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Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  En busca de Lorenza Bastidas por María Cristina da Fonseca
 
En busca de Lorenza Bastidas por María Cristina da Fonseca
 

La escritora chilena María Cristina da Fonseca narra el caso de una escultora venezolana llamada Lorenza Bastidas.

 

       

        

Envuelto en niebla Boconó parecía  un borroso recuerdo … En esa atmósfera propicia al trato con ánimas y leyendas, sabíamos vivía Lorenza Bastidas, campesina al encuentro de cuyas artes habíamos ido hasta los Andes venezolanos.

 Cual trozos de un  escenario abandonado en medio del sin tiempo,  ante nosotros se desplegaban las calles que podían  conducirnos hasta el lugar donde Lorenza ejerce de imaginera.  Pero, esquinas y casas parecían ocultarse y no sabíamos si lograríamos encontrarla.

   Auscultando la neblina, nos envolvió el sentimiento de que Lorenza era sólo uno  más de los muchos mitos nacidos entre los repliegues andinos. Lorenza no existía ni había existido nunca, repetían nuestros temores.

  Al adentramos por la blancura del pueblo, nos topamos con un viejo almacén de curiosidades. Su dueño, Rubén Darío, maestro y poeta por nombre y espíritu, llevaba anotadas las señas de los artistas del área de Trujillo.¡Lorenza no era  una hermosa mentira!. Poseía rostro, huesos, casa y existencia en Mosquey, uno de los varios caseríos de nombre burbujeante aledaños a Boconó. Sitio donde, tal como José y Jesucristo en tiempos bíblicos, mantenía una carpintería: “La Voluntad de Dios”.

   Al iniciar el camino,  empezó a llover… La lluvia  intensificaba la presencia de la tierra y el verdor de los árboles. Aromas sin nombre recorrían el aire. En el espeso silencio de la floresta, bajo un manto de hojas estrelladas, invisibles se adivinaba el sofocante abrazo de orquídeas y enredaderas haciéndose carne con su verde carne.

No lo sabíamos, pero en cierta forma nos estábamos despidiendo del bosque: no lo volveríamos a mirar de la misma manera.

En Mosquey todos conocían a la hacedora de santos y no nos fue difícil llegar hasta la morada, donde crecían sus soledades.

 

EL CIELO AL ALCANCE DE LA MANO..

 

Al golpear la puerta de “ La Voluntad de Dios” nos respondió el silencio. Nada parecía turbar el espacio  donde los sueños de Lorenza  se cobijan..

Impacientes nos acercamos hasta la ventana para atisbar hacia el interior .¡Un cielo de colores intensos se desplegó ante nuestro asombro! Una y otra vez, volvimos a asomarnos para constatar la ausencia de la Bastidas y demorar las pupilas en la corte de angelitos rubicundos procesionando sobre su mesa. .  Estática y candorosa muchedumbre  en la que, poco a poco,  fuimos reconociendo las ramas, troncos y raíces del bosque a través del cual habíamos llegado.

¿Eran acaso los mofletudos querubines hechos por Lorenza los que soplaban a todo dar para  provocar la lluvia que caía sobre nosotros?

Ansiosos por ingresar al hermético paraíso desplegado tras la ventana, volvimos a golpear. Y ¡oh, milagro!  las puertas de ese cielo singular se abrieron  dejándonos  frente a frente con una mujer de edad indefinible. Había algo de árbol añoso en la franciscana fortaleza de Lorenza que, como ahora sabemos,  mantiene las raíces de su alma enterradas en el bosque y guarda las llaves de los milagros en el bolsillo de su delantal.

 

UN ARTE MISTERIOSO.

 

 Con aire lejano, Lorenza nos introdujo hasta el recinto donde talla sus nostalgias de otro mundo. Un ambiente recoleto, más propio de claustros que de carpinterías, reinaba en él.

Sus esculturas hieráticas y rígidas hacían gala de un extemporáneo arcaísmo. Atrapada, entre esos muros, perduraba la sombra de los primeros templos levantados por el conquistador y la huella  de los imagineros que dieron cuerpo al nuevo dios, llegado de ultramar.

Esculpidos en madera, en tintes de encantadora estridencia,  sobre su mesa estaban: María, “la señora que parió en tiempo de Navidad”, San Benito nacido blanco y convertido en negro, Magdalena la del limpio paño y Jesús con sus tres clavos. En sauce, vimos también un Sagrada Familia roja, verde limón, anaranjada y de otros tonos cuyos dueños esperaban mostrar a quienes salieran a ver pesebres en

Diciembre. También encontramos los pantalones cortos de un famoso jugador de baseball hecho estatuilla, un violín  de trocitos de madera,   mesas afincadas en retorcidas raíces y una sugerente “silla con secreto” cuyo felino lomo ocultaba un escondite. Y, complementando el santoral que plasma los vericuetos de la religiosidad popular, allí estaba José Gregorio Hernández quien, desde la muerte, sigue siendo el médico sanador de todos los males de Venezuela.  

  Esa no era en realidad una carpintería sino el espacio donde Lorenza ora, oye misa y sale en procesión a través de la madera cuya transmutación emprende con el nombre de Dios en la punta de los dedos

  El bosque volvió a salirnos al encuentro desde  un rincón del patio de Lorenza  donde una pila de troncos de nogal, olivo, cedro dulce o amargo cortado en luna menguante permanecían en espera del roce de sus manos para dar insospechados frutos.

 De esos trozos diseminados por la casa, ella haría brotar más tarde las charreteras de algún héroe independentista, la virtud de cada santo y a un frondoso bosque de imágenes  cuyas raíces se afincan en la fe y el mito.

“Cuando elijo un pedazo de madera, cuando lo tomo entre mis manos ya sé cuál es la figura que voy a tallar", nos confió. Sus dedos, las palmas de sus manos y el filo mismo de las herramientas que ella misma fabrica sienten la fuerza y las formas de cada imagen antes de configurarla.

 “Eso nace con el planeta de uno”, responde cuando la interrogamos sobre el por qué eligió el oficio de talladora de imágenes. Arte en el que arrastrada por su propio instinto, se inició a temprana edad, sin que nadie le enseñara  y en cual persiste por su afición de dialogar con los santos.

Sin más escuela que el bosque, aún en sus más lejanos recuerdos, Lorenza dice verse a sí misma, con un cuchillo de palo en la mano y una navaja al cinto, hundiéndose en la espesura  desde donde le había parecido oír el llamado de un Cristo de brazos extendidos o de un San José de vara florida pidiendo que los ayudase a aflorar desde nudos y asperezas.  

La fe mueve sus manos, es eso tal vez, lo que trata de expresar en los versos que, sin  papel donde anotarlos, ha escrito en las paredes de su casa.

Acosada por nuestra curiosidad, Lorenza descolgó los espejos y los viejos retratos al reverso de los cuales había ido anotando las rimas a lo divino y lo humano que suele fabular.

 Tan pronto Lorenza comenzó a desplegar los  frutos de su versificación, el recinto, hasta entonces teatro de devociones cristianas y paganas, se llenó de ecos remotos. Una confusión de tiempos se abatió sobre nosotros cuando el juglar agazapado detrás de los cuadros dejó oír sus trovas que acabaron por  transformarse en el canto rebelde y oportuno del payador de nuestras noches coloniales…

Todas las épocas latían en casa de Lorenza, mezclándose  y perviviendo la una a través de la otra, sin extinguirse nunca…

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  Nunca supe si estuvimos  largas horas o escasos minutos en el reino de Lorenza. Sólo recuerdo que al despedirnos ya había dejado de llover

El bosque  emitía señales acuosas. Viejos y nuevos  cantares goteaban desde  sus árboles cuyas ocultas raíces  parecía haber absorbido  cada una de las leyendas engendradas en grutas, cavernas y lagunas de los Andes. Sus retorcidos brazos anunciaban el plumaje de pájaros sin nombre y la cornamenta de fugaces venados que aún no habían comenzado a gestarse entre los dedos de los artistas.

 Buscando sorprender los siete dolores de la Virgen y el vigor de las bestias semireales y semisoñadas que podrían nacer de entre sus ramas, comenzamos a palparlas. Vagamente prefigurados en ellas se

intuían : corazones palpitantes, labios, hocicos, garras ,alas y las abiertas heridas de algún mártir.,. ¡Nudos y vetas esperaban por alguien que desnudara su irrepetible belleza!.

Miré el bosque con intensidad. Me pareció no haberlo visto antes. Encerrada en sus cortezas una  muchedumbre aguardaba. Supe, entonces, que en Boconó los árboles no mueren tristes: al caer , siempre los acompaña la esperanza de renacer entre las manos de algún artista..

 

*El caso de Lorenza no es único. Son muchos los hombres y mujeres del interior de Venezuela y especialmente de Boconó, otrora importante asiento de talleres productores de imaginería religiosa, que se ganan el sustento fabricando figuras que les solicitan para venerar en hornacinas, grutas, procesiones o fiestas patronales ; para alimentar devociones profanas como es el culto a los caciques aborígenes o a los héroes independentistas  y rituales del cotidiano acontecer. Entre muchos hay que mencionar los de  Felix Sánches y Rafaela Baroni.

 

 

 (c) María Cristina da Fonseca

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                            
 
 
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