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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Cinco cero siete por Humberto Dib
 
Cinco cero siete por Humberto Dib
 

Maldigo tu odiosa cara que no puedo dejar de amar al recordarla. Y digo esto mientras me balanceo en esta cuerda floja y límite en la que estoy parado. Y doy un paso y doy otro y no sé bien cuándo voy a caer, pero sé que voy a caer. En definitiva, todos tenemos nuestras cuerdas y todos vamos a caer. Pero antes de precipitarme querría cruzar una vez más. Sí, cruzar por aquel camino flotante: Si sólo pudiese volver a cruzar por esos pesqueros anclados uno al lado del otro... y desearte en el borde de cada salto. Aquella noche, cuando saltamos a la borda de la trainera,

         No es que gesticulemos para parecer locos, nos volvemos locos a nuestro modo y  en su momento, sin necesidad de que se nos presione.

                                                                                                    Gilles Deleuze

 

Maldigo tu odiosa cara que no puedo dejar de amar al recordarla. Y digo esto mientras me balanceo en esta cuerda floja y límite en la que estoy parado. Y doy un paso y doy otro y no sé bien cuándo voy a caer, pero sé que voy a caer. En definitiva, todos tenemos nuestras cuerdas y todos vamos a caer. Pero antes de precipitarme querría cruzar una vez más. Sí, cruzar por aquel camino flotante: Si sólo pudiese volver a cruzar por esos pesqueros anclados uno al lado del otro... y desearte en el borde de cada salto. Aquella noche, cuando saltamos a la borda de la trainera, nuestros pies produjeron dos sonidos ahogados y oxidados que se propagaron por todo el barco, reverberando en los otros navíos a los que estaba unido. Y ese reverbero contagió al agua y el agua contagió a los peces y los peces –finalmente- a las rocas del fondo del mar. Y todo pareció estar ligado y todo pareció depender de nosotros. Entonces te asustaste, creíste que podría haber alguien dentro de esa nave empetrolada y abandonada. Te agazapaste, me hiciste un gesto con la mano que pareció ser el de un jugador de básquet haciendo picar reiteradamente la pelota y comenzaste a hablar en voz baja y temblorosa. Entonces pensé en el susurro de las hojas de un plátano en una tarde de primavera y no te entendí, no me interesaba un demonio entenderte, pues quería ceñirme al aire que se escapaba de tu boca y no al sentido de tus palabras susurradas. Me inquiriste con la mirada y yo asentí con la cabeza sin saber por qué lo hacía. Entonces vi que te acercabas hacia mí con los brazos extendidos y te vi cerrar los ojos antes de completar el abrazo y allí te perdiste, desapareciste en el espacio que hay entre mi cabeza y mi hombro. Y sentí el aroma de tu cabello que no era rubio pero parecía rubio, y emitiste un corto gemido de satisfacción. Entonces supe que esas calles de pequeños paralelepípedos quedarían fijadas en mí para siempre... supe que no podría ya escapar de la mirada del cajero automático que no daba nada. Y envalentonado por la euforia le pedí dinero a alguien y ese alguien me lo negó, pero vos no entendiste el idioma, sin embargo te reíste del tipo al que le quise sacar otra cerveza. Y fuimos a parar a Morte Certa, un bar que casi se caía de la ciudad, y allí escuchamos el cloqueo de zorzal asustado que incesantemente emitía una vieja prostituta, quien contaba a los borrachos sus hazañas con extranjeros adinerados que la habían amado en tiempos pretéritos, pero no quisimos creer en aquella heroína hetera. Y seguimos pidiendo Martini mientras nos daban Contini, y volvimos abrazados, haciendo eses por las callecitas y chocando cada tanto las caderas. Y creímos que nuestras andanzas eran lo mejor, que nada ni nadie podría superarlas. Pero, ¿Peleamos esa noche? Sí, peleamos porque hacía un poco de frío y yo tenía más sábana de mi lado y tiraste y tiré y perdimos una noche... y hoy una noche para mí es eternidad... No me maldigas por eso, te lo suplico, ya lo hago yo. Cada instante se hace un latido que bombea recuerdos a mi cabeza que a veces parece explotar. ¿Podés sentir lo húmedo dentro de lo húmedo? Porque yo aún lo siento... lo siento como una sed... como si todavía la sed de lo bebido aquella noche no se hubiera apagado y lo que quedase fuera apenas la imagen de un pequeño universo en expansión que, como producto de la borrachera, dejaste estampado en el piso gastado de un baño de hotel. Y desearía que hiciésemos el amor otra vez y que sin darnos cuenta nuestros cuerpos girasen en la cama marcando el tiempo. Igual que dos manecillas de un reloj: yo el minutero y vos la de la hora. Y empezásemos a las 12 en punto, juntos, a lo papá y mamá, y terminásemos mucho después: Cinco cero siete. ¿No podés ver mis ojos resplandeciendo a través de las noches? ¿No podés escuchar la lluvia llorisqueando como un niño?  ¿No podés decir aquellas palabras esperadas como un engaño? ¿Por qué no dejás de escabullirte de mis manos? ¿Por qué no venís una mañana derribando mi puerta? La bebida ya trepó a mi cabeza y te necesito más... aún más. ¿No podés entender el significado de mis palabras? ¿O es que estamos tan lastimados que confundimos cualquier caricia con amor? Estoy saliendo... caminando debajo de esta lluvia de luces vertiginosas: las luces de los parabrisas, las luces de los caños lustrosos de las bicicletas de los chicos, las luces de las vidrieras, las verdes luces que derraman las hojas de los árboles y que lastiman mis ojos: Las vertiginhojas. Y con esta lluvia de luces me voy destiñendo y ya no estás. Al principio es como si me arrojasen harina al rostro y apenas unos huecos diferenciaran las órbitas de mis ojos del resto de la cara, pero luego el blanco da paso a la luz, y yo soy una gota más de luz en esta lluvia de luces vertiginosas de una mañana soleada de noviembre, una luz que recuerda y ama mientras vos te vas oscureciendo como un sol de agujero negro. Tu ausencia oscura hace más luminosa mi nostalgia. Y yo me detengo y herido sonrío en complicidad conmigo mismo. Y para hacer más intensa tu ausencia no dejo de pensar. Y para no dejar de pensar, canto...  Sol del agujero negro, ¿no vendrás y limpiarás la lluvia? Sol del agujero negro, ¿no vendrás? ¿No vendrás?1.

 

 

1. Black hole sun, won’t you come, and wash away the rain, black hole sun, won’t you come. won’t you come. (Black hole sun, Superunknown, Soundgarden)

 

 

 

                                  (Barrio Parque Leloir, Abril de 2003)

 

© Humberto Dib

 

Sobre el autor:

Humberto Dib nació en Angra Dos Reis, estado de Río de Janeiro, Brasil. Desde hace varios años vive en la Argentina. Es escritor, psicólogo psicoanalista de formación lacaniana, traductor técnico literario de portugués-español, mitólogo estructuralista, profesor titular y Jefe del Departamento de portugués de la Universidad Abierta Interamericana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
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