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Estás aquí:  Inicio >>  Narrativa policial: cuentos, ensayos, reseñas >>  ¿Quién mató a Cristián Kustermann? por Daniela Aspée Venegas
 
¿Quién mató a Cristián Kustermann? por Daniela Aspée Venegas
 

Análisis de la novela policial de Roberto Ampuero, desde Santiago de Chile
¿Quién mató a Cristián Kustermann? de Roberto Ampuero es una novela detectivesca que entrega las pistas para descubrir el problema de identidad latinoamericano.
Daniela Aspeé Venegas estuvo en Buenos Aires en la primavera de 2004 para entrevistar a escritoras argentinas autoras de novelas policiales. Ese trabajo forma parte del proyecto de su tesis doctoral

(Santiago de Chile)Daniela Aspeé Venegas

¿Quién mató a Cristián Kustermann? es una novela que gira en torno a la investigación llevada a cabo por el detective Cayetano Brulé, enfocada en develar la muerte del hijo de Carlos Kustermann, un acaudalado hombre de negocios para quien trabaja el investigador. Tanto para el padre de Cristián, como para el detective, la conclusión de la policía de que el asesinato fue resultado de un asalto común, resulta poco lógica y convincente. De esta manera, la novela de Roberto Ampuero presenta los pasos a través de los cuales se va desarrollando la investigación de Brulé, que en su avance va descubriendo no sólo la causa del crimen, sino que también aspectos sociales y políticos de la realidad alemana, cubana y chilena, en una época de trascendentales acontecimientos mundiales.

El personaje principal de la novela es el detective Cayetano Brulé, cubano de nacimiento y por sentimentalismo, chileno por trabajo y por error:

- Soy norteamericano de pasaporte -aclaró-. Pero nací en La Habana el 45. Mis padres emigraron a Florida el 56, tres años antes de que Castro tomara el poder, y allá estudié y trabajé hasta que conocí a una chilena, de la cual prefiero no acordarme. Me convenció de venir a Valparaíso (12).

La visión que Brulé tiene de Chile es la visión propia de un chileno, pero con la diferencia de que él no intenta engañarse acerca de la realidad de este país, sino que la reconoce y la acepta, sin mayor consuelo:

- Se sobrevive como usted ve. Lo que pasa es que vengo de un país de clima caluroso, playas prístinas, mulatas y negras sandungueras, donde el ritmo flota en el aire y corre por las venas. ¿Ha leído a Hemingway? –preguntó con una sonrisa nostálgica.

Kustermann asintió con inseguridad. Comentó:

- Chile es muy distinto. Frío y gris.

- Ustedes se consuelan diciendo que es europeo –opinó Brulé" (12).

El contraste entre su tierra de origen y Chile es lo que lo hace preferir ser cubano. Lo mismo que los chilenos que siempre estamos buscando una vía de escape que nos permita sentirnos parte de algún lugar con personalidad e historia. Sin embargo no logramos encontrarla nunca porque no tenemos otra opción a la cual acudir cuando deseamos escapar de la realidad a la que pertenecemos, ya que sólo somos chilenos. Así, Ampuero nos pone frente a un problema de identidad propio de la identidad latinoamericana.

El problema de identidad que afecta a nuestro país es tratado de forma magistral en la novela, aunque no es presentada en forma explícita, ya que el lector, al igual que Cayetano Brulé en su investigación, debe descubrirlo a través de pistas que son colocadas en cualquier sitio y mediante cualquier forma. El ejemplo más importante se presenta hacia el final del libro cuando Brulé descubre a Silvio, el asesino de Cristián Kustermann y le da un listado de todos los argumentos que lo llevaron a la solución del crimen. No obstante tener argumentos fuertes y complejos, deja para el final el que en apariencia es el más sencillo, pero que según Brulé fue la clave de su éxito en la investigación. Este argumento está basado en el problema de identidad al que he hecho mención: "-Pero lo que me convenció de que usted tenía que ser Silvio –agregó Brulé- fue que se tiñera el pelo. ¿Raro, no? Me pareció sintomático que un hombre se tiñera el pelo rubio, que abre tantas puertas en América Latina, y prefiriera el negro. Este hombre se esconde, me dije" (203). Silvio era rubio y ocultó su color original bajo un tinte negro, lo que llevó a Brulé a determinar que eso va en contra de los principios latinoamericanos, donde el rubio constituye una virtud para quienes reniegan de su propia identidad, siempre considerada como inferior. Entonces, el problema de identidad no es sólo un mal chileno, sino que recorre Latinoamérica completa. Un ejemplo de esto es el problema de identidad que Brulé descubre en Cuba:

Brulé echó una mirada hacia fuera, por encima de las puertas, donde una larga cola de cubanos aguardaba a que les ofrecieran la posibilidad de ingresar. Los turistas extranjeros esperaban en el bar.

Pocos cubanos podían entrar al restaurante, necesitaban dólares o un amigo bien situado. De este modo la Bodeguita del Medio, que en sus orígenes, en los años cuarenta, había sido un comedor de poetas pobres, se había convertido prácticamente en un restaurante reservado para extranjeros (146).

Como podemos observar, la identidad latinoamericana se caracteriza por renegarse de sí misma, por la convicción de que el otro es siempre superior. Esta baja autoestima latinoamericana es un mal que, por el contrario de lo que busca, forma parte y refuerza nuestra propia identidad.

Cayetano Brulé no presenta las características de un gran detective. De hecho toma cerveza, come hot dogs (a los que él y nosotros llamamos completos), lee La Cuarta (conocido como el diario pop), vive con su perra y tiene de ayudante a Suzuki, un chileno-nipón que mantiene relaciones amorosas con Madame Eloise, una prostituta gorda dueña de un centro de masajes. Además, obtuvo su licencia de detective a través de un curso por correspondencia y siempre se ha dedicado a casos de baja categoría. Cuando aceptó la oferta de Carlos Kustermann de solucionar el crimen de su hijo, lo hizo por el dinero y no por su importancia. Todos estos aspectos son, frente a las convenciones sociales, de baja categoría y esto es lo que, precisamente, le otorga a Brulé su propia identidad como detective latinoamericano. Todo el entorno negativo que rodea a la figura de Brulé y que debiera condenarlo al fracaso es rebatido por su éxito en la investigación, por su personalidad afable y su inteligencia.

Cayetano Brulé maneja un concepto de justicia propio, el que va más allá de las leyes, centrándose en la moral. Para él, un criminal que ayuda a solucionar otro crimen puede ser absuelto de sus crímenes, de lo contrario debe pagar por los propios. Esto podemos observarlo en el trato que negocia con el inspector Zamorano de la Brigada de Homicidios de Valparaíso, quien durante el régimen militar había tenido gran participación en la tortura y persecución de opositores a la dictadura: "- Tengo contactos con varias personas del ambiente intelectual de la región, que te pueden comprometer si se acuerdan ante los periodistas de sus experiencias como detenidos por la institución hace un par de años" (196-7). Esto va más allá de un soborno o una amenaza. Por como hemos visto a través de la narración, Brulé es un hombre de justicia que posee un gran aprecio por la vida y por los derechos humanos, por lo que su negociación con Zamorano se justifica en los delitos que él cometió en nombre de la dictadura, obligándolo a utilizar su cargo para cometer un acto de verdadera justicia. El aprecio por la vida y los derechos humanos que posee Cayetano Brulé, a los que hice mención recientemente, lo vemos ejemplificado en la culpa que el detective siente frente a la muerte de Samuel Léniz, amigo cercano de Cristián Kustermann y dispuesto a colaborar en la investigación de su asesinato: "Mirándolo bien, Léniz había muerto por culpa suya, se reprochó Brulé con amargura. El accidente lo había sufrido por viajar a encontrarse con él para entregarle información sobre Cristián" (55). Este aspecto de gran humanidad que surge en la figura de Brulé también podemos encontrarlo en los momentos de flaqueza en los que cae el detective. Sufre de golpizas que buscan atemorizarlo, y lo consiguen. El investigador continúa con el caso hasta el final por el fuerte grado de responsabilidad que posee, pero no por que tenga confianza plena en sí mismo. También duda acerca de lo que ha conseguido. Cuando ve que todo lo que había pensado se comienza a desmoronar ante la falta de pruebas contundentes siente un miedo genuino:

Sabía que el tiempo corría en contra suya. Su suposición no se había ratificado. Por un instante añoro sus años de detectives de maridos celosos y empresarios desconfiados [. . .]. ¿Qué hacía ahora allí, sin orden judicial, el vaso de whisky en la mano, el dueño de casa esposado, la esposa a punto de sufrir un ataque de nervios y los agentes violentando cada rincón de ese hogar? Carraspeó (199).

El miedo de Brulé es digno, no cobarde, es el miedo de un ser humano que lo hace todo bien, pero puede equivocarse, cometer errores.

La inteligencia de Cayetano Brulé, su investigación limpia, la buena utilización de los contactos, la agudeza frente a la percepción de los detalles, la seguridad sobre sus convicciones, pero por sobre todo el alto grado de humanidad que lo caracteriza, lo hacen ser un gran detective. El fracaso al que ha estado sometido el detective durante toda su vida, no está en sus manos, es culpa del contexto autodestructivo en el que le tocó nacer y desarrollarse: el contexto latinoamericano.


Bibliografía

Ampuero, Roberto. ¿Quién mató a Cristián Kustermann?. Santiago: Planeta, 2002.

(c) Daniela Aspeé Venegas

 
 
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