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Muestra de artistas jóvenes en el Centro Cultural Recoleta
 

Album propone reflexionar sobre los cruces entre pintura y fotografía que se dan en el retrato, como formas de cristalización de nuevas operaciones estéticas que revitalizan los lenguajes artísticos, en ese campo de hibridación que se construye en el pasaje de sentido entre ambos dispositivos.

(Buenos Aires) Jimena Ferreiro Pella

 

Si en el pasado la difusión de la fotografía liberó a la pintura de ser el documento gráfico por excelencia de la realidad, lo cierto es que por medio de préstamos y apropiaciones ambas no han dejado de influenciarse mutuamente a lo largo de 160 años. Estas problemáticas inauguradas con la Modernidad afectaron sensiblemente al retrato como género histórico que, desde su aparición en el Antiguo Egipto hasta la actualidad, ha atravesado diferentes momentos que marcaron cambios en sus principios y procedimientos.

El interés por el retrato reside en el hecho de encontrarlo un género fluctuante, en permanente reescritura y en continua tensión entre los presupuestos de “realidad” y su proyección ficcional; a la vez que su reedición desde el presente nos habilita la pregunta sobre la identidad.

 

Album propone reflexionar sobre los cruces entre pintura y fotografía que se dan en el retrato, como formas de cristalización de nuevas operaciones estéticas que revitalizan los lenguajes artísticos, en ese campo de hibridación que se construye en el pasaje de sentido entre ambos dispositivos.

 

Diego Haboba, Juan Lado y Verónica Sanes con su signo figurativo recuperan un género clásico como el retrato, aunque alterando su procedimiento tradicional. No parten del modelo vivo, sino de una fotografía que ellos mismos tomaron o que sustraen de álbumes familiares, para así enfatizar sus intenciones interpretativas.

Evidentemente no buscan la traducción entre uno y otro lenguaje como sucede en el hiperrealismo. El principio de sus reelaboraciones es dejar su huella expresiva entendida como cualidad y símbolo de lo pictórico. En sus obras podemos distinguir el protagonismo de la pincelada y del gesto que revitalizan esa extraña presencia de la fotografía que señala obstinadamente lo que ha sido, lo que ya no está, lo que ha muerto. Si la fotografía provoca esa mezcla entre placer, dolor y pérdida; la pintura con su materialidad devuelve cierta vitalidad y una nueva existencia a esa imagen recontextualizada en el universo de lo plástico.

 

Este conjunto de pinturas de pequeño formato con aire nostálgico parece destinado a construir su propio universo, íntimo y familiar. En concordancia con el estallido de poéticas personales que se registra en la actualidad, estas obras enfatizan ese rasgo de lo contemporáneo signado por el regreso a los pequeños relatos, a las historias mínimas, con un fuerte peso de lo autobiográfico.

Alejados de la grandilocuencia del pasado como discurso dominante en la práctica del retrato en su función de inmortalizar al sujeto retratado, los retratos que presentamos en esta muestra son fragmentos o instantáneas de aquellas personas elegidas por los artistas.

En sus obras la dimensión afectiva emerge en el rescate de su círculo íntimo, a modo de panteón personal, que convierte a esta muestra en un gran álbum familiar.

Lo afectivo también se asocia a la recuperación de la dimensión temporal, no como forma continua en el tiempo, sino como recuerdo fragmentario. Esta dimensión histórica se traduce en el rescate de la memoria familiar en la obra de Haboba, en la selección personal que hace de su anecdotario privado.

Haboba construye su propia genealogía partiendo de fotografías que funcionan como testigos de su devenir. Más que una secuencia lineal y ordenada, esta serie se presenta como un mosaico desordenado y borroneado. Las manchas que aparecen en la superficie del soporte producen un efecto de desdibujamiento de la imagen, acentuando su ficcionalidad como metáfora del paso del tiempo.

La emotividad nuevamente se pone de manifiesto en la revalorización del placer de pintar y del rescate del oficio. En las pinturas de Sanes se destaca en primer plano su intención de recuperar técnicas antiguas (prácticamente en desuso) utilizando el antiquísimo procedimiento de la encaústica. La cita al conjunto del Fayum es ineludible, no sólo en su aspecto formal, sino también en su significación. Sanes consigue fijar en sus obras la imagen  con la que (y a través de la cual) el retratado mantiene su apariencia vital, en un tiempo sin variaciones. Sin embargo Sanes introduce pequeñas variaciones en la composición clásica al producir recortes y acercamientos, destacando sólo un fragmento del personaje retratado.

En otras de sus composiciones elige retratar a sus personajes femeninos asumiendo la pose de la mujer pintada por Vermeer en su famoso retrato “Mujer con turbante”. Una nueva operación de cita por la cual se apropia de aquel retrato barroco como repertorio para su producción.

Algo similar sucede con Lado. Si bien en su obra las citas son menos evidentes, su opción por la pintura al óleo lo emparenta con la tradición clásica. Sus retratos conservan la huella de lo fotográfico (en el encuadre, en la pose, en el gesto captado), al mismo tiempo que son netamente pictóricos. Lado opera por medio de capas de color que luego desgarra en la superficie de la obra, como huella expresiva y marca arqueológica.

 

En este conjunto de obras el retrato funciona como forma de construcción del propio autorretrato, como juego de miradas y de imaginarios que se cruzan, se enfrentan y se deforman. Es la propia imagen a través de la presentación de los otros, cuya enunciación termina siendo: “soy yo y los que quiero y me quieren”. Miradas que se duplican como reflejos en un espejo, un juego que recuerda el repertorio barroco, en sus ficciones, en su densidad y potencia expresiva.

Nuevamente la mirada que parte de un yo y vuelve sobre sí como marca de la autorrefencialidad contemporánea, en sus pliegues y repliegues que hace de nuestra época una era, por definición, neobarroca.

 

(c) Jimena Ferreiro Pella

 
 
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