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La Eva de Fernando Botero
 

El escritor boliviano Víctor Montoya escribe acerca de una pintura de Fernando Botero

 

(Estocolmo) Víctor Montoya

 

Cómo me gusta esta Eva de Fernando Botero, con escaso vello en el pubis y las axilas, la pierna izquierda cruzada por detrás de la pantorrilla de la pierna derecha, sobre cuyo pie empinado se asienta el peso de esta mujer de proporciones redondas que, según el relato bíblico, es la madre del género humano y quien introdujo el pecado por haber comido la fruta prohibida que Dios, por alguna equivocación, puso en el jardín del Edén. En efecto, ella posa debajo del manzano, una mano en la nuca y la otra en la rama del árbol de la ciencia, del bien y del mal, mientras por un costado le acecha una serpiente delgada como la lombriz, incitándola a hincar los dientes en la fruta más sabrosa y peligrosa del Paraíso.

Las manzanas, atraídas por la ley de la gravedad, caen como cerezas maduras, sin rozar el desnudo cuerpo de Eva, quien exhibe los senos simétricamente perfectos, y en cuya cúspide, rodeada de una aureola rosada, destaca la protuberancia de sus pezones; entretanto la curva de sus caderas amplias, prolongándose a lo largo de las piernas, es el horizonte de un paraíso carnal donde pueden caber todos los pecados del mundo.

Ya se sabe que Dios, en el sexto día del Génesis, creó los animales terrestres -domésticos y salvajes-, las criaturas volátiles expandiéndose sobre la faz de la tierra, los monstruos marinos y las almas vivientes poblando las aguas, y, en medio de esta maravilla hecha de soplo divino y voluntad suprema, creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, para que tuvieran en sujeción los peces del mar y las criaturas volátiles de los cielos y los animales domésticos y toda la tierra y todo animal moviéndose sobre ella. Así los creó, macho y hembra los creó, sin pecados ni taparrabos. Por eso esta Eva, quien posee el don femenino más perfecto que las modelos de pasarela reducidas a piel y huesos, se nos presenta en su estado natural y tal cual fue creada de una de las costillas de Adán. Pero ella, a pesar de ser carne de su carne y sangre de su sangre, estaba destinada a convertirse en pecadora; cedió a la tentación de la serpiente maligna y probó la fruta que no debía. La lisura le costó muy caro, fue abandonada a su suerte y arrojada del Paraíso, donde se le advirtió que, por haber desobedecido la palabra de su Creador, estaba condenada a parir con dolor y a someterse a la voluntad de su marido, quien la dominaría por el resto de sus días y a quien debía servirle en la mesa y en la cama, como los siervos sirven a sus amos en el día y en la noche. Desde entonces declinó la humanidad entera, por Adán y Eva entró la muerte en la Tierra, y por sus hijos Abel y Caín entró la violencia en el cuerpo y el alma de sus descendientes.

Cómo me gusta esta Eva de Fernando Botero, la mirada perdida en el jardín de las delicias, los labios de granate y la cabellera ensortijada cubriéndole los hombros y precipitándose como cascada por encima de sus magníficas nalgas que, más que nalgas, parecen las ancas de una yegua, y cuyas proporciones, hechas a mi medida y mi manera, son una sinfonía a la belleza anatómica de la mujer capaz de mantener viva la llama de la pasión erótica.

Con esta Eva, sin resquicios para la duda, cualquiera se atrevería a repetir el pecado original, no sólo porque sus zonas encantadas incitan al amor carnal, sino también porque hasta la criatura maligna del Paraíso es más delgada que un dedo; mas no por eso menos peligrosa y venenosa, o como habría dicho mi abuela: "A los animales que les falta en grosor, les sobra en mañas".

¡Oh, Señor todopoderoso!, cómo se te ocurrió concebir a una mujer que hizo pecar al hombre como si fuese un cordero domado y que, en lugar de seguir tus consejos, se alió con la criatura del demonio para destruir la obra de tu creación. No sé en qué pensaste el día en que Adán cayó en un sopor profundo del cual despertó convertido en el esposo de una hembra yaciente a su lado, desnuda y las manos cruzadas sobre el sexo. Tus intenciones fueron buenas, aunque no se cumplió tu deseo, pues esta mujer de cuerpo sensual y deseos ardientes, desde cuando creaste el mundo en el caos de las tinieblas, se convirtió en el sexo bello y fuerte; primero, porque su cuerpo tuvo la virtud de levantar los ánimos del apéndice que Adán tenía entre las piernas y, segundo, porque su vientre fue la primera incubadora del género humano.

Por suerte, esta Eva de Fernando Botero, que no está hecha de la costilla de un hombre sino de la fantasía de un pintor inspirado en el volumen, es una mujer que cautiva el corazón de los hombres apasionados, quienes, sin pensar dos veces ni ponerse la mano al pecho, experimentan una inmediatez erótica ante una hembra cuyos abultados atributos son dignos de admiración y respeto. Más todavía, ésta es la Eva que nos persigue en los sueños, la que nos susurra palabras amorosas, la que nos devora a besos y nos acaricia el pelo, recordándonos que el amor, como la suerte y la muerte, llega mientras menos se lo espera.

Si esta Eva fuese mía, en cuerpo y alma, de seguro que su destino no estaría más en las manos de Dios sino en las mías. Pero como es apenas una pintura esparcida a brochazos sobre un lienzo, no me hago ilusiones de encontrarla alguna vez en la vida, así en el mundo abunden las mujeres que, hechas a punto de caramelo, exhiben con orgullo los excesos de su cuerpo, con el cual enloquecen de ansiedad y deseo a los hombres obsesionados por el pecado carnal.

(c) Víctor Montoya

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imagen: Eve, 1981, óleo, Marlborough Gallery, New York.

 
 
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