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Estás aquí:  Inicio >>  Lecturas >>  Acerca del libro de Reinaldo Edmundo Marchant por Marco Aurelio Rodríguez
 
Acerca del libro de Reinaldo Edmundo Marchant por Marco Aurelio Rodríguez
 

...Precisamente esa imagen es la que utilizó Raúl Allende (Bravo y Allende Editores), como portada para la novela Las Vírgenes no llegarán al Paraíso. En esta historia de Reinaldo Edmundo Marchant, actual Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, se hace un recuento de los extremos con que se dibuja el ser femenino en la escena cotidiana. El amor esconde el caos (tal vez sea una tregua en medio de la soledad: a-more = sin muerte) y la virginidad se hace necesaria como resguardo. Pero ¡cuidado!, porque el varón —abierto a la angustia existencial— es el cómplice de esa inocencia que explota en viaje altazoriano...

 

FUNDAMENTACIÓN DE UN PARAÍSO por Marco Aurelio Rodríguez


desde Santiago de Chile

 


Marilyn Monroe, diosa del albor, tenía 36 años cuando tuvo un sueño en su casa de Brentwood, California. Se bañaba en Hollywood, que era un río de imágenes inconexas remendadas en dólares. Desdeñosa de los hombres, se ponía a levitar cobijada en suavidad de adúcar. Ser una mariposa fue lo que siempre quiso.


Alguien posaría un beso en su mejilla. Alguien inventaría una fábula para ella.


Hay un daguerrotipo anterior a nuestra historia. En un diván que perfectamente se confunde con una crisálida, una mujer recostada y desnuda, sueña. Atraviesa el secreto de los mares calmos, como un ave delicada; levemente sonríe. La parte inferior de su cuerpo está remarcado por una lámina o sombra extraña, referencia de pudor, avidez mágica. Ella es una diosa de la tristeza y la felicidad. Sus pechos castos a una distancia considerablemente perdurable; su ombligo, diminuto y alargado sobre un vientre de cera impecable; sus curvas atraen la luz de una felicidad casi pueril. Sus brazos frescos —invitación y rechazo— en todo caso perturban más que su pubis. No podemos decir que ella querría ser Marilyn, así como tampoco es la Bella Durmiente.


Precisamente esa imagen es la que utilizó Raúl Allende (Bravo y Allende Editores), como portada para la novela Las Vírgenes no llegarán al Paraíso. En esta historia de Reinaldo Edmundo Marchant, actual Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, se hace un recuento de los extremos con que se dibuja el ser femenino en la escena cotidiana. El amor esconde el caos (tal vez sea una tregua en medio de la soledad: a-more = sin muerte) y la virginidad se hace necesaria como resguardo. Pero ¡cuidado!, porque el varón —abierto a la angustia existencial— es el cómplice de esa inocencia que explota en viaje altazoriano.


"Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor" (Apocalipsis 2: 2-4). O como reza el título de un libro del autor inglés Ian McEwan, "Primer amor, últimos ritos"… Las vírgenes parten del Paraíso y no pueden regresar a él. Asunto que no todos intuyen.


El quebrantamiento de la inocencia física, como plantea nuestro autor, nos debería llevar al reencuentro de otra virginidad que no ceda, que trascienda el sentido de lo que hacemos. De una novela que puede servir de antecedente, Varona en el jardín (1991), llamada originalmente Las viejas calles del paraíso, nos detenemos en la imagen "Alba lleva una flor en el empeine". Su castidad, su flor, será pisoteada: la niña se perdía inexorablemente en el mar —Venus sangrante— y los vasallos humanos irrumpían en el paisaje desolado. Ahora Marchant, al intentar el tema nuevamente, recae en sus fantasmas. La falta de sinceridad del amor no es culpa de sus realizadores, sino de las circunstancias de nuestros reinos humanos. Los deseos, por tanto, no desembocan en territorio de pureza ni en la impaciencia limpia de una sociedad justa. Hasta podríamos decir que el amor, cual una flor a la intemperie, se pudre sobre su propia belleza.


Nuestro novelista, por eso, es un ser moral en el sentido de su búsqueda de cesación de estas antípodas entre necesidad humana y desorden externo. Cuesta ver, entre tanto espejo destrozado, cuál es la avenencia más coherente entre Sonia y Carlos, protagonistas de Las vírgenes... Ya no quiero hablar, queridos lectores, de "amor verdadero", puesto que en nuestra realidad desatadamente expuesta, el tema se vuelve irrisorio, casi cursi. La adolescente es residual al sistema: pobre, inculta, con un pasado de carencias que debe revertir —"porque sí": respuesta de una niña; dilema con un peso de sinsentido o con sentido sobrexplotado, propio de muchos jóvenes post Golpe del 73— pero lúbrica en su ingenuidad obvia, burda, reduciendo el amor a la genitalidad. Y Carlos el reverso: de clase alta y familia militar vive en una burbuja alterada de idealismo teórico; la pasión humana no es pertinente a esta celda. Ella tendrá que optar y lo hace por la vida, por los sacramentos cotidianos, objetos dañados de grotesca realidad. Él —¿conformando finalmente lo grotesco?— opta por su vida, ya arrebatadas la virginidad y la inocencia de quizás si un Paraíso.


Voy a cometer una infidencia. Así como las historias de Marilyn Monroe y de la Bella Durmiente —aunque ustedes no lo crean— se basan en hechos reales, la novela de Reinaldo Edmundo Marchant (más allá de trazas paralelas, como la del personaje del psiquiatra, del cual tengo yo noticia, que un mal día se hastió de este mundo y se suicidó) es un bosquejo de la vida del autor que, de adolescente, fue azotado por la impiedad del medio: encontró un primer amor y lo perdió como se pierde para siempre el Paraíso que, así es amigos, en resumidas cuentas es uno mismo y no otra maldita cosa.


(c) Marco Aurelio Rodríguez

 Sobre el autor:

Marco Aurelio Rodríguez es profesor de literatura, magister en letras, escritor, (NUBES PARA RELLENAR PAISAJES QUE EN VERDAD RESULTEN, LOS POETAS MALDITOS, antologado el 2006 en SEGUNDA ANTOLOGÍA DEL MICROCUENTO junto a autores chilenos consagrados), colaborador de diversos medios digitales
y escritos (www.letras.s5.com; Diario Siete, El Mercurio).

 
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