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Estás aquí:  Inicio >>  Fotografía >>  Se puede ver en el Malba una muestra de fotografìas de Alejandro Kuropatwa
 
Se puede ver en el Malba una muestra de fotografìas de Alejandro Kuropatwa
 

La exposición curada por Andrés Duprat reúne las últimas obras de Alejandro Kuropatwa (1956-2003). Kuropatwa es uno de los grandes fotógrafos argentinos contemporáneos. La muestra presenta 43 obras de cinco de sus series: Cóctel (1996), Yocasta (2000), Mujer (2001), Flores (2002) y Naturalezas muertas (2002), además de una selección de retratos de distintas épocas.

(Buenos Aires) Clara González

Con la curaduría de Andrés Duprat, se puede ver en el Malba una muestra de fotografías de Alejandro Kuropatwa. Para algunos fue el Truman Capote argentino y del mundo de la fotografía. En la muestra del Malba aparecen distintas series de fotografías bien diferenciadas: Cóctel, Yocasta, Mujer, Flores y Naturalezas muertas además de una selección de retratos de distintas épocas.

Si bien cada una de las series funciona como un conjunto autónomo, pueden leerse como una unidad, ya que incluyen conceptos que atraviesan toda la obra del artista. La utilización del gran formato y del color, los objetos individuales, la composición centrada, la carga conceptual evidente y una devoción atenta por la belleza, construyen la estética que circula en todas las piezas.

Tras un período de formación en artes visuales en la ciudad de Buenos Aires, Alejandro Kuropatwa viajó durante un año por Europa y los Estados Unidos, para instalarse definitivamente en Nueva York. Allí asistió al Fashion Institute of Technology y a la Parsons School of Design. Su llegada a esa ciudad, en 1979, coincidió con una época de celebración desenfrenada del lado más comercial de la cultura, en un momento en que el perfil del artista/estrella estaba llegando a nuevas alturas, como en los casos paradigmáticos de Julian Schnabel y Robert Longo. Fue asimismo una época en la que el coqueteo entre éxito artístico y éxito comercial no solamente tenía el visto bueno de la sociedad, sino que se constituía en paradigma de expectativas, gracias, sobre todo, a las acciones promovidas por las galerías del Soho.

Con esa experiencia regresó a Buenos Aires, una ciudad movilizada por el fin de la dictadura militar (1976-1983) que transitaba momentos de gran apertura y que, en el campo cultural, favorecía el regreso al país de los artistas exiliados durante esos años, junto con una franca visibilidad de los que durante la dictadura operaban en circuitos underground. Esta suma de fuertes cambios en la escena local, que incorporaba artistas que venían de otros ámbitos, dio lugar a una enorme diversidad de formas expresivas que generaban cruces interesantes entre artes visuales, teatro y música, y devino en la multiplicación y desplazamiento de los centros de una actividad en expansión.

Con la llegada de la democracia, esta cultura under se difundió en múltiples formatos y locaciones, proponiendo la ampliación de los límites de lo que hasta entonces había sido considerado arte. En ese sentido, se vivía un paralelismo entre la "fiesta" neoyorkina de los ´80 y la explosión apasionada - después del letargo - de las manifestaciones vanguardistas de Buenos Aires.

Esta coincidencia de acontecimientos fue el puente que facilitó el desembarco -a la vez que señaló una marca decisiva en la historia personal y en el desarrollo artístico- de Alejandro Kuropatwa.

Su producción se construyó a partir de la afinidad con las celebridades de la época; como un Truman Capote vernáculo fascinante y fascinado por el despliegue de un mundo de belleza efímero y excitante.

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Según explicó el curador, Andrés Duprat, ante el periodismo, una de las series a las que se dedicó más el fotógrafo antes de su muerte, fue a la de las flores.

Alguna vez Kuropatwa confesó: "A la muerte la muestro siempre y a la naturaleza también". El hecho es que las flores comenzaron a ganar terreno en sus trabajos y a lo largo de los noventa las fotografió una y otra vez: gigantes, carnívoras, a veces con la avidez angurrienta de la planta de la Tiendita del Horror, otras recordando el jardín de Rappaccini de Nathaniel Hawthorne: la flor inocente, la flor del mal. "Las flores me erotizan mucho. Adoro las calas. Al principio todos me decían Qué horror, cómo vas a fotografiar calas, es flor de cementerio!

Ahora vas por la Avenida Santa Fe y es moda".(Alejandro Kuropatwa).

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En mayo de 1994, Kuropatwa expuso en el Centro Cultura Ricardo Rojas la muestra ¿Dónde está Joan Collins? -haciendo alusión al personaje de la serie televisiva norteamericana Dinastía. Eran 200 fotografías en blanco y negro que colgaban torcidas y amontonadas sobre la pared registrando un viaje del artista por Salta, Tucumán, Jujuy, París y Buenos Aires. Fotos de vírgenes, flores, perros solitarios y gallinas que se entremezclaban con personajes de la fauna televisiva y artística. Para Kuropatwa la muestra era una suerte de resumen.

Además, como protegiéndolo de toda tentación la muestra llevaba un epígrafe que literalmente decía: Angel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día.

¿Y dónde estaba Joan Collins para Alejandro Kuropatwa?

Acá mismo, en el mundo Dinastía que estaba viviendo la Argentina en esos años.

En 1996, Kuropatwa no se daba por vencido con facilidad. Un día de ese año su vida dio un vuelco; en la Conferencia de la Esperanza, como se denominó a la XI Conferencia Mundial sobre Sida celebrada en Vancouver,los científicos dieron a conocer los resultados sobre el llamado cóctel antiviral. Para él esto significaba una esperanza.

Había pasado una temporada en el infierno que lo llevó a internarse en una clínica de rehabilitación en Laguna Beach, California. Sus padres lo acompañaron durante tres largos meses. Mientras se reponía, Miriam Bendjuia, su amiga y enfermera espiritual, relató: "Durante esos tres meses me llamaba desde la clínica y me comentaba lo harto que estaba de tanta píldora. Entonces un día le dije: ¿Ale, por qué no le pedís a tu papá que te compre una cámarita cualquiera y le sacás fotos a las pastillas? Y eso hizo.

Ese octubre exhibió la serie de fotografías Cóctel en la galería Ruth Benzacar, son fotografías de gran formato que registraban su dieta diaria de píldoras.

También fotografió con ironía y glamour mujeres de alta sociedad e hizo la serie Yocasta dedicado al mundo de las peluquerías, al que homenajeaba y criticaba simultáneamente, una mezcla de superficialidad y hondura, de impostura y festejo, de juventudes pasajeras que se postulan para la eternidad.

A comienzos del 2003 fue internado nuevamente. Su último trabajo, el Kuro Tour que consistía en pasearse por Buenos Aires a la manera de un turista cualquiera disparando frenéticamente su camarita de bolsillo, quedó inconcluso.

 

 

Frases de Alejandro Kuropatwa

Cada imagen tiene que ser buscada.

Aun cuando la foto sea un hallazgo del momento,

el trabajo sigue siendo de composición.

 

Cuando uno saca una foto detiene el tiempo.

El momento puede parecer totalmente casual,

pero no podría ser más intencionado.

 

Para el fotógrafo debe ser igual ver

con el ojo que ver con la cámara

Yo soy un trabajador de la fotografía. Hice desde cosméticos

hasta tapas de discos de Charly.

Hay que hacer todos los trabajos con el mismo amor.

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(c) Clara González . Todos los derechos reservados

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