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We Tripantu por Miguel Angel Deboer
 

Desde Comodoro Rivadavia

We Tripantu

Quienes tuvimos el honor de asistir, la noche del Jueves 23 hasta el Viernes 24 últimos, a la celebración del We Tripantu (Año Nuevo Mapuche), fuimos partícipes de una experiencia, sin dudas, inolvidable.

 

            Llegamos - no si antes patinar un rato en el barro - con mis hijos Emiliano y Manuel aproximadamente a las 21 horas, donde nos aguardaban con seis pequeños fogones ubicados en un semicírculo (uno de ellos Sagrado) situados en el regazo formado por dos lomas desde donde, iluminados por una luna inmensamente plena y nueva, acompañada por un cielo poblado de estrellas, podíamos observar el mar extendiéndose con su manto de plata hasta el infinito.

            Poco a poco fueron llegando otros miembros de la comunidad e invitados (entre ellos, alumnas y alumnos del Colegio Universitario Patagónico), quienes se fueron ubicando y acomodando a la vez que nos íbamos adecuando para pasar la noche, pues todos sabíamos que en lo posible, debíamos permanecer despiertos hasta después del amanecer.

 

            El We Tripantu se corresponde, según la milenaria tradición mapuche, al fin del Otoño, momento de la caída de las últimas hojas y del nacimiento de los primeros brotes, fin de la noche mas larga del año y comienzo del regreso paulatino de los días (del We Antu, nuevo sol). Es el inicio de un nuevo ciclo natural, donde todo renace, las aguas se purifican y es el momento de la reconexión de la naturaleza con el espíritu, la oportunidad de agradecer y ofrendar a la Ñuke Mapu (Madre Tierra) todo lo que esta nos ha brindado, de despedir el año y aguardar la llegada del nuevo, fortaleciendo la hermandad del lof (comunidad), expresando los deseos mas profundos por el bienestar de la humanidad toda.

 

            Reunidos en los fogones, los alimentos y bebidas (no alcohólicas) se comparten entre todos los presentes, instalándose paulatinamente un sentir colectivo y mancomunado que va creciendo con el correr de las horas.

            Ancianos, niños, adultos, familias y amigos fuimos integrándonos al calor de las llamas, el tronar de los cultrunes y el tañir de pifilkas y trutukas, en comunión con numerosos hermanos que sabíamos estaban en idéntica celebración en distintos puntos del globo.

 

            Alrededor de las 23 horas se realizó el primer Nguillatun (rogativa), comenzando así una serie de rituales religiosos y danzas que se fueron desarrollando durante toda la noche, siendo testigos y partícipes de escenas tan ancestrales como conmovedoras, con lapsos donde nos deteníamos para alimentarnos y descansar.

 

            Imposible describir y transmitir todo lo vivido en pocas palabras. El respeto, el recogimiento, la emoción, la alegría, los sentimientos y sensaciones de compartir una danza colectiva (conformábamos alrededor de 25 pares, y cabe la aclaración puesto que ninguna actividad se puede realizar si no es de a dos) luego de ofrendar a la tierra los bienes que nos fueron dados en su generosa prodigalidad. Los niños con sus miradas brillantes, las ancianas sin doblegarse pese al frío, que se acentuaba por momentos por el viento, y al sueño. Los jóvenes disfrutando del choike purrun (el baile del avestruz), del loncomeo, estimulados por nuestros gritos y cantos dando cuenta que estábamos mas vivos que nunca.

            Hasta que llego el nuevo día.

Con los primeros rayos ser realizó la última ceremonia que concluyó con el ritual del agua, donde cada uno le lavó el rostro a otro, mutuamente, para recibir, ahora si, el nuevo año, simbólicamente purificados

            Y luego, todos en semicírculo, quienes querían pudieron expresar sus sentimientos con sus propias palabras, para ya al final, despedirnos uno por uno con los dos besos en la mejilla y un abrazo que seguramente permanecerá por siempre.

 

            Allí, en la soledad inconmensurable de nuestra patagonia, algo mas de cincuenta pequeños seres nos hermanamos en un agradecimiento que no fue solo propio y, como bien dijo, Liliana Ancalao, donde cada uno éramos muchos.

            Porque éramos todos. Los que estábamos y los que no estábamos. Nuestros antepasados, nuestros seres queridos, nuestros seres perdidos. Porque nuestros corazones palpitaron al unísono, celebrando la vida, celebrando la paz, el amor, la pasión por el conocimiento, el anhelo de lo mejor para cada uno y para todos, en el compromiso del encuentro con cada uno, en la convicción de que somos hijos de la misma tierra, de que la diversidad nos enriquece, de que siglos de opresión e injusticia, de dolor y padecimiento, no han podido avasallar ni memorias ni espíritus.

           

            Aun persisten en mi mente muchos de los momentos compartidos.

            Veo a Rosa Pincul, veo a su hijo, veo a los niños, veo a las abuelas, veo las chicas y chicos del CUP, veo a Fabiana Antiñir con su pequeño cuerpo y su increíble dulce sonrisa.

Los veo, y los siento, conduciéndonos, alentándonos, transmitiéndonos esa fuerza, esa energía y ese ánimo que solo está presente en quienes tienen el privilegio, el orgullo y la humildad de saberse hijos y herederos de una historia y una cultura, pero por sobre todas las cosas de saberse humanos.

Los veo, me veo, nos veo.

 

Y yo también celebro.

Y yo también me siento digno.

 

            Y agradezco profundamente la distinción con que se me ha honrado.

 

            We tripantu, kompuche!!!

Pewkayal!!!

           

           

(c)  Miguel Angel de Boer

Sobre el autor:  Miguel Angel de Boer es Médico psiquiatra, escritor, poeta

Comodoro Rivadavia, Junio 26, 2005

Provincia del Chubut, Argentina

 
 
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