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Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  "La lectura de textos literarios"
 
"La lectura de textos literarios"
 

Un ensayo del escritor mexicano Roberto Olivera Unda
La lectura de textos literarios (México) Roberto Olivera Unda En principio, debo hacer pública mi admiración por el pensamiento de dos filósofos españoles, don José Ortega y Gasset y don Julián Marías. De ellos aprendí que la vida humana sólo se da en relación con algo, ya sea con otro ser, que puede ser un semejante, o algún otro animal, o bien alguna cosa. En esa relación con los seres y las cosas interviene con toda amplitud nuestra libertad, nosotros los elegimos libremente para conformar nuestro mundo, el mundo donde habremos de vivir; es decir que esos otros seres y esas cosas constituyen el mundo donde haremos nuestra vida, y que puede ser tan reducido o tan amplio como seamos capaces de conformarlo. Puede parecernos mentira, por lo doloroso que resulta hasta pensarlo, pero aún existen personas que nacen, viven y mueren sin haber salido nunca de su lugar de origen, ya se trate de un pueblo, de un pequeño caserío, o de uno de esos lugares donde una casa dista un buen trecho de la más contigua. Tales personas no habrán visto, nunca, nada más allá de lo de sus costumbres, su mundo habrá sido sumamente reducido. Y para ser testigo de su existencia no requerimos ir muy lejos, las sierras del sur de nuestro propio país ofrecen numerosos ejemplos en Guerrero, Oaxaca o Chiapas. Son seres que, por lo general, no han recibido instrucción alguna y, en consecuencia, no saben leer ni escribir, y en algunos esto resulta todavía poco decir, porque no tienen manera alguna de comunicarse sino con otros pocos, los de su propio dialecto porque no conocen otra forma de hablar. La capacidad de estas personas para poder extender su mundo resulta muy reducida, no nada más en cuanto a los otros seres con los que hacen su vida, sino también en lo tocante a las cosas. Habitan en una choza donde habrá un fogón, un comal y unas cuantas cazuelas y jarros de barro, y uno o varios petates que, en ocasiones, servirán para sentarse y de noche serán sus camas. A veces habrán de recorrer grandes distancias para acarrear el agua o la leña. Ese será su mundo. Estarán más conformes con él cuanto menos hayan podido ver otros mundos, otras formas de vida. No obstante, son seres humanos y como tales poseen innata la capacidad de imaginar. Aun ellos es posible que se valgan de la imaginación para extender su mundo. Habrá entre ellos algunos que conviertan un pedazo de carrizo en una flauta, o arranquen de una caja de madera los sonidos de un tambor. Con un carrizo y una caja de madera harán música, su presencia será solicitada en más lugares, vivirán en un mundo un poco más amplio. Puede haber otros que, no conformes con haber convertido el carrizo en flauta, con la punta del cuchillo, o del machete, objetos también comunes en ellos, se pongan a crear figuras en el contorno de la flauta, ya sean figuras humanas o de los animales que conozcan. Del mismo modo es posible adornar su loza de barro. Cuando tienen un rato para descansar, es posible asimismo que se cuenten historias. Recordemos que hasta los hombres primitivos crearon figuras, es decir imágenes, en las paredes de sus cuevas, o en sus enseres. Todos estos quehaceres permiten al ser humano sentir un enigmático placer. Dejemos ese cuadro tan doloroso y recordemos la avidez de los niños por los dibujos y porque les cuenten historias, sobre todo cuentos. He aquí la razón que me ha llevado al empleo de este preámbulo. El ser humano ha sido y es un ser ávido de imágenes y de historias, porque no se conforma con la estrechez del mundo en que vive y tiene la necesidad de ampliarlo, de crear una realidad artificial aparte de la que le rodea, con el fin de extenderlo. Tal vez de manera innata el ser humano sepa que su capacidad de imaginar le permite dar vida a las cosas, cosificar los productos de su imaginación, crear otra forma de la realidad y extender así su mundo. Lo viene haciendo desde mucho tiempo atrás, y amplia su mundo en la medida de su propia capacidad. “Una mesa es tal cosa porque proyectamos usarla para algo, para comer en su cubierta, para poner allí algún objeto de nuestro interés, o simplemente apoyar en ella los brazos. Pero, si nuestro proyecto fuera convertirla en leña, para calentarnos, la haríamos arder; y si nuestra necesidad nos llevara a convertirla en balsa, por ejemplo en un naufragio, en eso la convertiríamos”.* Como pueden ver, una cosa puede ser varias de acuerdo con nuestra necesidad y, desde luego, nuestra capacidad de imaginar. Una mesa puede ser también una reliquia, como en el caso de la mesa donde alguno de nuestros héroes patrios escribió sus pensamientos. En cada caso, las diversas realidades acerca de la mesa han requerido la intervención de nuestra imaginación, y en manera alguna agotan la posibilidad de realidades de ese objeto, o de otro cualquiera. Lo inimaginable es una realidad que no sea proyectada por nosotros, interpretada y por tanto imaginada. Todos, sin embargo, distinguimos entre vida real y vida imaginaria. Y en ocasiones nos ausentamos de la realidad y soñamos, ya sea dormidos o despiertos; es decir nos fugamos a nuestra interioridad, a esa otra realidad que no podemos negar y constituida por nuestros pensamientos, y aun las mezclamos. Si no, pensemos en un acto bastante común. “Nos hallamos perdidos en nuestros sueños, cuando de pronto suena el timbre del teléfono. Quien llama es un amigo que de algún modo se encuentra con nosotros en esos instantes. Podemos concretar la imagen de esa persona, verla mientras hablamos con ella; pero, en rigor, dialogamos con una especie de fantasma, con un ser que, en realidad, está ausente y lejano. En verdad, la estamos inventando al otro lado de la línea. Esta persona nos cita a las siete; pero, ¿dónde están las siete? Nuestro reloj marca las cuatro. Las siete existirán, acaso, dentro de tres horas. Para esa cita nos imaginamos también estar junto a esa persona a las siete. Es decir que todo esto empieza por ser una realidad imaginaria y que, para tratar con la realidad no tenemos más remedio, debemos imaginarla”. * La vida no nos es dada hecha. No solamente habremos de realizarla, sino también de imaginarla, de inventarla, de inventar incluso cada una de sus posibilidades y escoger la que mejor nos parezca. En tal acto van a intervenir recuerdos, anticipaciones, todo un halo irreal sin el cual el acto de percepción no nos es posible. Debemos complicar, por fuerza, el pasado el presente y el futuro, la irrealidad, porque todo cuanto hacemos lo hacemos por algo y para algo. Eso hará funcionar nuestra vida, la proyectará, pues al futurizarla con estos elementos estaremos anticipando al hombre que deseamos ser. Dejemos a un lado, durante un poco, las reflexiones filosóficas. Mi propósito es tratar de hacerles comprender la importancia que la imaginación tiene para el ser humano. Ahora bien, se suele atribuir al hombre de nuestro tiempo una crisis de la imaginación, se dice que prefiere ver a imaginar, valerse de las imágenes ya dadas y verlas en la pantalla de un cine o en el televisor, y que con esta actitud la imaginación se está atrofiando. No se puede negar algo de verdadero en esta idea. Sólo que el hombre, por lo general, va al cine para ver historias. Y en ocasiones también usa para lo mismo el aparato de televisión. Y esta conducta pone de realce la persistencia de su gusto por las historias. La diferencia entre ver y o leer historias, consiste en que la lectura precisa de la imaginación, lo cual resulta una condición sine qua non para entender y aun para disfrutar más la historia planteada en los textos literarios, o bien las razones que sirven como fundamento al pensamiento del escritor. Por otra parte, quiero dejar sentada la idea de que las historias, los relatos contados en los textos literarios, si bien son de ficción, sirven al hombre para entenderse mejor a sí mismo, y en muchos casos para saber qué hacer al enfrentarse a la realidad de su vida, es decir que pueden ser una fuente para cobrar experiencia de la vida. Esta idea la aprendí yo en los textos de don Julián Marías y, la cito aquí para echar por tierra otra idea bastante común respecto al uso de los textos literarios. De muchos labios he oído eso de que el único propósito de la novela, o el cuento, es el entretenimiento. En verdad es uno de sus propósitos, el menos significativo a juicio mío. De ser así, de no servir a fines más trascendentes, la pantalla del cine y la de la televisión, nuestro cine casero, resultarían ciertamente más cómodas que sentarnos a leer, serían la mejor manera de asistir al desarrollo de una historia. Pero, si bien el entretenimiento, lo único común en ambas formas de asistir al transcurso de una historia, debe señalarse como el atractivo que nos acerca a la historia, la diferencia consiste en que en esa segunda manera recibimos imágenes ya formadas, mientras en la lectura nos vemos obligados a emplear nuestra propia capacidad de imaginar. Y este acto no escapa a esa regla tan conocida por todos ustedes aplicada a los órganos que conforman nuestro cuerpo. Se dice, y resulta una innegable verdad, que órgano que no se usa se atrofia. No creo que persona alguna deje de usar del todo la imaginación. No es posible si consideramos las ideas expuestas por mí en el preámbulo de esta disertación. Pero sí es del todo cierto que la lectura de textos literarios ayuda en gran manera a desarrollarla, a hacernos más capaces de poder emplearla para los fines que resulta indispensable, es decir para proyectar nuestra propia vida. Esto sería el propósito más trascendente del acto de leer; sin embargo, hay otros asimismo trascendentes, el texto literario ha sido y es una forma importante de conservar el lenguaje, de enriquecer nuestra propia habla, de no permitir que sufra un retroceso y nos convirtamos en hablantes de un idioma tan rico en palabras como pocos, pero desconocedores de la mayor parte de esas palabras, poseedores de apenas unos cuantos centenares de ellas, en vez de los millares que realmente lo conforman. Seríamos comparables a un avaro, tendríamos un rico tesoro a la mano, y no sabríamos cómo emplearlo, estaríamos desperdiciando esa riqueza, seríamos pobres por nuestra voluntad. Leer nos lleva a conocer más palabras, a enriquecer nuestro lenguaje como ya he dicho, a ejercitar y desarrollar nuestra imaginación, y además nos permite aprender cómo se escriben de modo correcto esas palabras. Leer es la mejor manera de aprender ortografía, pero también cómo colocar esas palabras en las oraciones para dar a nuestro pensamiento una mayor claridad, su sintaxis, así como cuándo usarlas. Y no hemos agotado la trascendencia del acto, porque leer no es solamente identificar y asociar letras, así como tampoco es ser capaces de construir el sentido de lo que se lee. Tal cosa sería limitarnos a recibir lo expresado por el texto, cuando en verdad leer es establecer una interacción, un ir y venir entre la información, tanto visual como no visual y el lector. En esta interacción debemos participar poniendo en juego todos nuestros pensamientos y nuestra experiencia; nuestra capacidad crítica, no únicamente acerca de lo expresado por el escritor, sino también de la forma empleada para decirlo, de la claridad o la oscuridad debida a la sintaxis utilizada, si el texto así lo demandaba, o pertenece a su estilo, es decir a su manera habitual de escribir. De acuerdo con su perfil cerebral dominante, el lector da prioridad a un tipo de información. El hemisferio izquierdo decodifica las palabras, analiza lo escrito de la manera más precisa. El hemisferio derecho elabora hipótesis, ve el conjunto y sus estructuras, pero no los detalles. El lector izquierdo se apoya, sobre todo, en los indicios visuales y, en general, no trata de relacionar lo que sabe con lo que ve. Esto puede estancarlo, limitarlo, es como si mirara dentro de un túnel, su lectura no es eficaz. El lector derecho, si elabora hipótesis lo hace a través de un número limitado de indicios visuales, anticipa, pero no verifica. Lee como siguiendo un radar, lo cual conduce, a veces, a confundir palabras; su lectura no es confiable. De hecho, un lector sólo puede ser eficiente si utiliza conjuntamente ambos tipos de lectura. De este modo puede combinar lo que sabe con lo que lee, movilizando estrategias visuales e intelectuales. El lector izquierdo utiliza una estrategia ascendente, del texto al lector y el derecho una descendente, del lector al texto. El lector doble cerebro pone en práctica un proceso interactivo. Tiene en cuenta que leer es pre-ver y ver mejor. Ejerce, además, sus capacidades intelectuales y perceptivas a través de anticipación, formulación de hipótesis, visión precisa y panorámica. Un buen lector utiliza los dos hemisferios cerebrales y puede apreciar mejor los puntos de contacto entre lo conocido como científico y la creación artística y literaria. De esta manera enriquecerá sus conocimientos, cultivará su mente. Para terminar, he de agregar otra cualidad de gran trascendencia de la lectura. Un dilecto amigo mío, el Dr. Fernando Martínez Cortés, dedicado en la ciudad de México a la especialidad de alergología, ex Director de la Facultad de Medicina en la UNAM, ex Director del Hospital General de la ciudad de México, ex Consejero de la Secretaría de Salud, me hizo el favor de explicarme los beneficios que se reciben, tanto de la costumbre de leer como de la de escribir, es decir de ser capaz de usar la imaginación para crear historias. En su opinión, estos actos favorecen la conservación y aun el acrecentamiento de las capacidades de la mente, pero también conservan en mejor estado de salud. Apoyó su explicación en imágenes aparecidas en una revista médica, tomadas mediante tomografía con exposición de positrones, donde me mostró cómo, el cerebro de una persona en el acto de estar viendo una película en el televisor permanece apagado. En la imagen siguiente puede verse a la persona leyendo. Su cerebro se enciende, si se me permite el símil, como un foco de 20 wats. Si la atención en lo que lee aumenta, serán 40 wats. En la imagen que sigue, la persona en cuestión se halla dedicada a resolver un problema matemático, y el cerebro se diría un foco de 60 wats. Por último, el cerebro de una persona en el acto de crear, ya se trate de literatura, o música, o una pintura producto de la imaginación, se enciende como una luz de 100 wats. (Los párrafos entrecomillados y precedidos de asterisco pertenecen a Dn Julián Marías.) Sobre el autor: Roberto Olivera Unda es escritor.
 
 
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