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Estás aquí:  Inicio >>  Lecturas >>  Pequeño tratado de las grandes virtudes
 
Pequeño tratado de las grandes virtudes
 

Pequeño tratado de las grandes virtudes
André Comte-Sponville
Editorial Paidós
310 páginas

(Buenos Aires) Araceli Otamendi

 

André Comte-Sponville es uno de los más destacados filósofos franceses de la actualidad. Es autor de La felicidad, desesperadamente, El amor, la soledad, Invitación a la filosofía, Diccionario filosófico y el Capitalismo ¿es moral?.

En este nuevo libro, Pequeño tratado de las grandes virtudes, Comte-Sponville analiza en dieciocho capítulos las virtudes capaces de iluminar  nuestras vidas.

Para Aristóteles el bien, propio del hombre, es la actividad del alma dirigida por la virtud; y si hay muchas virtudes, dirigida por la más alta y la más perfecta de todas. Aristóteles le agrega algo: que estas condiciones deben ser   realizadas durante una vida entera y completa porque una sola golondrina no hace verano como no lo hace un solo día hermoso; y no puede decirse tampoco que un solo día de felicidad, ni aun una temporada, baste para hacer  a un hombre dichoso y afortunado.

Para Comte-Sponville, en cuanto al bien, sólo existe en la pluralidad irreductible de las acciones buenas, que exceden todos los libros, y de las buenas intenciones, también éstas plurales pero sin duda menos numerosas, designadas por la tradición con el nombre de virtudes, es decir, de excelencias. El autor cita a Spinoza y  como el célebre filósofo, no cree que sea útil denunciar los vicios, el mal y el pecado. ¿Para qué acusar y denunciar siempre? se pregunta. Para Spinoza, las verdaderas enseñanzas de la piedad se expresan con las palabras más corrientes ya que son muy comunes y no menos sencillas y fáciles de comprender. Y, como la salvación y felicidad verdadera consiste en la verdadera tranquilidad de ánimo, y nosotros sólo descansamos de veras con aquello que entendemos clarísimamente..."

El libro está escrito así, en un estilo claro, fácil de entender y el objeto son las virtudes. Comte-Sponville define  a la virtud como el esfuerzo para conducirse bien; el bien se define como este mismo esfuerzo, dice. Reflexionar sobre las virtudes es ser conscientes de la distancia que nos separa de ellas. Pensar en su excelencia es pensar en nuestras insuficiencias o en nuestras miserias. La reflexión sobre las virtudes no nos hace más virtuosos, o en todo caso no podría ser suficiente. Sin embargo, dice el autor, gracias a esta reflexión desarrollamos una virtud: la humildad, tanto intelectual, ante la riqueza de la materia y de la tradición, como propiamente moral, ante la evidencia de que carecemos casi siempre de casi todas estas virtudes, a cuya ausencia, no obstante, no podríamos resignarnos ni liberarnos de su escasez, que es la nuestra. Este tratado de las virtudes sólo será útil para quienes carezcan de ellas, dice Comte-Sponville.

Entre las dieciocho virtudes que el filósofo francés analiza, la buena fe resulta por demás importante. La buena fe es o debería serlo la virtud por excelencia de los intelectuales y de los filósofos en particular. Los que carecen demasiado de ella o los que pretenden estar liberados de ella, no son dignos de esos nombres que les adulan y que ellos desacreditan. El pensamiento no es sólo un oficio ni un divertimento, afirma Comte-Sponville.

La buena fe, como todas las virtudes, es lo contrario del narcisismo, del egoísmo ciego, de la servidumbre de uno mismo a uno mismo. Por eso afecta a la generosidad, a la humildad, a la valentía, a la justicia. El autor dice Justicia en los contratos y en los intercambios (engañar al comprador sobre el bien que le vendemos no advirtiéndole, por ejemplo, de tal o cual vicio escondido, es actuar de mala fe y es ser injusto), valentía a la hora de pensar y a la hora de decir, humildad ante lo verdadero, generosidad hacia el otro... La verdad no pertenece al yo: es el yo el que pertenece a la verdad, que lo domina, lo atraviesa y lo disuelve. El yo siempre es mentiroso, siempre es ilusorio, siempre es malo. La buena fe se libera de él y por eso es buena.

Por otra parte, el filósofo afirma que asestar la verdad a quien no la ha pedido, a quien no puede soportarla, a quien la verdad desgarra o abruma, no es tener buena fe: es ser brutal, es ser insensible, es ser violento. Por lo tanto, hay que decir la verdad, o la mayor cantidad de verdad posible, puesto que la verdad es un valor, puesto que la sinceridad es una virtud; pero no siempre, pero no a cualquiera, pero no a cualquier precio, pero no de cualquier manera.

Preferirse uno mismo a la verdad, jamás, dice el filósofo. Ahí es cuando la buena fe va más lejos que la sinceridad, y se impone o vale universalmente.

Para Jean-Paul Sartre, filósofo que también cita Comte-Sponville, mi verdad, como intuición viviente y finitud interiorizada, reciba una limitación externa: no es más que mi verdad (el otro me trasciende. Como en las críticas: "Ha comprendido bien que... pero no ha visto que...") Y, sin duda, el intercambio con el otro hace que él pueda devolverme lo que me ha robado, al señalarme a su vez lo que ha visto más allá que yo. Aunque también puede no hacerlo sí, mi verdad está limitada por la libertad del otro.

Para Sartre, hay hombres que guardan para sí sus verdades para evitar, justamente, la existencia de esos aspectos múltiples, esas dimensiones de la huida. Pero pierden, por ello, el beneficio del don, que es el paso de la intersubjetividad a lo absoluto, y por otra parte, basta que esos aspectos estén virtualmente implicados por la existencia del otro para que toda verdad tenga por sí misma un afuera. Así, la actitud de la generosidad consiste en lanzar la verdad a los otros para que llegue a ser infinita en la medida en que se me escapa.

La alegría proviene de la verdad abierta, dice Sartre. He comprendido el mundo en su totalidad y sigue estando todo él por comprender. Pues si la verdad está detenida, entonces es dato, y la libertad es sustituida por la pasividad. Al mismo tiempo, yo, que me entrego indefenso a los otros con mi verdad, me veo transformado por la mirada del otro en objeto, con mi descubrimiento. Lo que he visto del Ser medirá mi subjetividad y me constituiré en objeto, por mi existencia misma, para los otros. Así se podrá explicar  la porción de verdad que he captado en el mundo por por mis complejos, por mis contextos históricos. mi Einstellung. (1)

 

Las otras virtudes que trata el libro son: urbanidad, fidelidad, prudencia, templanza, valentía, justicia, generosidad, compasión, misericordia, gratitud, humildad, sencillez, tolerancia, pureza, mansedumbre, humor y amor.

 

(1) Mi posición

 

Bibliografía:

 

Aristóteles, Etica, Editorial Alba

Spinoza, Tratado teológico-político, Editorial Alianza

Jean-Paul Sartre,Verdad y Existencia, Editorial Paidós

 

(c) Araceli Otamendi- Todos los derechos reservados

 
 
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