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Entrevista de Claudio Pereda Madrid a Tomás Moulián
 

El director de la revista Cultura y Tendencias de Chile entrevistó a Tomás Moulián, reconocido sociólogo y ensayista chileno
(Santiago de Chile) Claudio Pereda Madrid Para Tomás Moulián, un intelectual no es un político, ni viceversa. Por ello, ambos se necesitan como actores sociales complementarios. Como no es de lo segundo, sabe mucho de lo primero, avalado por sesudas publicaciones como "Democracia y socialismo en Chile", "La forja de ilusiones" y, sobre todo, con "Chile actual: anatomía de un mito” , “ Conversación interrumpida con Allende" y “El consumo me consume” con la que batió todo tipo de récords que se pueden resumir en uno: ser libros de ensayo social que han estado en los primeros lugares de ventas. Como intelectual, entonces, justifica su mirada de la sociedad y explica por qué no le corresponde dar soluciones. "Las propuestas tienen que surgir del trabajo social, proceso en el que el intelectual participa, pero no protagoniza". La tarea de quienes critican y piensan, dice, "es plantear preguntas, sacudir, echarle pelos a la leche". Y de eso, con Moulián y su tupida y larga barba, no caben dudas... ¿Qué significa o, más bien, como interpreta sus primeros lugares en los ranking? - Es una pregunta ante la cual sólo tengo hipótesis. Creo que tiene que ver con un desencantamiento con el cual los libros se conectan, transformándolos en dispositivos políticos. Hay un creciente desasosiego de sectores que votaron por la Concertación, con respecto a la naturaleza de la transición o, más en general, con los cambios sociopolíticos del país en los años 90 y actuales. Una primera aproximación es política. La otra es más vulgar, en el sentido de que dada esta circunstancia previa, los libros se transforman también en un fenómeno de márquetin: las entrevistas y los rankings los convierten en una moda. Otra cosa es que han aparecido varios libros de ensayo, de otros autores y con otras perspectivas, aspectos que favorecen a la sociedad. Y lo otro se refiere a las polémicas que estas publicaciones suscitaron, lo que me agradó mucho porque lo peor es que se hubiesen convertido en objetos de consenso. Usted plantea la importancia de una reflexión en torno a lo que ocurrió en el país en las últimas dos décadas. ¿Cree que ello pueda darse si no existen medios que la estimulen? - Creo que el silencio que hubo en nuestro país se relaciona también con el desplazamiento de varios intelectuales hacia tareas de gobierno o hacia la empresa privada. Al comienzo de la década, con el auge económico, se abre para el mundo intelectual que estuvo en la crítica hacia Pinochet nuevas "oportunidades de mercado", como podrían llamarse, tendencia encarnada de mejor manera por Eugenio Tironi, quien se define como un "intelectual de mercado". Este fenómeno produce que la masa crítica de intelectuales dedicados a la reflexión disminuya mucho, a lo que se suma una especie de apagón cultural, en donde las revistas más importantes que tuvo la oposición durante el régimen de Pinochet fueron coartadas bajo una política absolutamente ciega de la Secretaría General de Gobierno durante el período de Patricio Aylwin, realizando todo tipo de esfuerzos para que dichas publicaciones no pudieran sobrevivir. Pienso en los mejores tiempos de Análisis, Apsi y Página Abierta, por ejemplo. La idea fue eliminar las voces críticas independientes para que no se dijeran cosas que el gobierno no quería que se dijeran. Esa visión tan de ingeniería política que implantaron llevó a que en Chile no ocurriera lo que sucedió en España, por ejemplo, en donde el regreso a la democracia se asoció con una especie de apertura cultural muy fuerte. En Chile, por el contrario, recién ahora, cuando se acabó esta especie de luna de miel con los políticos, se aprecian las fracturas y los límites de todo este proceso, recuperándose espacios de reflexión como el teatro y la narrativa. ¿Usted diría, entonces, que hay temor ante la reflexión en nuestro país? - Creo que existe la errónea idea de que si se analiza el pasado no se estudia el presente. Por ejemplo, el libro de Alfredo Jocelyn Holt "El peso de la noche" tiene el mérito, precisamente, de reflexionar sobre el pasado, en un aparente análisis sobre la actualidad. A eso hay que considerar, además, la sospecha de estar escarbando heridas de manera masoquista. Nuestro país, al mirar así el pasado, trata de saltárselo para observar rápidamente el futuro. Y eso es totalmente imposible. Hay que formar una memoria histórica a partir del pasado para construir el futuro, no hay posibilidad de construcción si no se trata de entender el pasado. En todo caso, es bastante crudo sostener que la transición chilena ha sido "una derrota disfrazada de triunfo", como señala en sus libros... - Más claramente aún, creo que la transición aún no ha comenzado, en el sentido de entenderla como aquel proceso que, de alguna manera, postulábamos como sectores políticos durante el régimen de Pinochet en la cual no sólo se quería deshacer del tirano, sino que también cambiar la sociedad y sus estructuras sociopolíticas. La verdad es que no ha ocurrido ni lo uno lo otro y no se pueden cambiar ni modificar la Constitución, las leyes laborales, la seguridad social o las formas de cómo se privatizan los sectores del Estado. El margen de actuación de quienes gobiernan es muy pequeño, por lo que deben transformarse en administradores forzados, obligándose a adaptar los discursos a dicha realidad que se hace implacable. En ese contexto, no me explico cómo ni por qué el Partido Socialista -por ejemplo- se obstina en gobernar con tales condiciones. ¿Tendría que ver en este cuadro, según su opinión, en esos casi cuatro millones de chilenos que no están inscritos, no votan o votan nulo? - Creo que son claras evidencias de que las esperanzas de poder cambiar desde adentro el actual escenario constuitucional han tocado fondo, por lo que el único camino que queda es transformarla desde afuera. Con ello no estoy hablando de un cambio revolucionario, porque sería predicar una irresponsabilidad. Lo que digo es que el camino del cambio por el área parlamentaria se cerró. La vía hacia la negociación con la derecha se cerró. Lo único que queda es un gran movimiento ciudadano pidiendo cambios, tratando de seguir el modelo uruguayo que centró su sistema politico en la plebiscitación. Hay que tratar de arrancar un cambio constitucional a través de movilizaciones inteligentes, sin caos, representando a una amplia fuerza social. Relacionado con ello, en su libro “Chile...” sostiene que "hay por abajo un obscuro y lento trabajo de reconstrucción del tejido social ". ¿Por ahí va la dirección de su propuesta? - Sí. Creo que el sustento de un movimiento social y ciudadano fuerte tendrá su base en lo que algunos autores llaman "transición oculta", lo que son las agrupaciones de redes, los movimientos sociales. Se trata de crear un gran movimiento en el que los propios ciudadanos elijan el tipo de sistema político que quieren. Usted esta patrocinando una dinámica de grupos de debate sobre la realidad del país. ¿No cree que se transforme en una experiencia demasiado aislada, en un contexto en el que los debates no son enfrentados, sobre todo en los medios de comunicación? - Sí. Hay un enorme defecto en los medios de comunicación: han sucumbido a la arremetida del marketing y el espectáculo. No veo por qué en Chile no se mantiene los espacios que existen en otros países, en donde la cultura, la crítica o la diversidad también tienen presencia. Se necesita allí un esfuerzo estatal para favorecer la existencia de medios que den a conocer todas las realidades sociales, a través de sistemas que no sean arbitrarios y que no favorezcan mecenazgos corruptores. Lo básico, en todo caso, no es mirar estas experiencias desde una perspectiva de corto plazo. Me interesa el concepto de resistencia cultural más que la política, aunque -en verdad- no puedan separarse muy radicalmente. Las acciones políticas tienen importancia en la medida que permiten generar una sociedad deliberativa, que es la perspectiva que se le quiere dar a estos grupos de discusión. Si bien cuestionar siempre será mejor que el silencio, ¿no cree que sólo criticar sin proponer soluciones es una tarea incompleta? - Sí. Absolutamente. Pero hay que considerar que se viven tiempos de tartamudez, como lo dicen algunos autores posmodernos, en el sentido de que se han perdido los códigos que antes permitían interpretar fácilmente la historia. Pienso que menos mal eso es así, no porque hayan estado malos, sus ideales finales siguen siendo importantes, sino porque dejaron de entregar respuestas al desvirtuarse sus experiencias reales, fracasando finalmente. El tartamudeo comienza cuando, para mejorar esas experiencias históricas no exitosas, hay que atreverse a construirlas y pensarlas de nuevo, considerando la relación compleja entre tres elementos básicos: Estado, sociedad y mercado. Hay que generar teorías que le asignen a cada uno de ellos su espacio de participación. Hay que ser capaces de construir un proyecto, tarea que siempre es de sujetos sociales y no de un intelectual desde un escritorio. Esa es una visión ilustrada de la política. Prefiero que el intelectual se dedique a la pesquisa crítica, al interrogatorio, a plantear preguntas, a sacudir, a ser aguafiestas, a echarle pelos a la leche. Las propuestas tienen que surgir del trabajo social, proceso en el que el intelectual participa, pero no protagoniza. Un intelectual al criticar en negativo esboza una alternativa y eso es lo máximo que puede hacer. El historiador conservador Alfredo Jocelyn Holt señaló que sus libros parecieran estar muy reconocidos, muy exhibidos, pero poco adentrados... - Absolutamente. Mis libros pasaron mucho tiempo sólo sobreexpuestos y no analizados. Sin embargo, han habido momentos en que se han discutido, sobre todo porque si son “crueles” con alguien es con la izquierda de la Concertación, aunque -en el fondo- es una crítica a mí mismo. Me interesa que exista una izquierda relevante en Chile, cosa que no creo que pueda ocurrir sólo con el Partido Comunista. Por eso es que creo negativo que en una fuerza de izquierda tan históricamente importante, como lo es el Partido Socialista, se haya infiltrado el neoliberalismo, pues implica un serio impedimento para que se nuclee una izquierda crítica, como fue la de los años ´80. Es un hecho grave y por ello ejerzo toda mi dureza porque pertenecen a mi propio pasado y porque creo, además, que nuestro país necesita una izquierda que asuma la voz de los excluídos. Ese papel, histórico en la izquierda, no lo cumple hoy -precisamente- cuando se mezcla un período de éxito económico con brutales condiciones de trabajo, en donde se combinan métodos muy modernos de gestión empresarial con prácticas sociales de la primera revolución industrial, con trabajos de niños e inmigrantes, desigualdad con jóvenes, mujeres y personas más allá de los cuarenta años. No hay que engañarse: muchos de los aumentos productivos y competitivos de varios mercados extranjeros descansan sobre trabajadores intensivamente explotados. Así, aunque los movimientos sociales que hablaron de lucha de clases han desaparecido, la verdad es que el tema sigue existiendo aún con mucha crudeza. Si la globalización de la economía y la variación constante de las oportunidades de mercado requieren de una mecánica flexible de mercado laboral, por ejemplo, uno se pregunta ¿qué hace un P.S. administrando una sociedad con esos requisitos? El escritor Jaime Collyer señaló que se ha generado en el mundo político una suerte de Moulianización, saludando y destacando de tal forma sus libros que se llegue a neutralizar la perspectiva de sus ácidas miradas ¿comparte ese juicio? - La verdad es que no soy una persona interesada en la política. Sólo escribo libros sobre política, que no es lo mismo. Mis libros producen efectos políticos, por lo que puedo ser víctima de mi ingenuidad. Ahora, es verdad que nuestra sociedad se presta para lo que Marcusse denominaba fenómenos de tolerancia represiva, en donde se absorve lo que sea considerado como "peligroso". Efectivamente es un peligro. Pero tengo la esperanza de que el mensaje de mi libro no sea "recuperable" por el actual sistema en el que vivimos. En ese sentido, sus libros -a pesar de su crudeza- parecen esperanzadores... - Sí. Creo en las posibilidades de acción política como camino para transformar la sociedad. Hay que desechar la idea de un mundo congelado para siempre, esta especie de fin de la historia, la idea de que este capitalismo y esta democracia son la única forma posible de vivir. Hay que seguir pensando en la posibilidad de crear nuevas formas de relacionarse socialmente. El historiador Gabriel Salazar habla de una "transición oculta", de una dinámica que se desarrolla en los bordes de la sociedad y que implica una fuerte y creativa acción a niveles locales, como formas de acción cultural y de organizaciones juveniles o de iglesia que se preocupan de la droga, de la gente sin trabajo, de problemáticas de vida intrafamiliar, etcétera. Es en ese tipo de dinámicas en las que se cifro esperanzas para que se desarrollen muy a largo plazo. No creo que caminemos a una crisis en el que el capitalismo se vaya a derrumbar. Lo que queda por hacer es un lento aserruchar de tablas, como decía Weber, en el sentido de continuar, con paciencia, produciendo acciones con intenciones o efectos políticos que propongan mundos nuevos. Claudio Pereda Madrid es periodista, dirige actualmente la revista “Cultura y Tendencias”, de Chile.
 
 
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