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El amigo americano- El juego de Ripley por Daniela Aspeé Venegas
 

Cuando las víctimas y los victimarios se confunden completamente

Desde Santiago de Chile

(Santiago de Chile) Daniela Aspeé Venegas 

Patricia Highsmith nació el 19 de enero de 1921 en Forth Worth, Texas, trasladándose luego al Greenwich Village de Nueva York, donde pasó su juventud. Los primeros años de su vida los pasó con su abuela, tras la separación de sus padres días antes de su nacimiento. A su padre no lo conoció hasta que tenía 12 años. A los 16 años comenzó a escribir. Estudió periodismo en la Universidad de Columbia. Su timidez natural se agravó por el sentimiento de culpa que sus tendencias homosexuales le provocaban. A los 24 años publicó su primer cuento en la revista Harper´s Bazaar. Cinco años más tarde, Alfred Hitchcock adaptó su primera novela, Extraños en un tren (1951), convirtiéndose ambas obras en clásicos del suspenso. En 1953, debido a una prohibición de su editora, publicó el libro The price of salt bajo el seudónimo de Claire Morgan. La novela que trataba de un amor homosexual llegó al millón de copias y fue reeditada en 1991 bajo el título de Carol. Sin embargo, su consolidación se produjo gracias a la creación de un personaje intrigante, aterrador y apasionante: el asesino Tom Ripley. En 1955 publica la primera novela protagonizada por este personaje, llamada El talento de Mr. Ripley, obra llevada al cine bajo el título de A pleno sol, dirigida por el francés René Clement y protagonizada por Alain Delon. Esta primera obra permitió una larga lista de secuelas que también tuvieron sus efectos en el cine: La máscara de Ripley (1970), El juego de Ripley (El amigo americano) (1974), El muchacho que siguió a Ripley (1980), entre otras. Su interés por las minorías se refleja en su última novela Small G: un idilio de verano (1995), donde personajes homosexuales, bisexuales y heterosexuales se confunden enamorándose justamente de quienes no debían. En 1963 dejó Estados Unidos y se trasladó permanentemente a Europa donde residió en East Anglia (Reino Unido) y en Francia. Sus últimos años los pasó en Locarno, Suiza, cerca de la frontera con Italia. Allí falleció el 4 de Febrero de 1995.                                                                                 

En El amigo americano: El juego de Ripley, Tom Ripley ha dejado de ser un joven temeroso, inseguro y resentido. Ahora está conforme, tiene una vida apacible y cómoda, que es el resultado de su propia mente y de su especial concepto de justicia: Tom le ha cobrado a la vida todo aquello que esta le negó en su niñez. En el primer libro, El talento de Mr. Ripley, Tom comienza a cobrarse. Ahora, en El amigo americano, está disfrutando lo cobrado. Vive en Francia con su esposa Heloise. Tienen una vida económicamente segura y holgada. No sólo reciben una generosa asignación del padre de Heloise, sino que Tom todavía recibe las rentas que producen los valores Greenleaf, que él mismo se asignó a través de un testamento elaborado tras asesinar a Dickie, su primera víctima. Además de esto, Tom recibe un  porcentaje de la compañía de materiales para artistas con la marca Derwatt, pintor al que suplantó en la novela La máscara de Ripley.

Reeves Minot, que participaba en el negocio de la mercancía robada y del juego en Hamburgo, a quien Tom hacía trabajos de vez en cuando, y quien le hacía favores de índole ilegal cuando los necesitaba, le pide que le proponga a alguien que esté dispuesto a asesinar a dos mafiosos italianos, pertenecientes a familias rivales, con el fin de alertar a la policía y así expulsar a la Mafia del mundo del juego en Hamburgo. Tom le propone a Jonathan Trevanny, un hombre enfermo con problemas económicos que fue grosero, según la percepción de Tom, cuando fueron presentados. Tom, entonces, quiso divertirse a costa del correcto padre de familia, enfrentándolo a una situación compleja moralmente, manipulando para ello un tema tan delicado como su salud. Así, Tom hace correr el rumor de que la enfermedad de Jonathan está en una etapa terminal, rumor que hace dudar a Jon de su futuro. Luego, al enfrentarse a la propuesta de asesinar por dinero en tal estado de vulnerabilidad, piensa que no se le presentaría otra oportunidad para asegurar a su familia antes de morir.

Thomas Ripley está muy lejos de ser el joven temeroso e inseguro que asesina por primera vez, en El talento de Mr. Ripley, por culpa de un impulso de ira incontrolable que una vida marcada por el rechazo, la vergüenza y el fracaso lo llevan a explotar frente a Dickie Greenleaf. Dickie era el representante de todo lo que Tom nunca tuvo -familia, dinero, éxito, personalidad, aceptación y admiración-, pero también era representante de todos los que se burlaron de él durante su vida. Después de este primer crimen, Tom asesina sólo como un modo de sobrevivencia. Ahora, en El amigo americano, está lejos de eso. Manipula desde su cómoda vida a un hombre vulnerable y lo transforma en un asesino, sin intervenir directamente, sólo mencionando su nombre y generando un rumor. Sin embargo, su pasado vulnerable lo llevan a sentirse culpable y a participar en los ataques a la Mafia. Tom no podía transformarse en el prototipo de persona segura y exitosa que rechaza y se burla de los vulnerables castigados por el fracaso, prototipo contra el cual se vengó al matar a Dickie Greenleaf. Así, cuando Reeves pidió a Jonathan que ejecutara el segundo asesinato en circunstancias muy riesgosas, y éste decide que si era descubierto se suicidaría, Tom aparece en escena y ejecuta el crimen para evitar que su juego terminara en una tragedia. Esta actitud se contradice claramente con la regla general que rige la vida de Tom, siempre preservar su propia seguridad por sobretodo lo demás, es decir, la supervivencia personal. Sin embargo, los antecedentes de Tom parecen provocar en él sentimientos de compasión y culpa: “Tom había decidido echarle una mano con el fin de que Jonathan pudiera al menos cobrar el dinero que le habían prometido. De hecho, Tom se sentía vagamente avergonzado por haber metido a Jonathan en aquel asunto, por lo que acudir en ayuda de Jonathan mitigaba un poco su sentimiento de culpabilidad” (120).

La regla de supervivencia personal caracteriza el concepto de asesinato que Tom maneja: “Tom detestaba el asesinato a menos que fuese absolutamente necesario” (8). Esta actitud frente al crimen se justifica por la convicción de que no hay crimen perfecto, creencia que viniendo de un asesino nunca castigado toma un especial peso:  “- El crimen perfecto no existe –dijo Tom a Reeves-. Creer que sí existe es un juego de salón y nada más. Claro que muchos asesinatos quedan sin esclarecer, pero eso es distinto” (5). Claramente, esta certeza se refleja en un estilo de vida que, puede ser cómodo y holgado, pero nunca tranquilo. Tom, al igual que en el primer libro, debe analizar todas las posibles consecuencias de sus propios actos criminales, y también de los que no lo son, porque cualquier movimiento en falso puede dejar al descubierto las ilegalidades cometidas: “-Yo soy de los que siempre se preocupan. Nadie lo diría, ¿verdad? Trato de pensar en lo peor antes de que ocurra. No es exactamente lo mismo que ser pesimista” (168).

Sin embargo, la conciencia que Tom tiene de sus actos se condice con el concepto de crimen que maneja. Para él, no todos los asesinatos que ha cometido son crímenes, como quedó planteado anteriormente, ya que muchos de ellos son necesarios para la supervivencia. Pero tampoco son crímenes los asesinatos de asesinos y así la muerte de mafiosos para Tom es un placer: “Se sentía bien, sin un asomo de cansancio, ni siquiera necesitaba un cigarrillo. La vida brindaba pocos placeres comparables al de cargarse a unos mafiosos” (212). Por lo tanto, para Tom, los crímenes perpetrados por necesidad no son culposos, son absolutamente justificados. Los crímenes donde las víctimas son asesinos no pueden considerarse como crímenes, indirectamente pueden interpretarse como una necesidad de la sociedad. Un verdadero crimen para Tom Ripley es aquel nacido de impulsos negativos, un verdadero crimen es un error provocado por los instintos más bajos del ser humano:

Dickie Greenleaf. Esa era la mancha, el verdadero crimen. Ímpetus de la juventud. ¡Tonterías! Había sido la codicia, los celos, el resentimiento que Dickie le inspiraba. Y, desde luego, la muerte de Dickie, mejor dicho, su asesinato, le había obligado a matar a Freddie Miles, aquel americano odioso […] Una equivocación juvenil, horrible. Una equivocación fatal, cabría decir, sólo que había tenido una suerte asombrosa después. Había sobrevivido, desde el punto de vista físico. Y sin duda los asesinatos posteriores, el de Murchison, por ejemplo, los había cometido para proteger a otras personas tanto como a sí mismo” (224-5).

Específicamente, su actitud frente a la Mafia se explica por un afán comparativo consigo mismo. Tom no niega sus actos criminales, pero sabe que hay asesinos peores que él:

Tom odiaba a la Mafia, odiaba sus sucios negocios de préstamos, sus chantajes, su condenada iglesia, su cobardía al delegar los trabajos sucios en los subordinados, para que la ley no pudiera echarles el guante a los mandamases, no pudiera meterlos entre rejas salvo por evasión de impuestos o alguna trivialidad por el estilo. Comparado con los mafiosos, Tom casi se sentía virtuoso. (113)

Esta actitud de autojustificación moral lo transforma en un hombre sarcástico frente a este tipo de crimen, un hombre cuya seguridad frente a la muerte de los asesinos le otorgan rasgos de cínico, insensible y soberbio. Su risa frente a la muerte es el mejor ejemplo de esto: “Tom se echó a reír en silencio y empuñó la Luger. Por señas indicó a Jonathan que sacara su pistola también. De pronto, a Tom le entraron convulsiones de risa y se dobló sobre sí misma para reprimirla; luego se irguió, sonrió a Jonathan y se secó las lágrimas de los ojos” (194).

            En este libro sin detective, las víctimas no parecen serlo. Los mafiosos asesinados son criminales inescrupulosos. En El amigo americano pareciera que todas las muertes son justificadas. La Mafia envía asesinos a matar, primero a Tom, luego a Jonathan. Sin embargo, Ripley lo prevé y los mensajeros de la Mafia terminan muertos. Pareciera, por como se plantea en la novela, que la única víctima verdadera es Jonathan, porque no sólo es involucrado en el asesinato por un juego cruel de Tom, sino que también porque termina muerto, teniendo como último gran dolor el rechazo de su esposa. Pero Jonathan asesina, y no le cuesta hacerlo. La idea del dinero lo hace sentir poderoso. Jonathan es en El amigo americano lo que Tom era en el primer libro, un hombre golpeado por la vida que comienza a cobrarle una revancha:

En lo que pensaba Jonathan mientras subía los escalones de la puerta principal no era tanto en el resto de hipoteca como en el hecho de que probablemente moriría en aquella casa. Era más que probable que nunca conociese otra casa, una casa más alegre con Simona. Pensaba que la casa de Sherlock Colmes ya llevaba varias décadas de existencia al nacer él y duraría varias décadas más después de su muerte. Pensó que había sellado su destino al escoger aquella casa (43).

Todo esto lo lleva a tratar de doblarle la mano al destino, de que su muerte próxima no fuera en las circunstancias que la vida le entregó. Jonathan quería decidir su fin, por eso no dudó en proponer su suicidio en caso de ser descubierto en el segundo asesinato. Quería que su familia tuviera lo que toda una vida de trabajo no pudo darle. Jonathan es una víctima del juego de Tom, pero deja de ser víctima cuando decide tomar el juego y usarlo para su beneficio. Sin embargo, la voz de la conciencia no deja de perseguirlo y termina enfermándolo más de lo que ya está. Esta voz es femenina y tiene el nombre de su esposa, Simone.

            Las mujeres en El amigo americano tienen roles bastante definidos. Para Tom esto es aún más claro. Él tiene una visión general de las mujeres y las caracteriza como ambiguas, como contradictorias. Este rasgo es el que le permite llevar su vida conflictiva sin privarse de una relación amorosa: “A veces las mujeres parecían tener unas actitudes morales más fuertes que los hombres, y otras veces, especialmente en el caso de las trampas políticas y de los cerdos políticos con quienes eran capaces de casarse, a Tom le parecía que las mujeres eran más flexibles, más capaces de pensar con ambigüedad que los hombres” (233). Para Tom era muy conveniente considerarlo así, generalizar de esta manera. Heloise actuaba con ambigüedad, podía ser la esposa de un criminal sin transformarse ella en uno, viviendo una vida normal y tranquila, refugiándose en una fingida ignorancia: “Tom pensó que también Heloise estaba avergonzada, pero Heloise era más inclinada a la ambigüedad. Heloise sabía que él andaba metido en asesinatos, en el crimen” (235).

 Simone, la esposa de Jonathan, es todo lo contrario. Su postura firme le extraña a Tom y lo molesta: “Desgraciadamente, Simone presentaba una imagen de rectitud inflexible” (233). Tom en ningún caso podría haber tenido una esposa como Simone. Ella cumplía con todo para ser la mujer de Jonathan. Juntos, como una familia, funcionaban perfectamente en torno a los mismos códigos. Un hombre enfermo como él, condenado a una vida corta, no sería aceptado por una mujer como Heloise, a quien la ambigüedad servía para vivir bien, poniendo en duda su moralidad, pero refugiándose en una supuesta ignorancia. La esposa de Jonathan debía ser como Simone, una mujer que aceptara una vida difícil sólo por la voluntad de establecer una relación y formar una familia. Entonces, cuando Jonathan se sale del código que rigió su vida juntos, su matrimonio acaba, Simone se siente defraudada y Jonathan avergonzado: “¿Qué gana un hombre…? A Jonathan casi le dieron ganas de reir. No había conquistado el mundo entero y tampoco había perdido el respeto a sí mismo, sólo había perdido a Simone. Sin embargo, Simone le infundía moral ¿Y acaso la moral no era respeto a sí mismo?” (233).

            El amigo americano. El juego de Ripley es otro ejemplo más de por qué Graham Greene la consideró como “la poetisa del miedo”. Highsmith en cada obra remueve esos sentimientos que todos albergamos en nuestro interior y nos hace temerles, de manera magistral.

(c) Daniela Aspeé Venegas

 


Bibliografía

Highsmith, Patricia. El amigo americano. El juego de Ripley. Barcelona: RBA Editores,

1993.

 

 
 
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