel cantaba, con una guitarra de fondo, la indiferencia del mundo que es sordo y es mudo recién sentirás, verás que todo es mentira, verás que nada es amor, que al mundo nada le importa, yira, yira, aunque te quiebre la vida, aunque te muerda un dolor.

Lo supe el día que la memoria de Borges se instaló en la mía. Como un turista más en Barcelona, que es turistolandia. Por la noche me invadieron sueños de enanos bajo la cama, de viajes en tranvías repletos, de mujeres de humo, y no podía contar ovejas porque se convertían en dragones, harpías y monstruos mitológicos.

Supe de su enfermedad y de la muerte de su doble en Ginebra. Borges, el auténtico, vive. Aunque hace años las radios informaron de su muerte, incluso en Buenos Aires. Un catorce de junio de hace ya veinte años. Aunque veinte años no es nada.

El párroco Pierre Jaquet fue a verlo, aunque no sabía que era su doble el que estaba al borde de la muerte. Lo llamó la familia, y Jorge Luis estaba débil, no podía conversar. No sabemos que habría dicho de su tumba oficial junto a Calvino. Bueno, lo sé pero me lo callo.

Supe de la muerte de su doble, y de la amenaza cumplida de la inmortalidad en la rambla del Raval, una tarde en que me dirigía al festival de poetes i titelles, quizá en la calle guàrdia o similar, paralela a las Ramblas.

Entonces no era consciente de lo que supone vivir con la memoria de Borges. Allí estaba un genio de las marionetas, cuyo nombre no puedo recordar, que al ritmo del americano movía los hilos mejor que los políticos, las multinacionales y el viejo capital.

Hubo una pareja de dos jovencitas que contaron una historia de combate y de muerte, cristiano y musulmán, en la edad media. Una de ellas, de las marionetistas, cuyo nombre ya no puedo recordar, de enormes senos y largos y rizados cabellos, y un carácter difícil de olvidar, justificó de sobras que al día siguiente llegara tarde a trabajar.

Aquella noche estuvieron Lizano y sus poemas, Arcediano y sus bosques de Winsconsin, la enorme Ana Aguilar-Amat, a la que habían robado el bolso en las ramblas, consolándose con una mediana, una estrella, entre las manos, una estrella no tan grande como su vasta poesía, y también un poeta, que decía serlo, subido a una silla para gritar cuatro torpes palabras que ya nadie, por fortuna, recuerda.

Seguro que había mucha gente más, poetas, marionetas, espectadores. Me retiré a las cinco, cuando el presentador se quedó en bolas, y no supe si la pareja de marionetistas también, no habría podido soportar su belleza, a pesar de las medianas que hacían flotar mi aliento, mi cabeza y mi vista. Aquellos senos y Gardel: verás que nada es amor.

Bajé hacia las drassanes y en una esquina una trabajadora de la prestación sexual, con más años que polvos, me quiso confundir con un chupa-chups, jodida vida ésta, Gardel retornaba no esperes nunca una ayuda, ni una mano, ni un favor.

Fue la primera noche que dormí con la memoria de Borges. Pensé que a Carles Duarte, que no había estado en el festival, quizá le habría gustado saberlo y a mucha gente más. Después pensé que no debía decir a nadie lo que sucedió en el Raval. Ni siquiera a los enormes senos que nunca volví a ver. Bueno, si los hubiera vuelto a ver no tendría porqué contarlo.

Ahora lo hago para que lo sepa alguien más que el gato gordo de Botero. Sé que no debo volver a la Biblioteca Nacional, a la calle México, ni buscar los húmedos anaqueles donde deposité el libro de arena.

La memoria de Borges no vino sola, también la acompañaba la memoria de Shakespeare. Éstas cosas nunca vienen solas. Sé que hace muchos años me llamaron Homero, y no hace tantos me llamaron Cervantes. Nunca quieras sentir la inmortalidad, la amenaza que Borges recibió unos días antes de su muerte, de la muerte del doble.

Lo malo es que no sé cómo escribí todo aquello, y cada vez que veo un folio en blanco se me confunden historias, letras, argumentos, libros, tintas, sueños.

Conozco los enigmas de la poesía y el sueño de hierro de la muerte. Amé a Troya, al Beowulf, a Virgilo, aunque no sé si también estuve tras todo eso. Supe con Poe que todo relato empieza en su última frase, y todo poema en su último verso. Viví las mil y una noches, las aventuras de Sherlock Holmes y Watson, y amo los laberintos, el ajedrez, el tiempo, la filosofía y las ruinas circulares.

Temí nunca haber existido y ser sólo un sueño que ahora mismo Borges, el auténtico Borges, está teniendo en la calle Maipú, mientras Gardel canta cansado que se puso a ladrar, yira, yira.

Quizá pude ir a Islandia o yacer con Ulrica, mientras la puerta de la cárcel seguía abierta. Quizá en el zoo, donde ya nunca volverá estar Copito, exhiban tigres azules. La memoria no suma nada sino que desordena todas las posibilidades que nunca definimos.

¿Qué iba a saber yo del alma humana? ¿Por qué vino a mí, Borges? ¿Por qué al Raval? ¿Qué podía cambiar la literatura?

El gordo gato de Botero no tenía ni una sola respuesta. Mucho menos Gardel. Me apetecían unas sardinas, un huevo frito y unos pimientos. Sí, a las cinco de la mañana. Y unas cervezas, no una quilmes, ni una coronita, ni nada por el estilo. Me apetecía una Moritz. Fueran o no horas. De alguna manera había que digerir la inesperada revelación de la memoria de Borges.

Nunca he sabido escribir nada. La vida está para vivirla, y yo no sé si viven los que escriben. Borges, el ciego, estaba ahí como Homero, como tantos otros, para vestir de frases las noches del Raval, como quien busca el amor de una mujer para olvidarla luego, para no pensar nunca más en ella.

No sé si yo le gustaba al gato gordo de Botero, pero era el único que me acompañaba a aquellas horas, vacías, porque aún no había llegado donde pudiera encontrar las sardinas, el huevo, los pimientos y la Moritz.

Vivimos entre la ternura y la agresión, cercanos a la pérdida y a la mísera marginalidad que quienes son distintos y lo saben. A éstas horas los niños no juegan a fútbol por la rambla del Raval. Deben estar soñando con ser Ronaldinho, algún día, para dejar de "ajuntarse" con los putos problemas de cada día.

Las noches de macrobotellón los nacionales dejan de leer el Marca, y el sonido estridente de las sirenas y las luces azules se mezcla con la violencia masificada que grita mira esta noche debajo de tu coche; donde está, no se ve, la botella J.B.

La juventud corre y algunas calles se llenan de barricadas de containers verdes. Algunos contenedores arden junto a vallas amarillas de prohibido el paso, tiradas como si se fuese a montar una hoguera.

Algunos hacen eses por la rambla, ebrios, como los del tango arrabalero de la familia rustika, entre gramos de locuras y tragos de qué se yo, mientras las palmeras esperan el día de mercado en el raval, y yo recuerdo a Julia Cikatriz interpretando con la flauta el we are family, o la confundo con aquellos enormes senos de los que no quiero hablar, aunque quiera. La indiferencia del mundo que es sordo y es mudo recién sentirás.

Estaba claro que la noche del festival no bebí lo suficiente, ni siquiera a las cinco de la mañana, para lograr que el paladar metálico eliminase de mí a la imborrable memoria de Borges.

¿Qué hacía la literatura en y por el Raval? Según Borges no era otra cosa que un sueño dirigido. Temía que pudiera despertarme de aquel sueño pero era peor saber que no era un sueño, y que aquella memoria inmortal era y es una amenaza cumplida.

No sé si la felicidad se justifica por sí sola, si cada uno nace donde puede, o si no es difícil matar o ser matado, Jorge Luis. Al fin y al cabo si las palabras cuentas menos que las personas, en todas partes, no sé cómo voy a poder hacer algo por la literatura. Por el Raval. Por la inmortalidad.

La memoria de Borges me hablaba de Cortázar, Kafka, Lugones, Gide, Graves, Dostoievski, Melville, Conrad, Quevedo, Rulfo, Poe y otros. Lo que me quedó claro es que tengo bastante con ser quién soy. ¿Para qué ser otro? ¿Pero quién se es?

La memoria del auténtico Borges me contó lo de la muerte del doble, y me citó a Marco Aurelio: quien ha mirado lo presente ha mirado todas las cosas; las que ocurrieron en el insondable pasado, las que ocurrirán en el porvenir.

No había podido comerme ni las sardinas, ni el huevo frito, ni los pimientos, ni los senos de la marionetista, realmente enormes como el gato de Botero. Y ahí estaba junto a él, bombardeado por una memoria que me hablaba de la historia de la eternidad, a la que poco a poco me he ido acostumbrando.

Borges no siempre fue ciego. A veces conversamos de su familia portuguesa, o su familia inglesa, de los héroes que cruzaron la pampa, o de Perón queriendo convertirle en inspector de alimentos por los mercados de Buenos Aires. Hablamos de las clases de literatura inglesa, o de la Academia Argentina de las letras, hasta que la herida en la cabeza lo cegó, y lo vio todo de otra manera.

Nuestra grandeza está en lo que leemos. Aunque para leer hace falta que alguien escriba. Me dio miedo pensar que yo pudiera ponerme al otro lado, y encontrar una historia que contar. Quizá la tuviera pero hacía falta que alguien me enseñara, o que lo supiera alguien más que el gato gordo de Botero, aunque sepa que habrá cientos o miles de personas que nunca me leerán, y Borges me insista que no piensa revelarme sus secretos, los artificios, el oficio, la voz, la imaginación, la memoria.

Estoy seguro que la gente del festival de poetes y titelles no advirtió nada. No sospechó que, desde aquel día, vivo con la memoria de Borges y la de Shakespeare. Y hasta me gusta el gato gordo de Botero.

Soy incapaz de hallar la emoción de un poema, y solo sé transmitir un sueño. Nuestras vidas están hechas de la materia con que se tejen los sueños.

Somos el único, el Ovidio, el Inmortal. Nadie. Todos. Muertos. Incluso los del macrobotellón.

La claridad de nuestro interior es la magia con la que, apenas unos días antes de morir, fue amenazado Borges.

En el Raval lo supe y me pareció y me parece mucho peor, tal como están las cosas, la implacable amenaza del implacable olvido.

(c) Rubén García Cebollero

 
 
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