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La descarga emocional por José Repiso Moyano
 

En definitiva, si la razón no es válida, nada es válido puesto que, hasta en los sentimientos, es absolutamente válida. Si se ama, primero se habrá de conocer algo para amarlo y, así, en cuanto más se conoce más se ama. Desde luego el amor tiene que reconocer, además, la existencia de algo para amarlo; ha de reconocer primero la existencia de ese algo –su dignidad- y, después, ya puede amarlo. Es decir, se ama sobre el conocimiento, junto a él, a medida que se conoce. Por igual ocurre con la esperanza, etc.

LA DESCARGA EMOCIONAL



Elvira Lindo –en cuanto a que lo ha querido- ha dicho que “Todo es relativo porque se puede comparar” en RNE. Bien, por poder “todo se puede” hasta descuidar, volar, cansar, hasta negar, ya de paso.

Sin embargo, la comparación se atiene –para existir- a reglas de comparación: a admitir la existencia absoluta de una cosa A y de una cosa B; y, así, se procede –racionalmente por supuesto- con una “metodología  absoluta” de comparación –la comparación no es más que otro reglamento racional-.  Nadie compara A con A; claro, en distintos tiempos sí, pero no al mismo tiempo puede compararse –racionalmente- algo con él mismo, el infinito con él mismo, la nada con la nada, el amor con el amor puesto que, sencillamente, para definir el amor, para que “sea”, para que se le meta en la cabeza a cualquiera, ha de existir el desamor, el otro algo, la contrastación: el “otro”.

Por ello, ha de existir lo “uno” y lo “otro”, lo diverso; ¡ah!, pero lo “uno” y lo “otro” son antes que nada, por encima de todo, en esencia, una…. diferencia, un contraste. He ahí que, cuando algo no es “uno”, se pasa o tiende a lo “otro”. Es decir,  existe un alejamiento, una separación, una “distancia” – no en cantidad sólo, no, sino en “cualidad”-. Pues bien, todo conocimiento, toda interacción advierte existencialmente esa separación a la cual es susceptible o, en otras palabras, ha de considerar, ha de respetar, ha de sustentarse, ha de percatarse de ella por o al ser conocimiento e interacción respectivamente.

Si lo “uno” es lo “uno” y lo “otro” es lo “otro” existe un “enfrentamiento”, una dualidad que se “repela”o se atrae según interacciona, esto es, eso es el existir (“existir con”, sustentarse, “actuar con”); ¡ah!, pero actúan, luego ha de existir absolutamente lo “uno” para que “actúe” con lo otro.

En efecto, por eso precisamente algo es absoluto, porque tiene una relación –un sustento por esa “comunicación”, por ese “acto” que se hace y que nunca puede ser “autoacto” como un punto fijo- y, sobre todo, porque, con esa relación, se evidencia que existe un algo absoluto que actúa con otro algo absoluto.

Si existe A y si existe B –porque habrán de existir por obligado- existen sobre todo porque poseen una distinción, un no ser iguales; por lo tanto, presentan “cualidades” distintas; y, en claro, las “cualidades” de A y B deben ser absolutas para que existan A y B, para que “tengan”su distinción comparable.
Nadie compara lo ambiguo, mejor, con el procedimiento racional –eso- nadie compara con la nada, con el anticerebro, con la antiexistencia, sino con recursos que son, que existen o habrán de existir obligatoriamente, o sea, que son absolutos, que “son” para que sea posible la contrastación, la comparación.


Elvira Lindo puede decir –y la aludo porque ya es mayorcita para asumir lo que dice- lo que quiera por “libertad suya”; no obstante lo que no puede decir –con autocrítica- es que, encima, esté hablando racionalmente pues, para que así sea, habrá sencillamente de demostrarlo. Ya que, si no es válida la demostración o la argumentación racional, pues entonces Hitler – o cualquier otro- tiene  la mismísima razón que ella, al no ser válida la razón: 8 y 80 serían lo mismo, matar y no matar también.

En definitiva, si la razón no es válida, nada es válido puesto que, hasta en los sentimientos, es absolutamente válida. Si se ama, primero se habrá de conocer algo para amarlo y, así, en cuanto más se conoce más se ama. Desde luego el amor tiene que reconocer, además, la existencia de algo para amarlo; ha de reconocer primero la existencia de ese algo –su dignidad- y, después, ya puede amarlo. Es decir, se ama sobre el conocimiento, junto a él, a medida que se conoce. Por igual ocurre con la esperanza, etc.


“Otro” dijo que la facilidad es relativa precipitadamente. Pues no, ni en broma. La facilidad no es relativa por cuanto va de acuerdo a lo “factible” (algo se puede hacer o no se puede hacer dadas unas circunstancias o recursos, con una viabilidad absoluta).

También, que “la dignidad se pierde” es una repugnante falacia. Sí, se pierden aspectos de la dignidad, pero nunca la dignidad intrínseca de que se es un ser humano. Un perro, en el fondo, tiene ante todo merecimiento de perro, no de piedra; porque lo contrario es
no más que negarla, exterminarla racionalmente. La dignidad la tiene todo o “todos”.
Supongan una persona que haya asesinado a muchas otras, pues, no por eso se le ha de quitar su dignidad como ser humano y, de seguido, enterrarlo en un cementerio de ratas. No, se ha de enterrar en un cementerio de seres humanos, sea ése bueno o malo, más racional o menos racional, pisoteado o engrandecido con trucos como un dios. Una cosa es una cosa al margen de la ética o de la libertad de las emociones a toda prisa.
Una persona ya tiene asimismo sus derechos –por ser persona-  incluso antes de hacer algo.




(
c)José Repiso Moyano

joserepisomoyano@hotmail.com

 
 
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