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Sin aviso previo, por Nora Tamagno
 

Cuando mi madre quedó viuda, temimos por su salud. Tan apegada a mi padre, tantos años de feliz convivencia, tan dependiente, tan atenta, solícita y dispuesta a satisfacer todos y cada uno de sus deseos, que más que deseos ella sentía como órdenes. Tan sumisa, tan resignada a ese carácter severo y un poquito despótico de papá. Pese a todo, ella, nunca se desprendió de su pequeña sonrisa, ni levantó la voz, ni la mirada del piso. Cuando papá la llamaba enérgicamente por su nombre, ella acudía sin demora, al trotecito, para complacerlo. Fue la sombra de papá.

SIN AVISO PREVIO

 

Cuando mi madre quedó viuda, temimos por su salud. Tan apegada a mi padre, tantos años de feliz convivencia, tan dependiente, tan atenta, solícita y dispuesta a satisfacer todos y cada uno de sus deseos, que más que deseos ella sentía como  órdenes. Tan sumisa, tan resignada a ese carácter severo y un poquito despótico de papá. Pese a todo,  ella, nunca se desprendió de su pequeña sonrisa, ni levantó la voz, ni la mirada del piso. Cuando papá la llamaba enérgicamente por su nombre, ella acudía sin demora, al trotecito, para complacerlo. Fue la sombra de papá. La que le cortaba las uñas y los pelos de las orejas con la tijerita de bordar, la que levantaba las toallas empapadas del piso del baño y  juntaba toda la ropa sucia dispersa, después de que él se hubiera duchado, sin un gesto de disgusto, sin emitir una queja. Mamá, que no invirtió ni una fracción de segundo en procesar los dichos de papá, aceptándolos como verdades eternas y  dándoles a los simples comentarios, la certeza de lo absoluto. A la que jamás se le pasó por la cabeza ni remotamente refutarlo en lo más mínimo ni contrariarlo con algún comentario desacertado. Simplemente, se limitó a decir sí o no,  según  mi padre quisiera que la respuesta fuera sí o no. Mamá fue lo que se dice, una mujer de su casa.

Después del velorio,  cuando cada uno partió a su casa, se resistió denodadamente a que alguien la acompañara. Yo quería quedarme con ella en un trance tan difícil, pero se negó con un énfasis desconocido. Insistió en que necesitaba quedarse sola. Y no me animé a contradecirla. Es probable que después de un golpe tan fuerte, necesitara llorar su desconsuelo en la más estricta intimidad. En vida de mi padre, aunque nadie lo decía, todos la considerábamos una víctima. El carácter explosivo de papá conjugado con el suyo casi inexistente, sugerían una química de consecuencias impredecibles, aunque como de la boca de mamá jamás se escuchó una queja, todos pensamos que había aceptado sin más, su rol de compañera dócil.

Pero, la muerte repentina de papá, vino a poner de manifiesto, la verdadera personalidad de nuestra madre. De pronto, y sin aviso previo, reveló que en su interior se albergaba una mujer de agallas. Sin embargo, en honor a la verdad, un aviso tuvimos, pero neciamente, nos resultó más cómodo ignorarlo. El primer detalle significativo, fue cuando recién inaugurada la viudez, la foto inmensa de papá, de tres cuarto perfil que presidió todos los acontecimientos familiares, desapareció con destino incierto. Aunque con el transcurso del tiempo, tuvimos casi la certeza de que corrió la misma suerte que el vestido y los zapatos de mamá (y otras cosas): se hizo humo. Así de simple: la imagen arrogante de papá, seguramente, fue consumida por las brasas. Nadie podía creer que esa mujer pequeña y frágil, de pelo blanco recogido en un rodete y anteojos apoyados en la punta de la nariz, tuviera tanto ímpetu amordazado. La cosa empezó a tornarse preocupante, cuando se deshizo de su indumentaria habitual y en un acto de desagravio, la quemó en el patio junto con los libros de cocina, el vestido de novia, los azahares mustios del ramo, que según ella, simbolizaban el yugo. También murieron devoradas por las llamas, todas las cartas amarillas del noviazgo, sujetas por una primorosa cinta de seda rosa. Adiós al monacal y sempiterno vestidito negro, abotonado desde el cuello al ruedo. Basta de los bifocales con montura de metal. Se calzó unos audaces anteojos oscuros, se platinó el pelo y hasta se animó a empastarse la boca con rouge. Se deshizo sin más, de sus fieles zapatillas de suela de goma y se encaramó a un par de zapatos con taco aguja, tan altos que parecía imposible que pudiera caminar con ellos sin fracturarse un tobillo. Pero increíblemente, los dominó. Desterró para siempre las mañanitas tejidas y se envolvió en una sensual boa de plumas de Marabú. Desde que descubrió los efectos del Bloody Mary, descartó para siempre el café con leche y renunció al saludable caldo de pollo, de cuyas virtudes, en otra época, hubiera podido escribir una enciclopedia. Abandonó el tejido. Quebró contra sus propias rodillas, una a una las agujas que había acumulado durante tantos años de Santa Clara y punto arroz y las hizo desaparecer por el agujero de la ventilación. Mamá, que nunca había conducido ni un triciclo, cuando cobró una retroactividad de mi padre, se convirtió en la feliz poseedora de un cero kilómetro. Le bastaron sólo tres clases para lanzarse a las calles, obviando por supuesto, cuanta señal hubiera a su paso. Ignoraba los semáforos y poco le importaban las manos y contramanos. En sus esforzados intentos de poner la primera, con  frecuencia hacía funcionar el limpiaparabrisas. Era un milagro que a la noche llegara viva. También dejó de tararear valsecitos y comenzó a sacudirse entre frenética y convulsa, al ritmo  del rock más pesado. Su lenguaje, se vio salpicado de palabras que otrora, le hubieran resultado impronunciables. Mamá abandonó –sería un exceso decir que sin ningún cargo de conciencia - su  colaboración desinteresada con la parroquia del barrio, porque, además de dar por descontado que ahora se sentía  llamada para fines más altos, también consideró que el cura era ante todo un hombre, y en consecuencia, no demasiado confiable.

Pero lo más dramático, sucedió cuando se abocó a la lectura de libros con neta tendencia feminista. Y fue en esa ocasión, dijo, cuando se le cayó definitivamente la venda de los ojos. Sin que nadie se animara a poner límites a sus desenfrenos, proclamó a quien quisiera oírla,  que las mujeres son seres indefensos, sometidos históricamente a la voluntad de los hombres, y se dispuso a enarbolar el pabellón de la defensa. Así inició una campaña en el barrio, sublevando a todas, metiéndose en la vida privada de sus congéneres con un solo objetivo: hacerles tomar conciencia ¡a tiempo! de sus errores. Les llenó la cabeza de sospechas y no tuvo remordimientos en afirmar lo que eran simples presunciones. ¡Basta de aguantar gritos estentóreos y mandatos impostergables! ¡Basta de lavar calzoncillos y planchar camisas! ¡No, a los mates en la cama! ¡derribemos las estructuras anacrónicas! Empezó a conspirar sistemáticamente contra los hombres, y así, desde esa trágica toma de decisión, todo objeto que llevara pantalones, estuvo en su mira. Sin que nadie lo hubiera imaginado, comenzó a generar intrigas, revelar miserias, descubrir entuertos y se convirtió en una imparable fábrica de problemas. Encendió los ánimos y demostró gran habilidad en despertar odios antiguos. Organizó una campaña de espionaje tan tenaz como efectiva. Persiguió sin tregua a los maridos sin distinción de edades, credos, razas ni religiones.  No dio respiro a  los que osaban enfrentarla.  Las casas se llenaron de anónimos donde se divulgaban antiguas y no tan antiguas infidelidades masculinas. En los zaguanes comenzaron a proliferar misteriosamente, fotos de los hombres dueños de casa,  atravesadas con alfileres, sapos disecados y montículos de sal, que manos anónimas depositaban durante la noche. Gracias a sus buenos oficios, matrimonios que habían sobrevivido dignamente, se disolvieron porque las esposas descubrieron la ignominia de sus destinos y resolvieron iniciar una nueva vida, solas. Mamá se transformó en el paladín de las mujeres, que veían en ella a una defensora insobornable y la defendían encarnizadamente, pero los hombres la odiaban por intrigante. Mamá, como jamás antes en su silenciosa vida, empezó a provocar a los vecinos, con quienes había compartido tantas cosas y los camorreaba sin empacho. Llegó incluso al extremo, de treparse al cerco que separaba su casa de la casa de don Braulio para gritarle consignas feministas. Desparramó a los cuatro vientos panfletos y acarreó pancartas. El sumun fue, cuando por unos pocos pesos adquirió un alta voz en una compraventa. De allí en más nadie ni nadie pudo detenerla. Avanzaba como Atila, como Napoleón, arrasando a su paso. Azuzada por un incontrolable delirio épico, no dejó, en síntesis, títere con cabeza.

Nuestra familia vivía avergonzada y no sabíamos cómo disculparnos, pero mamá no estaba loca, no podíamos encerrarla y tampoco  podíamos hacer nada para controlar su desenfreno. Descartado el recurso de la jaula, apelamos a la fe y unimos nuestras súplicas, en una plegaria cotidiana. Procurábamos salir de casa cuando había poca gente en la calle, para no encontrarnos con nadie y no tener que pedir disculpas por actitudes  en las que no nos cabía responsabilidad. No obstante, la gente del barrio, con la que nunca habíamos tenido discordia, cuando se daba la ocasión,  nos miraba con un desprecio demoledor.

 Entregada de lleno a su tarea conspirativa que le insumió el día entero y parte de la noche, puso la rebelión en marcha. En realidad, mamá gestó una logia y organizó estratégicamente una actividad cuyo fin era lisa y llanamente, aniquilar a todo ente que tuviera signos exteriores de masculinidad. Entregó alma y vida para rescatar a las mujeres del sometimiento histórico que habían soportado, las arengó con palabras inflamadas de un espíritu libertario y vehemente, les abrió los ojos pero les envenenó el cerebro, y como si todo eso no hubiera sido suficiente, puso precio a la cabeza de los tiranos.

Para ser sinceros: empezamos a temer por su vida. Y teníamos fundamentos; tantos odios se había ganado, tantas antipatías, que más de uno hubiera pagado por hacerla desaparecer de la faz de la tierra. Cuando ya estábamos convencidos de que moriría sin juicio previo, despedazada a manos de una horda de maridos y novios despechados, cuando ya los jueces no daban abasto con las más de trescientas cincuenta demandas de divorcio, cuando el barrio entero y zonas de influencia estaban divididos y enfrentados, nuestras oraciones dieron sus frutos. Mamá vino con una noticia que nos dejó perplejos. “Me caso” dijo sin dar más explicaciones pero con voz conmovida,  arrastrando de la mano a un sujeto que aún, no sabemos si habla. Pero lo decidieron (aunque por las apariencias, ella debe haber tomado la iniciativa). No preguntamos si lo sedujo o lo intimó, pero nosotros recibimos a ese sujeto, como al Mesías. Gracias a Dios,  ahora podemos dormir tranquilos.-

(c) Nora Tamagno

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