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Estás aquí:  Inicio >>  Muestras/Arte >>  Cerámicas francesas 1880-1940- Colección Molina
 
Cerámicas francesas 1880-1940- Colección Molina
 

En el Museo Nacional de Arte Decorativo
Buenos Aires

Hasta el 2 de julio

(Buenos Aires) Araceli Otamendi

Se puede ver en el Museo Nacional de Arte Decorativo una muestra de cerámicas francesas que integran la colección del artista argentino Joaquín Molina.

Conversando con Molina durante la inaguración, comentó que inició la colección con una pieza de cerámica color celeste ahí exhibida y luego siguió adquiriendo piezas en París, donde vivía y que traía durante sus viajes a Buenos Aires.

La muestra se complementa con la exhibición de cuadros, que corresponden a la época en que fueron diseñadas estas piezas.

Según palabras del director del museo, Alberto Bellucci:

"...Esta colección -iniciada por Molina en París, hace más de 20 años- se centra en las producciones más notables de cerámicas francesas aparecidas entre 1880 y 1940, o sea en las seis décadas que enhebraron el ocaso del siglo XIX con el amanecer del XX. Esto las ubica entre el esplendor crepuscular del art-nouveau y el optimismo rutilante del art-déco, dos formas expresivas que iluminaron con sus luces - bien que con formas y brillos muy diferentes-, los terrenos del aterrizaje y el decolaje de uno y otro siglo.

El art nouveau fue, en todo caso, el nombre más popular de los muchos que recibió este estilo espléndido y efímero que invadió todos los terrenos del arte, el diseño y la decoración de la "belle époque" y se prolongó hasta los inicios de la primera guerra mundial (contienda que marcó, en realidad, el fin conjunto del imperio austrohúngaro y del siglo XIX). "Art Nouveau" se llamó la galería parisiense que abrió Samuel Bing en la calle de Provence en 1896 pero, con el tiempo, ese rótulo sirvió para unificar los diversos nombres -Jugendstil en Alemania, Sezessionstil en Viena, Liberty en Milán, Nuovo Stile en Roma, Style Tiffany en los Estados Unidos, Modernism en Cataluña, etc - de una poética hedonista cuyos rasgos principales fueron la esbeltez volumétrica, el uso de líneas libremente onduladas semejando juncos, látigos o lombrices, las combinaciones de materiales lujosos o exóticos, la preferencia por reflejos y tornasoles, y la decidida integración entre arte y artesanía, carpintería y escultura, arquitectura y decoración, como no se había visto desde los tiempos del tardobarroco. El objetivo del art nouveau fue instalar el refinamiento estético en todos los ambientes de la vida urbana, desde el picaporte y la tacita de café hasta la fachada de un palacete.

Dentro del polifacético equipo de protagonistas asociados a este delirio expresivo ubicamos artistas tan dispares como el "macchiaulo" Giovanni Boldini, el esotérico Gustav Klimt o el simbolista Lévy Dhurmer, ilustradores como Alfons Mucha, Aubrey Beardsley o Jules Chéret, virtuosos del vidrio como Emile Gallé o los hermanos Daum en ese paraíso del art nouveau que fue Nancy, vitralistas como Jacques Gruber y Joseph Janin, orfebres como Gaillard, ceramistas como Louis Coilliot, Joseph Mougin, Ernest Bussiere y Agnes de la Frumerie, ebanistas y herreros exquisitos como Louis Majorelle, los Vallin - padre e hijo - y Serrurier-Bovy, arquitectos como Víctor Horta, Otto Wagner, Joseph María Olbrich, Émile André y Héctor Gimard, joyeros como Louis Comfort Tiffany, la mayoría de ellos con la capacidad para pasar de un material a otro e involucrarse con parecido éxito en varios géneros de las artes aplicadas. Como lo expresaba en 1901 el prólogo de la flamante Escuela de Nancy, el objetivo era "poner de relieve el carácter de la belleza y las ventajas de la decoración inspirados en la observación directa de los seres humanos y de la vida (...) es decir, un estilo contemporáneo capaz de reflejar el espectáculo de la realidad ambiental (...), la practicidad de la conveniencia y el confort bajo una apariencia de elegancia, belleza e intelectualidad". Algunos años antes, en "Hedda Gabler", Hernik Ibsen lo había enunciado en forma igualmente precisa y mucho más lacónica: "lo importante es saber vivir y poder morir con belleza".

El art nouveau se extendió por el occidente europeo y cruzó el Atlántico, recalando en Buenos Aires a principios del siglo XX, -donde además de los distintos objetos de importación que llenaron las vitrinas y los ambientes de las casas - retoñó en varios edificios de gran interés decorativo, obra de arquitectos europeos y también argentinos como Julián García Nuñez, autor del edificio de oficinas de Avda. de Mayo y Chacabuco (1911), notable combinación de sezzession y futurismo que aún se mantiene en perfecto uso.

Pero la muerte del art nouveau era un final inevitable que llegó pronto, demasiado pronto. Con él, la cultura del eclecticismo y del "más es más" finisecular habían intentado su última, esplendorosa alternativa. Después de ese incendio definitivo, de ese "apocalipsis feliz" que consumió conjuntamente el arte y la historia de varios siglos europeos, resultaba necesario inventar un amanecer capaz de traer consigo una renovación integral del lenguaje estético y la modalidad productiva de una sociedad diferente. Así se van a presentar, entre 1906 y 1925, las diversas vanguardias del ojo, el fauvismo, el cubismo, el futurismo, el expresionismo, el dadá escandaloso, el surrealismo y -planeando sobre todas ellas- la abstracción. Vanguardias que se sucedieron una tras otra, una sobre otra, al ritmo de la metrópolis creciente, la velocidad de la máquina, el exotismo de los Ballets Russes, el despertar del cine y la fiebre del jazz. A Sarah Bernhardt, patética Tosca y Medea, la sucede Josephine Baker, la Venus negra; a París, ciudad luz, se le enfrenta ahora New York, ciudad eléctrica. Y con ese ritmo sanguíneo - como lo describió Le Corbusier - surgen los "locos años veinte", calisténicos, eufóricos, desbordantes y desbordados.

El "art déco - abreviatura de la Exposition Internationale des Arts Décoratifs et Industriels Modernes, de 1925 - emerge entonces como síntesis combinatoria de formas geométricas puras, escalonamientos y facetados rectos y curvos, colores saturados y exotismos diversos, llegados tanto desde los ziggurats mesopotámicos y el antiguo Egiptop de Tutankamón (cuya tumba intacta se descubre en 1922) como de la nueva América del Norte, ésa que conmueve con los rascacielos y transpira con el charleston, y la del Sur, que seduce con la sensualidad del tango cantado por Carlitos (mientras el otro Carlitos, con su bastón y sus bigotitos de subibaja, emociona y hace reir desde la pantalla del cine mudo). Todo ello ante la mirada joven de un mundo que se ilusiona con la reconstrucción de una Europa cansada de guerras.

Las élites del movimiento moderno verán en el art déco una divulgación de sus principios de austeridad y despojo ornamental, e incluso de sus utopías, en favor de una permisiva estética burguesa. A su vez el público lo tomará, en general, como falto de ideas y de "buen gusto" y bautizará socarronamente sus fachadas con el título de la novela de Erich María Remarque: "sin novedad en el frente".

Pero la necesidad de una nueva conciencia de lo funcional y lo simple encarna rápidamente n la emergente sociedad de masas y el art déco se acepta y se extiende como lenguaje artístico, arquitectónico y decorativo integral. Bajo la prédica conceptual del Bauhaus alemán (Gropius, Oskar Schlemmer, Marcel Breuer), el neoplasticismo holandés (Mondrian, Rietveld, etc) y el constructivismo ruso (Malevich, Tatlin, Rodchenko), los artífices más vinculados al art déco serán pintores como Robert Delaunay, Léger, Tamara de Lempicka, Emile Aubry, Jean Dupas, Eugene Pougheon o nuestro Alfredo Guttero, fotógrafos como Man Ray y Drtikol, directores de cine como Fritz Lang, arquitectos como Mallet Stevens y Chareau, escultores como Jan y Joël Martel o Henri Laurens, decoradores y diseñadores de muebles como Dufet, Rateau, Ruhlmann, Follot y Groult, ceramistas y esmaltadores como Camille Fauré, Jean Besnard, Mayodon, Marc Poirier o Camille Tharaud, o - en nuestra ciudad - el prolífico Alejandro Virasoro, maestros de la laca como Jean Dunand, o del vidrio como Francois-Émile Décorchement, habilísimo en oxidación de metales y en la "páte de verre", y Maurice Marinot, con originales intrusiones de burbujas y esmalte en el cristal, orfebres como Puiforcat, especialista en plata, y Templier, especialista en oro, herreros como Raymond Subes y Edgar Brandt, diseñadores gráficos como Cassandre y Paul Colin, lamparistas como Perzel, modistos como Paul Poiret, Jeanne Lanvin y Cocó Chanel.

Con pertenencias más o menos cercanas al núcelo del art nouveau o del art déco las piezas cerámicas de la colección Molina deben apreciarse como integrantes puntuales y exquisitos del arco de medio siglo que acabamos de describir. Creo que, al recorrerlos, es importante tener en cuenta que cada uno de estos objetos fue diseñado y realizado para cumplir requisitos funcionales específicos, pero ante todo y sobre todo fue concebido para constituirse en forma, silueta y textura capaces de ser gozosamente contemplads y para favorecer la fruición visual y táctil a través de su mera presencia ambiental...".

(c) Araceli Otamendi

ver imágenes y texto de Joaquín Molina en documentos, abajo.

 
Documentos :
Colección Molina
imágenes y texto
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