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Estás aquí:  Inicio >>   Entrevistas- noticias culturales-histórico >>  Entrevista a la pintora Josefina Robirosa por Araceli Otamendi
 
Entrevista a la pintora Josefina Robirosa por Araceli Otamendi
 

"La gente joven me da mucha esperanza en este país"

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crédito de la  fotografìa: Alicia Schemper

Josefina Robirosa empezó a pintar a los diecinueve años, cuando ya habìan nacido sus dos hijos. Estudiò con Basaldúa. Ha expuesto en numerosas muestras individuales y colectivas  desde 1957 hasta la fecha y sus obras figuran en el Museo Nacional de Bellas Artes, Museo de Arte Moderno, Museo Genaro Pérez de Tres Arroyos, Argentina. Colección ITT, New York, Estados Unidos. Albright Knox, Búfalo, Estados Unidos.

Ha recibido los premios fundación Banco Ciudad a las Artes Visuales, Mención Honorífica del Jurado, 90º Salón Nacional de las Artes Visuales, Sección Pintura,   2º Premio (2001), Premio Codex de Pintura Latinoamericana, Museo de Bellas Artes (1968), 2º Premio Salón Nacional de Artes Plásticas, Buenos Aires, Argentina (1967).

Ha sido Directora del Fondo Nacional de las Artes y es miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes.

Su última muestra es en la Galería Rubbers.

Entrevisté a Josefina Robirosa en su departamento del barrio de San Telmo, frente al Parque Lezama, un lugar luminoso y cálido donde además tiene su taller.

 

 

¿Cuáles son los temas de tu pintura ahora?

 

Estoy bastante entusiasmada. Empecé hace dos o tres años con esta temática, es la primera vez que pinto con un desconcierto absoluto de lo que va saliendo, inevitablemente, seguí haciendo lo que tenía que hacer a pesar del desconcierto. Porque generalmente uno quiere aprobar lo que hace y  no lo consigue.

También me sentí  obligada a escribir yo el prólogo del catálogo de esta muestra.  Tengo 72 años y creo que me ha llegado el momento de contar algunas experiencias.

 

¿Cómo definirías a tu pintura?

 

He visto muchas manifestaciones de arte políticamente correcto, socialmente correcto, los críticos siempre estaban más conformes con una obra que pertenecía a determinada escuela, y como yo he sido bastante independiente y sobre todo con grandes conflictos, nunca pertenecí a las escuelas. Siempre consideré más valioso hacer lo que me parecía a mí que estar mirando lo que se hacia fuera o lo que hacían determinados grupos. Nunca  entendí

esa valoración de los críticos que decían: “Ah, esto es original!”, no me parece tan valedero ser original, porque si seguís en lo tuyo, tal vez con el tiempo podés encontrar algo mucho más particular que lo que se puede anticipar.

Siempre me sentí un poco al costado de todo. Tenía  además una falta de identidad que me hacia sentir sumamente incómoda. Además a los 19 años ya tenia mis dos hijos, me casé a los 17. Me acuerdo que todas las mañanas salía a caminar por Martínez, donde vivía hasta unos viveros que había un poco lejos de casa y cuando llegaba ahí hablaba con los jardineros, tenía la necesidad de conversar con alguien porque sino no sentía que yo existía.

Después me decían que yo era frívola porque salía mucho con mi marido. Si iba a vivir de la pintura tenía que relacionarme y eso siempre lo he hecho con un gran esfuerzo.

 

 

¿Crees existe la causa y el efecto en el arte, cómo se llega a alcanzar el éxito?

 

Creo que no hay causa y efecto, yo creo que los beneficios vienen mucho más arbitrariamente y por otros circuitos.

 

 

Pasando a otro tema, quisiera saber cuál es tu visión de  los chicos jóvenes a los que les interesa el arte, actualmente muchos  prefieren eso, ir directamente a hacer obra antes que seguir una carrera universitaria.

 

Sí, la gente joven me da mucha esperanza en este país. Las periodistas jóvenes, mis nietos, me dan una alegría porque siento la sustancia, tienen una cosa positiva, no se están ocupando de la anécdota que ya está podrida. Los seres humanos adultos, con honrosas excepciones, están muy descolocados.

Vuelvo al prólogo que escribí. Yo no entendía mucho mi trayecto en la  pintura, más bien me criticaba porque cambiaba mucho, ahora sentí que tenía que escribir el prólogo porque explico las distintas épocas de mi pintura, de acuerdo con la conciencia de mis emociones. En los años 50 no existía la palabra psiquis, no existía la palabra terapia. Yo decía ¿cómo no me dijeron que era  tan horrible vivir? Nos enseñaban a los diez años que esto era un valle de lágrimas. Y ahora me dedico a terminar con  esos conceptos porque la vida me parece un prodigio.

 

¿Qué fue lo que te llevó a cambiar de opinión?

 

Hace quince años a raíz de la enfermedad de  mi marido, el escultor Jorge Michel,  empecé a hacer meditación. Empecé a meditar, es una experiencia que te va desbloqueando. Creo en la energía, en la meditación. La meditación básicamente es el no pensamiento. En el prólogo que escribí en el catálogo de la última muestra, explico que los cuadros salen de estas experiencias de meditación.

Lo cuento porque creo que hay que contarlo, los bloqueos emocionales cortan la energía y eso produce la enfermedad. ¿Por qué voy a esperar a contarlo? Lo cuento porque esto puede ayudar a la gente.

 

¿Cómo sentís esa energía cuando estás pintando?

 

Percibís lo que pasa en el cuerpo, todo tipo de densidades de la energía, verticales, horizontales, espirales. Me di cuenta que mi pintura ahora, tiene mucho que ver con lo que yo pintaba cuando tenía veinte años, con una enorme libertad y espontaneidad. Ahora me reencontré con mi primera obra que es la que considero mejor.

 

¿Cuándo empezaste a pintar?

 

A los diecinueve años, después de casada. Tenía los dos chicos gateando.

 

¿Estudiaste con alguien?

 

Sí, estudié con Basaldúa, era una persona agradable. Estudiar con él tenía una ventaja, se acercaba y decía: “pare, pare! Ya está bien!” porque si sos insegura seguís trabajando.

 

¿Cuáles eran los temas que pintabas cuando empezaste?

 

Pintábamos con modelo, éramos amigos de la modelo, también pintábamos naturalezas muertas. A los veintidós años me quedé en casa pintando en un garage que no usaba, porque en esa época casi nadie tenía automóvil.

 

Eras independiente para hacer tu obra, ¿de dónde venía esa actitud?

 

No tuve otro elemento que me guiara más que la razón. Y mi campo emocional estaba yermo. Salía de mi casa a caminar y pensaba: “yo quiero poder querer”.

 

¿Cuál es tu visión de la época  en tu juventud,   cuando empezaste a pintar?

 

Creo que antes, hace más de cincuenta años,  había como un respeto entre unos y otros, la gente de trabajo tenía como una mística, el que sabía poner bien el cemento o trabajar bien la madera, estaba orgulloso de eso. Tengo la desgracia o la suerte de tener un nombre de calle en mi apellido, porque soy descendiente de Alvear  por parte de mi madre, y eso me lo han hecho pagar con sangre, sudor y lágrimas. Mis amigos reos me decían que era una “nena bien que pintaba” o tal vez lo pensaran y  para los de la clase social de mis padres yo era alguien de afuera, porque yo pintaba y por eso desconfiaban. Nunca encajé en ningún lado. Mis amigos del barrio ahora son el vendedor de revistas, los mecánicos de los autos. Creo no tengo clase social.

Mi segundo marido, el escultor Jorge Michel, que manejaba guinches en Necochea, me hizo ver realmente la Historia argentina.

Creo que lo que  se terminó es “la zanahoria delante del burro”, ese deseo de hacer cosas, de querer querer, de tener una vida armónica y sentir que los demás existen. Michel, mi marido, era un reo, odiaba la frivolidad, la tilinguería.

A mí la anécdota de la vida me parece hojarasca, es el desecho, no me interesa. Me gusta la naturaleza, observarla, en televisión me gusta ver animal planet, por ejemplo,

 

Creo que también hay un arte muy vacío actualmente, ¿cómo lo ves vos?

 

Creo que sí, incluso me han dicho que en una cátedra de arte están incorporando enseñanza de arte conceptual, y con eso estás cerrándole la cabeza a los que van a aprender. Están achatando tanto, tal vez lo hacen  porque es una exigencia de la crítica.

Ahora hay un andamiaje de poder donde los curadores cobran sueldo en las revistas, en los museos, constituyen un poder que antes no existía, antes pintábamos sin críticos.

 

 

Leí recientemente en un libro  que aquí se produce un arte vacío de contenido porque eso facilita la colonización con contenidos de afuera.

 

Acá nos copiamos de afuera, ni siquiera se genera acá, también nos están colonizando.

Mis amigos pintores, por ejemplo, son independientes.

Toda la vida no alcanza para aprender a pintar, no sabía lo que yo sabía, para que tu cabeza invente, tenés que tener la posibilidad de lograr eso, sino no se te ocurre. El límite de la creación está en el conocimiento. La gente no puede ver las cosas más simples, hay cosas que vivimos todos los días y que no las vemos.

 

Si se encuentra un vacío tan grande incluso en el arte, ¿en qué se puede creer actualmente?

 

 

Creo que cuando uno se alinea, se da cuenta, el universo es infinitamente benigno. Está previsto una vuelta a la conciencia que ha tenido la humanidad, que ha estado armonizada con la naturaleza antes que ahora. Estamos viendo un descreimiento y un cambio de dioses y el dios dinero pero para el dios Dios, para la conciencia divina, la conciencia total es puro Amor. No creo en el pecado, creo que hay error porque necesitamos aprender, creo que hay amor y armonía.

 

(c) Araceli Otamendi- Todos los derechos reservados

 

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