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Telenovelas Forever por Luis Buero
 

Nadie puede dudar del éxito que desde hace cincuenta años tienen las telenovelas en nuestro país. Descendientes directas de la tragedia, el melodrama, el folletin y el radioteatro, peyorizadas como “soap óperas” o culebrones, siguen alcanzando altísimos niveles de rating, con públicos que abarcan a todas las generaciones. Hay foros en internet dedicados a ellas y hasta congresos de discusión y reflexión sobre el género en distintos países.

Nadie puede dudar del éxito que desde hace cincuenta años tienen las telenovelas en nuestro país. Descendientes directas de la tragedia, el melodrama, el folletin y el radioteatro, peyorizadas   como “soap óperas” o culebrones, siguen alcanzando altísimos niveles de rating, con públicos que abarcan a todas las generaciones. Hay foros en internet dedicados a ellas y hasta congresos de discusión y reflexión sobre el género en distintos países.

 Es cierto que a veces los productores tratan de aggiornar los conflictos, el lenguaje, los protagonismos. Cenicienta ya no es tan pura  y el galán puede llorar, o no tener un rostro perfecto,  o peor: ser pobre.

 Pero en definitiva siempre se trata de dos seres que se aman pero algo o alguien del contexto les impide estar juntos.....hasta el capítulo número quinientos, cuando ambos, unidos, logran vencer ese obstáculo y se casan.

Lo paradójico radica en que fuera de la pantalla este dilema no existe más, porque lo que pareciera caracterizar a los romances actuales es su precariedad, y por ello en las grandes urbes la pareja se convierte, ante el menor inconveniente, en un pañuelo desechable.  Es más, muchísimas personas se han acostumbrado al “zapping” amoroso y sexual, en gran parte por elección, y en otras por resignación.

¿Qué puede atraer a la gente entonces, de estos argumentos glamorosos?

¿Se sigue a la telenovela como si fuera un thriller, es decir, algo que se acepta como totalmente irreal, como si se tratara de un producto snob del mejor estilo Almodóvar?

Tal vez la respuesta sea más simple.

En este mundo en el que nadie se quiere morir de amor, en toda charla entre amigos se discute si lo opuesto de la pasión es el odio o la indiferencia. Pero la era del vacío nos ha dejado un nuevo lastre.

Hoy,  la contracara del amor es el miedo.

Todo adulto afirma que para que la vida tenga sentido  necesita  recibir y dar cariño, especialmente de una pareja. Pero cuando aparece la persona posible, y se manifiesta como tal, el elegido o la destinataria de ese sentimiento,  huye, no se permite amar ni ser amado.

 “¡Ay me apabullás!” grita,... y desaparece.

Algunos/as prefieren la “no construcción” de un vínculo afectivo porque sienten que su principal misión es triunfar en la profesión, y una pareja solo serviría para “romperle las bolas”. Otros/as se auto-castran por temor al sufrimiento.

Pero los héroes y heroínas de las telenovelas no conocen el miedo al amor, ni temen a la “asfixia” del compromiso, ni a la pérdida posible del ser amado.

Por el contrario, pelean por sus sentimientos contra viento y marea, y finalmente logran estar juntos. Eso convierte hoy a estas ficciones en inesperadas lecciones de vivencia y crecimiento.

Para todos, si, excepto para mi bisabuela de 102 años que cuando pizpea “Padre Coraje” se le da por murmurar: ¡“bah,  igual que en mi pueblo, todas las mujeres andaban siempre detrás del cura!”

(c) Luis Buero

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